Soy el Villano del Juego - Capítulo 382
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Capítulo 382: ¿Ya 8?
En la academia, paseaba tranquilamente con Annabelle, quien observaba sus alrededores con los ojos muy abiertos por la curiosidad. Era la primera vez que veía de cerca la Academia Trinity Eden, y estaba visiblemente impresionada. La grandeza y el esplendor arquitectónico de la academia contrastaban marcadamente con la Academia Real Eden de Celesta.
Tenía que admitir que la arquitectura de aquí era extraordinaria. Era evidente que Sancta Vedelia había destinado presupuestos considerables para esto, superando a todos los demás países en ese aspecto. Aun así, no podía evitar pensar que la Academia de Edenis Raphiel sería aún más imponente. Por suerte, Edenis Raphael abriría sus puertas en poco más de un año, lo que me daría tiempo para prepararme. Fue un alivio, considerando lo rápida que se había sentido la transición entre el final del Primer Juego y el comienzo del Segundo Juego.
No tenía ninguna intención de pasar un año entero en Sancta Vedelia. Mi esperanza era volver a Celesta, suponiendo que el Rey recuperara el juicio suficiente para darse cuenta de que su hermano era una basura inútil de la que había que ocuparse. Volver también me permitiría ver cómo estaban María y Seraphina, y visitar a Layla, Miranda, la Tía Belle, Orlin y Tihana.
Ah, es verdad…
Casi había olvidado un pequeño detalle. Hace una semana, recibí una carta de Layla. Aparte de las tres páginas de cartas de amor, la última mencionaba a Miranda. Al parecer, su Casa se la había llevado a Edenis Raphael, no a Stormdila, sino a Edenis Gabriel. Esto complicaba las cosas de forma considerable. Incluso para mí, sería un reto verla si se la habían llevado allí. Solo deseaba que la dejaran en paz, pero, como era de esperar, no lo harían. Esto no me dejaba otra opción que planear un viaje a Edenis Raphael cuando llegara el momento.
Cuando llegué al aula, entré y rápidamente atraje la atención de todos.
—Hey —levantó la mano Victor con una sonrisa.
Le eché un vistazo antes de fijarme en su nueva compañera de asiento: Selene. Recordaba perfectamente que él solía sentarse junto a la pared, con Celeste a su izquierda, pero ahora estaba sentado en la fila de atrás, al lado de Selene. Hasta ese momento, habían estado charlando y sonriendo juntos.
No pude evitar hacer una mueca. Demasiadas parejitas felices por aquí.
—Oye, ¿no se están poniendo demasiado cómodos? ¿Qué tal si dejas que Selene se siente en tu regazo? —bromeé.
—¡V-vamos, hombre! —tartamudeó Victor, avergonzado.
Miré a Selene y resoplé. —No te preocupes, seguro que ella solo está esperando eso.
—¿Qué tal si te metes en tus asuntos, querido hermano, como lo hace mi hermana? Espero que hayas saludado a tu prometida hoy —replicó Selene.
Cada vez que me llamaba «hermano», me daban escalofríos. Había evolucionado de «tú» a «cuñado» y ahora simplemente a «hermano».
—Mi prometida sabe perfectamente lo que pienso de ella. No hacen falta muestras de afecto en público —repliqué con un resoplido.
—Solo estamos hablando, Amael —respondió Victor con una sonrisa.
Eché un vistazo a sus manos entrelazadas y sonreí con complicidad. —Claro que sí.
—¿Estás celoso, quizá? Por alguna razón, me da esa sensación —bromeó Victor.
—Imaginaciones tuyas —repliqué.
«Da donde más duele».
No estaba celoso.
—Vaya, ¿Annabelle también está aquí? —preguntó Victor, sorprendido.
Victor conocía a Annabelle porque lo había invitado a casa varias veces con John.
—Sí, aquí estoy —sonrió Annabelle, complacida.
Consideré sentarme en mi sitio de siempre, a unos puestos de Victor, pero incluso desde allí podía oírlos susurrarse palabras dulces y bromas.
¿Desde cuándo sabía bromear Selene?
Fue toda una sorpresa para todos en clase. Mis compañeros o estaban celosos o los admiraban.
—Busquemos un asiento más atrás, entonces… —miré hacia las últimas filas, pero como siempre, estaban todas ocupadas. Entonces, vi a un elfo conocido y mi sonrisa se ensanchó.
—¿Jiren, hombre? ¿Eres tú? —exclamé, fingiendo sorpresa.
Estaba sentado con su pandilla al fondo, haciendo todo lo posible por evitar mi mirada. Pero fue inútil.
Cuando lo llamé, tanto él como toda su pandilla se estremecieron. Uno incluso soltó un chillido.
—¿Son tus amigos, Edward? —preguntó Annabelle con curiosidad.
—Claro que lo son —asentí, acercándome a ellos.
—¿L-Lord Amael? —tartamudeó Jiren, poniéndose de pie.
—Venga, ¿por qué tantas formalidades entre nosotros? —Le pasé el brazo por el cuello, acercándolo para que solo él pudiera oír mis palabras.
—P-por favor… —El cuerpo de Jiren tembló bajo mi agarre.
Parecía que estaba a punto de desmayarse, así que me apresuré a hablar. —¿Ves a la chica que viene conmigo? Se llama Annabelle. Ni mil millones de vosotros, los elfos, valéis lo que su vida. Hoy me acompaña y está ilusionada con la academia. Quiero que tenga un buen día sin ningún problema. ¿Entiendes adónde quiero llegar?
—S-sí… —tragó saliva Jiren.
Entrecerré los ojos con frialdad mientras apretaba mi brazo alrededor de su cuello. —¡Ahg!
