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SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 El precio que despierta a los dioses
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34: El precio que despierta a los dioses 34: El precio que despierta a los dioses El mundo regresó de golpe.

No con suavidad.

No con misericordia.

Ariana despertó jadeando, con el cuerpo arqueado como si acabara de ser arrancada de un sueño demasiado profundo.

El aire le quemó los pulmones al entrar, áspero, cargado de polvo antiguo y de algo más… algo metálico.

Sangre.

Su propia sangre.

—¡Ariana!

La voz de Elian fue lo primero que logró atravesar la neblina espesa de su mente.

Estaba ahí, muy cerca.

Demasiado.

Sus manos sujetaban los hombros de Ariana con una mezcla desesperada de cuidado y terror, como si temiera que ella se deshiciera entre sus dedos.

Ariana intentó hablar, pero solo un gemido ronco escapó de su garganta.

El relicario colgaba abierto sobre su pecho.

Abierto.

Elian lo vio al mismo tiempo que ella lo sintió.

No hubo destello.

No hubo explosión.

Solo un silencio pesado, antinatural, como si el mundo entero hubiese contenido la respiración al ver aquello que no debía suceder todavía.

—No… —susurró Elian, con la voz quebrándose—.

Ariana, mírame.

Mírame.

Ella obedeció con esfuerzo.

Sus ojos tardaron en enfocarse, pero cuando lo hicieron, Elian sintió el golpe como una puñalada directa al pecho.

Sus pupilas no eran iguales.

Una conservaba su color habitual.

La otra estaba atravesada por un anillo de luz opaca, dorada y oscura a la vez, girando lentamente, como un símbolo vivo.

Elian retrocedió un paso, involuntariamente.

—¿Qué… qué pasó?

—preguntó, casi suplicando—.

El espejo… Caelan… tú… Ariana llevó una mano temblorosa al relicario.

Al tocarlo, una sacudida recorrió su cuerpo entero, pero no gritó.

Apretó los dientes.

Aprendía rápido: el dolor ahora era parte del lenguaje.

—No se abrió —murmuró—.

Se despertó.

Elian tragó saliva.

—Eso no es mejor.

Ariana dejó escapar una risa corta, rota.

—No… no lo es.

El suelo alrededor de ellos estaba marcado por grietas circulares, como si algo hubiese presionado desde abajo, intentando emerger.

Runas antiguas —anteriores incluso al Codex— brillaban débilmente antes de apagarse una por una, exhaustas.

Elian ayudó a Ariana a incorporarse.

Ella se apoyó en él sin protestar, sin fingir fuerza.

Su cuerpo no se lo permitía.

Cada músculo le temblaba como si hubiera corrido durante días sin descanso.

—¿Caelan?

—preguntó Ariana de pronto, con un hilo de voz.

Elian levantó la vista.

A unos metros, entre sombras aún palpitantes, Caelan permanecía de rodillas.

Una mano apoyada en el suelo, la otra presionando su propio pecho.

Su respiración era irregular, violenta, como si hubiera sido atravesado por algo invisible.

Pero no parecía derrotado.

Parecía… alterado.

—Algo cambió —murmuró él, sin mirar a ninguno de los dos—.

Maldita sea… no debía ocurrir así.

Elian se tensó de inmediato, colocándose frente a Ariana por instinto.

—No digas que fue un accidente —gruñó—.

Nada de esto lo es contigo.

Caelan alzó la mirada lentamente.

Sus ojos ya no eran solo abismo.

Había algo más allí ahora.

Algo que rozaba el desconcierto.

—No lo fue —admitió—.

Pero tampoco fue lo que yo esperaba.

Ariana sintió un latido profundo, ajeno, responder desde el relicario.

Como un corazón antiguo… reconociendo un error.

—¿Qué desperté?

—preguntó ella.

Caelan se puso de pie con dificultad.

Cada movimiento parecía costarle más de lo que admitiría.

—No qué —corrigió—.

A quién.

Elian sintió un frío recorrerle la espalda.

—Habla.

Caelan clavó la mirada en Ariana.

No con deseo.

No con amenaza.

Con algo mucho más peligroso: certeza.

—El precio —dijo—.

El precio del pacto original no era poder.

Era memoria.

Identidad.

Y sangre suficiente para despertar a quienes fueron enterrados antes de que existiera el tiempo como lo entienden.

Ariana negó lentamente.

—Yo no acepté ningún precio.

Caelan sonrió sin humor.

—El relicario sí.

El silencio que siguió fue insoportable.

Elian miró a Ariana, buscando señales de dolor, de posesión, de pérdida.

Pero lo que encontró fue peor: una calma tensa, forzada, como la de alguien que sostiene un edificio entero con los brazos extendidos.

—Ariana… —dijo él, con voz suave—.

