Sobreviviendo al Mundo de las Bestias con mi Sistema ‘Impertinente’ - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Encuentro con los Hombres Bestia
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16: Encuentro con los Hombres Bestia 16: Encuentro con los Hombres Bestia Lavayla se agachó junto al cuerpo de la bestia.
Encontró la parte delantera y agrandó el agujero que había hecho antes hasta que rodeó todo el pecho.
Una vez que tuvo espacio para trabajar, empezó a cortar con el cuchillo similar a una daga, dando tajos torcidos y suaves.
Tras muchos cortes torpes y desiguales, por fin consiguió despellejarla y arrojó la piel a un lado.
El movimiento fue tosco y lento, sus manos temblaban con cada tajo, pero al final llegó a las costillas y a los huesos más pesados, que lanzó al foso.
Uno a uno, fue sacando los gruesos trozos de carne.
Con cuidado, enjuagó todos los pedazos en el cubo de plástico, frotando ligeramente para que la sangre no se quedara impregnada.
Ordenó cuidadosamente las buenas porciones, luego buscó varias hojas anchas, las secó y envolvió en ellas los trozos que no iba a usar.
Tras atar los hatillos con finas tiras de enredadera, los guardó en la bóveda espacial.
Volvió a lavar la carne que iba a cocinar tras comprar otros dos galones de agua.
Limpió la olla, la llenó de agua y la puso sobre la hoguera fuera de la cueva.
En cuanto hirvió, echó la carne.
Mientras esperaba, lavó las moras, peló y rebanó el ñame, y abrió las vainas de tamarindo.
Lo machacó todo junto, tal como había hecho esa mañana.
Cuando la carne se ablandó, la cortó en trocitos y lo mezcló todo, formando unas gachas espesas que desprendían un aroma silvestre y apetitoso.
Para cuando terminó, el sudor le cubría la espalda, sentía los brazos débiles y el estómago le gruñó de nuevo.
El Sistema permaneció en silencio durante un momento sospechosamente largo.
Entonces…
«…Anfitriona.
Está bien.
Está bieeeen.
Te daré tu recompensa.
Tanto por la comida de la mañana como por esta».
Dos avisos aparecieron en su campo de visión:
[Misión de Comida Matutina completada — 2500 Puntos otorgados más 500 puntos de bonificación].
[Misión de la Tarde completada — 2500 Puntos otorgados]
El Sistema refunfuñó.
«¿Contenta ahora, Anfitriona…?».
Lavayla sonrió con suficiencia mientras removía la olla.
—Extremadamente.
Cuando terminó de cocinar, tapó la olla y la llevó junto con el cuenco y la cuchara al interior de la cueva.
Al llegar a la manta extendida en el suelo, se detuvo.
El bebé estaba despierto, con los ojos muy abiertos y balbuceando, tambaleándose mientras intentaba incorporarse.
Lavayla sonrió a pesar de su agotamiento.
Dejó las cosas en el suelo, fue hacia él y lo alzó en brazos.
Él chilló de alegría, agarrando a puñados la parte superior de su ropa, y ella lo meció suavemente, jugando con él hasta que sus risitas llenaron la cueva.
Un momento después, lo sentó sobre la manta.
—No te vayas por ahí —le advirtió, aunque sus diminutas piernas todavía no podían llevarlo a ninguna parte.
Volvió a salir, lavó todo lo que había usado y dejó el fuego bajo.
Cuando regresó, sirvió un cuenco de las gachas espesas.
El bebé alargó inmediatamente ambas manos para cogerlo.
Lavayla le sujetó los deditos antes de que pudiera volcar el cuenco y, en su lugar, se puso a jugar con sus manos.
Él rompió a reír, pataleando.
Mientras lo miraba, le habló al Sistema con la mente.
«Sistema, ¿cuántos Puntos me quedan?».
«A la Anfitriona le quedaban 16 300 Puntos, más los 5500 Puntos de recompensa por la misión.
¡Actualmente tienes un total de 21 800 Puntos~!».
«Vale.
Quiero comprar la leche de fórmula para bebés; una más grande.
Algo que dure al menos un mes.
¿Cuánto cuesta?».
«Anfitriona~, se supone que cuesta 2500 Puntos, pero como tienes un 30 % de descuento, se queda en 1750 Puntos.
Así que solo tienes que pagar 1750 Puntos y te daré la leche de fórmula que puede durar un mes si la usas con moderación».
«De acuerdo.
Cómpralo».
En el instante en que lo compró, el recipiente apareció a su lado: grande, resistente y herméticamente cerrado.
Asintió para sus adentros, cogió el pequeño biberón que había usado antes, preparó la leche y sentó al bebé en su regazo.
