SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 1
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1: La Carta 1: La Carta La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del pequeño apartamento de Ariana Duarte.
Sentada frente a su escritorio, con una taza de café medio vacía, intentaba concentrarse en las palabras que debían llenar las páginas en blanco de su cuaderno.
Pero su mente estaba en otro lugar.
Los recuerdos de su infancia, los que había tratado de enterrar durante años, regresaban como sombras persistentes en la oscuridad.
Un golpe suave en la puerta rompió su concentración.
Frunció el ceño, preguntándose quién podría ser a esa hora.
Se levantó lentamente y caminó hacia la entrada con cierta reticencia.
Al abrir la puerta, no había nadie, solo un sobre grueso y amarillento en el suelo.
La curiosidad la llevó a recogerlo.
En el frente, estaba escrito su nombre con una caligrafía elegante: “Ariana Duarte”.
De regreso en su escritorio, rasgó el sobre con cuidado.
Dentro había una carta escrita a mano, con tinta negra que parecía haberse secado recientemente.
El corazón de Ariana comenzó a latir con fuerza mientras leía las primeras líneas: “Querida Ariana, Las sombras de tu pasado no han desaparecido, solo han estado esperando.
Ahora es el momento de enfrentarlas.
En la casa donde todo comenzó, hallarás respuestas a las preguntas que nunca te atreviste a hacer.
Pero también hallarás algo más: un destino que no puedes evitar.
Te espero al anochecer.
Con fe en lo que está por venir, Un amigo de las sombras.” Ariana sintió que el aire se espesaba a su alrededor.
La casa donde todo había comenzado.
Sabía perfectamente a qué lugar se refería: la vieja casona familiar, abandonada desde la noche en que su mundo se desmoronó.
Las palabras de la carta parecían cobrar vida propia en su mente.
No era posible que alguien la conociera tan bien, alguien que supiera cosas que ni siquiera había compartido con su mejor amiga, Lucía.
Y, sin embargo, la intriga la consumía.
La sensación de que algo inevitable estaba por suceder se apoderó de ella.
Miró por la ventana.
El día había estado gris y lluvioso, pero ahora el cielo se oscurecía rápidamente.
Ariana sabía que lo más sensato sería ignorar la carta, pero también sabía que no podría vivir con la duda.
A medida que la noche caía, empaquetó unas pocas pertenencias esenciales en su mochila y tomó las llaves de su coche.
Mientras conducía por la carretera que llevaba a las afueras, una mezcla de temor y determinación la mantenía alerta.
La lluvia había disminuido, pero el ambiente seguía cargado de humedad y misterio.
Cuando finalmente llegó, el viejo portón oxidado se alzaba frente a ella como un centinela imponente.
La casa, envuelta en penumbra, parecía estar esperándola.
Ariana apagó el motor y permaneció un momento en silencio, intentando calmar los nervios.
Con pasos firmes, aunque inseguros, avanzó hacia la puerta principal.
Sacó una vieja llave que había guardado por años, sin saber realmente por qué nunca se había deshecho de ella, y la insertó en la cerradura.
La puerta se abrió con un chirrido lento y ominoso.
El interior estaba tan oscuro como lo recordaba, con un aire pesado y cargado de nostalgia.
Dio unos pasos hacia el salón principal, donde las sombras parecían moverse con vida propia.
Entonces lo vio.
Una figura alta y esbelta se recortaba contra la poca luz que entraba por las ventanas rotas.
—Sabía que vendrías— dijo una voz masculina, profunda y envolvente.
La figura dio un paso al frente, revelando un rostro que parecía tallado en piedra y unos ojos plateados que brillaban en la oscuridad.
Ariana no pudo articular palabra.
Todo en su cuerpo le gritaba que saliera corriendo, pero algo en esos ojos la mantenía anclada al suelo.
Supo, en ese instante, que la promesa de la carta era solo el principio de algo mucho más grande y peligroso de lo que había imaginado.
Ariana no podía apartar la vista del hombre frente a ella.
Había algo hipnótico en su presencia: sus movimientos eran precisos, casi felinos, y sus ojos plateados parecían perforar su alma.
La luz tenue del salón apenas iluminaba sus rasgos, pero aun así era imposible ignorar la intensidad que irradiaba.
—¿Quién eres?— logró preguntar, aunque su voz apenas era un susurro.
El hombre sonrió levemente, una curva en sus labios que mezclaba misterio y peligro.
—Soy alguien que ha estado esperando este momento por mucho tiempo.
Mi nombre es Elian Volkov.— Elian.
La forma en que pronunciaba su nombre le resultaba tan familiar como desconocida.
Ariana dio un paso atrás, intentando mantener la distancia, pero su curiosidad seguía creciendo.
La carta…
la casa…
y ahora este hombre.
Todo parecía un rompecabezas cuya imagen aún no lograba vislumbrar.
