Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 48
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Capítulo 48: El Camino de los Exploradores y El Vínculo que Une
CAPÍTULO 46
El Camino de los Exploradores y El Vínculo que Une
El viaje hacia las tierras del este es más largo de lo esperado. El grupo navega por ríos que se estrechan hasta convertirse en senderos de roca, y atraviesa bosques donde los árboles crecen tan altos que apenas se ve el sol. Hana registra cada detalle: las flores que florecen en medio de la oscuridad, los sonidos de los animales desconocidos, las marcas en las piedras que parecen hechas por manos humanas.
Akira va siempre al frente, usando su espada para abrir paso entre las enredaderas y asegurándose de que el camino sea seguro para todos. Cuando el suelo se hace resbaladizo por la humedad del bosque, extiende la mano para ayudar a los demás a cruzar, y siempre se queda cerca de Hana para evitar que tropiece con las raíces que asoman del suelo.
Una tarde, mientras acampan junto a un arroyo cristalino, Kira se acerca a Akira con una expresión preocupada:
—”He estado observando el cielo y las corrientes del agua. Creo que viene una tormenta fuerte, no tardará en llegar.”
Akira revisa los alrededores y ve un claro en la ladera de la montaña, donde parecen haber cuevas naturales.
—”Tenemos que mover el campamento ahí arriba. Es el único lugar seguro que veo.”
Todos trabajan juntos para recoger el equipo rápidamente. Hana intenta proteger los pergaminos de la humedad que ya comienza a caer, pero algunos de ellos se mojan un poco. Akira se acerca con su capa seca y se los tapa:
—”No te preocupes, cuando pase la tormenta las secaremos al sol. Lo importante es que tú estés a salvo.”
Suben a la ladera y se refugian en una de las cuevas. La tormenta se desata con fuerza fuera, pero dentro están protegidos. Mientras esperan, Elena saca las provisiones que trajo, y Iskander enciende un pequeño fuego para calentarlos.
Hana se sienta junto a Akira cerca del fuego, intentando secar los bordes de los pergaminos. Él le pasa una taza con caldo caliente y se queda mirándola mientras trabaja con cuidado en cada hoja.
—”Aunque se mojaron un poco, siguen siendo hermosos” —comenta él en voz baja—. “Tus registros siempre son cuidadosos, como si cada palabra fuera importante.”
—”Porque lo son” —responde ella, levantando la mirada hacia él—. “Cada historia que registre ayudará a que las generaciones futuras se conozcan entre sí. Al igual que nosotros nos estamos conociendo a nosotros mismos en este viaje.”
El fuego ilumina su rostro, y Akira nota cómo sus ojos brillan cuando habla de su trabajo. Se acerca un poco más:
—”Hana… desde que salimos, he estado pensando en lo que dijimos bajo el árbol ancestral. No solo quiero cuidarte en este viaje, quiero… quiero estar contigo siempre, en todo lo que venga.”
Ella sonríe y baja la mirada por un momento antes de volver a encontrarlo con la suya:
—”Yo también lo quiero, Akira. Cada día que pasa, me doy cuenta de que mi lugar está a tu lado, ayudándote a construir la alianza que soñamos.”
Justo en ese momento, Iskander les avisa que la tormenta ya disminuye. Akira toma la mano de Hana y la aprieta suavemente antes de levantarse para revisar cómo está el clima fuera.
Cuando salen de la cueva, el sol ya comienza a asomar entre las nubes. El bosque luce diferente, más fresco y con el aroma de tierra mojada. Kira señala hacia el valle que se abre al frente:
—”Mira ahí. Hay campos verdes y lo que parece ser el contorno de casas.”
Todos se acercan a la orilla del barranco y ven la comunidad que buscaban: casas construidas con madera y paja, campos de cultivos ordenados, y gente que se mueve por los senderos entre ellos.
Akira mira a Hana y sonríe:
—”Estamos aquí. ¿Listas para conocerlos?”
—”Siempre que estés conmigo” —responde ella, cogiendo su mano por un instante antes de soltarla para preparar sus materiales de registro.
Se acercan a la comunidad con precaución, mostrando señales de paz. Son recibidos por un grupo de jóvenes como ellos, que los miran con curiosidad pero sin hostilidad. Su líder, una chica de cabello oscuro y ojos brillantes llamada Zora, se adelanta y les saluda con una reverencia:
—”No esperábamos visitantes, pero los vemos con buenos ojos. Nuestros antepasados hablaban de quienes vendrían un día para unir las tierras.”
Hana saca sus pergaminos y comienza a mostrarles las historias de sus comunidades, mientras Akira explica con gestos amables por qué han venido. Los jóvenes de la comunidad se acercan con interés, y pronto comienzan a compartir sus propias historias, sus canciones y sus formas de vivir en armonía con la tierra.
Durante los días que pasan allí, Akira y Hana trabajan juntos para registrar todo lo que aprenden: las técnicas de cultivo que usan, las historias que cuentan, las formas en que se organizan para cuidar de todos. En las noches, cuando todos están reunidos alrededor del fuego compartiendo canciones, ellos se quedan juntos, a veces hablando bajito y otras simplemente disfrutando de la compañía del otro.
Un día, Zora les entrega un regalo: un collar hecho con semillas de un árbol que, según ellos, simboliza la unión entre diferentes tierras. Se lo pone a Hana, y luego le da a Akira una flecha decorada con plumas de colores:
—”Para que recuerdes que la fuerza de la unión es más poderosa que cualquier arma.”
Cuando es hora de regresar, la comunidad los acompaña hasta el borde de sus tierras. Antes de partir, Akira toma la mano de Hana frente a todos sus amigos:
—”Este viaje nos ha enseñado muchas cosas, pero la más importante es que cuando nos unimos, no hay nada que no podamos lograr.”
Hana sonríe y le apoya la otra mano sobre la que él sostiene:
—”Y seguiremos unidos, pase lo que pase.”
El camino de regreso es más alegre y rápido. Los exploradores cantan las canciones que aprendieron, y Hana lee en voz alta los registros que hizo, mientras Akira camina a su lado, seguro de que el futuro que están construyendo será mejor porque lo están haciendo juntos…
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