SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 El umbral del espejo roto
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21: El umbral del espejo roto 21: El umbral del espejo roto El brillo del relicario se extendió por toda la torre como un pulso dorado, chocando contra la figura enmascarada.
Las sombras retrocedieron como si les quemara; sin embargo, el traidor no se movió.
Su máscara blanca permaneció fija, inclinada, como observando algo que solo él podía ver.
Elian mantuvo la daga en posición defensiva, pero Ariana sintió que la verdadera batalla no sería física.
El relicario latía tan fuerte que cada vibración golpeaba sus costillas.
El traidor lo sentía también.
Podía verlo: cada vez que la luz se intensificaba, su cuerpo se tensaba, como si una cuerda invisible se jalara desde dentro de él.
—Tu determinación es fascinante, Ariana —murmuró la figura—.
Pero no suficiente.
Elian dio un paso adelante.
—No vuelvas a decir su nombre.
El tono de Elian era bajo, peligroso.
Ariana lo sintió como un estremecimiento en la base de la columna.
Había fuego en él.
Fuego por protegerla.
El traidor giró la cabeza lentamente hacia Elian.
—Ah… tú.
La debilidad inesperada en el tablero.
El que no debía existir.
Elian apretó la mandíbula.
—No tengo idea de qué mierda estás hablando.
—Y aun así estás aquí —replicó la figura, con una voz casi… divertida—.
Siempre donde ella está.
Siempre donde no deberías.
Ariana sintió el estremecimiento del destino torciéndose.
Había algo allí que el traidor sabía… algo que ellos aún no comprendían.
No podía permitirse dudar.
El relicario brilló más fuerte entre sus manos, y ella lo levantó como si fuera una extensión de su voluntad.
—Quiero respuestas —dijo Ariana, su voz resonando en la piedra antigua—.
¿Por qué me sigues?
¿Qué es lo que quieres de mí?
La figura inclinó la cabeza hacia el lado, como un depredador curioso.
—Tú ya lo sabes.
—No —replicó ella—.
Solo veo fragmentos.
Sombras.
Juramentos rotos.
No tengo todas las piezas.
La respiración del traidor se volvió irregular, como si una memoria lo quemara desde dentro.
—El relicario tiene la otra mitad de lo que te falta —dijo despacio—.
Pero abrirlo te destruiría.
Aún no estás lista.
Aún no recuerdas… quién eras antes.
Ariana sintió una punzada de náusea.
Antes de qué.
Antes de quién.
Elian dio un paso más, poniéndose entre ellos dos, sin pensarlo.
—No importa quién haya sido ella —dijo—.
Lo que importa es quién es ahora.
El traidor lo observó con un silencio denso.
Y luego, algo ocurrió.
La máscara se agrietó.
Un sonido seco, como hielo rompiéndose.
Una raja fina se abrió desde la frente hasta la mitad de la mejilla derecha.
Ariana se congeló.
Elian también.
La grieta reveló… luz.
Un brillo oscuro, casi líquido, como tinta mezclada con fuego.
El traidor llevó una mano hacia su propia máscara, tocando la grieta con una especie de terror reverente.
—No… aún no… Y entonces, sin previo aviso, extendió la mano hacia Ariana.
La torre estalló en un torbellino de sombras.
Elian la empujó hacia atrás justo cuando un vendaval oscuro los atacó.
Ariana sintió el cuerpo de Elian pegado al suyo, protegiéndola, su calor envolviéndola como un escudo.
El relicario ardió.
Elian gruñó de dolor.
Ariana gritó su nombre.
—¡ELIAN!
Él se aferró a ella, incluso cuando las sombras intentaban arrancarlo de su lado.
Su mano temblaba al sostenerla, pero no la soltaba.
Nunca la soltaría.
Ariana lo sintió.
Era una promesa silenciosa, desesperada.
Su proximidad era peligrosa.
Era necesaria.
Era la única razón por la que la torre no los había devorado ya.
—No me sueltes —susurró Ariana, aferrándose a su camisa, al calor de su pecho—.
Elian… por favor… Él acercó su frente a la de ella, jadeando.
—Nunca.
¿Me oyes?
Nunca.
El relicario se encendió como un sol.
Las sombras aullaron.
La figura enmascarada retrocedió, cubriéndose el rostro.
—¡Ariana, no!
¡Ese poder no es para ahora!
¡Te consumir—!
La torre explotó en luz dorada.
Cuando el destello se disipó, el traidor había desaparecido, dejando solo la grieta abierta de su máscara flotando en la memoria de ambos.
Ariana quedó temblando.
Elian la tomó del rostro, obligándola a verlo.
—¿Estás bien?
—susurró.
Ella no pudo responder.
Solo asintió, respirando con dificultad.
Él deslizó una mano por su mejilla, bajando lentamente hasta su mandíbula.
Un contacto suave.
Intenso.
Tibio.
—Creí que te perdía —admitió él, con la voz ronca.
Ariana sintió que su pecho se apretaba.
Que sus piernas temblaban.
Que no podía mirar a ningún otro lado más que a él.
—No me vas a perder —susurró ella.
Elian acercó su rostro.
Sus labios estaban a un suspiro de distancia.
—Si vuelves a arriesgarte así… —murmuró él, su aliento rozando su boca— juro que— Ariana interrumpió sus palabras con un roce suave de labios.
Un beso pequeño.
Pero lo suficientemente intenso para encender cada línea invisible entre ellos.
Elian respondió como si hubiese esperado eso durante demasiado tiempo.
Sus manos se deslizaron por la cintura de Ariana, atrayéndola.
Ella se aferró a su camisa, buscando algo que no era magia: era él.
El beso apenas duró unos segundos.
Pero fue suficiente para marcar un antes y un después.
Cuando se separaron, sus respiraciones estaban mezcladas, sus frentes juntas.
—No me asusta la oscuridad —dijo Ariana, aún temblando—.
Me asusta perderte en ella.
Elian cerró los ojos un segundo.
Como si esas palabras lo destruyeran y lo repararan a la vez.
—No voy a ninguna parte.
Ariana no lo sabía, pero en ese instante, el relicario dejó de vibrar violentamente.
Como si reconociera algo.
Como si aceptara algo.
Como si esperara este vínculo desde el principio.
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