—¿Qué haces aquí?
¿Cómo sabes quién soy?— Ariana intentó sonar firme, aunque el temblor en sus manos la traicionó.
—El verdadero misterio no soy yo, Ariana.
El verdadero misterio eres tú.— Elian dio un paso hacia ella, con calma, sin mostrar intenciones hostiles, aunque su presencia era suficiente para hacer que su pulso se acelerara.
—Esta casa guarda secretos que tu familia intentó ocultarte.
Y tú…
eres la clave para desenterrarlos.— Ariana parpadeó, incrédula.
—¿De qué estás hablando?
No tengo idea de qué secretos hablas.
Mi familia…
están muertos.— Su voz se quebró al final, recordando la tragedia que había marcado su vida.
—Lo sé.
Pero su muerte no fue un accidente,— respondió Elian, su tono cargado de una gravedad que hizo que el estómago de Ariana se hundiera.
—La noche en que todo cambió, las sombras se movieron contra ellos.
Y ahora, esas mismas sombras te buscan a ti.— Ariana retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.
—Esto es una locura.
Yo no tengo nada que ver con sombras, secretos o lo que sea que estés diciendo.— Elian suspiró y sacó algo de su bolsillo: un colgante de plata con un símbolo que Ariana no reconoció.
La forma del objeto le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía recordar dónde lo había visto antes.
—¿Esto te dice algo?— preguntó Elian, extendiéndolo hacia ella.
—Era de tu madre.— Ariana sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
El colgante, con sus intrincados grabados, despertó una oleada de imágenes en su mente: su madre riendo, inclinándose sobre ella mientras le cantaba una vieja canción.
Ese colgante siempre había colgado de su cuello, un objeto que nunca se quitaba.
Ariana pensaba que se había perdido el día del incendio.
—¿Cómo lo tienes?— preguntó, tomando el colgante con manos temblorosas.
La textura fría del metal contra su piel le trajo una sensación de calidez y dolor al mismo tiempo.
—El colgante nunca se perdió.
Fue protegido, escondido, porque es mucho más que un recuerdo.
Es una llave.— Elian se acercó un poco más, su voz descendiendo a un susurro.
—Una llave para abrir lo que está enterrado en esta casa.— Ariana sacudió la cabeza, tratando de procesar todo lo que estaba escuchando.
—No entiendo.
¿Qué está enterrado aquí?
¿Qué tiene que ver esto conmigo?— —El linaje de tu familia está conectado a un antiguo pacto, Ariana.
Un pacto que los llevó a enfrentarse a fuerzas que no puedes imaginar.
Tú heredaste más que su apellido o su legado.
Heredaste su responsabilidad, y ahora, esas fuerzas te están buscando.
La pregunta es, ¿estás dispuesta a enfrentarlas?— El silencio llenó la habitación, roto solo por el sonido de la lluvia que había comenzado a golpear las ventanas de nuevo.
Ariana miró a Elian, a su expresión seria pero cargada de algo más: una especie de urgencia que no podía ignorar.
—Si esto es cierto…
si realmente hay algo aquí que necesito saber…
¿qué pasa si decido no hacerlo?— preguntó finalmente.
Elian la observó, y por un momento, un destello de tristeza cruzó sus ojos.
—No tienes esa opción.
Ya estás dentro, Ariana.
La carta fue solo el primer paso.
Ahora depende de ti decidir cómo enfrentar lo que viene.— Ariana sintió un nudo en el estómago.
Algo en su interior le decía que, por extraño que sonara, este hombre tenía razón.
Había algo más grande ocurriendo, algo que no podía simplemente ignorar.
Pero también sabía que tomar ese camino significaría enfrentar cosas que podrían destruirla.
Con un suspiro tembloroso, apretó el colgante en su mano y levantó la mirada hacia Elian.
—Dime por dónde empezar.— Elian asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Por el ático,—dijo, señalando hacia las escaleras.
—Es hora de desenterrar la primera verdad.— Ariana tragó saliva, pero asintió.
Mientras seguía a Elian hacia el segundo piso, no pudo evitar sentirse como si estuviera cruzando un umbral del que ya no habría regreso.
Elian avanzó por las escaleras con pasos seguros, mientras Ariana lo seguía con una mezcla de temor y determinación.
Cada crujido de los escalones resonaba como un latido ensordecedor en sus oídos.
El pasillo que conducía al ático estaba sumido en penumbra, y el aire allí arriba parecía más frío, más pesado.
Ariana recordó las veces que de niña había evitado ese lugar, convencida de que algo acechaba entre las sombras.
Ahora, adulta, esa sensación regresaba con una intensidad que la hacía dudar de sus propias convicciones.
Elian se detuvo frente a una puerta de madera al final del pasillo.
La pintura estaba desgastada, las bisagras oxidadas.
