SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 14
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14: Ecos del relicario 14: Ecos del relicario El aire todavía vibraba con la energía que la sombra había dejado atrás.
Ariana sentía el latido del relicario contra su pecho como un tambor frenético, marcando un ritmo que parecía imponer un tempo sobre su respiración, sobre su sangre, sobre cada pensamiento.
—No… no puedo dejarlo —murmuró, acariciando el relicario—.
Es mío… y de nadie más.
Elian la observó con una intensidad silenciosa.
Sus ojos reflejaban preocupación, miedo y, al mismo tiempo, algo más profundo: la certeza de que su vínculo con ella ya no podía romperse.
—Lo sé —dijo con suavidad—.
Pero debemos movernos.
Ahora.
Antes de que vuelva… o antes de que alguien más aparezca.
Ariana asintió, aunque su mente estaba atrapada entre imágenes, memorias y advertencias del relicario.
Cada vez que lo tocaba, veía fragmentos que no comprendía del todo: un juramento ancestral, la sangre derramada en un círculo de piedra, figuras que parecían familiares y, al mismo tiempo, distantes.
Caminaron en silencio.
El bosque parecía más denso que antes, como si las sombras mismas los siguieran, observando cada paso.
A lo lejos, un río cruzaba entre los árboles, su murmullo parecía mezclarse con los latidos del relicario.
Ariana lo sostuvo con más fuerza.
—Elian… —susurró—.
Siento que… algo dentro de mí cambia.
—¿Qué quieres decir?
—preguntó él, cuidando cada palabra.
—El relicario… me habla, pero no como antes.
Ahora parece… que exige.
Como si necesitara algo de mí.
Algo profundo.
Algo que no estoy segura de estar lista para dar.
Elian la miró, y en sus ojos vio un reflejo de su propia inquietud.
No podía tocar la intensidad del objeto, pero sí podía sentir el efecto que tenía en Ariana: cómo la consumía, cómo la hacía temblar, cómo la empujaba a límites que ni ella misma comprendía.
—Entonces no lo hagas sola —dijo, tomando su mano—.
Lo haremos juntos.
Como siempre.
Ella sonrió, un gesto breve y tembloroso.
La cercanía de Elian era un ancla en medio de todo lo que se desbordaba a su alrededor.
Su corazón latía en sincronía con el relicario, pero también con él.
Y eso, de alguna manera, le daba fuerza.
Se detuvieron junto a un claro cubierto de niebla.
Allí, las piedras caídas formaban un círculo irregular, similar a las ruinas que habían visitado antes, pero más antiguo, más profundo.
Ariana sintió un escalofrío recorrer su espalda: el relicario reaccionó, vibrando en su mano, iluminando el interior con un resplandor carmesí.
—Esto… —dijo Ariana—.
Esto es parte del primer círculo.
Antes de Aurelia.
Antes del Codex.
Elian arqueó una ceja, sorprendido por la seguridad en su voz.—Entonces… ¿esto es todavía más antiguo de lo que hemos visto?
—Sí —respondió ella, casi para sí misma—.
Y creo… creo que aquí es donde todo comenzó.
Donde alguien decidió traicionar.
El silencio se volvió denso, cargado.
Ariana puso el relicario sobre una piedra plana, observándolo.
Su superficie reflejaba la luz de la luna filtrándose entre la niebla, como si contuviera un universo entero dentro.
—Siento… voces —murmuró ella, arqueando la espalda mientras se inclinaba sobre el relicario—.
Voces que hablan de dolor, de codicia, de un pacto roto.
Elian se inclinó a su lado, con cautela, pero sin tocar el relicario.—No hagas nada sin mí.
—Su voz era un hilo de advertencia y cuidado.
Ariana asintió y respiró hondo.
Lentamente, colocó su dedo índice sobre la tapa.
Nada ocurrió al principio.
Solo el frío del metal contra su piel.
Pero luego, como una corriente que recorría su brazo y penetraba su pecho, sintió que el relicario se abría por sí solo, revelando su contenido: un líquido rojo oscuro, denso, que parecía latir como un corazón líquido.
—Dios… —Ariana retrocedió un poco—.
No es sangre normal… —¿Qué es?
—preguntó Elian, conteniendo la respiración.
