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SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 El Relicario de la Traición
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4: El Relicario de la Traición 4: El Relicario de la Traición La madrugada comenzaba a teñir el cielo de un gris plomizo cuando Ariana y Elian retomaron el sendero de regreso.

A cada paso, el Codex parecía más pesado, como si cada secreto que contenía hundiera sus raíces en la espalda de Ariana.

No hablaban.

Solo escuchaban: ramas crujiendo, aves nocturnas alejándose, el crujido bajo sus pies.

Pero también, entre todo eso, un zumbido sutil.

Como un eco lejano del Linde que aún no la dejaba ir del todo.

Ariana se detuvo al borde del arroyo que atravesaba el bosque.

Se arrodilló, dejando que el agua fría le corriera entre los dedos.

El Codex, cerrado contra su pecho, vibró levemente, apenas un susurro, como una respiración.

-¿Crees que esto…

nos cambió para siempre?

-preguntó ella, sin mirar a Elian.

-Tú entraste sola.

Pero…

lo sentí -respondió él, con voz baja-.

Como si algo antiguo se hubiera despertado en todos nosotros al mismo tiempo.

Ella levantó la mirada.

Su reflejo en el agua ya no era el mismo.

Sus ojos brillaban apenas con un resplandor rojizo.

No era magia, ni ilusión.

Era herencia.

-¿Tú confías en todos?

-preguntó entonces, sin rodeos.

Elian frunció el ceño.

-¿Por qué?

-Porque alguien sabe lo del relicario.

Y Nheron dijo que ese alguien ya se está moviendo.

Que me conoce.

-Entonces debemos movernos primero -dijo él, tajante-.

Ir a casa.

Ver si hay algo en los registros familiares que mencione a Aurelia.

Al pacto.

Al relicario.

Ella asintió.

Pero mientras se ponía de pie, sintió un pinchazo agudo en la palma de la mano.

Se miró, y allí, donde había sostenido el Codex durante la visión, ahora había una marca: tres líneas entrecruzadas en forma de tridente invertido.

Quemadas en su piel.

No dolía.

No del todo.

Pero la hacía temblar.

Elian se dio cuenta.

-¿Qué es eso?

Ariana no respondió de inmediato.

El Codex se abrió solo, mostrando una nueva página.

Sin palabras.

Solo el mismo símbolo, tallado profundamente en la hoja.

-La Marca del Juramento…

-murmuró-.

La señal de que lo he heredado.

-¿Eso es malo?

-Eso significa que el tiempo se acabó -dijo, cerrando el libro-.

No estoy esperando más.

No vamos a huir.

Elian se sorprendió por su tono.

Ariana ya no hablaba como antes.

Había algo más en ella.

Decisión.

Antigüedad.

Al llegar a la entrada del pueblo, la bruma se cernía sobre los tejados.

Las luces estaban apagadas.

El silencio era denso.

Inquietante.

Una figura encapuchada observaba desde una esquina, pero desapareció al verlos llegar.

Elian fue tras ella, pero no encontró a nadie.

Ariana no se detuvo.

Caminó directamente hacia la antigua biblioteca del caserón familiar, donde todo había comenzado.

Allí, tras mover un panel escondido en la estantería, encontró un compartimento secreto.

En su interior: un relicario de obsidiana, sellado con cera roja.

Sobre él, una nota, escrita con una caligrafía desconocida: “No todos los aliados buscan protegerte.

Algunos solo esperan el momento para reclamar lo suyo.

-A.” Elian se quedó paralizado al leerla.

Ariana, en cambio, cerró el compartimento con calma.

-No es momento de paranoia.

No aún.

Primero, descubramos qué guarda este relicario.

-¿Y después?

-Después, veremos quién merece estar a nuestro lado…

y quién está aquí solo para destruirnos.

El Codex vibró de nuevo.

La noche no había terminado.

(…) Elian cerró la puerta de la biblioteca con cuidado, bajando la tranca interna.