En cuanto le acercó el biberón a la boca, lo agarró con una determinación sorprendente y se puso a succionar con avidez.
Lavayla no pudo contener la risa que se le escapó.
Al caer la tarde, Lavayla fue a ver al bebé.
Le quitó la ropa e hizo una mueca al instante: se había hecho caca en el pañal.
Pellizcó el borde del pañal, conteniendo la respiración, y lo arrojó a un claro algo alejado de la cueva.
Entrecerró los ojos para fulminarlo con la mirada, y luego suspiró y murmuró: —Oh, Dios…
¿qué he hecho yo para merecer esto?
Sin dejar que la tocara, lo cogió por las axilas y lo sostuvo frente a ella.
Le enjuagó el trasero y después todo el cuerpo antes de regresar al interior.
Sacudió la manta para quitarle el polvo, la extendió con cuidado y dejó al bebé encima.
Después, salió corriendo de nuevo para ocuparse del pañal.
Sosteniendo la tela manchada, la pellizcó con la punta de los dedos y frunció el ceño, con el asco reflejado en su rostro.
—¡Sistema…, jabón!
¡Necesito jabón!
Agh.
«Claro, Anfitriona.
Puedo ofrecerte un paquete completo: lavavajillas líquido, detergente para la ropa y gel de baño.
Total: 500 Puntos.
¿Lo compras?».
—Sí…, dámelo ya.
«¡Compra confirmada~!».
Se armó de valor y empezó a frotar, haciendo muecas de asco mientras lo hacía.
Para cuando por fin terminó, el pañal estaba limpio y olía a fresco.
Dejó escapar un largo suspiro de satisfacción, mientras el alivio la inundaba.
Luego, cuando cayó la noche, cocinó la comida que quedaba, dejó el fuego bajo, limpió todas las herramientas y superficies que había usado, volvió a dar de comer al bebé y, finalmente, se acostó.
Pero el sueño no llegó enseguida.
Dio vueltas y más vueltas, mirando fijamente el techo de la cueva, escuchando el caos de su mente.
Pensó en la pitón, el acantilado, el puente, la bestia que había matado, el bebé a su lado, el miedo a su situación…
en todo.
Todo se enredaba en sus pensamientos como lianas que se negaban a aflojarse.
No fue hasta después de la medianoche, cuando sus ojos ya no pudieron luchar contra la pesadez, que por fin se durmió, rendida finalmente al agotamiento.
|A la mañana siguiente|
Lavayla se despertó con la cara hundida en la manta, con el cuello rígido, babeando a medias y completamente desorientada.
Por un segundo, ni siquiera supo dónde estaba, hasta que el olor terroso de la cueva volvió a sus sentidos, junto con el débil crepitar de las brasas que se extinguían fuera.
Y el suave balbuceo a su lado.
Levantó la cabeza despacio.
El bebé ya estaba despierto, dándose la vuelta para ponerse boca abajo y pataleando, como si calentara para una maratón que pensaba correr en cuanto averiguara cómo hacerlo.
Lavayla soltó una larga exhalación.
—¿Ya es de día…?
Maldición.
Sentía el cuerpo pesado.
No esa pesadez agradable, sino la del tipo «solo he dormido tres míseras horas».
Se frotó los ojos hasta aclarar la vista y luego se incorporó.
Sus músculos protestaron de inmediato.
El Sistema intervino, con un tono irritantemente alegre.
«Buenos días, Anfitriona~.
Has dormido cinco horas y cincuenta y un minutos.
Impresionante, teniendo en cuenta lo mucho que te quedaste despierta anoche».
—No me felicites —masculló—.
No fue por elección propia.
El bebé extendió hacia ella sus manitas para que lo cogiera, gimoteando de esa forma suave y lastimera que se le clavaba directamente en la conciencia.
Lavayla parpadeó al mirarlo, luego lo alzó y lo apretó contra su pecho.
—Venga, ya está.
Tienes hambre, ¿a que sí?
«Anfitriona, el bebé tiene hambre, sí.
Su estómago lleva gruñendo los últimos ocho minutos y cuarenta y tres segundos».
—Gracias por esa precisión tan innecesaria.
Se puso en pie, con las articulaciones crujiéndole, y caminó hacia la entrada.
La hoguera todavía conservaba un débil resplandor, fácil de reavivar.
La atizó, añadió unas cuantas ramas secas y colocó la olla encima.
Las gachas de la noche anterior se habían espesado, formando una masa densa que tendría que recalentar y aligerar con agua.
Mientras se calentaba, preparó la leche del bebé: una cucharada, agitar, probar.