—Es… energía.
Poder.
Historia.
Herencia.
Todo a la vez —susurró ella—.
Y siento que alguien… la quiere.
Elian apretó los dientes.—¿El traidor?
Ariana asintió con la cabeza, incapaz de apartar la mirada del relicario.
Las imágenes comenzaron a aparecer dentro del líquido: un joven que conocía demasiado de ella, un vínculo oscuro con su sangre, la ambición desmedida, y un brillo que revelaba la marca del primer pacto.
—Él no viene solo por mí —murmuró Ariana—.
Quiere lo que contiene este relicario.
La sangre, el pacto, la clave… todo.
—Entonces debemos protegerlo —dijo Elian, colocando sus manos sobre las de ella para calmarla.
—No es suficiente con protegerlo —replicó Ariana—.
Debemos entenderlo.
Comprender qué lo hace tan poderoso.
Solo así podremos usarlo… o destruirlo si es necesario.
Elian asintió, aunque sentía que esa decisión podría costarles más que cualquier batalla.
—Está bien —dijo—.
Pero primero, debemos salir de aquí antes de que él regrese.
El relicario brilló un instante más, y Ariana sintió un temblor recorrer su cuerpo.
No era miedo, era advertencia.
El traidor no solo los estaba observando: estaba jugando con ellos, guiando cada paso, empujándolos hacia un destino que aún no podían comprender del todo.
—Siento que… —susurró Ariana, apartando el relicario y abrazándolo contra su pecho de nuevo—.
Siento que si lo dejamos aquí, algo dentro de él despertará.
Y si lo llevamos… algo dentro de mí cambiará.
—No tienes que decidirlo sola —dijo Elian, su voz firme, pero suave al mismo tiempo—.
Lo enfrentaremos juntos.
Ariana se apoyó en su hombro por un instante.
Sabía que el peligro era inmenso, que el traidor regresaría con más fuerza, y que el relicario era la clave de todo… pero también sabía que no podía luchar sola.
Y mientras el viento silbaba entre los árboles y la niebla cubría el claro como un manto fantasmagórico, Ariana y Elian emprendieron nuevamente el camino, con el relicario entre ellos, conscientes de que el traidor no tardaría en volver, que cada paso que daban los acercaba a secretos más oscuros, más antiguos… y que la marca sobre su brazo seguía pulsando, recordándole que el precio del despertar apenas comenzaba.
El bosque estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo.
Cada hoja, cada rama, parecía contener la promesa de un peligro inminente.
Ariana sostenía el relicario contra su pecho, sintiendo cómo su calor se mezclaba con el de su propio cuerpo, como si estuviera vivo, como si respirara con ella.
Elian caminaba a su lado, atento a cada sonido, cada movimiento.
Sus dedos rozaban los de ella en ocasiones, no solo por protección, sino para recordarle que no estaba sola.
Que nadie podía arrebatarle aquello que compartían: su confianza, su vínculo, su impulso de luchar juntos.
A lo lejos, una sombra se deslizó entre los árboles.
Apenas un parpadeo, pero suficiente para que el corazón de Ariana se acelerara.
El traidor estaba cerca.
Lo sentía.
Lo percibía en el aire, en el latido del relicario, en cada fibra de su ser.
—Está cerca —murmuró ella, sin apartar la vista de la niebla—.
Lo puedo sentir.
—No te preocupes —dijo Elian, empuñando su daga—.
Lo enfrentaremos.
Juntos.
Pero Ariana sabía que esta vez no bastaría con la fuerza.
Esta vez, la batalla no sería solo física.
Sería mental, emocional, y sobre todo, espiritual.
El relicario no solo contenía poder; contenía verdades que podían destrozarla.
La elección que tuviera que hacer determinaría el destino del pacto, de su linaje y del mundo que creían conocer.
Se detuvieron junto a un claro que parecía una extensión de la nada, como si el bosque mismo se hubiera apartado para observarlos.
Ariana dejó el relicario sobre una piedra cubierta de musgo.
Al instante, se abrió un resplandor carmesí, y el líquido en su interior se agitó como olas en tormenta.
—No hay marcha atrás —susurró ella—.
Esto nos va a cambiar.
Elian asintió.