Afuera, la niebla comenzaba a deslizarse por los escalones del porche como si tuviera voluntad propia.

-¿Y si alguien ya sabe que lo tenemos?

-preguntó.

Ariana se sentó frente al relicario, aún sin tocarlo.

El Codex descansaba sobre una mesa antigua, abierto en la página del símbolo que ardía levemente bajo la luz.

El aura roja que antes solo aparecía en el Linde ahora vibraba débilmente en el mundo real.

Estaba desbordando límites.

-Entonces nos toca adelantarnos -respondió ella-.

Pero no pienso abrir esto hasta estar segura de lo que contiene.

El Codex reaccionará cuando sea el momento…

y no antes.

Elian asintió, aunque la tensión en su mandíbula delataba su ansiedad.

Mientras Ariana examinaba el relicario sin romper el sello, se dio cuenta de que estaba cubierto con las mismas runas que había visto en la visión: aquellas que rodeaban el altar de obsidiana en el pacto original.

Pero había una diferencia.

Aquí, había una runa más, una que parecía incompleta, como si hubiese sido arrancada.

-Mira esto -dijo Ariana, señalándola.

Elian se inclinó.

-¿Falta una parte?

-No.

Fue borrada.

Alguien no quería que esa parte del sello se conservara.

Y si eso es así, es porque temían lo que revela.

De pronto, un golpe seco sonó en la puerta principal.

Ambos se quedaron quietos.

Uno.

Dos.

Tres golpes.

Rítmicos.

-¿Alguien del consejo?

-susurró Elian, poniéndose de pie.

Ariana negó con la cabeza.

-Nadie llama así.

No aquí.

Los golpes se repitieron.

Pero esta vez, algo diferente ocurrió.

El Codex comenzó a cambiar de página por sí solo.

Las hojas pasaban con violencia, una tras otra, hasta detenerse en una que estaba escrita completamente en tinta negra.

Ariana se acercó.

En la parte superior, solo una frase: “Si abres la puerta…

uno de ellos caerá.” -¿Uno de quiénes?

-susurró Elian, tomando la nota-.

¿Se refiere a nosotros?

Antes de que pudieran procesarlo, un crujido los hizo girar hacia una ventana.

La figura encapuchada que antes Elian había perseguido ahora los observaba desde el otro lado del vidrio.

Pero sus ojos no eran humanos.

Brillaban como ascuas en medio de una piel grisácea, marcada por la misma runa que había sido borrada del relicario.

Elian desenfundó el arma oculta que llevaba en el cinturón.

Ariana sostuvo el Codex.

-No abras.

No importa lo que diga o haga -ordenó ella.

Pero la figura no tocó la puerta.

Se limitó a dejar caer algo en el umbral.

Un anillo.

Elian abrió los ojos de golpe.

-Ese es…

-tragó saliva-.

Es del Consejo.

Es de…

-Lo sé -dijo Ariana, antes de que lo terminara.

El Codex vibró con violencia.

La página negra comenzó a humear.

Algo en el sello del relicario reaccionaba también, temblando suavemente como si escuchara su nombre ser pronunciado.

-No vamos a poder detener esto por mucho más -dijo Elian, con voz baja.

-No -dijo Ariana-.

Pero vamos a entenderlo antes de enfrentarlo.

Se sentó frente al relicario y colocó ambas manos sobre su tapa.

El Codex brilló de nuevo.

La primera línea del texto oculto comenzó a revelarse en la página anterior, como tinta que brota de la nada: “En el principio, fueron tres voluntades: preservar, dominar y olvidar.

Y con cada ciclo…

una debe morir.” Ariana y Elian se miraron.

El Codex aún no estaba listo para abrir el relicario.

Pero estaba contando su historia.

Y si una debía morir…

quizás ya estaba elegida.

Ariana apartó las manos del relicario, pero el temblor persistía.

Era como si el objeto estuviera despertando, latiendo con un pulso que no pertenecía al mundo físico.

