Solo quería enseñar cultivación, ¡pero las diosas no dejan de llegar! - Capítulo 172
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172: Capítulo 172 Tu lanza es afilada, Señor…
¡Úsala 172: Capítulo 172 Tu lanza es afilada, Señor…
¡Úsala Después de lo que Huo Mian había presenciado, de ninguna manera podía creer que Lin Feng fuera realmente un buen maestro.
Además, también estaban sus despiadadas acciones cuando le aplastó los testículos a Li Tianhao en la Plataforma de Enseñanza Dao, demostrando a todos lo desalmado que podía llegar a ser.
Aun así, a Huo Mian le sorprendió la reacción de Lin Feng.
Había esperado de él miedo, vacilación o incluso un balbuceo nervioso.
Sin embargo, Lin Feng permaneció tranquilo, sereno y totalmente imperturbable, como si no hubiera oído nada más aburrido en toda su vida.
—No importa —dijo, con un tono casual pero resuelto—.
Hazlo.
Me da igual.
Ahora, si no tiene nada más importante que decir, Mentora Huo Mian, la puerta espera su salida.
Por favor, no vuelva a hacerme perder el tiempo de esta manera.
Levantó ligeramente la mano derecha, señalando hacia la puerta, y el gesto fue suficiente para avivar aún más el genio de Huo Mian.
«Es mi palabra contra la suya.
No será suficiente para expulsar a este fraude de la academia.
Dudo también que sus estudiantes se pongan en su contra», pensó furiosa.
Su mirada se clavó en el rostro de él, intentando encontrar alguna fisura, algún atisbo de incertidumbre, pero no encontró nada.
La expresión de Lin Feng se mantuvo serena, seria e inquebrantable, dejando claro que no tenía intención de seguir discutiendo el asunto.
La irritación bullía en su interior, mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
«¿Acaso he perdido de repente mi encanto?
¿Por qué este hombre no está nervioso?
¿Ni balbucea?
¿Ni siquiera intenta complacerme en lo más mínimo?».
Su orgullo, cultivado durante décadas de belleza, talento y autoridad, no podía reconciliarse con el hombre que tenía ante ella.
Se negaba a doblegarse, se negaba a flaquear y se negaba a reconocer las expectativas de ella.
Y ese desafío… la enfureció más de lo que esperaba.
Huo Mian, por supuesto, era demasiado obstinada para marcharse tan fácilmente.
De hecho, la indiferencia de Lin Feng no hizo más que anclarla con más firmeza al sitio.
Su orgullo no le permitiría retirarse como un soldado vencido.
En lugar de eso, su mente empezó a funcionar a la velocidad del rayo.
Siempre había sido inteligente.
La estrategia, la deducción y el sentido de la oportunidad eran puntos fuertes de los que se enorgullecía.
Ni siquiera en una confrontación tan inesperada como esta entró en pánico.
Calculó.
«Si las amenazas no lo conmueven… entonces el orgullo lo hará».
Un tenue destello calculador brilló en sus ojos azules.
—¿Qué le parece si hacemos una apuesta, Mentor Lin Feng?
—dijo por fin, con la voz recobrando su fría compostura—.
Si usted gana, puede poner una condición.
Sea cual sea, juro que la cumpliré de todo corazón.
Hizo una pausa deliberada antes de continuar.
—Pero si gano yo, abandonará la Academia Manantial Espiritual voluntariamente.
Sin quejas.
Sin oponer resistencia.
La sala pareció sumirse en el silencio tras su propuesta.
Era una oferta audaz.
Confiaba en sus habilidades.
Ya fuera en la enseñanza, la cultivación o la reputación, nunca se había considerado inferior a nadie en la academia.
En su mente, no existía ningún escenario en el que pudiera perder.
Y lo que era más importante, entendía a los hombres.
El orgullo era una debilidad que la mayoría de ellos compartía.
Desafiar su valor.
Cuestionar su confianza.
Poner en duda su fuerza.
Se lanzarían de cabeza como polillas a la llama.
Para su desgracia, se había topado con Lin Feng.
Lin Feng no era como la mayoría de los hombres, ni se parecía a ningún otro que ella hubiera conocido.
Estaba muy por encima de las expectativas ordinarias, fuera del alcance del orgullo mortal y de las provocaciones superficiales.
—Lo siento —respondió Lin Feng con calma—.
No me interesa.
Por favor, váyase ya.
No dudó.
Ni siquiera fingió considerarlo.
Simplemente, se negó.
Aquel rechazo tan displicente golpeó a Huo Mian con más fuerza que una bofetada.
Se mordió el labio, irritada.
—¿Acaso teme perder contra una mujer débil como yo?
¿Es eso?
—insistió ella, con un tono que se agudizó como la escarcha que se forma sobre el cristal.
—Y yo que pensaba que era un guerrero intrépido, Mentor Lin Feng.
Me decepciona de verdad.
La provocación fue ejecutada a la perfección.
Cualquier otro hombre se habría puesto rígido ante el insulto.
Cualquier otro hombre se habría apresurado a defender su orgullo, ansioso por demostrarle que se equivocaba.
Pero Lin Feng se limitó a mirarla.
Inmutable.
—Me da igual —dijo sin más—.
Simplemente no me interesa una apuesta.
Ni tampoco me interesa usted.
Cada palabra cayó con una sosegada contundencia.
—Se me ocurren cien millones de cosas más importantes que hacer con mi tiempo que prestarme a esto.
No había ira en su voz.
Ni burla.
Ninguna intención oculta.
Solo indiferencia.
Y, de alguna manera, esa indiferencia hirió su orgullo más profundamente de lo que jamás podría haberlo hecho el desprecio abierto.
Caminó hacia la puerta.
—Si no hay nada más, que tenga un buen día, Mentora Huo Mian.
Alargó la mano hacia el pomo.
Fue entonces cuando Huo Mian sintió que algo desconocido se agitaba en su interior.
Frustración, sí.
Ira, desde luego.
Pero por debajo… algo más.
«¿Qué le pasa a este hombre?», se preguntó, con los pensamientos a mil por hora.
«¿Por qué no actúa como todos los demás hombres que he conocido en mi vida?
No consigo interpretarlo en absoluto ni predecir sus acciones».
Toda su vida, los hombres habían reaccionado a su presencia.
Unos se turbaban.
Otros pecaban de exceso de confianza.
Muchos, ansiosos por impresionarla.
¿Pero Lin Feng?
La trataba como si fuera una colega cualquiera con una actitud inoportuna.
Nada más.
La puerta se abrió.
Lin Feng estaba a punto de cruzar la puerta cuando Huo Mian sintió una repentina oleada de pánico.
—¡Lo que sea!
—exclamó ella, con la voz más aguda de lo que pretendía.
Él se detuvo, pero no se giró de inmediato.
—Si gana, puede pedirme lo que sea —continuó, forzando las palabras a salir antes de que el valor le fallara—.
Y digo lo que sea.
La última palabra quedó suspendida, pesada, en el aire.
Un profundo rubor se extendió por sus mejillas, tiñendo la prístina frialdad que había lucido como una armadura durante años.
La Diosa de Hielo de la Academia Manantial Espiritual no estaba acostumbrada a decir cosas tan temerarias.
Sin embargo, se negaba a echarse atrás.
Su mero orgullo no se lo permitiría.
Aun así, bajo su bochorno, la confianza permanecía.
Creía firmemente en sus propias capacidades.
En su mente, no había forma posible de que perdiera.
Esta oferta no le costaba nada… porque la derrota no era una opción.
Lin Feng se dio la vuelta lentamente.
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