SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Susurros en las penumbras
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38: Susurros en las penumbras 38: Susurros en las penumbras El bosque parecía respirar con ellos.
Cada rama crujía bajo la brisa nocturna, cada sombra se movía con intención propia, y el relicario colgando del cuello de Ariana emitía un pulso suave, casi hipnótico, que iluminaba los senderos tortuosos frente a ellos.
Elian caminaba con pasos firmes, pero sus ojos recorrían constantemente los alrededores, buscando cualquier indicio de movimiento.
No era solo precaución: era instinto, el instinto de un hombre que sabía que su misión era protegerla, aunque eso significara sacrificarse.
—No lo entiendo —dijo Ariana, rompiendo el silencio—.
Todo esto… las sombras, los recuerdos, Caelan… ¿cómo es posible que mi vida haya estado tan ligada a algo que ni siquiera recuerdo?
Elian apretó los labios.
—Porque no era solo tu vida.
Era el equilibrio de algo mucho más grande que tú o yo.
Pero ahora… estamos en esto juntos.
Y no permitiré que te haga daño.
El relicario respondió a la tensión entre ellos, como si entendiera el mensaje.
Su luz se intensificó levemente, bañando el rostro de Ariana y el de Elian con un brillo cálido, casi protectivo.
Cada vez que él rozaba su brazo, aunque fuese por accidente, la energía parecía vibrar en resonancia con su propia fuerza vital.
—Siento que nos persigue algo —susurró Ariana, mirando entre los árboles—.
No es solo Caelan.
Es… más antiguo.
Más grande.
—Lo sé —respondió Elian, con la voz tensa—.
Y no podemos permitir que nos alcance sin luchar.
Se detuvieron en un claro más amplio, cubierto de hojas secas y raíces retorcidas.
Allí, los árboles formaban un círculo natural, como un umbral a otro mundo.
Ariana levantó el relicario: su luz se proyectó hacia las sombras, revelando figuras que se desvanecían en la penumbra.
—¿Ves eso?
—preguntó Ariana, señalando hacia un conjunto de figuras que se movían entre los árboles.
Eran sombras humanoides, pero más densas, más antiguas.
Sus ojos brillaban con una luz fría.
—Son guardianes del pacto —dijo Elian—.
No son enemigos directos, pero tampoco amigos.
Solo saben reconocer a los que tienen poder… y nosotros tenemos demasiado.
Ariana tragó saliva, ajustando el relicario sobre su pecho.
—Entonces, ¿no podemos acercarnos a ellos sin pelear?
—No —dijo Elian—.
Pero podemos pasar si nos mantenemos juntos.
Si mostramos control.
Tomó la mano de Ariana y la sostuvo con firmeza.
Era un gesto simple, pero lleno de significado: no solo protección, sino un recordatorio de que no estaban solos, que cada paso lo darían juntos.
El viento cambió.
Un murmullo recorrió las hojas, un susurro que parecía provenir de todos lados y de ninguno a la vez.
Ariana sintió el cabello erizarse en la nuca.
El relicario vibró con fuerza, pulsando al ritmo de sus latidos.
—Están hablando —dijo ella, susurrando—.
Pero no entiendo las palabras.
Solo siento… emociones.
Miedo.
Rabia.
Dolor.
Y… amor.
Elian frunció el ceño.
—Amor.
Esa es la señal de que no solo es peligro.
También es prueba.
Tienes que controlarlo, Ariana.
No puedes dejar que te arrastre.
Ella asintió, respirando profundo.
El calor del relicario se mezclaba con el calor de la mano de Elian sobre la suya.
El vínculo entre ellos era tangible, una fuerza que parecía reforzar la luz que emanaba del objeto.
—Vamos —dijo él, tomando la iniciativa.
Avanzaron hacia las figuras, sus pasos seguros, la luz del relicario proyectando sombras largas y danzantes en el suelo cubierto de hojas.
Las sombras no atacaron de inmediato.
Las humanoides se movieron como si evaluaran, rodeándolos en un semicírculo sin romperlo, como guardianes que medían la fuerza y la pureza de los presentes.
Ariana podía sentir la energía del lugar, una mezcla de magia ancestral y poder residual de los pactos olvidados.
—No mires a los ojos de ninguno —advirtió Elian—.
Solo sigue caminando.
Ariana obedeció, aunque cada fibra de su ser quería explorar, descubrir, entender.
Elian la guió por el centro del círculo de sombras, hasta llegar a un espacio vacío que parecía un pequeño altar de piedra cubierta de musgo y runas.
—Aquí —dijo él—.
Este es el punto seguro.
Por ahora.
El relicario se iluminó con un brillo cálido, casi humano, como si celebrara la llegada.
Ariana suspiró, liberando el aire que había estado conteniendo desde que habían entrado al círculo.
—¿Por qué siento que todo esto… nos está probando?
—preguntó, mirando a Elian—.
Que no es solo una batalla contra ellos, sino entre nosotros mismos.
Él la miró, la intensidad en sus ojos la hizo estremecer.
—Porque lo es.
Cada paso que damos, cada decisión, fortalece algo más que nuestra supervivencia.
Nos está moldeando.
A ti, a mí, a nosotros.
Ariana se acercó más, casi rozando su pecho.
—Y si fallamos… —dijo, con la voz apenas audible.
—No fallaremos —interrumpió Elian, con firmeza.
La miró directamente—.
No mientras yo esté contigo.
El silencio que siguió fue pesado y eléctrico.
La cercanía, la respiración compartida, el calor de sus cuerpos, todo creaba una tensión que no necesitaba palabras.
Ariana podía sentirlo: un instante suspendido entre el peligro y la promesa.
Entre el miedo y la certeza de que no estaban solos.
Entonces, de las sombras surgió un destello de luz azulada, rápido y penetrante.
Ariana levantó el relicario instintivamente.
La luz barrió el área y las sombras retrocedieron, volviéndose menos densas, menos intimidantes.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Elian—.
Tienen que ser pruebas, no prisiones.
Ariana asintió.
Se aferró a la mano de él mientras avanzaban hacia la salida del círculo.
Cada paso parecía exigir más concentración, más control del relicario, más unión entre ellos.
La penumbra del bosque se abrió ante ellos, pero un murmullo persistente los siguió.
Como si las sombras aún quisieran recordarles que estaban siendo observados.
—Están… esperándonos —susurró Ariana—.
No nos dejarán ir tan fácilmente.
—No importa —respondió Elian—.
Mientras caminemos juntos, mientras estemos uno al lado del otro, nada puede detenernos.
El relicario brilló con fuerza, iluminando sus rostros, y por un momento, el miedo se disipó.
La certeza de su vínculo era más fuerte que cualquier amenaza.
Los árboles parecían abrirles paso, el viento dejaba de ser un susurro amenazante y se convertía en un canto sutil de protección.
Pero en la distancia, en la espesura del bosque, algo más se movía.
Algo que conocía su nombre, su poder, y la fuerza de su unión.
El peligro no había terminado.
Solo se había transformado.
Y Ariana lo sabía.
Pero también sabía algo más.
Mientras Elian sostenía su mano, mientras el relicario latía entre sus dedos, por primera vez desde que todo comenzó, sintió que podía enfrentarlo.
No sola, sino juntos.
El bosque podía ser oscuro, el pasado podía estar lleno de secretos y traiciones.
Pero mientras respiraran uno al lado del otro, mientras sus manos se entrelazaran, podían desafiar incluso a lo imposible.
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