—Si tú o cualquiera de tus rastreros seguidores hacéis algo que moleste lo más mínimo en clase o en cualquier cosa en un radio de un kilómetro de Annabelle, y veo una sola pizca de disgusto en su expresión —susurré, con una voz terriblemente fría—, borraré tu existencia de este mundo.
—¡Iih! —chilló Jiren de miedo.
—Mantén a tus perros con correa —añadí, soltándole el cuello.
El rostro de Jiren estaba pálido como un muerto, y sus compañeros compartían su palidez, claramente aterrorizados por mi amenaza.
—Ahora, ¿podéis dejarnos vuestros asientos, por favor? —pregunté con una sonrisa.
Annabelle me agarró de la manga. —¿Estás seguro? ¿No deberíamos sentarnos en las filas de delante?
¿Escuchar a Selene y a Victor coquetear durante horas? Con mis agudos oídos, podía oír hasta su respiración, así que no, gracias.
—No te preocupes, se puede considerar que Jiren es mi mejor amigo de la clase. ¿Verdad, Jiren? No te importa, ¿a que no?
—¡N-no, en absoluto! ¡Nunca me importaría! ¡¿Verdad, chicos?! —les gritó a sus compañeros, lanzándoles una mirada fulminante.
—¡Sí!
—¡Sí!
—¡Por favor, Lord Amael!
—¡Déjeme limpiar las mesas!
—Buenos días, Jefe.
Después de que limpiaran a fondo las mesas y las sillas, sonreí satisfecho. Ahora teníamos tres filas para nosotros solos, ya que los antiestéticos elfos se habían ido.
—¡E-entonces, Lord Amael! ¡Lady Annabelle! —Jiren hizo una reverencia antes de marcharse.
—Ehm… —Annabelle se sonrojó, avergonzada de que la llamaran «Lady». ¿A que es adorable?
—Qué suerte tengo de tener amigos así —dije con una amplia sonrisa mientras me sentaba.
Una vez que me senté, me di cuenta del silencio y vi a Celeste y Cylien de pie en la entrada con muecas en el rostro. Parecía que habían estado observando toda la escena de «amistad».
Cylien miró a Jiren y a su grupo con lástima, mientras que Celeste me lanzó una mirada de exasperación. Luego, Celeste echó un vistazo a Victor, que estaba coqueteando abiertamente con Selene, y su rostro se contrajo aún más. Parecía haber llegado a la misma conclusión que yo: no sentarse con ellos.
—Sentémonos ahí —le dijo a Cylien, que asintió con un suspiro.
Por supuesto, era delante de nosotros.
—¿Ellas también son tus amigas, Edward? —preguntó Annabelle.
Puede que las hubiera visto, pero no tenía ni idea de cuál era nuestra relación exacta.
—En absoluto. Solo compañeras de clase —respondí.
Celeste, mientras sacaba sus cosas sobre el pupitre, esbozó una sonrisa forzada. —¿En serio, Amael?
—Bueno, pensé que habías roto todos los lazos conmigo después de aquel día. No dejabas de evitarme cada vez que me acercaba —le dije, con la voz teñida de una mezcla de confusión y dolor.
Después de que Elizabeth y yo nos reconciliáramos, intenté volver a entablar conversación con ella, pero siempre apartaba la mirada. No pude evitar preguntarme si quizá me había burlado demasiado de ella en el pasado. No era del todo culpa mía; es que sus reacciones eran demasiado divertidas.
—Bueno, ya me he recuperado de eso —respondió Celeste, con un tono que sugería que de verdad lo había superado.
—Tú debes de ser Annabelle, ¿verdad? —preguntó Cylien, dirigiendo su atención hacia Annabelle.
—Sí, soy la octava prometida de Edward —respondió Annabelle alegremente.
¿Eh?
Conocía la insistencia de Annabelle, pero el hecho de que fuera la octava me pilló por sorpresa.
—¿Octava? ¿Cómo es eso? —pregunté, con la curiosidad a flor de piel.
—¿Ehm? ¿No es obvio, Edward? —Annabelle me miró con una sonrisa juguetona y empezó a contar con los dedos—. Primero, la hermana Ephera, luego la hermana Cleenah, la hermana Mary, después la hermana Miranda, la hermana Layla, Elizabeth, Samara, y conmigo, somos ocho —terminó de contar, con las mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisa.
«¿Tengo yo algo que decir al respecto?».
¡Esa es mi frase!
Las cinco primeras eran comprensibles, pero con Elizabeth, tenía planes de romper el compromiso en los próximos meses. En cuanto a Samara y Annabelle, estaba seguro de que madurarían y cambiarían con el tiempo.
Mientras yo le daba vueltas a esto, Celeste y Cylien me miraban boquiabiertas. Sabían de Layla y Elizabeth, pero la revelación de otras seis, con nombres nuevos incluidos, las dejó atónitas.
Celeste, con una expresión de particular asombro, se volvió hacia Annabelle. —¿Amael…, ella es una niña, quiero decir…, es que tú…?
Su mirada se intensificó y, temiendo que empezara a reconsiderarme un auténtico canalla, me apresuré a hablar.
—Vale, escucha, ella es joven, y Samara también. En cuanto a las otras seis, hay algo de verdad, pero no está del todo confirmado.
¿Por qué estoy si quiera discutiendo mi harén con ella?
—Hmph. A quién le importa —murmuró Celeste, sentándose enfurruñada.
—Edward —me tiró Annabelle de la manga.
—¿Sí?
Annabelle miró la espalda de Celeste. —¿Es ella la novena?
El cuerpo de Celeste se tensó, y yo hice una mueca.
—Por favor, no añadas más cosas a tus caprichos, Anna.
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