Soy el Villano del Juego - Capítulo 221
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221: [Primer Juego] [Epílogo] [2] 221: [Primer Juego] [Epílogo] [2] —¿Es necesario?
—.
Con las manos aún atadas por esposas Anti-Maná, no pude evitar sentirme molesto por la situación.
Peter Greenvern, que me vigilaba, se marchó tras intercambiar una fría mirada con mi padre.
Layla forcejeaba por alcanzarme, pero el tío Jarett la sujetaba.
Por cierto, hasta John había sido arrestado por ese rey de mierda.
Al darme la vuelta, mis ojos se posaron en mi «padre», que estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en una roca.
—No eres mi padre, ¿eh?
La verdad es que era bastante obvio por la forma en que me tratabas —dije con una mezcla de amargura y resignación.
La respuesta de mi padre fue inesperada.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras murmuraba: —Yo… los he perdido a todos… A mi hermano… a Oryanna y Elona… y a él.
A pesar de mi rabia, no pude evitar sentir una punzada de compasión por el hombre que tenía delante.
Perder a los seres queridos era un dolor que conocía demasiado bien.
Respiré hondo y apreté los puños para controlar mis emociones.
Ya había llorado y maldecido este mundo lo suficiente.
Mi «padre» continuó, revelando una verdad que sacudió los cimientos de mi identidad.
—Tu verdadero padre era Kleines Falkrona.
Mi hermano pequeño.
Tu verdadera madre es Lydia Alea Olphean.
Es la hermana pequeña de Oryanna y la última Princesa de la Casa Olphean.
Vivía allí junto con tu hermana mayor y tu hermano mayor, pero tu hermano murió hace un mes.
La revelación me dejó atónito.
Nada de esto tenía sentido.
—No recuerdo nada de eso —respondí, mientras seguía intentando procesar la información.
El tío Jarett señaló el colgante que pendía de mi cuello.
—Tu colgante.
La moneda.
Confuso, me quité el colgante y me quedé mirando la moneda negra.
Era un regalo de alguien, pero no recordaba de quién ni por qué.
—Este es el último regalo que Lydia te dio antes de que te fueras de Sancta Vedelia cuando tenías cuatro años —explicó el tío Jarett—.
Selló todos tus recuerdos en él para evitar que intentaras volver a contactar con ellos.
Liberar.
En cuanto dijo eso, la moneda negra de repente brilló con una luz blanca.
—Cuando estés listo, canaliza tu maná en él.
Ya no hay nada que ocultarte.
Ya todos te tratan como un peligro.
Escuché atentamente mientras Thomen continuaba: —Oryanna cuidó de ti hasta que cumpliste los cinco años, y creías que era tu madre.
Pero por culpa de Brandon, enfermó.
Le pedí a Lydia que viniera a Celesta a menudo para cuidar de ti y de Elona como una figura materna, y lo hizo muy bien.
Por desgracia, tuvo que parar por varias razones, la principal fue la muerte de Oryanna.
Mi corazón era un torbellino de emociones y me costaba encontrarle sentido a todo.
La dolorosa risa del tío Thomen no hizo más que aumentar mi angustia.
—Si te sirve de consuelo… Kleines, tu padre te quería mucho… —consiguió decir, con la voz ahogada por el dolor.
—¿Eh?
¡No, no hables así!
¡Tenemos que buscarte ayuda!
—supliqué, sintiéndome impotente ante su sufrimiento.
El corazón me latía con fuerza en el pecho mientras observaba al tío Thomen, el hombre que me había criado, toser sangre y forcejear con una herida abierta en el estómago.
El pánico y la frustración me invadieron al ser incapaz de hacer nada para ayudarle, debido a las malditas esposas Anti-Maná que anulaban mis habilidades.
—Y-Ya es demasiado tarde, Edward…
—¡C-Cállate!
Y Peter Greenvern, ese desgraciado sin corazón, no prestó atención a mis súplicas desesperadas y nos dejó allí, ignorando por completo el estado crítico del tío Thomen.
Me miró con una débil sonrisa.
—T-Tu madre es muy sobreprotectora contigo… ni te imaginas la de veces que amenazó con venir aquí y matarme a mí y a los otros que se burlaban de ti… —continuó, y sus palabras se volvían más difíciles de entender mientras luchaba por hablar.
—Edward.
—De repente, el tío Thomen me atrajo hacia sí en un débil abrazo, y pude sentir cómo el calor de su cuerpo se desvanecía rápidamente—.
Yo… no he sido un buen padre… lo sé, pero s-solo quiero darte las gracias… por Elona, por Oryanna y p-por mí… —Me acarició el pelo—.
Estoy orgulloso de ti-
Antes de que pudiera terminar, su cuerpo perdió toda fuerza y cayó al suelo con un golpe sordo.
… Se me cortó la respiración mientras la pena y la rabia me invadían.
No pude salvarlo.
No pude salvar a Elona.
No pude salvar a los padres que me criaron.
Era demasiado para soportarlo.
—P-Padre de mierda… —murmuré entre sollozos ahogados, con la rabia y la pena entrelazándose en mi corazón.
Apreté los puños con fuerza mientras luchaba por controlar mis emociones, pero el dolor era abrumador.
…..
…..
…..
…..
…..
…..