Ariana notó cómo el colgante en su mano parecía vibrar ligeramente, como si respondiera a algo detrás de esa puerta.
—¿Qué hay ahí dentro?— preguntó, su voz apenas un susurro.
—La verdad,— respondió Elian, sin apartar la mirada de la puerta.
—Pero también los primeros vestigios del peligro que enfrentamos.
Necesito que estés preparada, Ariana.
Lo que sea que encuentres aquí podría cambiar todo lo que crees saber sobre tu vida.— Ella tragó saliva, luchando contra el impulso de retroceder.
—Nunca me sentí preparada para nada en mi vida, pero…
aquí estoy.— Elian le dedicó una mirada aprobatoria antes de empujar la puerta, que se abrió con un chirrido largo y angustiante.
El ático estaba cubierto de polvo y sombras, iluminado solo por la luz que se filtraba a través de una pequeña ventana rota.
Elian encendió una linterna, revelando cajas apiladas, muebles viejos cubiertos con sábanas y…
algo más.
En el centro de la habitación, había un baúl antiguo, ornamentado con el mismo símbolo que llevaba el colgante.
Ariana sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Es ahí,— dijo Elian, señalando el baúl.
—Ese es el origen de todo.— Ariana se acercó lentamente, con el colgante apretado en su mano.
Cada paso parecía pesar más que el anterior, como si algo invisible intentara detenerla.
Cuando finalmente estuvo frente al baúl, vio que el símbolo del colgante encajaba perfectamente en una ranura de la cerradura.
—¿Qué pasa si lo abro?— preguntó, mirando a Elian.
—No lo sé con certeza,— admitió él, aunque su tono sugería que esperaba lo peor.
—Pero es necesario.
Si las sombras ya te buscan, necesitas entender por qué.— Con un suspiro tembloroso, Ariana colocó el colgante en la ranura.
Al girarlo, un clic resonó en la habitación, seguido por un suave zumbido.
La tapa del baúl se abrió lentamente por sí sola, liberando una bocanada de aire frío que apagó la linterna de Elian y sumió la habitación en la oscuridad.
Entonces, algo comenzó a brillar en el interior del baúl: una luz azulada que parecía palpitar como un corazón vivo.
Ariana se inclinó, cautivada, y lo vio: un libro antiguo, encuadernado en cuero desgastado, con páginas que emitían un leve resplandor.
—El libro de los Pactos,— murmuró Elian, su voz cargada de reverencia y miedo.
Ariana extendió la mano hacia el libro, pero antes de que pudiera tocarlo, una sombra se alzó del baúl, envolviéndola en un frío helado.
La oscuridad parecía tener vida propia, moviéndose con una intención que no podía comprender.
—Ariana, retrocede,— ordenó Elian, tirando de su brazo, pero era demasiado tarde.
Una voz gutural y profunda resonó en la habitación, haciendo vibrar las paredes: —La heredera finalmente ha llegado.— Ariana sintió que su mente se llenaba de imágenes, destellos de lugares desconocidos, rostros y símbolos que no podía entender.
El colgante en su mano brilló con fuerza, y la sombra retrocedió, como si fuera repelida por su luz.
Elian la sostuvo firmemente cuando sus piernas comenzaron a fallar.
—Es suficiente por ahora.
Tenemos que salir de aquí.— —No…
no puedo dejar esto,— balbuceó Ariana, todavía mirando el libro.
—Lo recuperaremos cuando estés lista,— insistió Elian, arrastrándola hacia la salida.
—Ahora, debemos alejarnos antes de que algo peor despierte.— Mientras descendían apresuradamente las escaleras, Ariana supo que ya no había vuelta atrás.
Había abierto una puerta que nunca podría cerrar.
El libro, la sombra y las palabras que resonaban en su mente eran solo el principio.
Y, aunque temía lo que vendría, una parte de ella quería saber más, quería enfrentar esas sombras y descubrir por qué su vida estaba tan entrelazada con ese oscuro legado.
Al salir de la casa, Ariana se volvió hacia Elian.
—Dime la verdad.
¿Qué soy para todo esto?— Elian la miró con una intensidad que la hizo temblar.
—Eres mucho más de lo que crees, Ariana.
Y, para ellos, eres lo único que puede destruirlos.— Con esas palabras, Ariana entendió que su vida, tal como la conocía, había terminado.
Y lo que venía ahora era un mundo de sombras, promesas y un destino que apenas empezaba a comprender.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Ashley_Andino_4920 Querido lector.
Este primer capítulo de Sombras y Promesas te invito a conocer a Ariana Duarte y el inicio de su viaje lleno de misterio y revelaciones.
La carta que recibe es solo el primer paso hacia un destino que cambiará su vida.
Gracias por acompañarme en esta historia.
¡Esto es solo el comienzo!
y no se les olvide de Votar y comentar que les parece la historia me ayudarían muchos sus comentarios.
Con cariño, Ashley
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com