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SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 El Eco de las Ruinas
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5: El Eco de las Ruinas 5: El Eco de las Ruinas El camino hacia las ruinas no estaba en ningún mapa.

Elian guiaba con paso firme a través del bosque viejo, por senderos que parecían haber sido tragados por la maleza.

Ariana lo seguía en silencio, el Codex asegurado contra su pecho, cada tanto sintiendo cómo vibraba, como si se alimentara del lugar al que se dirigían.

La luna había desaparecido tras nubes densas.

Solo las luciérnagas iluminaban el paso, revoloteando como si reconocieran su presencia.

—¿Estás seguro que es por aquí?

—preguntó Ariana en voz baja.

—No.

—Elian no se detuvo—.

Pero los viejos relatos decían que las raíces del círculo están donde el silencio pesa más que la oscuridad.

Y ya casi no escucho ni a los insectos.

Ariana se estremeció.

Tenía razón.

El bosque parecía contener la respiración.

Solo el viento —débil, insistente— rozaba los árboles.

Cuando al fin emergieron de entre la maleza, el claro se abrió de forma abrupta.

Frente a ellos, las ruinas del primer círculo: piedras antiguas en formación espiral, algunas cubiertas de musgo, otras partidas por el tiempo.

En el centro, una plataforma circular marcada con símbolos apenas visibles… pero que brillaban débilmente al acercarse Ariana.

—Es aquí —susurró ella, como si su sangre lo supiera antes que su mente.

—¿Qué esperas encontrar?

—Respuestas —dijo con firmeza—.

Pero no solo del Codex.

De mí.

Elian se quedó unos pasos atrás mientras Ariana subía a la plataforma.

Al pisarla, una oleada de calor le recorrió las piernas, como si la tierra la reconociera.

El Codex se abrió por sí solo.

Las páginas pasaron a toda velocidad, hasta detenerse en una nueva hoja, antes en blanco.

Allí, líneas rojas comenzaron a dibujarse.

No eran letras, sino una figura: una mujer con una lanza y un manto de estrellas sobre los hombros… y a su alrededor, tres sombras observándola desde los bordes del círculo.

—La madre del juramento —dijo Ariana, sin saber cómo sabía ese nombre.

—¿La conoces?

Ella negó con la cabeza.

—No.

Pero me recuerda a Aurelia.

Aunque es más antigua.

Mucho más.

Elian subió a la plataforma y se paró a su lado.

—¿Qué se supone que hagamos ahora?

—Escuchar —respondió ella.

Y lo hicieron.

Por un instante, no hubo sonido.

Pero entonces, desde las piedras, surgió un murmullo, como un eco lejano que no pertenecía al presente.

No eran voces claras, sino emociones condensadas: traición, poder, sacrificio… deseo.

El Codex ardió con un resplandor oscuro.

Una nueva visión tomó forma, envolviéndolos a ambos.

Estaban en el mismo círculo, siglos atrás.

Un ritual en marcha.

Tres figuras: un guerrero, una hechicera, y una criatura de ojos negros que no era completamente humana.

Cada uno colocaba una parte de su alma en una vasija.

El pacto original.

—El alma dividida en tres custodios —murmuró Ariana—.

Pero solo uno…

uno fue corrompido.

Elian apretó su mano.

Ariana no se había dado cuenta que lo había alcanzado.

—¿Crees que fue uno de ellos el traidor?

—No.

Creo que fue alguien que los amó.

O los envidió.

La visión se desvaneció, pero el círculo no volvió a dormirse.

Las piedras latían con una energía invisible.

Y con esa energía, algo más despertó.

Desde la parte más oscura del bosque, una figura emergió.

No encapuchada.

No fantasmagórica.

Era humano… o casi.

Llevaba una máscara blanca y vestía ropas del viejo linaje.

Ariana y Elian bajaron de inmediato de la plataforma.

—¿Quién eres?

—preguntó ella.

—El primero que falló —dijo la figura con voz hueca—.

Y el último en recordar.

Del suelo, cadenas negras se alzaron, retorciéndose como serpientes.

Elian se puso frente a Ariana, desenvainando la daga.

—Atrás —ordenó.

Pero la figura no atacó.

Solo extendió una carta antigua.

Igual a la que había recibido Ariana.

Y la dejó caer al suelo, donde se encendió por sí sola en una llama azul.

—No soy tu enemigo —dijo con amargura—.