Elian no se movía.

Sus ojos seguían fijos en la ventana donde, ahora, no había nadie.

La figura se había desvanecido…

o se había fundido con la noche.

-¿Crees que el anillo sea una advertencia?

-preguntó él, volviendo al lado de Ariana.

-O una firma -respondió ella-.

Como si quisieran que supiéramos quién está detrás.

-¿Y lo sabes?

Ella dudó.

Una parte de ella quería decir que no, que aún era pronto, pero las piezas comenzaban a girar dentro del rompecabezas.

Sin embargo, todavía faltaba la clave central.

-Todavía no -respondió finalmente-.

Pero estamos más cerca.

Afuera, los aullidos de los colmillos de niebla se alzaron en coro.

El Linde, aunque cerrado, seguía presente, como si su esencia se hubiera filtrado en el bosque, trayendo consigo criaturas que no debían existir fuera del umbral.

Elian cerró las cortinas.

-Tenemos que irnos de aquí.

Si lo que viste es cierto, si hay un traidor, entonces esta casa ya no es segura.

Ariana asintió, cerrando el Codex con suavidad.

Lo envolvió en el paño oscuro que usaba su madre para cubrir los objetos sagrados.

El relicario, sin embargo, no podía ser transportado con tanta facilidad.

Parecía estar anclado al suelo con una fuerza invisible.

-¿Qué estás haciendo?

-preguntó Elian al verla sacar un puñado de ceniza negra de su bolso.

-Protección.

Aurelia me enseñó un sello cuando tenía pesadillas.

Dijo que no era para alejar fantasmas, sino memorias que querían regresar antes de tiempo.

Trazó un círculo alrededor del relicario, marcando cada punto cardinal con símbolos que brillaban tenuemente al contacto con la ceniza.

Cuando terminó, el aire se volvió denso, como si el tiempo dentro de ese espacio se hubiera congelado.

-Eso nos dará unas horas -dijo-.

Pero no más.

Salieron de la biblioteca por una puerta lateral, entre ramas cubiertas de musgo y silencio contenido.

El bosque los observaba.

Cada árbol, cada sombra, parecía inclinarse apenas cuando pasaban.

El Codex emitía un resplandor tenue, como un faro envuelto en humo.

No se dirigieron a casa de Ariana.

Ni a la cabaña de Elian.

Sabían que ambos lugares podrían estar vigilados.

Fueron al cementerio viejo.

Ahí, entre las criptas derruidas y los pasajes secretos construidos por las antiguas casas para proteger reliquias y esconder pecados, se abría una escalinata de piedra que descendía a las entrañas de la colina.

Ariana la conocía desde niña, aunque su madre le prohibió acercarse.

-Aquí es donde Aurelia encontró el Codex por primera vez -susurró, bajando los escalones.

Elian la miró sorprendido.

-¿Nunca me lo dijiste?

-Porque ella me hizo jurar que lo olvidaría.

Las paredes estaban cubiertas de inscripciones arcanas.

Algunas eran iguales a las del Codex.

Otras eran más antiguas, ilegibles.

Cuando llegaron al último peldaño, una puerta de hierro oxidado bloqueaba el paso.

Ariana colocó la mano sobre el centro, donde una marca -la misma que ardía en su muñeca- comenzaba a activarse.

La puerta se abrió sola.

Dentro, el aire era pesado, pero no muerto.

Era como entrar a un recuerdo viviente.

Velas apagadas, huesos colocados en patrones, y en el centro, un altar idéntico al de su visión.

Vacío, pero esperando.

Elian se acercó con cautela.

-Este lugar…

-Es anterior a todo.

Incluso a las casas.

Aquí se hizo el primer pacto.

Aquí se enterraron las promesas rotas.

Ariana colocó el Codex en el centro del altar.

No abrió el libro, solo lo dejó reposar, como si sintiera que el lugar tenía preguntas propias que hacerle.

