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SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Cuando los antiguos pronuncian nombres prohibidos
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35: Cuando los antiguos pronuncian nombres prohibidos 35: Cuando los antiguos pronuncian nombres prohibidos No tenía rostro definido.

Era alta, envuelta en capas de símbolos flotantes que se reorganizaban constantemente.

Donde debería haber ojos, había un vacío profundo, como si la realidad misma se negara a completarla.

Elian empuñó su arma.

—Ariana, atrás.

La figura habló sin mover la boca.

—Portadora —dijo—.

Has pronunciado el recuerdo con tu sangre.

Ariana sintió que sus rodillas flaqueaban, pero se mantuvo en pie.

—No quise despertarlos —respondió—.

Solo busco entender.

—Entender es el primer acto de desobediencia —replicó la entidad—.

Y el último privilegio antes del precio completo.

Elian dio un paso adelante.

—No le debes nada.

La figura giró lentamente hacia él.

—Tú —dijo—.

El guardián que no debía existir.

Caelan cerró los ojos, como si esas palabras le atravesaran algo antiguo.

—No lo invoques —murmuró—.

Si lo reconocen, lo reclaman.

Ariana giró bruscamente hacia Caelan.

—¿Reclamar qué?

La entidad respondió por él.

—El error.

Elian sintió un dolor súbito en el pecho.

No físico.

Era como si alguien hubiese presionado directamente sobre su marca, despertándola con violencia.

Apretó los dientes, negándose a caer.

Ariana se movió de inmediato hacia él.

—¡No lo toques!

—gritó—.

El pacto es conmigo.

La figura inclinó la cabeza.

—Lo fue.

Hasta que el vínculo se formó.

El relicario vibró con fuerza.

Ariana lo sostuvo con ambas manos, sintiendo cómo el metal se calentaba peligrosamente.

—Entonces mírame a mí —exigió—.

Yo abrí el sello.

Yo pagaré el precio.

Elian negó con la cabeza.

—No —dijo—.

No sola.

La entidad los observó a ambos.

—Eso —susurró— es lo que rompe el equilibrio.

Un segundo temblor recorrió la sala.

Esta vez, desde lo alto, como si algo hubiese sido arrancado del cielo.

Caelan abrió los ojos.

—Ya vienen —dijo—.

Los otros despertarán cuando sientan que uno de los errores se niega a desaparecer.

Ariana respiró hondo.

Sentía el miedo.

Lo aceptaba.

Pero había algo más fuerte creciendo debajo: determinación.

—Entonces no huimos —dijo—.

Nos movemos hacia el origen.

Donde el primer precio fue pagado.

La entidad guardó silencio.

Por primera vez… no contradijo.

Elian tomó la mano de Ariana con fuerza.

—Donde vayas —dijo—, voy contigo.

Caelan los miró, y en su expresión pasó algo parecido al duelo.

—Siempre fue así —murmuró—.

Incluso antes de que yo cayera.

La figura comenzó a desvanecerse, pero su voz quedó suspendida en el aire: —El precio ha comenzado a cobrarse.

Cuando el nombre prohibido sea pronunciado… no habrá retorno.

El silencio regresó.

Pero ya no era expectante.

Era una cuenta regresiva.

Ariana cerró el relicario con cuidado.

El anillo de luz en su ojo se apagó lentamente, aunque sabía que no había desaparecido.

—Parte III —susurró—.

Ahí sabremos qué están dispuestos a quitarnos.

Elian asintió, sin soltarla.

Y Caelan, desde las sombras, comprendió que el pacto ya no era el mayor peligro.

Era la elección que Ariana estaba a punto de hacer.

El camino hacia el origen no existía en los mapas.

Ariana lo comprendió cuando la realidad comenzó a doblarse alrededor de ellos, no como un portal abierto con violencia, sino como un recuerdo que se superponía al presente.

Cada paso que daban no los alejaba del lugar donde estaban… los hundía más profundo en algo que había ocurrido antes de que el tiempo aprendiera a contarse.

El bosque dejó de ser bosque.

Los árboles se tornaron altos pilares de piedra viva, cubiertos de símbolos que se reescribían a cada parpadeo.

El aire tenía un sabor metálico, antiguo, como sangre vieja mezclada con ceniza.

Elian mantenía su mano firmemente entrelazada con la de Ariana.

No hablaba.

Sabía que cualquier palabra mal colocada podía romper la concentración que ella necesitaba para sostener ese trayecto imposible.

Caelan caminaba unos pasos detrás.

No vigilaba la retaguardia.

Vigilaba a Ariana.

—Este lugar… —murmuró finalmente— no debería permitirnos existir.

—No lo hace —respondió Ariana sin mirarlo—.

Nos está tolerando.

Por ahora.

El relicario, colgando entre sus pechos, comenzó a emitir un murmullo bajo.

No era un sonido audible; era una vibración que se filtraba directamente en los huesos.

—Estamos cerca —dijo ella.

Elian sintió que su marca ardía con una intensidad que rozaba el dolor.

No era castigo.

Era reconocimiento.

—¿Qué fue lo que se sacrificó aquí?

—preguntó.

Ariana tardó en responder.

—La posibilidad de elegir sin consecuencias.

