SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 La Presencia en el umbral
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2: La Presencia en el umbral 2: La Presencia en el umbral El sonido de las ruedas del auto salpicando los charcos rompía el silencio de la noche.
Ariana permanecía en el asiento del copiloto, con los dedos aún aferrados al colgante que había encajado en aquel baúl maldito.
La imagen del libro brillando con esa luz antinatural seguía proyectada en su mente, como una quemadura imposible de ignorar.
—¿A dónde vamos?
—preguntó, su voz ronca, todavía sacudida por lo vivido.
—A un lugar seguro —respondió Elian sin apartar los ojos de la carretera—.
No podemos quedarnos cerca.
Esa sombra…
no era cualquier cosa.
Fue una advertencia.
Ariana tragó saliva.
—¿Advertencia de qué?
Elian no respondió enseguida.
Solo cuando estuvieron lejos, con los árboles perdiéndose en la distancia y el cielo despejado por un momento, habló.
—La sombra era un centinela.
Un fragmento de lo que realmente habita en ese libro.
Tu familia selló algo dentro de esas páginas…
algo que no debía despertar jamás.
El silencio volvió a caer entre ellos.
Ariana cerró los ojos y apoyó la frente contra la ventana.
Nada tenía sentido, y sin embargo, en lo más profundo de su ser, algo vibraba con una aterradora familiaridad.
—¿Y si no soy lo que tú crees?
—susurró—.
¿Y si no puedo con esto?
—Ya lo eres, Ariana.
Solo falta que lo aceptes —respondió Elian suavemente—.
Y si no lo haces tú, nadie más podrá.
(…) El refugio al que llegaron estaba oculto tras una entrada de madera camuflada en el bosque.
No había señal alguna de civilización cerca, solo el canto lejano de los grillos y la bruma flotando como un velo sobre el suelo.
Elian descendió primero y revisó el entorno con la cautela de alguien acostumbrado a esperar lo peor.
Ariana entró después, envuelta en una mezcla de cansancio, miedo y una curiosidad que ardía en su pecho como fuego.
El interior era cálido y sencillo.
Alfombras gruesas, lámparas de aceite, una chimenea que Elian encendió con un gesto rápido y misterioso.
Ariana notó que no usó encendedor ni cerillas.
Simplemente murmuró algo en voz baja, e inmediatamente la llama nació.
—¿Qué fue eso…?
—murmuró Ariana, retrocediendo levemente.
Elian solo la miró.
—Una de muchas cosas que tendrás que aprender.
Tú también podrás hacerlo…
cuando conectes con el Codex Tenebris.
—¿Conectarme con él?
Creí que solo era un libro.
—Es mucho más.
Codex Tenebris está vivo, Ariana.
Respira con tu sangre, se alimenta de tu energía.
Si lo aceptas, te revelará lo que tu linaje ha escondido por generaciones.
Si lo rechazas…
intentará devorarte.
Ariana bajó la mirada, el corazón latiéndole con fuerza.
Aquello ya no era una historia de fantasmas.
Era una herencia oscura que la reclamaba con garras invisibles.
—¿Y ahora qué?
—preguntó con la mirada fija en las llamas.
—Ahora vienen las preguntas difíciles.
Sobre tu familia, sobre lo que realmente pasó la noche del incendio…
y sobre el pacto que fue sellado con tu sangre, mucho antes de que nacieras.
Ariana levantó la vista, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
—¿Un pacto?
Elian asintió lentamente.
—Un pacto antiguo entre tu linaje y los Guardianes de la Oscuridad.
Tu madre intentó romperlo…
y por eso murió.
El Codex Tenebris era su única salida…
y ahora es tu única esperanza.
(…) Ariana soñó con fuego esa noche.
Las llamas consumían los pasillos de su antigua casa mientras voces susurraban su nombre desde las sombras.
Veía el colgante ardiendo, brillando intensamente, mientras una figura encapuchada la observaba desde el umbral del baúl.
