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SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Ecos del Pacto
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3: Ecos del Pacto 3: Ecos del Pacto El aire parecía más denso alrededor del pedestal.

Ariana respiró hondo, obligando a sus piernas a avanzar.

El Codex Tenebris brillaba con un fulgor sombrío, y la página escrita en rojo palpitaba como si tuviera vida propia.

La frase, “El Pacto de Sangre: lo que fue prometido no fue olvidado”, no era solo una advertencia.

Era una sentencia.

Las letras comenzaron a desprenderse del papel, alzándose en el aire como humo líquido.

A su alrededor, el claro se desvaneció, reemplazado por una visión nítida, como si las palabras hubieran abierto una ventana al pasado.

Ariana ya no estaba allí.

Se encontraba ahora en un salón iluminado por candelabros altos.

Hombres y mujeres de rostro grave y ropas antiguas rodeaban un altar.

En el centro, dos personas sostenían un cuchillo ceremonial: un hombre de mirada feroz y una mujer de ojos oscuros, brillantes de lágrimas.

Ariana reconoció en ella algo familiar-la misma curva en la mejilla, la misma determinación en los ojos.

Su madre…

más joven, asustada, decidida.

-¿Estás segura?

-preguntó el hombre, la voz vibrando con poder.

-Por mi hija -respondió ella-.

Por nuestra sangre.

Haré lo que sea.

El hombre asintió.

El cuchillo cortó sus palmas, luego las unió sobre el altar.

La sangre cayó sobre un libro idéntico al que Ariana había llevado consigo: el Codex Tenebris.

Solo que ahora…

lo estaba despertando.

-El linaje Duarte ofrece su descendencia al equilibrio -entonaron los presentes-.

Lo oscuro y lo luminoso, entrelazados.

Que su alma sirva como sello.

Que la sangre pague la deuda.

El fuego de las velas se extinguió de golpe.

La visión se rompió como cristal.

Ariana volvió al claro, de rodillas, temblando.

Tenía la piel húmeda de sudor frío.

El Codex estaba otra vez a su lado, cerrado, pero su tapa latía como un corazón.

Ariana lo abrió con manos temblorosas.

La siguiente página estaba escrita.

Esta vez, en símbolos que ella apenas entendía, pero que su mente absorbía como si siempre hubieran estado ahí.

No necesitó traducir.

Sabía lo que decían.

“Cuando la sangre es promesa, la voluntad ya no es libre.

El Heredero debe elegir: ser llave o ser prisión.” Una brisa helada sopló entre los árboles, y el claro se oscureció.

Desde el borde del bosque, figuras comenzaron a emerger.

No caminaban: flotaban.

Sus rostros estaban cubiertos por velos negros, y cada uno sostenía una antorcha invertida, apagada.

-¿Quiénes son?

-murmuró Ariana, poniéndose de pie.

Una voz respondió, profunda, resonante, desde dentro del Codex.

-Son los Vigilantes del Pacto.

Están aquí para recordarte que nada es gratuito.

Ni siquiera el conocimiento.

Las figuras se detuvieron en círculo, rodeándola.

El libro comenzó a arder con una llama azul, sin consumirse.

Ariana sintió que sus pensamientos se afilaban, que su corazón latía con otro ritmo…

uno antiguo, que no era del todo suyo.

Entonces comprendió: estaba conectada.

Ya no solo al libro, sino a todo lo que venía con él.

A los errores del pasado.

A las decisiones selladas con sangre.

A la oscuridad que pedía su lugar.

Pero también sintió otra cosa: poder.

Un poder inmenso, crudo, dormido…

y hambriento.

Una de las figuras habló: -El Codex te eligió.

Pero tú debes decidir si deseas pertenecerle.

Ariana cerró los ojos.

Pensó en su madre.

En Elian.

En la vida que había dejado atrás.

Y en la verdad que había visto.

Cuando abrió los ojos, la llama azul del libro ardía en sus pupilas.

-No soy prisionera.

Y no seré llave de nadie.

Yo escribo mi historia.

El círculo de Vigilantes se deshizo como humo.

El claro se iluminó por completo.

Y en el pedestal, una nueva página apareció sola, esperando ser leída.

