SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Ascentia El Juramento Mayor Part
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7: Ascentia: El Juramento Mayor Part.
2 7: Ascentia: El Juramento Mayor Part.
2 Ariana presionó los dedos alrededor del relicario, tratando de resistir el impulso que subía como una marea eléctrica por su brazo.
La figura encapuchada dio un paso hacia adelante, sin prisa, sin miedo.
Elian mantuvo su posición frente a ella, pero Ariana sabía que él no podría detenerlo si esa entidad decidía atacar.
No era humana.
Y tampoco era un espectro.
Era algo entre ambos, condenado a existir en el filo de lo que alguna vez fue.
— ¿Qué esperas que haga?
—preguntó Ariana, tensando la mandíbula.
—No espero nada —respondió la figura con voz amarga—.
No de ti.
No todavía.
Pero quería ver si eras igual que ella… o si al fin llegó alguien capaz de detener lo que se avecina.
Ariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿”Ella”… quién?
La figura alzó el rostro, pero la capucha seguía ocultándolo en sombras imposibles.
—La portadora anterior —susurró—.
La que abrió el relicario… y vendió su destino al hacerlo.
Ariana tragó saliva.
—¿Murió?
—No del modo en que imaginas —respondió la figura—.
Abrir el relicario no la mató.
La transformó.
O, más exactamente… la devolvió a lo que nunca debió dejar de ser.
Elián tensó la daga entre sus dedos.
—Hablas en acertijos.
—Ustedes no están listos para entenderlo.
Ariana dio un paso hacia adelante, empujando a Elián con suavidad.
—Sí lo estoy.
Y voy a entenderlo.
Me gusta o no.
El relicario tembló otra vez.
La figura fijó su atención en él.
—Ese objeto no quiere respuestas, Ariana.
Quiere un recipiente.
Ella sintió un pinchazo en la nuca, como un recuerdo que intentaba abrirse paso.
Como si algo dentro del relicario la llamara por un nombre que todavía no recordaba.
Elian tocó su brazo.
—Basta.
Lo que sea, no tienes por qué abrirlo ahora.
La figura irritante.
No podía ver la sonrisa, pero Ariana la sintió como un latigazo.
—Él tiene miedo —dijo—.
De lo que podrías descubrir si lo haces.
Ariana notó cómo Elian apretó la mandíbula.
—No hables de mí —escupió él.
—¿Y por qué no?
—el encapuchado ladeó la cabeza—.
Si tú mismo cargas las respuestas que ella busca.
Ariana se volvió hacia Elián.
—¿Qué está diciendo?
—Nada que tenga sentido —respondió él sin mirarla.
Pero había un temblor en sus palabras que Ariana nunca había escuchado antes.
Uno que le atravesó el pecho.
El encapuchado soltó una carcajada suave, como un susurro de viento entre huesos.
—No te estás mintiendo —dijo—.
Solo está eligiendo qué silencio proteger.
Y entonces, sin otra palabra, se desvaneció.
Como una sombra arrancada de su dueño, se disolvió entre los cristales de la cámara, dejando tras de sí un vacío helado.
Ariana se quedó mirando el sitio donde la figura había estado, respirando hondo, tratando de estabilizar el pulso acelerado de su pecho.
Elián guardó la daga lentamente, sin dejar de observarla.
—Ariana… no escuches a esa cosa.
— ¿Y si tiene razón?
—susurró ella.
—No la tiene.
—Habla como si tú supieras qué hay en este relicario.
Elián dio un paso atrás, como si ella lo hubiera golpeado.
Ariana nunca lo había visto así.
Nunca lo había visto…
vulnerable.
—No sé nada —respondió él al fin.
Ella lo miró fijamente.
—No eres bueno mintiendo.
Elian bajó la mirada.
Ese pequeño gesto—esa derrota silenciosa—fue más revelador que mil palabras.
Ariana sintió cómo todo dentro de ella se tensaba.
No contra él.
Sino contra la verdad que estaba escondiendo.
Y que ahora sabía que existía.
—Elian… ¿qué sabes?
Elián levantó la mirada lentamente.
Esos ojos—siempre firmes, siempre atentos—ahora tenían un brillo distinto.
Dolor.
Culpa.
Y algo más oscuro.
—Lo suficiente para temer por ti —dijo en voz baja—.
Y para temer… por mí.
Ariana dio un paso hacia él.
—¿Por ti?
Elián abrió la boca para responder… pero el relicario emitió un latido tan fuerte que la cámara tembló.
Un cristal en la pared se estalló.
Elian tiró de Ariana hacia él, protegiéndola con su cuerpo mientras los fragmentos caían alrededor de ambos.
Su pecho estaba pegado al de ella, su respiración golpeándole el cuello.
La intensidad del contacto la mareó por un instante.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Demasiado inevitable.
—¿Estás bien?
—preguntó él, sin apartarse.
—Sí —susurró Ariana, sintiendo su propio pulso acelerarse por razones que no tenían que ver con peligro.
Elián pareció notarlo; Tragó saliva, frunciendo el ceño, como si luchara contra algo que no debía sentir.
Él se apartó despacio, muy despacio, aunque sus dedos rozaron los de ella antes de soltarlos.
Ese roce fue un incendio breve, pero devastador.
Ariana volvió la vista al relicario.
—Quiere abrirse —dijo.
—Entonces no lo permitas.
—No sé cuánto tiempo podrá contenerlo.
Elian la miró como si esa idea lo desgarrara por dentro.
—Ariana… si lo abres sin estar lista… no sé qué va a quedar de ti.
Ariana respiró hondo.
—Entonces ayúdame a estar lista.
Elián cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió… había una decisión en ellos.
Una que no iba a deshacer.
—Haré lo que sea —dijo él, con una promesa peligrosa en la voz—.
Incluso si eso significa perderte.
Ariana sintió que el corazón se detenía un segundo.
—No quiero que me pierdas.
Elián dio otro paso hacia ella.
Estaban tan cerca que apenas un suspiro los separaba.
—Entonces no me dejes fuera —murmuró él—.
No esta vez.
La tensión entre ambos era un filo suspendido.
Pero antes de que cualquiera pudiera dar el siguiente paso—el que ninguno podría deshacer—una vibración oscura llenó la cámara.
El relicario brilló.
El Códice se abrió.
Las paredes comenzaron a resonar con símbolos antiguos.
Una energía negra se elevó desde el suelo, formando un símbolo idéntico al tatuaje en la muñeca de Ariana.
Un presagio.
Una advertencia.
Un llamado.
Y una frase, susurrada por una voz que no era humana: “La traición ya no es futura.
Es memoria”.
Ariana sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.
Algo se acercaba.
Algo demasiado antiguo.
Demasiado hambriento.
Demasiado ligado a ella.
Y al traidor que la había estado observando desde la oscuridad… Esperando el momento exacto para reclamar lo que creía suyo.
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