[UN MES DESPUÉS]
[«¿Cuándo viene?»], sonó la voz impaciente de Melfina desde el teléfono de Geoffrey.
—¿Por qué tanta impaciencia?
—preguntó Geoffrey mientras se daba palmaditas en el muñón.
[«¿Tengo que darte una razón, Geoffrey?»]
Geoffrey se rio entre dientes.
—De acuerdo, pero sé blanda con él.
Perdió a la hermana y al padre con los que creció hace solo un mes.
[«Lo sé…»]
—Y ha estado encarcelado hasta ahora por orden de Charles.
[«¡¿Qué?!»]
—Lo he intentado todo, Melfina.
Incluso ahora, solo he conseguido enviarlo a Sancta Vedelia usando la excusa de un exilio.
Viaja como un criminal exiliado que se arrepentirá en la Isla Sagrada.
[«¡E-Ese idiota!
¡Como Lydia se entere…!»]
—¡No le digas nada!
[«Lo sé, pero no te preocupes.
Yo me ocuparé de él en mi Academia.»]
—Te deseo buena suerte, Melfina…
[«¿Mmm?»]
—Nada… en fin, cuida de él —dijo Geoffrey y colgó.
Durante el último mes, había visitado a Edward casi todos los días, y si algo tenía que señalar, era el ligero cambio en su comportamiento.
«Realmente es su hijo…».
Temía lo que ocurriría de ahora en adelante en la pacífica Isla del Árbol Sagrado del Edén…
…
…
…
—¡Bajen de uno en uno!
—la estruendosa voz de un hombre ataviado con una resplandeciente armadura verde resonó por todo el barco mientras fulminaba con la mirada a las figuras que descendían.
El hombre era una figura imponente, con sus orejas largas y puntiagudas, inequívocamente un elfo.
Sin embargo, sus rasgos, normalmente apuestos, estaban desfigurados por una mezcla de furia y desdén mientras fijaba su mirada en los criminales que bajaban de la embarcación.
Estos individuos habían sido desterrados a una tierra conocida como el país de la expiación, donde se decía que hasta los criminales más crueles y viles se transformaban en almas dóciles tras un año de rehabilitación.
Sus crímenes iban desde pequeños hurtos hasta asesinatos a sangre fría, pero para los Caballeros de Sancta Vedelia, todos eran catalogados de la misma forma: criminales.
¡Pum!
Con cada descenso, los caballeros elfos responsables del barco lanzaban miradas de desprecio a los criminales, reforzando su creencia en su propia superioridad sobre estos humanos «inferiores».
Nacidos en Sancta Vedelia y bendecidos por el Árbol Sagrado del Edén, presumían de mayor fuerza, belleza, poder y un ejército formidable.
—Jaja…
Los caballeros se reían con sorna mientras los criminales gemían, bajando por la pasarela.
Pero entonces llegó el turno de un joven que capturó de inmediato la atención de todos los caballeros elfos.
Tenía el pelo negro azabache hasta los hombros, elegantemente atado con una cinta detrás de la cabeza, y sus cautivadores ojos ambarinos desprendían un aura de intriga.
Tenía las manos esposadas y atadas delante de él, pero incluso en esas circunstancias, su encanto era innegable.
Este joven era Edward, y con cada paso que daba, los ojos de los caballeros elfos permanecían fijos en él.
Era innegablemente apuesto.
Exageradamente.
Su atractivo superaba incluso al de los elfos, que se enorgullecían inmensamente de su belleza.
Aunque ciertamente había individuos más atractivos entre ellos, el aura de Edward parecía eclipsarlos a todos, dejando a los caballeros con una sensación de inquietud.
—¿Nombre?
—preguntó uno de los caballeros elfos, intentando recuperar la compostura, pero una leve sonrisa burlona se dibujó en los labios de Edward.
—Amael Falkrona —respondió Edward con despreocupación, aunque sus ojos delataban un atisbo de indiferencia.
—¿Falkrona?
—El caballero frunció el ceño, devanándose los sesos para recordar por qué ese nombre le resultaba tan familiar.
Edward simplemente lo ignoró y continuó su descenso.
—¡Eh!
—La ira del caballero se encendió e intentó golpear a Edward en la nuca.
Sin embargo, Edward esquivó hábilmente el ataque sin siquiera girarse, provocando que el caballero cayera torpemente al suelo.
Impasible, Edward siguió su camino.
—Estás en medio —un hombre imponente de pelo negro azabache y fríos ojos rojos que seguía a Edward apartó de una patada al caballero elfo que gemía en el suelo.
—¡A-Agh!
—gimió el elfo en el suelo ante las miradas estupefactas de los demás, incluidos los criminales que observaban al dúo.
—Mataré a ese Rey por enviarme aquí —juró John con los dientes apretados.
Edward permaneció impasible, con la mirada fija en el horizonte.
La vista que le esperaba era sobrecogedora: el gigante imponente, el Árbol Sagrado del Edén.
Sus hojas blancas danzaban grácilmente con la suave brisa, y la magnificencia del Árbol Sagrado se extendía por toda Sancta Vedelia, llenando la tierra de asombro y maravilla.
Contempló aquella maravilla con una leve sonrisa en los labios…
—Hermoso.
[FIN DEL PRIMER JUEGO]
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