SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Ecos que aún no mueren
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31: Ecos que aún no mueren 31: Ecos que aún no mueren El silencio que quedó tras la batalla no fue un alivio.
Fue una advertencia.
El bosque seguía en pie, pero algo en él había cambiado.
Los árboles ya no susurraban con el viento; parecía que escuchaban.
Ariana lo sintió primero, ese cosquilleo incómodo en la piel, como si el aire estuviera cargado de una expectativa malsana.
Elian no soltó su mano.
Ni siquiera cuando el relicario dejó de brillar y volvió a su estado habitual, tibio, casi inofensivo.
—Esto no terminó —murmuró él, rompiendo el silencio—.
Lo sé… lo siento.
Ariana asintió despacio.
—Yo también.
Se giró lentamente, observando el lugar donde Caelan había desaparecido.
No quedaban huellas, ni restos de sombra.
Solo una sensación persistente, como una herida mal cerrada.
—No lo derrotamos —dijo ella—.
Solo lo alejamos.
Elian apretó la mandíbula.
—Y eso lo hace más peligroso.
Caminaron entre los árboles durante varios minutos, sin rumbo claro, siguiendo el instinto más que cualquier sendero visible.
El bosque parecía permitirles el paso, pero no ayudarlos.
Ariana sentía que cada paso era observado, evaluado.
—El vínculo… —comenzó Elian, con cautela—.
Lo que pasó antes… ¿lo sientes diferente?
Ariana bajó la mirada a sus manos.
—Sí.
No es solo magia.
Es… —buscó las palabras— como si algo se hubiera alineado.
Como si el relicario ya no respondiera solo a mí.
Elian la miró con atención.
—Responde a los dos.
Ella levantó la vista, encontrándose con sus ojos.
—Eso es lo que me asusta.
Él se detuvo.
—Ariana… —No porque sea contigo —se apresuró a decir—.
Sino porque cada vez que el relicario cambia, algo más despierta.
Y Caelan lo sabía.
Lo planeó.
Elian respiró hondo, acercándose un poco más.
—Entonces no vamos a darle la oportunidad de usarlo contra nosotros.
Ariana notó la forma en que él decía nosotros.
No como una estrategia, sino como una decisión.
Antes de que pudiera responder, el relicario vibró.
No con violencia.
Con insistencia.
Ariana se tensó.
—¿Qué pasa…?
El metal se calentó y una imagen cruzó su mente sin permiso.
Una sala circular.
Pilares de piedra negra.
Runas antiguas grabadas en el suelo.
Y en el centro… Un espejo roto.
Ariana soltó un jadeo.
—Elian —dijo, con la voz alterada—.
Hay otro lugar.
Otro punto del pacto.
—¿Dónde?
—No lo sé exactamente… pero está llamando.
Como si el relicario quisiera volver allí.
Elian frunció el ceño.
—¿Y si es una trampa?
—Lo es —respondió ella sin dudar—.
Pero no ir… sería peor.
Elian la observó durante un largo segundo.
Luego asintió.
—Entonces iremos preparados.
(..) La noche cayó rápido.
Demasiado rápido.
Montaron un refugio improvisado entre raíces altas y rocas cubiertas de musgo.
El fuego era pequeño, apenas visible, lo justo para no atraer miradas indeseadas.
Ariana estaba sentada, abrazando sus rodillas, cuando sintió a Elian acercarse por detrás.
No la tocó de inmediato.
Solo estuvo ahí.
—Cuando dijiste que me querías… —comenzó él, en voz baja— no sabía si estaba soñando o si el mundo se estaba rompiendo.
Ella sonrió apenas.
—Un poco de ambas cosas.
Elian se sentó a su lado.
—No soy el elegido —dijo, con una honestidad que dolía—.
No lo fui.
No lo seré nunca.
Ariana giró hacia él.
—Y aun así —respondió— eres quien estuvo cuando todo ardía.
Quien me sostuvo cuando las visiones me destrozaban.
Quien se interpuso entre mí y tu propio hermano.
Elian bajó la mirada.
—Tengo miedo —admitió—.
Miedo de que todo esto te consuma.
Miedo de perderte.
Ariana alzó la mano y tocó su mejilla.
—Yo también tengo miedo.
Pero no de perderme a mí… sino de perderte a ti en el proceso.
Elian cerró los ojos ante su contacto.
—Entonces no lo haremos solos.
Ella se inclinó hacia él, apoyando la frente en la suya.
—No.
El beso que siguió no fue urgente ni desesperado como el anterior.
Fue lento.
Profundo.
Cargado de todo lo que aún no se decían.
Cuando se separaron, el fuego crepitó con fuerza, como si la magia misma reaccionara.
El relicario brilló suavemente.
Aceptando.
Confirmando.
A kilómetros de distancia… Caelan abrió los ojos.
El círculo de runas a su alrededor estaba incompleto, roto en varios puntos.
Sangre oscura manchaba la piedra bajo sus manos.
Respiraba con dificultad, pero sonreía.
—El vínculo despertó… —susurró—.
Tal como estaba escrito.
Una figura emergió de las sombras del recinto.
—¿Estás seguro de dejarlos avanzar?
—preguntó una voz desconocida—.
Podrían destruirlo todo.
Caelan alzó la mirada.
—No —respondió—.
Solo pueden activarlo.
La figura inclinó la cabeza.
—¿Y si eligen el uno al otro por encima del pacto?
Caelan sonrió, pero esta vez no hubo humor.
—Entonces el mundo pagará el precio.
Sus ojos brillaron con un reflejo oscuro mientras el espejo roto comenzaba a recomponerse, fragmento a fragmento.
—Que vengan —murmuró—.
El umbral ya está abierto.
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