SOMBRAS Y PROMESAS I - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Lo que susurra el relicario
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9: Lo que susurra el relicario 9: Lo que susurra el relicario La noche aún parecía aferrarse a Ariana cuando abrió los ojos de golpe.
No recordó en qué momento se había quedado dormida, solo la sensación áspera de las visiones que la habían atravesado como espinas.
El relicario descansaba sobre su pecho, cálido… más cálido que antes.
Como si hubiera estado respirando junto a ella.
Elian no estaba dentro de la habitación, pero sabía que se encontraba cerca.
Su presencia era como un tenue eco, algo que su instinto ya había aprendido a reconocer.
Ariana se incorporó lentamente.
Cuando sus dedos rozaron el relicario, el metal vibró, liberando un pequeño pulso de energía que subió por su brazo como una corriente eléctrica.
No era agresiva, pero sí urgente.
Como si intentara decirle algo.
—¿Qué quieres mostrarme ahora…?
—susurró.
La respuesta llegó de inmediato.
Un destello.
Un parpadeo de imágenes que no eran suyas: un altar de piedra, manos manchadas de sangre, un juramento pronunciado en voz baja, una sombra inclinada sobre el relicario… Y un nombre que casi logró escucharse, roto, distorsionado, como si hubiera sido arrancado de una garganta invisible.
Cuando la visión terminó, Ariana estaba jadeando.
La puerta se abrió.
Elian entró.
Su mirada recorrió su rostro, sus manos, la tensión en su respiración.
Y, como ocurría siempre, su voz fue un refugio inesperado.
—Ariana… ¿otra visión?
Ella asintió.
Él no preguntó más.
No porque no quisiera saber, sino porque había aprendido que Ariana solo hablaba cuando podía.
No antes.
Elian se acercó y, sin tocarla, se sentó a su lado.
Su cercanía, sin forzar, sin invadir, era lo que más la desarmaba.
Un tipo de intimidad que no necesitaba permisos porque ya los tenía.
—El relicario… —Ariana lo sostuvo entre sus dedos— está intentando mostrarme algo.
No sé si es un recuerdo o un mensaje.
—¿Te hizo daño?
—preguntó él, con esa voz firme que siempre parecía contener un borde de preocupación.
—No —mintió un poco.
Elian la observó; sabía que ocultaba algo, pero no insistió.
Ese era su modo de protegerla: esperar.
Sin embargo, había algo distinto esa mañana.
Algo que Ariana sintió antes de que él lo dijera.
—Escuché algo afuera —continuó Elian—.
No era un animal.
No era del Linde.
Alguien más está aquí.
Ella lo sintió como un golpe seco en el estómago.
El traidor.
No sabía su nombre.
No sabía su rostro.
Solo sabía que lo quería todo: el relicario, el pacto, su sangre.
Ariana se levantó de golpe.
—Tenemos que irnos.
Elian reaccionó al instante.
—Dime qué viste.
Ella negó.
—No sé explicarlo aún… pero alguien viene por esto.
—Apretó el relicario contra su pecho— Y no va a detenerse.
Él frunció el ceño, pero aceptó la urgencia.
Recogió su chaqueta, su arma, y se colocó entre Ariana y la puerta, como si su propio cuerpo fuera un escudo.
Elian no sabía a qué se enfrentaban, pero estaba dispuesto a hacerlo.
Y eso… eso era lo que Ariana no sabía cómo manejar.
Salir de la cabaña fue como entrar a un susurro helado.
El bosque parecía observarlos.
Los árboles se inclinaban apenas, como si escucharan pasos que Ariana no lograba localizar.
—¿Lo escuchas?
—preguntó Elian.
Ariana cerró los ojos.
Por un momento, todo quedó en silencio.
Entonces lo oyó.
Un crujido.
Una respiración contenida.
Un roce de tela contra corteza.
Demasiado cerca.
Ariana tomó la mano de Elian sin pensarlo.
Él la sujetó con fuerza.
No discutieron.
No tuvieron que hacerlo.
Corrieron.
Sus pasos golpearon el suelo húmedo.
Las sombras parecían moverse alrededor, como si el bosque mismo quisiera retenerlos o entregarlos.
Ariana sentía el relicario latir, como si tuviera un corazón propio, acelerado, desesperado.
Hasta que una voz surgió entre los árboles.
Suave.
Arrastrada.
Demasiado familiar para ser un extraño.
Demasiado peligrosa para ser un amigo.
—Ariana… Elian se detuvo en seco, empuñando el arma.
—No te muevas —le dijo.
Pero Ariana ya lo sabía: esa voz no era del bosque.
No era una visión.
Y tampoco era un recuerdo.
Era alguien que había estado esperándola.
El relicario se calentó tanto que Ariana casi lo soltó.
La voz susurró de nuevo, esta vez más cerca: —Lo que es mío… me pertenece.
Elian dio un paso adelante, cubriéndola con su cuerpo.
Ariana sintió que el aire se hacía más pesado, como si una presencia invisible los rodeara.
Un malestar eléctrico.
Una presión que no venía de la tierra, sino de él… El traidor.
Aunque su identidad siguiera oculta, una cosa quedó clara en ese instante: No iba por el relicario.
No iba por el Codex.
Iba por ella.
Y no se iría sin intentarlo todo.
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