Soy el Villano del Juego - Capítulo 244
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244: Vínculo frágil 244: Vínculo frágil La expresión de asombro en el rostro de Jake era evidente mientras yo intensificaba mi agarre en la espada, aplicando más fuerza y haciendo que su postura vacilara por un instante.
Aprovechando la oportunidad, Jake logró desviar mi espada, que cortó el aire.
Sin dudarlo, le agarré rápidamente la muñeca, cerrando mi mano izquierda sobre la suya.
Con un movimiento fluido, levanté la pierna y le asesté una potente patada en los hombros.
Un gemido escapó de los labios de Jake al absorber el impacto, pero logró mantener la postura.
Su espada se dirigió velozmente hacia mí y esquivé el ataque echando el cuerpo hacia atrás.
Aprovechando el momento, agarré su brazo extendido y utilicé su propio impulso para lanzarlo lejos de mí.
—Ruah, envuélveme —mascullé, accediendo a un nivel de poder más profundo.
Una oleada de energía me envolvió, aumentando aún más mi velocidad mientras me abalanzaba para interceptar a Jake en el aire.
Nuestras espadas chocaron de nuevo, y el impacto reverberó en el ambiente.
Mientras nos enzarzábamos en aquel intenso intercambio, pude ver el atisbo de una sonrisa formándose en el rostro de Jake.
Nuestras hojas chocaron con un impacto rotundo y llevé mi concentración al límite.
La velocidad de mis estocadas aumentó mientras paraba con destreza sus rápidos ataques.
Inesperadamente, un roce de su espada me marcó la mejilla, y una gota de sangre comenzó a deslizarse por ella.
Aproveché el momento y contraataqué, clavándole el codo en el brazo.
El impacto hizo que Jake hiciera una mueca y que su agarre en la espada flaqueara por un instante.
Aprovechando su debilidad momentánea, retiré rápidamente el brazo.
Imbuyendo mi puño con el poder de Ruah, lancé un potente puñetazo.
El impacto resonó con fuerza: ¡un sonoro ZAS!
La mejilla de Jake se deformó visiblemente con el golpe, y salió despedido varios metros hacia atrás, con la cabeza ladeada.
A pesar del hematoma que se le estaba formando en la mejilla y de la sangre que le manaba de la boca, consiguió dedicarme una sonrisa.
—Es usted fuerte, Milord —pronunció, con la voz teñida de respeto a pesar del dolor.
Limpiándome la sangre de las mejillas, arrojé la espada a un lado y examiné mi alrededor.
Las miradas, antes respetuosas, ahora contenían admiración.
Parecía que se habían dado cuenta de que no era solo un niño mimado de un reino más débil, sino alguien que poseía la fuerza para defender su lugar aquí.
—Veintiséis millones —exclamé en voz alta—.
¿Alguien de aquí sabe qué significa esa cifra?
El silencio se apoderó del ambiente; tenían la atención fija en mí, esperando mi explicación.
—Esa es la población de Sancta Vedelia, que abarca todas las razas sin discriminación.
Somos una comunidad de veintiséis millones de almas y, por desgracia, no todas son expertas en combate.
Es un hecho.
El funcionamiento de una nación no depende únicamente de la destreza física.
Mis palabras provocaron risas ahogadas entre los caballeros.
—Sí, destreza física —asentí—.
Pero vosotros, incluso con vuestra fuerza bruta, tenéis la responsabilidad más crucial en Sancta Vedelia: salvaguardar a todos sus ciudadanos.
Y debo admitir que estoy decepcionado por lo que he presenciado hoy.
Las sonrisas de los rostros de los caballeros se desvanecieron, reemplazadas por expresiones de perplejidad.
—Vuestra Reina, mi tía Lydia, os paga y os alimenta, y sin embargo, os veo a todos entrenar mecánicamente, sin dedicaros de verdad.
—M-Milord…
—Silencio, estoy hablando —ordené, levantando la mano para acallar a Francis, y volví a centrar mi atención en los caballeros, muchos de los cuales parecían disgustados por mis palabras.
—Las Ocho Grandes Casas…
echemos un vistazo: la Casa Zestella cuenta con más de 82.250 caballeros entrenados; la Casa Dolphis tiene más de 90.000; la Casa Moonfang dispone de 105.000; la Casa Teraquin comanda 115.000; la Casa Elaryon entrena a 135.000; la Casa Tepes posee 147.000; y, finalmente, la Casa Raven tiene una fuerza de 150.000 caballeros.
No espero que recordéis estas cifras individualmente —mi declaración tocó una fibra sensible; la mayoría de ellos probablemente no tenía ni idea del número de caballeros de sus aliados.
¿Por qué iban a hacerlo, verdad?
—Recordar tales detalles puede pareceros inútil.
En cambio, puede que recordéis el número total de caballeros en Sancta Vedelia: aproximadamente un millón de soldados.
Muchos caballeros apartaron la mirada, reconociendo la verdad de mis palabras.
—Con la Casa Olphean y Vedelia Central combinadas, esa cifra podría ascender a millones, pero no lo veo en esos términos —añadí, con un tono cada vez más frío.
—Los 120.000 caballeros del Ejército Olphean no son una mera contribución para satisfacer el ego de Sancta Vedelia.
Antes incluso de hablar de Sancta Vedelia, estamos hablando de la Casa Olphean.
Y os digo esto ahora porque percibo en vuestros ojos una visión inocente e ingenua de Sancta Vedelia.
