Sobreviviendo al Apocalipsis Zombi con mi Sistema Militar - Capítulo 86
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86: Crédulo 86: Crédulo A las diez de la noche, Graves y María, la joven que acababa de rescatar, se encontraban en los opulentos pero espeluznantes pasillos del Resort Mundial Manila.
Las mullidas alfombras bajo sus pies contrastaban marcadamente con la severa atmósfera.
Un escolta armado los guiaba, y el suave golpeteo de sus botas contra el suelo resonaba de forma ominosa por los silenciosos corredores.
María estaba callada; los traumáticos sucesos de la noche aún proyectaban una larga sombra sobre sus delicados rasgos.
Graves, por su parte, permanecía alerta, con los sentidos agudizados y en sintonía con cada movimiento y sonido a su alrededor.
Tres horas antes, Graves había saldado las deudas de María y, según la lógica despiadada de este nuevo orden mundial, la había «comprado».
Pero, a sus ojos, María no era una propiedad.
Era una persona; un ser humano que debía ser tratado con dignidad y respeto.
Cuando llegaron a la habitación que Graves había conseguido para María, el escolta armado pasó una tarjeta magnética.
La cerradura emitió un pitido y se abrió con un clic, revelando una bonita habitación.
El interior era sencillo, pero elegante; mejor que tener que dormir en el pasillo.
—Solo puede quedarse en esta habitación una semana —dijo el guardia armado—.
Después de eso, usted o ella tendrán que pagar para seguir durmiendo aquí.
¿Entendido?
—Entendido —respondió Graves cortésmente.
—Bien.
El escolta armado se marchó rápidamente, dejando a Graves y a María de pie en el umbral.
Graves inspeccionó la habitación antes de permitir que María entrara.
Fue metódico y minucioso, revisando cada rincón en busca de posibles cámaras ocultas o micrófonos.
Satisfecho de que la habitación era segura, le hizo un gesto a María para que entrara.
Ella dudó un momento antes de poner un pie dentro.
La habitación estaba adecuadamente amueblada con una cama, una cómoda y una pequeña zona de estar.
Graves se fijó en la limpieza y el orden del espacio.
Era bueno que todavía hubiera alguien en el campamento que mantuviera la apariencia de un hotel en un mundo apocalíptico.
—No sé cómo agradecérselo… Sir Graves.
Me ha ayudado mucho, ¿cómo podré pagárselo?
—dijo María, con voz temblorosa pero sincera.
—No hacen falta formalidades, María.
Llámame solo Graves —respondió él, echando un último vistazo a la habitación—.
Y en cuanto a pagarme, no tienes por qué.
—Pero ha gastado muchas fichas por mí.
¿De verdad no espera nada a cambio?
La pregunta de María quedó suspendida en el aire, una expresión tangible de los problemas de confianza que el nuevo mundo había infundido en cada superviviente.
Graves se giró para mirarla, con una expresión seria pero empática.
—María, te salvé porque era lo correcto —dijo Graves con firmeza—.
No a cambio de una compensación, ni para que tuvieras una deuda conmigo.
Los ojos de María escudriñaron los de Graves en busca de cualquier señal de falsedad.
Pero todo lo que encontró fue honestidad, un rasgo que parecía escaso en su entorno actual.
—Pero en este mundo, nada es gratis —protestó María en voz baja.
—Tienes razón, nada es gratis, sobre todo en las circunstancias en las que nos encontramos.
Pero tu gratitud es pago suficiente para mí —respondió Graves, manteniendo el contacto visual para reforzar su sinceridad.
—Es usted muy amable, señor.
Aunque esta sea la primera vez que nos vemos, y en una situación tan embarazosa… —tartamudeó María.
—Bueno, María, soy un caballero —guiñó un ojo Graves—.
Y bien, ¿necesitas algo antes de que me vaya?
Puedo comprarte algo de comida en la cafetería… He oído que está abierta las veinticuatro horas.
Caramba, el simple hecho de saberlo me hace sentir como si el brote de zombies no hubiera ocurrido.
María soltó una risita ante el intento de Graves de inyectar algo de humor a la situación.
—No, gracias.
Creo que por ahora solo necesito descansar —respondió María.
Graves asintió.
—De acuerdo, entonces.
Si necesitas algo, llámame.
Estaré en la habitación de al lado.
—De acuerdo, señor —dijo María.
Justo antes de que Graves pudiera salir de la habitación, se dio cuenta de algo.
—Ah, se me olvidaba decirte una cosa —dijo Graves, acercándose a ella.
Su voz era un susurro, como si no quisiera que nadie oyera lo que estaba a punto de decir.
María se quedó un poco desconcertada por el repentino cambio de actitud de Graves, pero se mantuvo firme.
—¿Qué ocurre, Graves?
—¿Quieres marcharte de este lugar?
—preguntó Graves, en un tono serio.
—¿Perdón?
La confusión de María era visible; frunció el ceño.
El abrupto cambio en la conversación la había pillado por sorpresa.
Graves dio un paso más cerca, bajando la voz.
—María, este lugar… no es seguro.
Ni para ti, ni para nadie como tú.
—Me encantaría, pero este es el único lugar seguro del planeta ahora mismo.