Ariana avanzó hacia ella…

sabiendo que lo que leyera a continuación podría cambiarlo todo.

Ariana colocó su mano sobre la nueva página.

Era diferente a las anteriores.

No estaba escrita con tinta, sino con marcas que parecían estar talladas directamente en la fibra del pergamino, brillando tenuemente con un tono dorado rojizo.

Mientras sus dedos rozaban los símbolos, una voz suave, casi maternal, habló desde lo profundo del Codex: -Esta es la verdadera raíz.

Lo que fue ocultado incluso a quienes firmaron el pacto.

Las palabras comenzaron a formarse ante sus ojos, traducidas en su mente como si fueran sus propios pensamientos.

“Capítulo IV – Las Razas Veladas y el Juramento de los Tres Linajes Mucho antes de los Duarte, de los Caelum o de los Thorne, existían tres casas guardianas, nacidas de la sangre de lo primero que caminó entre la luz y la sombra.

Las razas veladas: los Umbrales, los Custodios y los Portadores.

Su existencia fue borrada de la historia por el temor que inspiraban.

No eran inmortales, pero tampoco del todo humanos.

Cada casa tenía un don.

Cada casa…

una maldición.” Ariana sintió que el aire se densificaba.

Imágenes invadieron su mente: un hombre con alas negras como la noche, una mujer que hablaba con los huesos de los muertos, un niño que detenía el tiempo con un parpadeo.

“Con el paso de los siglos, las casas se mezclaron con los mortales.

Su linaje se diluyó, pero jamás desapareció.

Hasta que una noche, en el corazón de una guerra olvidada, se formó el Juramento: tres descendientes sellarían la grieta que amenazaba con dividir los reinos.

Lo harían con su sangre, con su vida…

y con su descendencia.” Un nombre brilló entre las palabras.

“Aurelia Duarte.” Ariana retrocedió.

Ese nombre…

no era su madre.

Era más antiguo.

De generaciones atrás.

Y sin embargo, el parecido era innegable.

La voz del Codex regresó, esta vez más firme.

-Tú eres el eco de Aurelia.

La última hija del linaje cruzado.

Aquella cuya sangre contiene a las tres casas.

Por eso el pacto fue contigo.

No con tu madre.

Ariana sintió vértigo.

Todo lo que creía saber se reescribía ante sus ojos.

No era solo heredera.

Era el producto de generaciones ocultas, de decisiones hechas siglos atrás.

-¿Qué esperan de mí?

La página respondió, la escritura trazándose lentamente ante ella: “El Heredero de los Tres debe decidir: restaurar el Juramento…

o romperlo.

Pero ambas acciones conllevan consecuencias.

Porque si el pacto se rompe, la sombra regresa.

Y si se mantiene…

la libertad muere con ella.” Un temblor recorrió el claro.

Desde el bosque surgió un murmullo, como si miles de voces susurraran a la vez.

Ariana cerró el libro con fuerza, pero el murmullo no cesó.

Venía de dentro de ella.

La conexión estaba hecha.

Ella era la grieta.

La llave.

Y también la amenaza.

De pronto, una presencia se materializó frente a ella.

Era alta, cubierta por una capa que se deshacía en plumas oscuras, con ojos plateados que parecían ver más allá del tiempo.

-Por fin nos encontramos -dijo con una voz que parecía estar hecha de ecos-.

He esperado siglos para verte, Ariana Duarte.

-¿Quién eres?

-Soy la sombra que tu linaje intentó sellar.

El otro lado del Juramento.

La tierra tembló.

El Codex vibró con violencia en las manos de Ariana, como si intentara defenderse o advertirla.

Pero ella no retrocedió.

La figura encapuchada no era completamente corpórea.

Su silueta se distorsionaba a medida que hablaba, como si estuviera atrapada entre dimensiones, o como si su existencia dependiera del Linde mismo.

-Soy Nheron -dijo con solemnidad-.

Último Portador del Velo y guardián del pacto olvidado.

Y tú, Ariana Duarte, eres la llave que puede abrir o sellar lo que se enterró bajo siglos de silencio.

Ariana mantuvo la mirada fija, el Codex apretado contra su pecho.

