SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Susurros en la penumbra
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17: Susurros en la penumbra 17: Susurros en la penumbra La bruma del bosque se volvía más densa a medida que avanzaban.
Cada paso era medido, silencioso, pero Ariana podía sentir cómo el relicario contra su pecho vibraba con una intensidad que parecía reflejar su propio pulso acelerado.
No era solo la adrenalina de estar siendo perseguida; había algo más, algo que revolvía su estómago y hacía que su respiración se entrecortara cada vez que Elian se acercaba demasiado.
—¿Sientes eso?
—susurró Ariana, como si temiera que la neblina los escuchara—.
Como si el bosque nos vigilara… o esperara que cometamos un error.
Elian asintió, manteniendo la mirada fija en las sombras que los rodeaban.
Su mano descansaba sobre la empuñadura de la daga, pero la otra, sin darse cuenta, rozaba la de ella mientras caminaban.
Fue un toque leve, casi casual, pero suficiente para que Ariana sintiera una corriente recorrer su brazo.
Sus mejillas se calentaron, y tuvo que apartar la mirada, concentrándose en el relicario.
—Estamos cerca del primer círculo —dijo él, en un murmullo—.
Lo puedo sentir.
El aire cambia, como si la historia misma respirara a nuestro alrededor.
Ariana lo miró, y en el reflejo de sus ojos vio la misma mezcla de determinación y preocupación que ella sentía.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
La distancia entre ellos era corta, demasiado corta para ignorar la electricidad que vibraba en el aire.
La tensión no era solo por el peligro; había un hilo invisible que los unía, una necesidad silenciosa de cercanía, de protección mutua, que los hacía respirar más rápido sin palabras.
Elian inclinó levemente la cabeza hacia ella.
—Ariana… —su voz era baja, cargada de algo que no podía definir—.
Si algo pasa… si el traidor nos alcanza… quiero que sepas que… —se detuvo, tragándose las palabras.
Ella lo miró fijamente, el corazón latiendo con fuerza, y sintió un calor que no venía del relicario.
—Que… —susurró ella, completando lo que no se atrevió a decir—.
Que no me rendiré.
Elian sonrió levemente, una mezcla de alivio y tensión contenida, y tomó su mano con firmeza.
El contacto ya no era accidental, sino consciente, protector, íntimo.
Ariana sintió que todo a su alrededor desaparecía por un instante: la neblina, la oscuridad, incluso el peligro del traidor.
Solo existían ellos dos y el latido compartido de sus corazones.
—Eso es todo lo que necesito escuchar —dijo él, apretando suavemente sus dedos contra los de ella—.
Solo… confía en mí.
Ariana asintió, y por primera vez, permitió que su respiración se sincronizara con la de él.
Era un pequeño refugio en medio del caos, un instante robado que sabía que no duraría.
Pero entonces, un ruido los sacudió.
Un crujido más fuerte que cualquier otro.
Ariana giró la cabeza y vio cómo la neblina se movía con rapidez, concentrándose en una figura que avanzaba hacia ellos.
El traidor.
Elian se colocó frente a ella, con la daga levantada, y el relicario palpitó en respuesta, liberando un resplandor cálido que iluminó brevemente sus rostros.
Ariana notó cómo la luz hacía que los ojos de Elian brillaran, intensificando la tensión que ya existía entre ellos.
—No… —susurró Ariana, pero no pudo terminar.
El traidor apareció entre los árboles.
Alta, humanoide, pero con una presencia que parecía absorber toda la luz.
La máscara blanca que cubría su rostro reflejaba el brillo del relicario, y por un instante Ariana tuvo la certeza de que estaba observando cada latido de su corazón.
—Llegaron lejos, pero no lo suficiente —dijo el traidor, la voz resonante y fría—.
No puedes protegerla por siempre, Elian.
Elian apretó los dientes, y su mirada se volvió una promesa silenciosa.
Ariana sintió cómo la tensión entre ellos se transformaba en algo más profundo: la necesidad de protegerse, de no soltarse.
Sin pensarlo, se inclinó hacia él, casi instintivamente, y sus labios se rozaron brevemente.
No era un beso apasionado, sino urgente, lleno de miedo, deseo y promesa.
Un instante que dijo más que cualquier palabra.