El suelo se abrió ante ellos en un círculo perfecto.

En el centro, una estructura elevada emergía como una herida sellada a medias: un altar formado por capas de piedra translúcida, cada una marcada con nombres que no podían leerse del todo.

Algunos brillaban.

Otros estaban tachados con líneas negras, violentas.

Ariana se detuvo.

Su respiración se volvió lenta, profunda.

—Aquí se selló el primer pacto —dijo—.

Y aquí se rompió… por primera vez.

Caelan se acercó, pálido.

—No —susurró—.

Esto no es… —Sí —lo interrumpió ella—.

Tú estuviste aquí.

Aunque no lo recuerdes todo.

El silencio cayó con peso.

Elian giró hacia Caelan.

—¿De qué está hablando?

Caelan apretó los puños.

—De la parte que me arrancaron —dijo—.

De lo que quedó enterrado bajo obediencia y sangre.

Ariana subió el primer escalón del altar.

El relicario reaccionó de inmediato.

Se abrió solo, flotando frente a ella, proyectando una luz blanca que no cegaba… sino que revelaba.

Las figuras aparecieron una a una alrededor del círculo.

Los Antiguos del Juramento.

No todos estaban completos.

Algunos tenían rostros humanos, desgastados por siglos de contención.

Otros eran apenas siluetas de energía sostenidas por símbolos.

Pero todos… todos miraban a Ariana.

—Portadora —dijeron al unísono—.

Has regresado al punto de quiebre.

Ariana sostuvo la mirada sin inclinar la cabeza.

—No regresé —respondió—.

Vine a terminar lo que ustedes dejaron incompleto.

Un murmullo recorrió el círculo.

—El precio ya fue pagado —replicó una de las figuras—.

Con sangre.

Con memoria.

Con muerte.

—No —dijo Ariana con firmeza—.

El precio fue transferido.

Distorsionado.

Empujado a generaciones que no eligieron cargarlo.

Elian dio un paso adelante.

—Si buscan equilibrio —dijo—, entonces asúmanlo ustedes.

Los Antiguos se volvieron hacia él.

—Tú no deberías existir —dijo uno—.

Eres la consecuencia de una desviación.

Elian apretó los dientes.

—Tal vez —admitió—.

Pero sigo aquí.

Y no pienso desaparecer para que su culpa se mantenga intacta.

Ariana lo miró, y en ese instante supo que la elección ya estaba hecha.

Subió al centro del altar.

—El pacto original exigía un sacrificio absoluto —dijo—.

Un ancla viva que sostuviera el equilibrio entre mundos.

Caelan palideció.

—No —susurró—.

No tú.

Ariana lo miró por primera vez con verdadera tristeza.

—No yo sola —corrigió—.

Nunca fue uno.

Siempre fueron dos.

Elian sintió el golpe antes de comprenderlo.

—Ariana… —dijo, negando con la cabeza—.

No.

Ella se volvió hacia él.

Y sonrió.

No era una sonrisa feliz.

Era una despedida contenida.

—No es muerte —le aseguró—.

Es… transformación.

Y necesito que confíes en mí como yo confío en ti.

Los Antiguos comenzaron a moverse, formando símbolos en el aire.

—El sacrificio debe ser voluntario —advirtieron—.

Y completo.

Ariana extendió la mano hacia Elian.

—Mi vínculo contigo es lo que rompe su equilibrio —dijo—.

Y lo que puede reescribirlo.

Elian sintió el terror abrirse paso en su pecho.

—Si te pierdo… —No me perderás —respondió ella suavemente—.

Pero no seré la misma.

Caelan avanzó abruptamente.

—Si alguien debe pagar —dijo—, soy yo.

Ariana negó con la cabeza.

—Tú ya pagaste sin elegir.

Y eso es lo que rompió todo.

El relicario descendió lentamente entre Ariana y Elian.

—Unidos por elección —entonaron los Antiguos—.

Separados del mundo.

Elian cerró los ojos.

Y asintió.

—Hazlo —dijo—.

Pero no me sueltes.

Ariana tomó su rostro entre sus manos.

—Nunca.

La luz estalló.

No fue una explosión destructiva, sino una expansión silenciosa que atravesó cada capa del lugar.

Ariana sintió su cuerpo deshacerse y rearmarse en algo más amplio, más consciente.

Elian sintió su marca arder… y luego estabilizarse, como si por primera vez encajara.

Los Antiguos gritaron.

No de dolor.

De liberación.

Las grietas del altar se sellaron.

Los nombres tachados comenzaron a brillar de nuevo.

Cuando la luz se disipó, el círculo estaba vacío.

No quedaba rastro del relicario.

Ni del altar.

Solo un suelo liso… y un símbolo grabado en la tierra.

Caelan cayó de rodillas.

—¿Qué hicieron…?

—susurró.

Elian estaba de pie.

Solo.

Pero no vacío.

Cerró los ojos.

Y la sintió.

No en su cuerpo.

En el mundo.

Ariana no había desaparecido.

Se había convertido en el equilibrio que ya no podía ser contenido.

El viento susurró su nombre.

Y por primera vez desde que todo comenzó, los dioses antiguos guardaron silencio.

Porque el precio había sido pagado.

Y el mundo… acababa de cambiar para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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