SOY UN MAGO PERO CON SISTEMA MILF - Capítulo 499
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Capítulo 499: Salón del deseo reprimido
Julian se rio y abrió la puerta de un empujón.
El murmullo cesó en el momento en que entró, y el aire se cargó de tensión y calor. La sala estaba abarrotada de mujeres; algunas vestían ropas elegantes y modestas, mientras que muchas otras exhibían sus curvas abiertamente.
Las miradas se volvieron hacia él. Curiosas. Hambrientas.
Sus perfumes se mezclaban con el gélido aire de la noche, creando una atmósfera embriagadora. Cuerpos necesitados se apretaban unos contra otros, todos compitiendo por su atención, por su mirada.
Algunas de las más atrevidas tiraban lentamente de sus escotes, bajándolos deliberadamente para ofrecerle tentadoras vistas de lo que había debajo. Otras se subían las faldas lo justo para revelar muslos lisos y aceitados, relucientes bajo la luz de las antorchas.
Mírame…
Cada mirada que se posaba en él transmitía calor y anticipación. Era el hambre de mujeres que habían esperado demasiado tiempo, de cuerpos agobiados por la oscura maldición de la aldea, y ahora, por fin, se les ofrecía una muestra de libertad.
Lo devoraban abiertamente.
Kain entró detrás de él, con la mandíbula ligeramente tensa por la intensidad del ambiente. Hasta él estaba sorprendido. A su lado, Annie lo seguía, más despacio de lo habitual. Su aliento se heló en el momento en que cruzó el umbral.
A diferencia de Kain, que se había preparado para este día, Annie solo había fingido estarlo.
Sus ojos recorrieron la sala con nerviosismo.
Ahora podía verlo con claridad: la crudeza de aquel deseo. Y lo peor de todo es que cada una de esas miradas ardientes no estaba fija en su esposo Kain, ni en los otros hombres, sino únicamente en Rael: su hijo.
Él permanecía de pie, tranquilo y orgulloso, vestido con sencillez y sin nada fuera de lo común. Y, sin embargo, su presencia parecía exigir atención por su mera existencia. Y ellas se la daban. Madres, hijas, viudas… todas las mujeres de la sala lo miraban como si no fuera de carne y hueso, sino la encarnación del deseo.
Y Annie… Annie sintió cómo un calor vergonzoso se agitaba en su interior.
¿Cómo no iba a sentirlo?
Ya había vislumbrado el fuego que él llevaba dentro, la forma en que la miraba no como un hijo, sino como un hombre que deseaba. Ya había cruzado esa línea una vez, poniendo a prueba su resolución en el jardín. El recuerdo de su mano en su cintura, su voz profunda e implacable, todavía la atormentaba. La forma en que se había inclinado y había dicho palabras que ningún hijo debería decir a su propia ma… No, no pensaré en ello. No puedo.
Pero ahí estaba.
Atrapada en una habitación llena de mujeres que parecían dispuestas a caer de rodillas por su hijo. Aquello removió algo extraño en su interior. Ira, quizá. O celos.
Pero por debajo de todo eso había algo mucho peor: la tentación.
Se lo había dicho una y otra vez: primero era madre, y después, mujer. Que la sangre y el deber importaban más que el deseo fugaz. Pero la presencia de Rael desafiaba todo eso. La… la inquietaba. Como si no fuera Rael, sino otra persona… alguien magnético.
Pero no.
Se mordió el labio con fuerza.
Sin importar qué pensamientos jugaran en las sombras de su mente, sin importar lo que su cuerpo se atreviera a anhelar, ella no sería una de ellas. Era su madre.
Y no había anhelo, ni dolor, ni maldición que pudiera deshacer ese vínculo.
—Oh, por fin han llegado —resonó una voz anciana, suave y temblorosa por la edad.
Julian se giró hacia ella y reconoció a la mujer al instante. La edad la había alcanzado, dejando arrugas aquí y allá, pero ninguna de ellas suavizaba la imponente presencia que transmitía.
La esposa del jefe de la aldea.
La recordaba del primer día, de pie con orgullo junto al anciano jefe de la aldea.
Kain se inclinó respetuosamente. —Sí, tía —dijo con una leve sonrisa.
Así era como siempre se había dirigido a ella, como muchos de los otros niños que crecieron en la aldea. Había sido una figura materna para todos ellos.
—Bien —dijo ella con sencillez, antes de dirigir su atención al grupo.
Caminando hacia el frente de la sala, se plantó ante ellos y empezó.
—Como todos saben, mi esposo, el jefe de esta aldea, ha envejecido —dijo, con su voz resonando por toda la sala—. Su cuerpo es frágil y su salud ha ido decayendo durante años. Es de lamentar que no pueda estar aquí en persona para presenciar este evento sagrado.
Una oleada de murmullos llenó la sala, pero nadie se atrevió a hablar.
—Pero —continuó—, me ha dado plena autoridad para supervisar la prueba en su lugar. Me ha guiado y me ha confiado la responsabilidad de asegurar que la maldición, transmitida durante generaciones, sea finalmente rota.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran.
—Nos quedan cuatro hombres en nuestra aldea —dijo—. Y son nuestro último salvavidas. Las últimas semillas de nuestro futuro.
Todos asintieron. Esta era realmente su última oportunidad de cambiar las cosas.
La esposa del jefe dio un paso al frente, sus ojos recorriendo a los hombres hasta que se posaron en uno.
—El primero —empezó, señalándolo—, es Kain.
Y así, sin más, la sala se vio inundada de murmullos y cotilleos.
—Kain, mmm… siempre ha sido el más fuerte del grupo —susurró una mujer, mientras sus ojos recorrían el cuerpo de él.
—Fuerte, sí —añadió otra con una sonrisa pícara—, pero ¿es… grande donde importa?
Aquello provocó una risita de algunas mujeres cercanas.
—Recuerdo cuando se bañaba cerca del río —se unió una mujer mayor—. El hombre nunca se molestaba en ocultarse.
—Oh, yo lo recuerdo —se sumó otra, con la voz cargada de picardía—. Se plantaba allí como si fuera el dueño del maldito río. Grueso como el tronco de un árbol, además.
Siguieron más risas ahogadas.
Una mujer más joven se inclinó hacia su amiga y susurró: —Si acabo de rodillas ante él esta noche, no me quejaré.
La otra sonrió con aire de suficiencia. —¿Rodillas? Lo montaré hasta que olvide su propio nombre.
Alguien más resopló. —Bueno, yo ya les he rezado a los dioses. Si la suerte está de mi lado, seré yo quien reciba su semilla esta noche.
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