¿Qué sientes?

Ella tardó en responder.

—Siento… —cerró los ojos— voces.

No como antes.

No como ecos.

Están despiertas.

Y saben que existo.

Elian apretó los puños.

—Entonces nos movemos.

Ahora.

Antes de que— El suelo tembló.

No violentamente.

No como un ataque.

Fue un temblor lento, profundo, como el estiramiento de algo que llevaba siglos dormido.

Desde las grietas apagadas, una sola runa volvió a encenderse.

Y una voz —antigua, múltiple, imposible— susurró desde ninguna parte y desde todas a la vez: —La portadora ha recordado.

El precio ha sido aceptado.

El equilibrio… ya no es una opción.

Ariana abrió los ojos de golpe.

El anillo de luz en su pupila giró una vez más.

—Elian —dijo, con una calma que lo aterrorizó—.

Creo que ya no me están preguntando si quiero esto.

Él la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.

—Escúchame —dijo con firmeza—.

No importa cuántos dioses despierten, cuántos pactos reclamen o cuántos hermanos regresen de la muerte.

Tú no enfrentas esto sola.

¿Me oyes?

Ariana asintió, pero una lágrima silenciosa recorrió su mejilla.

—Eso es lo que más miedo me da.

Caelan los observó en silencio.

Y por primera vez desde que había regresado de las sombras, entendió algo que no había previsto: El verdadero desequilibrio… no era Ariana.

Era el amor que no estaba escrito en ningún pacto.

El silencio que siguió a aquella voz antigua no fue vacío.

Fue expectante.

Ariana lo sintió primero en la piel.

No como un escalofrío, sino como una presión interna, una marea contenida bajo sus costillas.

El relicario, aún abierto, latía contra su pecho con un ritmo distinto al de su corazón.

Más lento.

Más profundo.

Como si ambos ya no marcaran el mismo tiempo.

Elian fue el primero en reaccionar.

—Nos vamos —dijo, firme—.

Ahora.

Tomó a Ariana del brazo, pero se detuvo en seco cuando ella no se movió.

—Elian… —susurró ella.

No había miedo en su voz.

Había concentración.

Una atención peligrosa.

—Ariana, mírame —insistió él—.

Sea lo que sea que estés escuchando, no tienes que— —No es una voz —lo interrumpió—.

Son… presencias.

Están despertando del todo.

Y si nos vamos ahora, nos seguirán.

Caelan, apoyado contra una columna resquebrajada, soltó una risa baja, amarga.

—Ya lo entiendes —dijo—.

Más rápido de lo que yo lo hice.

Elian giró la cabeza hacia él con furia contenida.

—Cállate.

—No puedo —replicó Caelan—.

Porque lo que viene no se detiene con huir.

Y tú lo sabes.

Siempre lo supiste.

Ariana dio un paso adelante, separándose ligeramente de Elian.

No porque quisiera alejarse, sino porque necesitaba espacio para respirar dentro de su propio cuerpo.

—Dijiste que desperté a alguien —dijo—.

No algo.

No un poder.

A alguien.

Caelan asintió lentamente.

—Los Antiguos del Juramento —respondió—.

No dioses, no exactamente.

Fueron los primeros portadores del equilibrio.

Antes de las casas.

Antes del Codex.

Antes de que la magia aprendiera a mentir.

El aire a su alrededor pareció volverse más denso al escuchar ese nombre.

Elian frunció el ceño.

—Eso es un mito.

—No —corrigió Caelan—.

Es una advertencia que sobrevivió disfrazada de mito.

Ariana cerró los ojos.

Al hacerlo, la visión llegó sin violencia, como si ya la estuviera esperando.

Vio un círculo inmenso, no de piedra, sino de cuerpos.

Seres de formas apenas humanas, unidos por hilos de luz y sombra, cantando en una lengua que no se hablaba, sino que se sentía.

En el centro, una figura femenina sostenía un relicario idéntico al suyo… excepto que el metal parecía vivo.

Sangraba.

Ariana abrió los ojos de golpe, jadeando.

—Ellos no duermen —dijo—.

Están… contenidos.

Y yo acabo de aflojar el sello.

Elian se acercó de inmediato, apoyando una mano firme en su espalda.

—¿Cuántos?

Ariana dudó.

—Tres… no.

Cuatro.

Tal vez cinco.

No todos están completos.

Algunos están rotos.

Otros… esperan un cuerpo.

Caelan se puso rígido.

—Eso no estaba en el pacto.

—No —respondió Ariana, mirándolo—.

Eso fue lo que escondieron.

El suelo volvió a temblar, esta vez con más fuerza.

Las grietas se extendieron como venas oscuras, y de una de ellas emergió una luz opaca, azulada, que no iluminaba: absorbía.

Una figura comenzó a formarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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