Sus manos rozaron las de ella mientras la miraba, y en sus ojos había algo más que preocupación: había una promesa silenciosa, un pacto personal que ningún traidor, ningún poder, podría romper.
—Lo sé —dijo él—.
Pero sea lo que sea que haga, lo haremos juntos.
Ariana respiró hondo y tocó el relicario.
Esta vez, no fue una oleada de imágenes externas.
Fue un reflejo de sí misma, de su linaje, de todo lo que había heredado y de lo que aún no comprendía.
Vio a Aurelia, a las casas veladas, a los custodios y a los Portadores, y vio también la sombra que acechaba su destino.
El relicario vibró y emitió un murmullo apenas audible, como un lamento antiguo.
Ariana cerró los ojos.
Podía escuchar sus propios latidos mezclándose con el pulso del objeto: cada decisión, cada sacrificio, cada error posible estaba contenido en esa pequeña caja.
—Debo… elegir —dijo en voz baja, temblando—.
Pero no sé si estoy lista para el precio.
—No estás sola —repitió Elian, rodeándola con sus brazos, sosteniéndola sin apretar—.
Lo haremos juntos.
Todo será más fácil si lo enfrentamos de frente.
Un viento helado cruzó el claro, y de repente, la presencia del traidor se hizo tangible.
No apareció con pasos ni sombras, sino como un susurro, una presión invisible que empujaba contra su mente, buscando quebrarla, buscando hacerla dudar de cada vínculo, cada promesa, cada certeza.
Ariana gritó suavemente y se aferró a Elian.
La sombra, el traidor, no era una amenaza física en ese momento, sino psicológica.
Cada pensamiento que tenía, cada memoria que cruzaba su mente, parecía manipulada, como si el traidor conociera cada rincón de su ser, cada miedo y deseo.
—¡No!
—exclamó Ariana, cerrando los ojos con fuerza—.
No tienes poder sobre mí.
Elian la sostuvo, compartiendo con ella su propio aliento, su fuerza, su calor.—Y nunca lo tendrás —dijo él, firme.
Ariana abrió los ojos y vio que el relicario brillaba con una intensidad inusitada, proyectando sombras y luces que danzaban sobre la vegetación.
Sintió que su cuerpo temblaba, que su mente ardía, pero también que tenía un poder dentro de sí que jamás había reconocido plenamente.
Con un esfuerzo supremo, tomó el relicario con ambas manos y, por primera vez, no solo lo sostuvo, sino que se concentró en su contenido.
Las imágenes, las voces, la presión, todo empezó a canalizarse.
Sintió que la energía del objeto fluía a través de ella, en lugar de consumirla.
Cada pulso del relicario se sincronizó con su propio corazón, cada murmullo antiguo se transformó en comprensión.
—Puedo sentirlo —susurró—.
Puedo… controlarlo.
Elian la miró con asombro y orgullo, sin decir una palabra.
Su vínculo con ella era ahora más fuerte que cualquier miedo, cualquier amenaza.
El viento cesó de golpe.
La niebla se retiró.
La presión del traidor disminuyó, pero no desapareció.
Ariana sabía que el enemigo no había sido derrotado, solo contenido temporalmente.
La batalla aún no había terminado, pero había ganado algo vital: comprensión, control y certeza de que no enfrentaría esta oscuridad sola.
Se giró hacia Elian y le sonrió, agotada pero firme.—Tenemos que seguir —dijo—.
El traidor no se detendrá, y el relicario… nos guiará.
Pero ahora sé que podemos enfrentarlo.
Elian asintió y juntos avanzaron hacia la espesura del bosque, con el relicario entre ellos, conscientes de que cada paso los acercaba más al enfrentamiento final.
La sombra del traidor los seguía, siempre presente, siempre acechante, pero Ariana ya no temía.
Porque ahora tenía poder.Porque ahora tenía a Elian.Y porque el precio del despertar no era el fin… sino el comienzo.
Y así, bajo la luz pálida de la luna, se adentraron más en el bosque, hacia secretos más antiguos, hacia el peligro que les esperaba, hacia la verdad que debía ser revelada… aunque les costara todo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Ashley_Andino_4920 Porfavor comenten, voten y compartan la historia.
Eso me motiva a seguir escribiendo
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