SOY UN MAGO PERO CON SISTEMA MILF - Capítulo 350
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Capítulo 350: Las idas y venidas de Gregoria y Julian
El tiempo no tardó en pasar, y Julian permanecía sentado en su silla, escribiendo sus grandiosos planes para su mundo. Su mente bullía de ideas, pero su concentración no dejaba de flaquear mientras esperaba a Gregoria.
—¿No va a venir? —rio Julian para sus adentros mientras se reclinaba en la silla.
Justo entonces, terció El sistema: —Anfitrión, creo que es mucho más dura de lo que piensas.
Julian rio suavemente. —Mmm…, no. Quiero decir, lo era, pero ya no.
El sistema hizo una pausa por un momento, como si reconsiderara sus palabras. —¿Cómo es que…?
Antes de que pudiera terminar, el crujido de la puerta al abrirse llenó la habitación, y los ojos de Julian se dirigieron de inmediato a la entrada. Su sonrisa socarrona se ensanchó, transformándose en una mueca más depredadora mientras su mirada se clavaba en la figura que estaba en el umbral.
Gregoria.
Estaba allí. Por fin.
El corazón de Julian se aceleró, pero no de emoción, sino de expectación. El juego había comenzado.
—Bueno, Abuela —masculló, inclinándose ligeramente hacia delante—. Empezaba a pensar que dejarías plantado al pobre abuelo. Me alegro de que no me hayas decepcionado.
Gregoria permaneció en silencio un momento antes de entrar en la habitación; la puerta se cerró suavemente tras ella. Aparentaba una actitud serena, pero por debajo, Julian pudo sentir un ligerísimo temblor en su cuerpo.
Caminó hacia él con elegancia. —No creas que has ganado nada todavía —dijo con voz serena—. Puede que tengas poder, Julian, pero hay cosas que ni siquiera tú puedes someter a tu voluntad.
Julian soltó una risita, un sonido oscuro y burlón. —Oh, discrepo. Estás aquí, ¿a que sí? —Sus ojos se clavaron de nuevo en los de ella, sonriendo con suficiencia como si lo controlara todo—. Creo que eso lo dice todo.
Gregoria se detuvo frente a él, con la mirada firme. El ambiente estaba cargado y el corazón de Julian se aceleró al darse cuenta de que era el momento, de que era eso lo que había esperado.
Se levantó lentamente, acortando la distancia entre ellos. Extendió la mano y le rozó el brazo, apenas un toque, pero suficiente para enviarle una oleada de calor a través de la piel.
Ella se tensó, pero no se apartó. Su respiración se aceleró ligeramente y su compostura empezó a resquebrajarse.
—Dime, Abuela —susurró—, ¿cuánto tiempo crees que podrás seguir resistiéndote?
La mirada de ella vaciló, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, su expresión se suavizó. Julian sabía que ella también lo sentía. Esa fuerza, esa atracción innegable, por mucho que intentara luchar contra ella.
—No quiero hacer esto, Julian —dijo ella, en un susurro apenas audible.
La sonrisa de Julian se ensanchó aún más, y él se acercó, moviendo la mano para acunarle suavemente la barbilla y obligarla a mirarlo a los ojos. —Pero lo harás. Y yo me aseguraré de ello.
Las manos de Julian se demoraron en las mejillas de ella, sus pulgares acariciándole los labios con un ritmo lento y provocador.
La mirada furiosa de Gregoria se intensificó, pero no pudo evitar temblar bajo el contacto de él.
—Siempre has creído estar por encima de todos, ¿verdad, abuela? —dijo, con voz oscura y aterciopelada—. La Reina de la familia. Pero mírate ahora…, temblando por tu propio nieto. ¿Qué se siente al caer tan bajo?
Sus labios se separaron bajo los pulgares de él y ella escupió las palabras como si fueran veneno: —Me has obligado a venir, Julian… Tú, de mi propia sangre, retorciéndome hasta convertirme en esto. ¿Qué clase de nieto atormenta a su abuela como a una puta barata?