—No la tocarás —gruñó Elian, y su voz estaba cargada de una determinación que podía romper el silencio del bosque—.
Jamás.
El traidor se detuvo, como si algo invisible lo repeliera.
La luz del relicario se expandió en un halo dorado alrededor de Ariana, y la figura retrocedió unos pasos, siseando entre dientes.
Ariana sintió que la energía del objeto respondía a su voluntad, pero también a sus emociones: miedo, coraje, y… lo que sentía por Elian.
—¿Qué… qué estás haciendo?
—preguntó él, sorprendido y fascinado—.
El relicario… parece… reaccionar a ti.
Ariana tragó saliva.
El calor del objeto, mezclado con la cercanía de Elian, hacía que sus pensamientos se volvieran confusos, pero también claros: podían pelear juntos, podían sobrevivir juntos.
El peligro los unía, sí, pero también lo hacía algo más.
El traidor, percibiendo que su influencia sobre ellos se debilitaba, alzó la mano y de repente el suelo bajo ellos tembló.
La neblina se espesó, volviéndose casi sólida, y cadenas negras surgieron del suelo, retorciéndose hacia Ariana como si quisieran atraparla.
—¡Ariana!
—gritó Elian, tomando su mano y tirándola hacia atrás con fuerza.
El contacto físico los mantuvo juntos mientras esquivaban las primeras cadenas, y Ariana sintió una certeza brutal: mientras estuvieran unidos, podían enfrentar cualquier cosa.
Mientras se sostuvieran, la amenaza no sería suficiente para separarlos.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Ariana, respirando con dificultad, la adrenalina quemando su pecho—.
El relicario… debemos protegerlo, pero también debemos… —se detuvo, sin encontrar las palabras—.
Debemos avanzar.
—Sí —asintió Elian—.
Juntos.
El traidor los observaba, frustrado, mientras retrocedía lentamente, sabiendo que su tiempo era limitado.
No podía arriesgar un enfrentamiento directo aún; necesitaba que cometieran un error, necesitaba que Ariana se debilitara.
Pero el vínculo entre ellos, palpable e innegable, era su mayor obstáculo.
Mientras corrían entre los árboles, Ariana sintió cómo su respiración se entrelazaba con la de Elian.
Cada roce de manos, cada mirada, cada gesto compartido era un recordatorio silencioso de que el peligro los unía, pero también lo hacía más fuerte su conexión.
Había tensión, sí, miedo, sí… pero también deseo, un fuego que no podía ser ignorado.
Finalmente, llegaron a un claro seguro, donde el relicario brillaba con una luz más intensa que antes.
Ariana lo sostuvo con fuerza, y el resplandor dorado iluminó sus rostros, revelando la cercanía entre ellos.
Elian la abrazó de nuevo, esta vez más cerca, y sus labios se rozaron con suavidad, prolongando un instante que parecía desafiar al tiempo.
—No vamos a dejar que nos gane —susurró él, apoyando la frente contra la de ella.
Ariana asintió, dejando que el calor de su cuerpo y el brillo del relicario la llenaran de coraje.
La batalla aún no había terminado, pero juntos, podían enfrentar cualquier sombra, cualquier traición, cualquier peligro.
Y en ese momento, entre la tensión del combate y la intimidad compartida, Ariana comprendió algo: Elian no era solo su protector.
Era parte de su fuerza, de su miedo, de su deseo.
Y mientras avanzaran juntos, no habría nada que pudiera detenerlos.
El bosque seguía respirando, y las sombras se movían, conscientes de que la historia estaba lejos de concluir.
El traidor acechaba, sí, pero Ariana y Elian también habían despertado algo que ni él podría comprender del todo: un vínculo más poderoso que cualquier magia, más fuerte que cualquier pacto.
El relámpago de energía que envolvía el relicario se calmó lentamente, como si reconociera que, al menos por ahora, Ariana estaba protegida.
Pero en algún lugar del bosque, el traidor sonreía bajo su máscara blanca, sabiendo que esto solo era el principio de lo que vendría.
Y mientras Ariana y Elian avanzaban entre la bruma, con las manos entrelazadas y los corazones latiendo al unísono, un pensamiento cruzó la mente de ella: No solo sobrevivirían.
Cambiarían el juego.
Y lo harían juntos.
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