Pero tampoco puedo ayudarte…

hasta que lo recuerdes todo.

Y desapareció entre la niebla, dejando tras de sí un rastro de ceniza y miedo.

Ariana se arrodilló y recogió lo que quedaba de la carta.

No era papel.

Era piel.

Humana.

Sus dedos temblaron.

—No fue el único que recibió una advertencia —susurró—.

Esto va más allá de mí.

Más allá de Aurelia.

Elian la tomó del brazo, suave.

—Entonces no estás sola.

Porque ahora, todo eso también es mío.

Por primera vez, ella no lo apartó.

No solo porque necesitaba apoyo… sino porque sabía, con una certeza dolorosa, que este camino iba a cobrarse más que recuerdos.

Y él… iba a ser parte de ello.

(…) Su mente bullía de preguntas sin respuestas, pero una idea punzante se repetía como un tambor en su pecho: no soy la única que fue marcada.

Elian caminó a su lado en silencio.

Sus pasos no hacían ruido, como si el círculo de piedras absorbiera hasta la vibración de sus pisadas.

A su alrededor, la atmósfera parecía esperar…

como si el pasado no hubiera terminado de hablar.

Ariana bajó la mirada a su muñeca.

El símbolo aún palpitaba, sincronizado con algo más.

El relicario.

Lo había sentido desde que pisaron el claro.

Aún cerrado en su bolsa, envuelto con telas protectoras, parecía llamarla.

No con palabras, sino con ecos.

Y no cualquier eco… con hambre.

—Aún no lo has abierto —dijo Elian, como si le leyera los pensamientos.

Ariana negó con la cabeza.

—No.

Algo me detiene.

Como si al hacerlo…

despertara a quien lo quiere.

—¿Tú crees que el traidor lo está buscando?

—No.

—Lo miró—.

Creo que el traidor ya sabe dónde está.

Solo espera que yo lo abra.

Elian frunció el ceño.

—¿Para qué?

Ariana bajó la mirada hacia la tela que lo envolvía, atada en su cintura.

Cada tanto, sentía calor contra su piel.

O frío.

Como si lo que hubiera dentro no obedeciera al tiempo ni al espacio.

—Porque hay algo dentro que no pertenece ni al Codex ni al círculo —murmuró—.

Algo que fue sellado para evitar que la ruptura se completara.

Algo que quien me traicionó… necesita.

Elian se acercó más.

No por curiosidad.

Por protección.

—¿Qué crees que hay dentro?

Ella dudó.

—Recuerdos.

Pero no solo míos.

Algo más antiguo.

Algo que se escondió dentro de mí desde que nací.

Y ese relicario… es la llave para romper ese candado.

Elian estiró la mano y, con delicadeza, tomó las de ella.

—Entonces no lo abras sola.

Ariana parpadeó.

Por un segundo, el peso de todo pareció ceder.

Dejó que sus dedos se entrelazaran con los de él.

—No sé qué veré cuando lo haga —susurró—.

Pero sé que no saldré igual.

—Nadie lo hace —respondió él—.

Pero si salís, salís conmigo.

Por primera vez en días, Ariana sintió una grieta en el muro que había construido alrededor de sí misma.

Y no dolía.

Era… humano.

Era alivio.

El relicario vibró.

Como si respondiera a esa conexión.

Como si esperara exactamente eso: que Ariana ya no dudara.

Ella lo notó y retrocedió un paso.

—No.

Aún no.

—Su voz fue firme, y el relicario volvió a calmarse—.

Primero tengo que saber qué parte de mí fue marcada por él.

Elian asintió.

—Entonces vayamos a donde puedas escuchar esa parte.

El Codex, desde su bolso, se abrió por sí solo.

Una sola palabra escrita en tinta oscura apareció en una página nueva: “Ascentia.” Ariana leyó en voz baja.

—Las ruinas del juramento mayor.

Elian la miró, alerta.

—Ese sitio fue sellado después del último pacto.

Nadie que haya entrado ha salido cuerdo.

—Entonces es el lugar perfecto —dijo ella con un tono más decidido—.

Porque la cordura nunca me salvó.

Y así, con el relicario aún cerrado, el Codex guiando su paso, y la marca brillando bajo la piel, Ariana y Elian abandonaron las ruinas del primer círculo… sin saber que quien los seguía ya no se ocultaba para espiarlos, sino para interceptarlos.

Porque el traidor… también estaba marcado.

Y el relicario… alguna vez, le perteneció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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