Su pulso se aceleraba, pero no por miedo.

Había una sensación extraña en su interior…

como si una parte de ella reconociera esa presencia.

-¿Qué quieres de mí?

Nheron extendió una mano, delgada y larga, cubierta de anillos antiguos y runas incandescentes.

-No se trata de lo que yo quiera.

El Codex te ha mostrado la raíz del pacto, pero aún no conoces su núcleo.

Las páginas que restan no pueden ser leídas solo con los ojos…

debes ofrecer algo a cambio.

-¿Ofrecer?

¿Qué tipo de sacrificio?

La voz de Nheron se volvió un susurro áspero.

-Memoria.

Una que no te pertenece.

Una que duerme en tu sangre.

Antes de que pudiera negarse, el Codex brilló con un fulgor cegador, y Ariana fue arrastrada hacia una nueva visión.

Esta vez no flotaba en la oscuridad, sino en medio de un campo desolado, bajo un cielo teñido de rojo.

Cuerpos yacían entre estandartes rotos.

Una mujer de cabellos oscuros, con armadura manchada de sangre, se sostenía con una lanza mientras observaba a dos figuras más a la distancia: un hombre de ojos azules y una joven cubierta de marcas lumínicas.

-Aurelia Duarte -murmuró Ariana al ver el rostro de la mujer.

Era ella.

Más joven, pero era ella.

Los tres estaban rodeando un altar circular, hecho de obsidiana y oro.

En su centro, el Codex, cerrado y marcado por tres sellos: uno con una pluma negra, otro con una serpiente envuelta en fuego, y el último, una lágrima cristalina.

-Con esto sellamos el Juramento -dijo el hombre de ojos azules-.

Ninguno de nosotros podrá tocar el poder solo.

Solo el Heredero de los Tres lo abrirá cuando llegue el momento.

Aurelia asintió.

-Y ese momento vendrá…

cuando el equilibrio se rompa.

Ariana quiso gritarles que no lo hicieran.

Que ese equilibrio estaba roto ahora.

Pero no podía moverse.

Era solo un testigo atrapado en la memoria.

La visión se desvaneció tan rápido como llegó.

De vuelta en el claro, Nheron la observaba con atención.

-Has visto el origen.

Has sentido la carga.

Ahora entiendes por qué eres perseguida, Ariana.

Por qué el Codex despertó.

Ariana cayó de rodillas.

Su respiración era irregular.

El libro temblaba, no por miedo, sino como si se preparara para el siguiente paso.

-¿Qué sucede si rompo el pacto?

-La sombra renacerá.

No como una entidad…

sino como un mundo.

Un reino que no distingue el bien del mal, solo el poder.

Y tú estarás en el centro.

El viento se agitó entre los árboles de cristal, como si el Linde reaccionara a esas palabras.

La página del Codex se volvió negra, carbonizada, cerrándose con un chasquido seco.

El silencio que siguió pareció eterno.

Incluso el viento guardó respeto por lo que acababa de suceder.

Ariana respiraba con dificultad, pero no de miedo, sino de la intensidad de lo que acababa de experimentar.

Aquel lugar, entre dimensiones, ya no le parecía ajeno.

Se había vuelto parte de ella.

Nheron permanecía quieto, su figura menos difusa ahora, como si cada verdad revelada lo anclara más al mundo tangible.

-Hay algo más, ¿verdad?

-preguntó Ariana-.

Algo que no está en el Codex.

-El libro guarda historia y profecía, pero no voluntad.

Lo que no dice…

lo esconden los vivos -respondió Nheron, con una mirada que traspasaba el tiempo-.

Tu linaje no solo selló el pacto.

También lo corrompió.

Ariana frunció el ceño.

-¿Estás diciendo que alguien de mi familia…?

-Traicionó el Juramento -afirmó él sin vacilar-.

No todos estuvieron de acuerdo en sellar el poder.

Uno de los Tres buscó romper el equilibrio desde el principio.

No sabemos si fue seducido, o si su ambición ya lo había consumido.

La sangre se heló en las venas de Ariana.

Un presentimiento oscuro le envolvía el pecho.

-¿Quién?

Nheron se giró lentamente hacia el bosque.

