soy un villano en Sonic - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 El Amanecer de una Nueva Amenaza
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1: Capítulo 1: El Amanecer de una Nueva Amenaza 1: Capítulo 1: El Amanecer de una Nueva Amenaza Perspectiva: Solaris El silbido del viento salino era lo único que interrumpía el silencio absoluto de la isla.
Antes, este lugar había sido un clamor de maquinaria y megalomanía, un diente más en la engranada mandíbula del Imperio Eggman.
Ahora, solo era un cascarón oxidado, un monumento a la derrota, sepultado bajo la arena y la maleza.
O eso creía el mundo.
Dentro de mi nuevo cráneo, una mente que no me pertenecía del todo hilaba recuerdos de otra vida.
Recordaba la oscuridad, el dolor punzante en el pecho, el vacío…
y luego, la voz de aquel ser que me ofreció una segunda oportunidad.
No como un héroe, ni como un simple espectador, sino como una pieza en el tablero del caos.
Un fan de Sonic en una vida pasada, sí, pero uno que siempre encontró más fascinación en la brillante locura de sus villanos que en la repetitiva heroicidad del erizo azul.
Y ahora, aquí estaba, en el cuerpo de mi propia creación.
Miré hacia abajo, hacia mis “manos”.
Mi cuerpo era una figura esquelética, una silueta humanaide trazada con líneas negras y perfectas, como si un artista obsceno me hubiera dibujado en la realidad.
No tenía peso, ni carne, solo una estructura esbelta y antinaturalmente rígida, acentuada con detalles metálicos que brillaban con un tono gris plomo bajo la tenue luz de la base.
Mis ojos, dos puntos amarillos y luminiscentes, escudriñaban el mundo con una claridad que mi viejo cuerpo humano jamás tuvo.
Y en mi rostro, una sonrisa siniestra, fija e inmutable, estaba grabada como una sentencia.
Un ruido metálico me sacó de mis pensamientos.
Valerius, mi…
asistente, flotaba hacia mí.
Su cuerpo central, un diamante rojo perfecto, pulsaba con una energía tranquila.
De él surgían cuatro brazos delgados que terminaban en afiladas garras azules, herramientas letales que ahora sostenían una tablilla holográfica.
“Informe de estado, jefe,” dijo la voz de Valerius, un tono mecánico pero cargado de un sarcasmo innato.
“Los Badniks han terminado de desatascar los conductos de ventilación principal.
Encontré un nido de Flicky momificados.
Era…
pegajoso.” Una sensación que no era un latido, sino una onda de satisfacción, recorrió mi ser.
“Eficiencia, Valerius.
Es lo único que importa ahora.” Mi voz era un susurro metálico, un sonido que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Había llegado a esta ruina encontrando poco más que chatarra y polvo.
Los restos del Imperio Eggman, derrotado y olvidado.
La sola mención mental del nombre del doctor provocaba que mi sonrisa fija se sintiera aún más forzada.
Eggman.
Un genio, sin duda, pero su estilo…
tan grandilocuente, tan predecible.
Yo no sería él.
No me compararían con ese payaso con complexión de roble.
Mi odio hacia esa posible comparación era un secreto que alimentaba mi determinación.
Yo sería más frío, más inteligente, más…
elegante.
Durante semanas, una legión de Badniks Moto Bugs y Buzz Bombers, reactivados y reprogramados con una lógica más eficiente, había trabajado sin descanso.
No para construir un parque temático de la muerte, sino para restaurar la funcionalidad.
Limpiaron, soldaron, restauraron sistemas de energía y reactivaron los generadores.
La base, que antes era un mausoleo, ahora respiraba con una energía contenida y maligna.
Era mi hogar, mi taller, mi fortaleza.
“Los sistemas de defensa primarios están online, jefe,” continuó Valerius, haciendo girar una de sus garras.
“Pero sin protección aérea, somos un blanco fácil para cualquiera que pase por aquí.
Como ese amigo tuyo con fetiche por los animales…
el que corre rápido.” “La proactividad es la madre de la supervivencia, Valerius,” repliqué, mis ojos amarillos fijándose en los planos de la terminal central.
“Y no es mi amigo.
Es nuestra futura piedra en el zapato.
Es hora de dejar nuestra primera marca.” Y así nació el proyecto BLACK THUNDER.
No sería solo un cañón antiaéreo.
Sería un enunciado.
Diseñé personalmente cada tuerca conceptual.
Su armazón, de un blanco impoluto con estrías rojas como venas de ira, estaba forjado en una aleación de titanio reforzado y uranio empobrecido, otorgándole una resistencia brutal y un peso letal.
No cuatro simples cañones, sino cuatro cañones Gatling de 47 mm, capaces de escupir 890 rondas por minuto, un muro de acero y fuego.
Pero la verdadera belleza, el toque de humor negro que tanto apreciaba, estaba en su sistema de disparo.
Cada bala, antes de ser impulsada, era envuelta en un campo electromagnético concentrado.
Este campo servía para dos cosas: primero, evitar que el plasma supercaliente de cualquier arma de energía enemiga derritiera el proyectil antes de impactar; y segundo, transferir una carga térmica devastadora al objetivo.
El resultado era una munición que combinaba la fuerza cinética pura de un impacto masivo con el poder fundente de un soplete de plasma.
Un golpe de trueno cinético seguido de un rayo térmico.
Y para dirigir esta sinfonía de destrucción, le doté de una IA táctica.
Fría, lógica, impecable.
No necesitaba gritos de “¡enemigo detectado!”.
Solo un cálculo silencioso y una puntería perfecta.
Sabría diferenciar entre un pájaro curioso y un Tornado aproximándose a Mach 1.
“Las primeras cuatro unidades están instaladas en los puntos cardinales de la isla,” anunció Valerius, observando en su holograma cómo las torres se erguían como centinelas fantasmales.
“La calibración balística está completa.
¿Quieres…
probar una?
Por si acaso pasa una gaviota con malas intenciones.” Mi sonrisa dibujada pareció ampliarse levemente.
“No, Valerius.
La paciencia es una virtud.
Que duerman…
por ahora.
El mundo cree que la era de los villanos terminó con Eggman.
Cree que puede dormir tranquilo.” Mis ojos amarillos se posaron en el horizonte, más allá de los muros de la base.
Allí donde el héroe y sus amigos disfrutaban de su paz ganada.
“Pronto,” susurré, el sonido perdido en el zumbido de la base reactivada, “despertaremos a ese mundo de su sueño…
con un trueno negro.” El juego acababa de comenzar, y las reglas las escribiría yo.
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