Cuando se lo ofreció, el bebé agarró el biberón con ambas manos, como si temiera que fuera a arrebatárselo.
Lavayla resopló.
—Tranquilo.
No voy a pelearme contigo por él.
Él succionó con ganas, con los carrillos inflados y los ojos entrecerrados de placer.
La imagen hizo que el nudo que ella tenía en el pecho se aflojara un poco.
Solo un poco.
Removió las gachas que estaba recalentando y se sentó en la losa de piedra.
El vapor ascendió, arrastrando el mismo aroma silvestre del día anterior, pero por una vez no hizo una mueca de asco.
El hambre no se lo permitía.
Comió en silencio mientras el bebé bebía a su lado.
Al cabo de un rato, el Sistema carraspeó, en sentido figurado, pero con la suficiente fuerza en su mente.
«Anfitriona, te quedan 19 400 Puntos después de comprar el paquete de jabón.
Hoy deberías plantearte explorar la zona de los alrededores o localizar fuentes de agua más seguras.
El río está demasiado lejos y el agua que tienes almacenada no durará mucho».
Lavayla se detuvo con la cuchara a medio camino.
—¿Explorar dónde?
Todo lo que hay ahí fuera quiere tragarme entera.
«Correcto, Anfitriona.
Pero también necesitas sobrevivir.
Y para sobrevivir se necesita información.
Yo te guiaré».
Ella chasqueó la lengua.
—De acuerdo.
Después de desayunar.
«¡Anotado~!».
Lavayla le dio al bebé lo último del biberón, le limpió la boca con la esquina de la manga y lo dejó con cuidado sobre la manta.
Él se agarró inmediatamente los dedos de los pies e intentó comérselos.
Se quedó mirándolo.
—…Claro.
Lo que te haga feliz.
Luego suspiró, se puso en pie y apretó con más fuerza su cuchillo.
———
Mientras caminaba por el bosque, Lavayla se tapó los ojos con la mano para protegerse del sol que se filtraba entre los árboles.
—Llevamos tres horas caminando y ni rastro de agua.
¿Sabes de verdad adónde vamos?
«¡Sí, Anfitriona~ Ya falta poco!».
—Sí, llevas un rato diciendo eso.
Menos mal que usé el agua que quedaba para darme una ducha, si no, me estaría asando bajo este sol.
Se movía con cautela, con el mismo pijama y el bebé atado a la espalda con las pieles secas.
Llevaba el pelo recogido en un moño alto y empuñaba la daga con la mano derecha, escudriñando el bosque a su alrededor.
De repente, resonó un fuerte gruñido.
Lavayla se quedó helada.
—¿Has oído eso?
«Sí, Anfitriona.
Lo he escaneado.
Estás a punto de encontrarte con unos Hombres Bestia antes de llegar a la fuente de agua».
A Lavayla le dio un vuelco el corazón.
—¿Qué?
¡¿Hombres Bestia?!
«Sí, Anfitriona.
Son cinco.
Tres a un lado y dos al otro.
Parece que están discutiendo».
Lavayla maldijo por lo bajo.
—¡Mierda!
Miró al suelo, escudriñándolo rápidamente.
—¿Dónde puedo esconderme?
Dijiste que tienen un oído muy fino, ¿no?
Entonces podrían encontrarme…, y no quiero que me encuentren.
Encontrármelos…
Ni siquiera quiero encontrármelos.
¡¿Así que dónde puedo esconderme?!
El Sistema habló con voz lenta y arrastrada, casi en tono de burla.
«Anfitriona…, en algún momento tendrás que conocerlos e interactuar con ellos, ¿no?».
—Sí, ya lo sé —espetó Lavayla, rechinando los dientes—.
Solo dímelo.
¿Dónde puedo esconderme?
«De acuerdo.
Ve a tu izquierda.
No, a la derecha.
Sí…
para ahí.
Detrás de ese árbol.
Ahí puedes esconderte».
—Vale.
—Las rodillas de Lavayla tocaron la tierra cuando se agachó, apretándose contra la áspera corteza.
Se inclinó un poco hacia delante, con cuidado de mantener estable al bebé que llevaba en la espalda.
Su respiración se hizo más lenta, y sintió una opresión en el pecho a medida que el lejano murmullo de voces se hacía más fuerte.
Y entonces los vio.
Oh, mierda.
Desde luego, no eran humanos.
Ningún humano podría alcanzar la altura y la corpulencia de aquellas figuras descomunales.
Ningún humano tendría músculos marcados como muros de piedra bajo capas de pieles andrajosas.
Su pelo y sus barbas eran salvajes y desgreñados, y sus garras —se dio cuenta de las garras— se curvaban como hoces.
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