La figura alzaba una mano, y de ella brotaba una nube oscura que se extendía como un veneno.
Se despertó jadeando, el sudor empapándole la piel.
El colgante, todavía colgado de su cuello, estaba caliente, como si hubiera absorbido parte de su pesadilla.
—No fue solo un sueño —dijo Elian desde la puerta, con una taza humeante en la mano—.
Lo estás recordando.
—¿Recordando qué?
—La noche del pacto.
Aunque eras solo una niña…
estuviste ahí.
Y tu subconsciente guardó más de lo que imaginas.
Ariana se sentó al borde de la cama, los dedos temblorosos.
Elian se acercó y le tendió la taza.
—Bebe.
Te ayudará a estabilizarte.
No es solo té.
Ella la aceptó sin preguntar.
Al primer sorbo, un calor distinto la recorrió, más profundo que cualquier infusión.
Una parte de ella se sintió más despierta.
—Entonces necesito abrir el libro —dijo en voz baja, segura.
Elian asintió, sin sonrisa esta vez.
—Sí.
Pero no aquí.
Hay un lugar…
donde los herederos son protegidos mientras despiertan sus dones.
Lo llaman El Linde.
Es un santuario ancestral, oculto por los que aún creen en la balanza entre luz y oscuridad.
—¿Y cómo llegamos?
—No es un lugar al que puedas llegar en auto.
El Linde se abre solo si el Codex Tenebris lo permite.
Y para eso…
debes tocarlo.
Elian se acercó al baúl que había traído consigo, el mismo en el que el libro había sido encerrado.
Ariana sintió que el aire se espesaba a su alrededor, como si el tiempo se ralentizara.
Elian abrió el baúl, revelando el Codex Tenebris: encuadernado en cuero negro, cubierto de símbolos que parecían moverse cuando no los mirabas directamente.
El libro vibraba, sutilmente, como si tuviera un corazón propio latiendo.
—Tócalo —dijo Elian.
Ariana tragó saliva.
Dio un paso al frente, luego otro, y extendió la mano.
Al primer contacto con la cubierta, una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo.
El entorno desapareció por un instante.
Ya no estaba en la cabaña.
Estaba de pie en un salón circular, las paredes cubiertas de espejos negros, y el libro levitaba frente a ella, abierto, sus páginas girando solas.
Una voz, profunda y sin origen, retumbó en su mente.
—Sangre conocida.
Puerta abierta.
Promesa incompleta.
Ariana no entendía del todo, pero su cuerpo sí.
Se sintió arrastrada hacia el centro del libro, y en ese instante, la habitación volvió.
Cayó de rodillas, respirando agitadamente.
El Codex Tenebris había aceptado su tacto.
Elian se arrodilló a su lado.
—Ahora sí —susurró—.
El Linde puede encontrarte.
Afuera, el viento cambió de dirección.
La niebla se espesó con un movimiento deliberado, como si un nuevo sendero se abriera entre los árboles.
Ariana lo sintió en su interior: algo la llamaba, una fuerza que no nacía del miedo ni de la oscuridad, sino de una verdad antigua esperando ser revelada.
—Estoy lista —dijo, con el libro aún entre sus manos.
Elian la ayudó a ponerse de pie.
Su mirada era diferente ahora.
Ya no veía en ella a una chica perdida, sino a la portadora de un destino sellado mucho antes de su nacimiento.
Y Ariana lo sabía también.
Mientras cruzaban el umbral de la cabaña, la niebla se abrió en un corredor angosto, iluminado por raíces que brillaban débilmente.
El Codex Tenebris palpitaba en sus brazos, y aunque el miedo seguía presente, también lo estaba algo más fuerte: la voluntad de comprender quién era…
y qué papel jugaba en el equilibrio de lo oculto.
Porque el despertar había comenzado, y el legado de Ariana Duarte apenas había mostrado su primera sombra.
(…) El sendero entre la niebla parecía extenderse sin fin, pero Ariana no sentía cansancio.
