SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 El lugar donde los Juramentos sangran
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32: El lugar donde los Juramentos sangran 32: El lugar donde los Juramentos sangran El amanecer no llegó con luz.
Llegó con un gris espeso que parecía filtrarse entre los árboles como una enfermedad lenta.
Ariana abrió los ojos con el presentimiento clavado en el pecho de que algo estaba mal… no de forma inmediata, sino inevitable.
El relicario estaba frío.
No tibio.
No latente.
Frío.
Se incorporó de golpe.
—Elian.
Él ya estaba despierto.
Sentado frente al fuego apagado, con la mirada fija en el bosque, como si hubiera pasado la noche entera observándolo respirar.
—Lo sentiste —dijo, sin mirarla.
Ariana asintió.
—El relicario se cerró.
Elian giró hacia ella al instante.
—¿Cómo que se cerró?
Ariana lo sostuvo entre sus manos.
El metal, antes vivo, parecía ahora una pieza muerta, opaca, sin pulso alguno.
—No responde.
Como si hubiera… decidido algo.
Elian frunció el ceño.
—¿Decidido qué?
Antes de que pudiera responder, el aire cambió.
No fue un sonido.
Fue una presión.
Como si el bosque entero hubiera dado un paso hacia ellos.
Ariana sintió el tirón en el estómago, ese llamado interno que ya no venía del relicario… sino de ella misma.
—El espejo —susurró—.
Ya no está llamando al objeto.
Me está llamando a mí.
Elian se puso de pie de inmediato.
—Entonces no vamos a seguir sus reglas.
Ariana también se levantó.
—No podemos ignorarlo.
—No dije ignorarlo —replicó él, acercándose—.
Dije no obedecerlo.
Ella lo miró con una mezcla peligrosa de gratitud y miedo.
—Caelan quiere que lleguemos —continuó Ariana—.
Pero no sabe cómo vamos a hacerlo.
Cree que nos moveremos por desesperación.
Elian ladeó la cabeza.
—¿Y si lo hacemos por decisión?
Ariana sostuvo su mirada.
—Eso cambia el tablero.
El camino hacia el espejo no fue directo.
El bosque los obligó a desviarse, a retroceder, a caminar en círculos que no existían.
Ariana lo sentía en la cabeza, como un zumbido constante, una interferencia entre lo que era real y lo que quería serlo.
En uno de esos desvíos, Ariana se detuvo en seco.
—Aquí.
Elian miró alrededor.
—No hay nada.
—Sí lo hay —dijo ella—.
Solo que no para los ojos.
Cerró los suyos.
El mundo se abrió.
El suelo bajo sus pies se transformó, la tierra volviéndose piedra negra, lisa, marcada por símbolos antiguos.
Columnas rotas emergieron del vacío, y el cielo desapareció, reemplazado por una bóveda oscura que respiraba lentamente.
El espejo estaba allí.
No entero.
Nunca lo estaba.
Fragmentos suspendidos en el aire, girando con lentitud, reflejando imágenes que no coincidían entre sí.
Ariana dio un paso adelante… y se detuvo cuando Elian la sujetó del brazo.
—No cruces sola.
Ella se giró.
—Elian, este lugar— —Nos quiere separados —dijo él—.
No le demos ese gusto.
Ariana respiró hondo y entrelazó sus dedos con los de él.
El espejo reaccionó.
Los fragmentos vibraron, y una imagen se impuso sobre las demás.
Una Ariana más joven.
De rodillas.
Sangrando.
Elian tensó el agarre.
—Eso no pasó —dijo, con firmeza—.
No contigo.
—Aún no —respondió una voz.
Caelan emergió del otro lado del espejo.
No caminó.
Simplemente estuvo allí.
—Bienvenidos al punto de quiebre —continuó—.
Donde las versiones dejan de ser hipótesis.
Ariana sintió que algo dentro de ella se endurecía.
—No vamos a jugar a tus visiones.
Caelan sonrió.
—No son mías.
Alzó una mano y el espejo cambió.
Ahora mostraba a Elian.
Solo.
Rodeado de cuerpos.
Sangre en las manos.
La Marca brillando con violencia.
Ariana jadeó.
—¡No!
Elian cerró los ojos, respirando con dificultad.
—Eso… eso no soy yo.
Caelan se acercó un paso más.
—No todavía.
Pero podrías serlo.
Igual que yo.
Ariana se colocó frente a Elian, rompiendo la línea visual.
—No lo mires —ordenó—.
Mírame a mí.
Elian obedeció.
Y el espejo… se agrietó.
Una fisura recorrió varios fragmentos a la vez.
Caelan frunció el ceño por primera vez.
—Interesante —murmuró—.
El vínculo es más fuerte de lo que calculé.
Ariana alzó la barbilla.
—Porque no es un ancla.
Es una elección.
Caelan rió, pero no había diversión en ello.
—Las elecciones se rompen cuando el precio es suficiente.
Extendió la mano.
El espejo respondió.
Una fuerza invisible arrancó a Elian de su lado.
—¡ELIAN!
—gritó Ariana.
Él chocó contra uno de los fragmentos, que lo absorbió como agua negra.
—¡Suéltalo!
—rugió Ariana.
Caelan la observó con calma peligrosa.
—Entra —dijo—.
O lo pierdes.
Ariana temblaba.
No de miedo.
De rabia.
—Si entro —dijo— no saldré igual.
—Nadie lo hace —respondió Caelan—.
Esa es la gracia.
Ariana dio un paso hacia el espejo.
Y el relicario —frío, mudo— se abrió por primera vez sin brillar.
No mostró luz.
Mostró sangre.
Una runa apareció en su superficie, marcada desde dentro.
Elian gritó su nombre desde el otro lado.
—¡ARIANA, NO!
Ella lo miró a través del fragmento.
—Confía en mí —susurró—.
Como yo confío en ti.
Y cruzó.
El espejo se cerró tras ella con un estruendo que sacudió el umbral del mundo.
Caelan quedó solo.
Por primera vez, su sonrisa se desvaneció.
—Que empiece el verdadero juicio —murmuró.
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