Tiene guardias que pueden mantener a raya a los zombies, comida para seis meses…
—¿Y si te digo que hay un lugar seguro no muy lejos de aquí, que también está protegido por guardias armados?
Y no son como los hombres que vigilan este campamento.
—¿Existe un lugar así?
—Los ojos de María se abrieron de par en par, con una mezcla de esperanza y escepticismo en la voz.
La existencia de otro santuario era una revelación, pero confiar en esa posibilidad requería superar miedos y dudas muy arraigados.
—Sí —afirmó Graves—.
Es un lugar donde no te tratarán como a una propiedad, donde la humanidad todavía significa algo.
Graves pudo sentir su lucha interna y trató de tranquilizarla.
—Entiendo que dudes, María.
Pero yo he estado allí.
Es más, vengo de allí.
María frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con que vienes de allí?
—Justo lo que oyes —dijo Graves.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—preguntó María.
—Mi superior me envió para inspeccionar este campamento.
Tenemos a alguien de aquí bajo nuestra custodia.
Nos hablaron de este sitio, todo lo bueno y lo malo.
Dicen que tiene mala fama, y puedo confirmar que así es.
—Espera, entonces… ¿eres un espía?
—María miró a Graves a los ojos, con una mezcla de asombro y confusión dibujada en sus rasgos.
—En pocas palabras, sí.
Pero no con intenciones maliciosas.
Solo queremos recopilar información y ayudar a los que están atrapados en lugares como este —aclaró Graves.
Bueno, formaba parte del plan decirle a alguien como ella que serían rescatados por los Blackwatch.
Necesitaba a alguien en quien pudiera confiar, y parecía que María era la candidata perfecta para ello.
No solo era sincera con sus emociones, sino también transparente con sus pensamientos.
Sería más fácil trabajar con alguien como ella en el transcurso de la fuga que planeaban.
—Necesito tu ayuda para correr la voz y contactar a quienes están en tu misma situación.
Hombres, mujeres, niños, cualquiera.
Pero tenemos que hacerlo con discreción, manteniéndolo entre nosotros.
Contacta solo a quienes de verdad teman vivir en este lugar y quieran una salida —explicó Graves.
—¿Eres un soldado americano, Graves?
—inquirió María.
—Lo soy.
—Eso explica muchas cosas sobre cómo pudiste derribar a dos guardias armados sin inmutarte —dijo María, atando cabos en su cabeza.
—Entonces, ¿cuál es tu decisión?
¿Estás dentro o fuera?
—preguntó Graves, con la mirada fija en María, tratando de leer sus emociones y pensamientos.
—Yo… estoy dentro —dijo María sin dudar.
—De acuerdo, vamos a invitar a gente durante las próximas dos semanas.
En dos semanas, mis hombres vendrán aquí y nos extraerán —instruyó Graves.
—¿Cómo?
—Ya lo verás —sonrió Graves—.
Empezaremos mañana.
Descansa y prepárate para los días venideros.
No será fácil.
María asintió.
—Gracias, Graves.
Por todo.
Graves le dedicó una sonrisa tranquilizadora y se dirigió a la puerta.
Regresó a su habitación y la cerró con llave.
Graves se sentó en la cama y se colocó el auricular.
—Aquí Espectro-1.
La operación está en marcha, duración de dos semanas.
Si no tienen noticias mías después de dos semanas, significa que mi tapadera ha sido descubierta.
Eso es todo, Espectro-1, corto.
***
Un día después, Graves y María comenzaron a identificar y a contactar, de forma encubierta y cuidadosa, a individuos del campamento que creían que se encontraban en una situación similar a la de María: vulnerables, explotados y desesperados por escapar.
La operación debía llevarse a cabo con la máxima discreción para no levantar sospechas.
Graves utilizó su entrenamiento militar para trazar un plan, asegurándose de que cada paso fuera meticulosamente planeado y ejecutado.
En el transcurso de unos días, lograron identificar a un grupo de individuos, compartiendo con ellos la promesa de un refugio más seguro lejos de los angustiosos confines del Resort Mundial Manila.
Se informó a los fugitivos del plan y se les instruyó para que estuvieran listos para el día de la extracción.
***
28 de agosto de 2023.
En el despacho de El Jefe, llamaron a la puerta.
El Jefe se quitó el puro de la boca y exhaló una nube de humo.
—Adelante —dijo con voz ronca e impaciente.
La puerta se abrió con un crujido y entró una mujer.
—Vaya, mira quién es, mi rastreadora de traidores favorita —exclamó El Jefe en voz baja—.
Dime, muchacha.
¿Cómo va el proceso de reclutamiento?
La mujer, en sus últimos años de adolescencia, se acercó al escritorio del Jefe y habló con frialdad.
—Es un ingenuo, cree que yo era una damisela en apuros.
—María, realmente eres una mujer astuta, ¿no es así?
—rio entre dientes El Jefe, con un tono siniestro tiñendo sus palabras.
María había jugado bien sus cartas; su apariencia de inocencia, debilidad y vulnerabilidad no era más que una astuta artimaña.
—Lo supe desde el principio, había algo que no cuadraba con ese hombre —dijo El Jefe—.
Bueno, ya recibirá su recompensa por tomarme el pelo.
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