Cada paso que daba era como un latido más fuerte en su pecho.
El Codex Tenebris brillaba débilmente con una luz azulada que marcaba el camino, sus páginas cerradas pero vibrando, como si esperara el momento justo para revelar su contenido.
Elian caminaba a su lado en silencio, atento, como si escuchara cosas que ella aún no podía percibir.
De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia los árboles que flanqueaban el camino: altos, retorcidos, con raíces expuestas como dedos que intentaban atrapar a los desprevenidos.
—¿Esto es parte del Linde?
—preguntó Ariana, rompiendo el silencio.
—Apenas la frontera.
El Linde no es un lugar físico…
es más bien una grieta en la realidad, un refugio entre mundos.
Se adapta a quien lo busca, y a lo que necesita descubrir.
—¿Y qué necesito descubrir yo?
Elian la miró con seriedad.
—Tu verdad.
Y la verdad detrás del pacto.
Porque lo que tus padres firmaron…
va más allá de lo que cualquiera imaginó.
Ariana se quedó en silencio, apretando con más fuerza el libro contra su pecho.
Las dudas crecían en su mente, pero también una extraña certeza: ella había nacido para esto.
Su vida hasta ahora había sido solo una preparación, una antesala.
De pronto, el aire cambió.
El olor a tierra mojada fue reemplazado por uno más frío, casi metálico.
Frente a ellos se alzaba un arco de piedra cubierto de símbolos idénticos a los del libro.
Elian se detuvo.
—Has llegado.
A partir de aquí, debes entrar sola.
Ariana lo miró, sorprendida.
—¿Y tú?
—Yo no puedo pasar.
El Linde no me reconoce como heredero.
Pero tú sí.
El libro te aceptó.
Y ahora…
debe mostrarte lo que necesitas ver.
Ariana tragó saliva, mirando el arco.
Más allá, todo era oscuridad.
Dio un paso, y el Codex Tenebris se abrió solo, sus páginas girando hasta detenerse en una que brillaba intensamente.
En tinta negra como la noche, una sola frase estaba escrita: “Para conocer la luz, primero debes caminar por tu sombra.” Ariana levantó la vista y cruzó el umbral.
La oscuridad la envolvió de inmediato.
No había suelo bajo sus pies, ni paredes a su alrededor.
Estaba suspendida en un espacio sin tiempo, sin forma.
El libro flotaba a su lado, abierto, y de sus páginas comenzó a brotar una neblina densa que tomó forma poco a poco: una figura femenina, de rostro similar al suyo, pero con los ojos completamente negros y una sonrisa torcida.
—Así que finalmente viniste —dijo la figura—.
Creí que te rendirías como los otros Duarte.
—¿Quién eres?
—Soy lo que niegas.
Lo que te ocultan.
La parte de ti que nació el día en que tu madre firmó el pacto.
Yo soy el eco de la promesa no cumplida.
Ariana dio un paso atrás.
El aire vibraba con tensión.
La figura flotó hacia ella, deteniéndose a solo centímetros.
—El Codex guarda secretos, Ariana.
Pero también guarda precios.
No puedes abrirlo sin pagar.
—¿Qué precio?
La figura sonrió más ampliamente.
—Eso lo descubrirás cuando abras la siguiente página.
La oscuridad se deshizo de golpe.
Ariana cayó de rodillas sobre tierra firme, jadeando.
Estaba en un claro circular, rodeado de árboles inmensos cuyas hojas brillaban como cristal.
En el centro, un pedestal de piedra esperaba.
Ariana se puso de pie lentamente y se acercó.
Sobre el pedestal, la siguiente página del Codex Tenebris ya estaba escrita.
Pero no en tinta negra.
Era roja.
Y aún parecía húmeda.
Con un escalofrío, Ariana se acercó.
El título de la página la dejó sin aliento: “El Pacto de Sangre: lo que fue prometido no fue olvidado.”
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