Julian se rio, pegándose más a ella hasta que su bata le rozó los pechos. —¿Atormentar? Oh, abuela, solo te estoy dando lo que siempre has deseado: alguien que destruya ese trono de hielo.
Le entreabrió aún más los labios. —¿Y quién mejor que tu propia sangre? Tú me criaste…, supongo que soy tu sucio y pequeño legado.
Los ojos de Gregoria ardían de rebeldía mientras sacudía la cabeza para zafarse, pero el agarre de él era implacable.
—Estás enfermo —siseó ella—. Un nieto no debería tocarme así…, no debería desearme así. Has envenenado todo lo que somos.
Él sonrió con malicia, deslizando una mano hasta su cuello. —¿Envenenado? Qué va, lo he perfeccionado. Dime que está mal todo lo que quieras, pero estás húmeda por esto, ¿verdad? Mi propia abuela, derritiéndose bajo mi cuerpo.
Su mirada furiosa vaciló y un rubor le trepó por el cuello. —Eres una deshonra…, un muchacho inmundo. Soy tu Anciana, tu pariente, ¿y te atreves a hablarme así? —replicó bruscamente.
Julian rio por lo bajo mientras se inclinaba, con sus labios a escasos centímetros de los de ella. —¿Anciana? ¿Pariente? Eso solo lo hace más dulce, ¿no crees, abuela? Adelante, lánzame tu maldición todo lo que quieras. Pero sigues aquí, dejando que tu nieto te arruine.
Los ojos de Gregoria se abrieron de par en par, y sus manos se crisparon como si fuera a golpear. —¿Arruinarme? —susurró con voz rota—. Tú eres el que está arruinado, Julian… Mi propio nieto, empalmado por su abuela. ¿Qué clase de monstruo he criado?
El pulgar de Julian volvió a juguetear con el labio de ella, su sonrisa socarrona inalterable. —Criaste a un rey —susurró—. Y te mueres de ganas. Dilo, abuela…, di que tu nieto te tiene suplicando sin siquiera esforzarse.
La expresión de Gregoria cambió; su pecho subía y bajaba con rapidez mientras el rubor de sus mejillas se intensificaba. Se inclinó hacia delante, lo justo para cerrar la distancia entre sus labios.
—¿Suplicando? No, Julian…, podría tenerte de rodillas, seas mi nieto o no. Sigo siendo yo quien te hizo, y podría quebrarte con la misma facilidad… Hacer que te arrastres por la piedad de tu propia abuela.
Sus palabras fueron como una chispa, y la sonrisa de Julian se torció, volviéndose salvaje y hambrienta. En un movimiento rápido, la agarró de las muñecas, le dio la vuelta y la estampó con fuerza contra la pared.
Le sujetó las manos por encima de la cabeza, su aliento caliente contra la mejilla de ella. —¿Quebrarme? —gruñó—. Tú eres la que está inmovilizada, abuela… Mi propia sangre, retorciéndose bajo mi cuerpo. ¿Todavía crees que eres tú la que está al mando?
Sus ojos centellearon con rebeldía mientras su cuerpo se tensaba bajo el de él. —Eres una bestia —escupió, pero su voz flaqueó, teñida de algo que no pudo nombrar.
—Un nieto acorralando a su abuela como si fuera un trofeo… ¿Qué es lo siguiente, Julian? ¿Vas a follarme contra esta pared?
Él se rio, apretándose más contra ella, su pene rozándole la cadera. —Tentador, ¿a que sí, abuela? —susurró, con los labios rozándole la oreja.
—Tú, desafiándome así… Mi propia abuela, diciendo guarradas. Quizá lo haga. Quizá te haga gritar por el niño que criaste.
Su mano libre se deslizó hasta la cintura de ella, hincando los dedos de forma sensual y posesiva. —Dilo otra vez… Dime que te quiebre. A ver quién se rompe primero.
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