SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 10
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10: Cuando la Sombra Pronuncia su Nombre 10: Cuando la Sombra Pronuncia su Nombre Elian tensó el brazo, la daga firmemente sujeta, mientras sus ojos rastreaban cada centímetro entre los árboles.
No era solo una amenaza: era una promesa.
Una que podía sentirse en el aire como hierro caliente.
Ariana no respiraba.
Sentía al traidor demasiado cerca.
No como una presencia física, sino como una presión en su mente, en el relicario, en la sangre misma que parecía murmurar advertencias que ella no alcanzaba a descifrar.
—Ariana… —susurró la voz otra vez, envolviendo su nombre como si lo hubiera dicho mil veces antes.
Un escalofrío le subió por la columna.
Elian retrocedió medio paso, protegiéndola más.
—Muéstrate —exigió con voz firme, casi desafiante.
Un murmullo suave respondió.
Como una risa apagada, como hojas secas arrastradas por un viento que no existía.
—¿Todavía no me recuerdas…?Qué extraño.
Tú solías hacerlo tan bien.
Ariana sintió un nudo en la garganta.
No reconocía la voz.Pero su cuerpo sí.
El relicario ardió en rojo.
Y fue como si la tierra a su alrededor respirara profundo.
Elian lo notó.
—Atrás —susurró él sin quitar la vista del bosque—.
No importa lo que escuches.
No te muevas.
Ella tragó saliva.
No podía prometer eso.
Una sombra se movió entre los árboles.
No tenía forma.
No tenía pasos.
Solo un deslizamiento, como si atravesara la realidad sin pedir permiso.
El relicario golpeó su pecho con un latido seco.
Un latido.
Dos.
Tres.
Y entonces, el bosque se abrió.
La figura apareció ante ellos.
No surgió caminando, ni desde un escondite.
Simplemente… estuvo ahí.
Como si hubiera salido del aire mismo.
Altura imponente.Ropas oscuras.Una máscara blanca que cubría por completo su rostro, sin ningún rasgo salvo dos hendiduras profundas y negras, como ojos vacíos.
Pero Ariana sintió algo detrás de esos huecos.Algo vivo.Algo que la conocía demasiado.
Él levantó una mano, no para atacar, sino para sentir… para tocar el aire frente a ella.
—Ariana —repitió, con esa tranquilidad que calaba más que cualquier amenaza—.
Ven.
Elian avanzó un paso, cortando la línea invisible que el hombre marcaba.
—Un paso más hacia ella y juro que te abriré el cuello.
La figura lo observó, curiosa.Luego inclinó la cabeza como si analizara un insecto.
—Qué valiente.
Qué inútil.
Elian apretó la mandíbula.Ariana sintió cómo la tensión en su brazo se volvía casi palpable.
Pero lo que la escena despertaba dentro de ella era peor.
Porque cuando la figura habló de nuevo, la voz se volvió más nítida.Más cercana.Más… conocida.
—Ariana… el relicario nunca debió ser tuyo.
Tú lo arrebataste.
Y lo que se arrebata… siempre reclama algo a cambio.
Ella retrocedió un paso, sin querer hacerlo.Elian extendió un brazo para sujetarla.
—Él no te tocará —le susurró, y su voz era una promesa rota antes de nacer.
La figura soltó una risa baja.
—Oh, Elian… siempre tan desesperado por proteger lo que no te pertenece.
Ariana sintió un latido en el pecho.
No propio.Del relicario.
La figura lo sintió también.
—Ah… ya despertó —susurró, y la temperatura del bosque descendió diez grados de golpe.
Elian lo notó.Ariana lo sintió como un golpe en el estómago.
El hombre comenzó a caminar hacia ellos.Lento.Sin prisa.
—El relicario responde a mí —dijo con una calma peligrosa—.
Siempre lo ha hecho.
Tú solo lo custodias… temporalmente.
Elian levantó la daga.
La sombra lo ignoró.
—Ariana, mírame —ordenó suavemente.
Ella quiso resistir.
Pero el relicario latió.
Y su cabeza se alzó sola.
Sus ojos se encontraron con los huecos negros de la máscara… y por un segundo, el mundo dejó de existir.
Un destello.Un altar.Manos entrelazadas con las suyas.Un juramento susurrado contra su cuello.Una voz masculina diciendo su nombre con devoción…y luego con rabia.Con hambre.Con deseo.Con pérdida.Con obsesión.
Ariana cayó de rodillas.
Elian la sujetó, alarmado.
—¡Ariana!
La figura sonrió detrás de la máscara, un gesto que ella no vio pero sintió bajo la piel.
—Ella me recuerda —dijo, complacido.
Elian rugió: —No la toques.
Y lanzó la daga.
La hoja voló directo al pecho del enmascarado… pero antes de alcanzarlo, la sombra se deformó, doblándose como humo, y la daga atravesó el aire sin encontrar carne.
Ariana alzó la vista justo cuando la figura reaparecía detrás de Elian.
—Qué molestia eres… —susurró.
Ariana gritó: —¡Elian, atrás!
Elian giró, pero el enmascarado ya extendía una mano hacia él.
No para golpearlo.Para tomarlo.
Su brazo se cerró alrededor del cuello de Elian, no con fuerza, sino con una calma aterradora.
Y Ariana vio cómo una sombra líquida se deslizaba desde la mano del traidor hacia la piel de Elian, marcándola como tinta viva.
Elian arqueó la espalda, ahogado.No gritó.Solo apretó los dientes, luchando contra algo invisible que lo devoraba por dentro.
Ariana sintió el estómago caerle al suelo.
—¡Suéltalo!
—gritó.
La figura la miró.
—No hasta que vengas conmigo.
El relicario ardió.
El suelo tembló.
Ariana no soportó verlo sufrir.
—¡Detente!
—exclamó, dando un paso adelante—.
¡Lo haré!
¡Haré lo que quieras!
¡Pero déjalo respirar!
Elian jadeó, su cuerpo temblaba, las sombras avanzando por su cuello como venas negras.
La figura aflojó el agarre.No del todo.Pero sí lo suficiente.
—Así está mejor… —susurró.
Ariana tragó saliva.Sus dedos comenzaron a temblar.
—Suéltalo del todo.
El enmascarado inclinó la cabeza.
—Muéstrame el relicario.
Ariana sintió el metal quemar su piel, como si el objeto mismo temiera ser revelado.
—Ariana, no —jadeó Elian, apenas consciente.
El traidor aumentó la presión en su cuello, sin apretarlo, pero suficiente para robarle el aire.
Ella gritó: —¡Está bien!
¡Lo haré!
¡Solo déjalo!
Y cuando Ariana levantó el relicario, temblando, el bosque entero pareció contener el aliento.
El enmascarado respiró hondo.
—Ah… por fin.
Pero antes de que pudiera acercarse, un estallido de luz roja salió del relicario, empujando a Ariana hacia atrás.
El traidor retrocedió dos pasos, sorprendido.
Elian cayó al suelo, libre, tosiendo.
Ariana se incorporó con dificultad, el relicario brillando como un corazón demencial.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
La figura la miró fijamente y dijo: —Ya no podrás ocultarte de mí, Ariana.No después de esto.Ahora… estás marcada.
Y se desvaneció.
Simplemente desapareció, dejando a Ariana arrodillada, temblando, con Elian en sus brazos y el relicario latiendo como si una bestia quisiera romper su pecho desde dentro.
Y el susurro del bosque, por primera vez, no era advertencia.
Era sentencia.
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