Las sombras a su alrededor se agitaron como olas golpeando una costa invisible.

-Ese nombre aún no puede ser pronunciado aquí.

Pero lo reconocerás cuando lo veas.

Porque aún camina entre nosotros.

Aún finge servir la luz.

Ariana sintió el Codex vibrar suavemente.

No como antes.

Ahora era un pulso constante, como un latido, sincronizado con el suyo.

-¿Qué debo hacer?

-Buscar las memorias fragmentadas.

Están escondidas en objetos marcados por la Sangre Velada.

No todos pueden verlos.

Pero tú sí.

Donde haya un eco del Juramento, el Codex te guiará.

Ariana bajó la mirada al libro.

Su cubierta había cambiado.

Ya no era solo cuero oscuro.

Ahora tenía grabadas tres formas sutiles: una pluma, una lágrima y una serpiente.

Las tres marcas que vio sobre el altar en la visión.

-¿Dónde empiezo?

Nheron levantó la mirada hacia el cielo, donde el Linde comenzaba a cerrarse lentamente, como una herida cicatrizando con lentitud.

-Con el relicario de Aurelia.

Fue separado del Codex por seguridad.

Su ubicación fue olvidada…

pero tú ya lo has tocado.

Ariana recordó un sueño.

No, una visión: una caja antigua entre las cosas de su abuela, con símbolos que no entendió en su momento.

Un frío le recorrió la espalda.

-Está en casa.

-No por mucho tiempo -dijo Nheron, dando un paso atrás-.

La sombra ha sentido tu despertar.

Y no está sola.

Una grieta se abrió a sus espaldas, y de ella brotaron fragmentos de oscuridad, aullando en un idioma que Ariana no podía comprender.

Nheron la miró por última vez.

-Nos volveremos a encontrar, Heredera.

Cuando caiga la primera llama.

Y con un último susurro, desapareció entre las sombras.

Ariana retrocedió lentamente mientras el Linde comenzaba a cerrarse a su alrededor, los árboles cristalinos diluyéndose como humo en la niebla.

El suelo ya no era firme, sino una extensión de reflejos distorsionados que temblaban con cada paso.

La presencia de Nheron había desaparecido, pero su advertencia permanecía latiendo en su mente: “No está sola.” El Codex brilló una vez más, guiándola hacia el umbral de regreso.

Un resplandor rojo surgió entre las sombras, formando una delgada línea vertical frente a ella.

El portal.

-Vamos…

-murmuró con voz temblorosa.

Apenas sus dedos tocaron el borde del umbral, una oleada de oscuridad se extendió por el claro, como si una fuerza intentara arrastrarla de vuelta.

Voces gritaban desde lo profundo del Linde, en idiomas rotos, llamándola por nombres que no recordaba haber llevado jamás.

-¡Ariana!

La voz no venía del Linde, sino del otro lado del umbral.

Elian.

Ella se lanzó hacia la luz y, en un instante, el mundo cambió.

Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda del bosque real.

La noche había caído.

Las estrellas estaban en el cielo.

Elian corría hacia ella, con los ojos muy abiertos.

-¿Estás bien?

-gritó él, tomándola de los hombros.

Ariana lo miró fijamente, aturdida.

El Codex reposaba en su regazo, sin señales del resplandor anterior.

Como si todo hubiera sido un sueño…

excepto que no lo era.

-Vi cosas…

-susurró-.

El Juramento.

Las casas veladas.

Aurelia.

Y alguien más…

Nheron.

Dijo que el relicario está en casa, que alguien nos traicionó…

y que ya me están buscando.

Elian palideció.

-¿Quién?

Ariana alzó la mirada hacia el bosque.

Algo, en alguna parte, la observaba.

-No lo sé…

pero ya está en movimiento.

Elian asintió, ayudándola a ponerse de pie.

-Entonces debemos encontrar ese relicario antes que ellos.

Y proteger el Codex a toda costa.

Ariana sostuvo el libro con fuerza, sintiendo que ahora respiraba con ella.

La oscuridad no había terminado.

No aún.

Pero por primera vez, no sentía que corría a ciegas.

Tenía una historia.

Tenía un propósito.

Y tenía una guerra que heredar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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