SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Ascentia El Juramento Mayor Part3
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8: Ascentia: El Juramento Mayor Part.3 8: Ascentia: El Juramento Mayor Part.3 Elian se adelantó de inmediato, poniéndose frente a Ariana, como si pudiera protegerla con su cuerpo del peso de aquellas palabras.
Pero Ariana ya sabía que no era la voz lo peligroso… sino lo que había despertado detrás de ella.
Porque la cámara ya no era solo piedra y cristal.
Era un ojo abierto.
Un testigo antiguo.
Un altar de algo que había esperado demasiado tiempo para nombrarse.
Ariana sintió la vibración bajo sus pies, un pulso que no pertenecía a este mundo.
El símbolo negro en el suelo creció, expandiéndose como una mancha que intentaba alcanzarlos.
—Ariana —murmuró Elian, retrocediendo hacia ella—.
Algo está emergiendo.
Ella asintió sin apartar la vista del círculo que latía.
—El relicario lo despertó —dijo—.
No quise… pero lo hice.
Elian la tomó por la muñeca, la misma donde la marca brillaba.
—A veces despertar no es una elección —susurró—.
Es un destino.
El contacto era firme, urgente… pero también algo más.
Una especie de ancla en medio del caos.
Ariana respiró hondo.
Su pulso coincidió con el de él por un instante, creando una corriente entre ambos que los dejó sin aliento.
El suelo se resquebrajó.
Del centro de la cámara emergieron raíces negras—no de árbol, no de sombra—sino de un material que parecía vivo.
Cada raíz se retorcía, buscando, olfateando el aire.
Una de ellas se acercó peligrosamente.
Elian levantó su daga.
Ariana levantó su mano libre.
Pero la raíz no atacó.
Se detuvo a centímetros de Ariana.
Y se inclinó hacia ella.
Como si la reconociera.
Como si recordara algo de ella que Ariana misma había olvidado.
—¿Por qué…?
—murmuró Elian.
Ariana tragó saliva.
—Porque no está aquí para matarme —susurró—.
Está aquí porque yo… soy su llave.
Las raíces comenzaron a moverse con más intensidad, como un enjambre respondiendo a una sola mente.
Una de ellas tocó el borde del relicario.
Ariana sintió un estremecimiento profundo, como si algo dentro del objeto se despertara a través del contacto.
La voz volvió, esta vez más nítida: “El juramento que heredaste… no fue hecho para ser roto, sino para ser repetido.” La cámara entera vibró con esas palabras.
El relicario se abrió un milímetro.
Apenas un suspiro.
Pero suficiente para liberar un destello rojizo que iluminó sus rostros.
Elian apretó su agarre sobre ella.
—No lo abras.
Ariana, por favor.
No aquí.
Ella levantó la mirada.
—No estoy abriéndolo.
Está abriéndose solo.
Las raíces se retiraron un paso.
La cámara se calmó.
Como si esperaran algo de ella.
Una orden.
Una palabra.
Un recuerdo.
Elian dio un paso más cerca, tan cerca que Ariana pudo sentir el calor de su pecho contra el suyo, pese al frío de la cámara.
—Ariana —susurró él, con una intensidad que la atravesó—.
Si lo abres ahora… todo lo que eres puede… cambiar.
Ella respiró hondo.
—Todo ya está cambiando, Elian.
Sus miradas se encontraron.
Un choque silencioso.
Una confesión sin pronunciar.
El relicario palpitó, como si respondiera a esa tensión.
Elian tragó saliva.
Era la primera vez que Ariana veía ese miedo específico en sus ojos.
No miedo al relicario.
Ni a la cámara.
Ni a la magia.
Era miedo a perderla.
—No hagas esto sola —murmuró él.
Ariana levantó su mano temblorosa y la colocó sobre la de él, aún aferrada a su muñeca.
El contacto fue diferente.
No accidental.
No impulsivo.
Elegido.
Deliberado.
Peligrosamente íntimo.
Elian inhaló como si algo dentro de él colapsara.
Y entonces el círculo en el suelo cambió.
La mancha negra se transformó en un símbolo luminoso.
Un triángulo incompleto, idéntico al que Ariana había visto en el cielo.
Pero ahora, al centro, surgió un hueco.
Un espacio que solo podía ser llenado por una cosa: el relicario.
La energía se volvió tan intensa que el aire vibraba alrededor.
Ariana sintió cómo el relicario tiraba de ella, casi suplicando ser colocado en el centro.
Elian negó de inmediato.
—No.
No lo hagas.
No sabemos qué va a despertar.
Ariana lo miró.
Sus ojos, por un instante, no reflejaron miedo… sino certeza.
—No va a despertar algo —dijo en voz baja—.
Va a despertar a alguien.
Elian frunció el ceño.
—¿Quién?
Ariana acarició el relicario con el pulgar.
—A la memoria… del primer traidor.
Elian se quedó helado.
—Ariana… —No tenemos opción —susurró ella—.
Si no lo hago, él nos encontrará a ciegas.
Si lo hago… tal vez se revele.
Elian estaba pálido.
—Y si ese traidor… eres tú?
El mundo se detuvo.
El corazón de Ariana se detuvo.
Pero fue solo un segundo.
Solo un eco.
Porque sin pensarlo, Ariana tomó su rostro entre sus manos y lo obligó a mirarla.
—Si yo fuera ese traidor —susurró, con la voz hecha un filo—, no estaría aquí contigo.
No estaría luchando contra esto.
No estaría eligiendo quedarme.
Elian parpadeó, como si esas palabras lo hubieran atravesado más que cualquier herida.
Su respiración se volvió tensa, temblorosa.
Su voz no salió.
Ariana bajó las manos lentamente.
Y entonces, sin darle tiempo a detenerla, llevó el relicario hacia el centro del símbolo.
Las raíces negras se inclinaron hacia ella.
Elian gritó su nombre.
Demasiado tarde.
Ariana colocó el relicario en el corazón del triángulo.
El símbolo se encendió con un rugido sordo.
El suelo tembló.
El aire se volvió fuego.
El relicario se abrió por completo.
Y una onda de energía estalló en la cámara, proyectando a Ariana y a Elian hacia atrás mientras una figura—una silueta oscura, hecha de recuerdos y sangre—emergía del relicario como un espectro renacido.
Un susurro llenó la cámara, dirigido solo a ella: “Pequeña heredera… por fin volviste a buscarme.” Ariana cayó al suelo.
Y entendió algo con un terror absoluto: La figura no era el traidor.
Era lo que el traidor había dejado atrás
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