Esta nación se fundó sobre una historia de derramamiento de sangre, sus alianzas se forjaron a través del conflicto y el sacrificio.
¿Entendéis adónde quiero llegar?
Mis palabras tenían una pesada seriedad mientras todos los ojos estaban fijos en mí, esperando las siguientes.
—Es un vínculo frágil y superficial que se mantiene unido principalmente por las amenazas externas.
Si esos «problemas» externos no fueran un recordatorio constante —el intento incesante de apoderarse de lo que nos pertenece—, esta alianza, me atrevería a decir, no habría sobrevivido tanto tiempo.
Podéis etiquetarlo de codicia, ambición o deseo de proteger nuestra patria, pero nunca olvidéis esto: vuestros aliados, los que os rodean en este mismo Reino, son vuestros únicos aliados verdaderos.
Los caballeros me miraron fijamente; en los ojos de algunos alboreaba la comprensión, mientras que otros parecían incómodos bajo mi mirada implacable.
—Vuestro deber es proteger este Reino, a esta gente, no solo en tiempos de guerra, sino también en tiempos de paz.
El entrenamiento no debería ser una rutina hecha a medias.
Vuestro enemigo no es solo externo, es la complacencia que acecha en vuestro interior, la creencia de que por pertenecer a la Casa Olphean sois automáticamente invencibles.
Respiré hondo, dejando que mis palabras calaran.
—Hoy me habéis visto luchar.
Habéis visto mi fuerza.
Pero quiero que entendáis que la fortaleza no es solo poder.
Es determinación, disciplina y unidad.
Os desafío a todos y cada uno de vosotros a que entrenéis como si vuestra vida dependiera de ello, porque en verdad, las vidas de los ciudadanos de este Reino dependen de ello.
Un murmullo recorrió a los caballeros reunidos, con una mezcla de emociones evidente en sus rostros.
—Mi otra tía, Thelma Olphean, ha sido secuestrada.
Amael Olphean, que llevaba el mismo apellido, ha sido asesinado.
Kleines Falkrona, vuestro Señor, ha sido aniquilado.
Recientemente, Connor Olphean sufrió el mismo destino.
Y, sin embargo, lo que presencio aquí es a vuestros caballeros tratando estas tragedias como si fueran meros inconvenientes —continué, con una voz que cortó el aire y les heló hasta los huesos—.
He oído que Connor se unía a menudo a vuestras filas, pero ¿alguno de vosotros recuerda sus palabras sobre la disciplina?
Los caballeros agacharon la cabeza avergonzados, al caerles encima por fin el peso de sus acciones.
—Semejante dejadez es intolerable, y me hace preguntarme: ¿qué pasaría si la guerra azotara Sancta Vedelia, o peor, la mismísima Pallas?
¿Puede alguno de vosotros imaginar el resultado?
¿Creéis honestamente que las otras Casas acudirían en nuestra ayuda?
—inquirí, con un bufido burlón acompañando mis palabras—.
Sin duda, priorizarían la protección de sus propios territorios antes que derramar su sangre por una causa ajena a ellos.
Esta es la cruda realidad de Sancta Vedelia.
Y ni se os ocurra confiar en las otras Grandes Casas.
Espero que no seáis tan ingenuos como para pensar que Kleines Falkrona y Connor Olphean fueron simplemente masacrados por turbas al azar.
Los culpables están casi con toda seguridad entre los Grandes Nobles.
Y cuando descubra sus identidades, no esperéis una respuesta comedida por mi parte.
El culpable, aunque ostente el título de Semidiós, pagará con su vida.
Me da absolutamente igual.
Mi última declaración provocó tragos audibles entre los caballeros reunidos.
El cambio en su comportamiento era palpable.
—Tarde o temprano, llegará el ajuste de cuentas.
Nos veremos obligados a enfrentarnos no solo a enemigos externos, sino también a los adversarios ocultos que acechan en nuestro interior.
No culpéis a los que contraataquen, pues compartimos la culpabilidad de este conflicto que se está gestando.
Pero lo que exijo ahora son soldados disciplinados, serios e inflexibles, dispuestos a jugárselo todo por su Reina, su Princesa, su estirpe y su Reino.
Quiero 120.000 caballeros que no estén ociosos, que no se estén oxidando.
Nuestros adversarios se encuentran tanto más allá de nuestras fronteras como dentro de ellas.
Inyectad una seriedad renovada a vuestro entrenamiento, como si en cualquier momento pudiera producirse un atentado terrorista.
Descansad solo después de haber cumplido vuestro deber con vuestra familia.
El silencio se apoderó de los caballeros mientras asimilaban mis palabras, antes de que un coro de voces decididas respondiera, fuerte y al unísono: —¡SÍ!
—Por desgracia, no soy Kleines ni Connor, así que no esperéis un Señor benevolente que se una en camaradería.
Sin embargo, recordad mis palabras…
—aproveché el maná que impregnaba el entorno, haciendo que el suelo temblara bajo nuestros pies.
Una oleada de llamas púrpuras se fusionó a mi espalda, formando el aterrador rostro de una cabeza de dragón que les arrancó expresiones de horror—.
Estaré presente para recordaros a cada uno de vosotros vuestra identidad y vuestras lealtades.
Con un chasquido de dedos, la manifestación se disipó y sonreí ampliamente.
—¡Ahora, a trabajar!
Me di la vuelta y me alejé a grandes zancadas.
—Francis, nos vamos.
—¡Sí, Milord!
[]
«Siempre».
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