-¿Qué hacemos ahora?

-preguntó Elian.

-Esperamos -dijo ella.

-¿Esperamos qué?

Ariana tragó saliva.

-A quien puso la marca en mi sangre.

A quien borró el sello del relicario.

A quien está moviendo las piezas desde la oscuridad…

y no teme mostrarse.

La última vela de la sala encendió sola, y la sombra de una figura encapuchada apareció contra la pared del fondo.

Pero esta no era como Nheron.

No temblaba entre dimensiones.

Estaba del todo presente.

Y observaba.

La figura permanecía inmóvil, como tallada en piedra.

No hablaba.

No se acercaba.

Solo observaba.

Ariana dio un paso al frente, manteniéndose entre Elian y el altar.

-¿Eres tú quien rompió el sello?

-preguntó.

La figura no respondió con palabras.

En su lugar, extendió una mano cubierta por una tela negra.

Sobre la palma, un pequeño objeto brillaba con un fulgor rojo: una esquirla idéntica a las que sellaban el Codex en su visión…

pero esta estaba rota.

Elian se tensó.

-Esa es una de las llaves del pacto.

-Una de las tres -murmuró Ariana.

La figura asintió, lenta, ceremoniosamente.

Luego señaló el libro en el altar…

y desapareció sin dejar rastro.

Ni humo, ni sombra, ni sonido.

Solo la esquirla flotando en el aire, hasta que cayó frente al Codex con un tintineo suave, casi reverente.

Ariana se acercó.

Tocó el fragmento.

Estaba caliente, vibrante, como si tuviera pulso propio.

-¿Qué significa esto?

-preguntó Elian.

-Que alguien ya ha abierto su parte del pacto -respondió Ariana, levantando la mirada-.

Y ahora espera que yo haga lo mismo.

Pero el Codex no se abrió.

En su lugar, la tapa cambió.

Su superficie se agitó como agua bajo fuego, y una nueva marca emergió: un círculo dividido en tres, con un punto ardiente en el centro.

-Esta es la verdadera prueba -susurró Ariana.

Se giró hacia Elian.

-Necesito tu ayuda.

No solo como protector, sino como testigo.

Este pacto…

no puede romperse o sellarse por una sola mano.

Deben ser tres.

-¿Y las otras dos?

Ariana guardó silencio unos segundos.

-Una ya está en juego -dijo mirando la esquirla-.

Y la otra…

está por revelarse.

Pero no hoy.

Cerró el Codex.

La tapa volvió a oscurecerse.

El fuego de la vela se apagó solo, como si algo invisible la hubiera soplado.

En la oscuridad, Ariana sintió un cambio profundo.

Como si el altar hubiese aceptado su decisión.

O tal vez…

como si hubiera activado algo que llevaba siglos esperando.

Subieron en silencio por la escalera, sin decir una palabra más.

Al salir del cementerio, la luna había cambiado de posición.

La noche estaba más fría.

Y en el cielo, una línea de estrellas formaba una figura que Ariana nunca había visto antes: un triángulo, abierto en uno de sus lados.

-¿Lo ves?

-preguntó.

Elian asintió, aunque su expresión era sombría.

-Lo están marcando.

Todo está empezando.

Ariana miró sus manos.

El símbolo en su muñeca palpitaba con intensidad.

-Entonces tenemos que movernos antes que ellos.

-¿A dónde?

Ella tardó en responder.

-A donde empezó todo.

Donde se hizo el primer juramento.

Antes de que existiera el Codex…

antes incluso de Aurelia.

Elian la miró, sorprendido.

-¿Te refieres a las ruinas del primer círculo?

Ariana asintió.

-Es hora de despertar memorias más antiguas que el miedo.

Y así, bajo el cielo abierto y el susurro de los vientos cambiantes, emprendieron el camino hacia el origen…

sin saber que alguien, en las sombras, ya conocía sus pasos.

Ya los esperaba.

Y había estado en casa desde el principio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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