soy un villano en Sonic - Capítulo 12
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12: Capítulo 11: Primer Contacto 12: Capítulo 11: Primer Contacto Perspectiva: Solaris La flota del Imperio del Sol Naciente cerraba su cerco de acero alrededor del oasis de verdor.
Desde las alturas, el contraste era grotesco: la pureza virgen del bosque y el templo, rodeada por el potencial de destrucción absoluta de mis naves.
Pero la fuerza bruta no siempre es la respuesta más elegante.
El ser 𓂀 los había colocado aquí por una razón, y la Pieza del Umbral era el premio.
Si podía obtenerla sin desperdiciar recursos en una batalla contra un enemigo desconocido, sería una victoria táctica superior.
“Valerius, Lunik,” dije, dando media vuelta en el puente.
“Nos acercaremos.
Una delegación.” El diamante rojo parpadeó.
“¿Una…
delegación, jefe?
¿Después de traer un ejército para arrasar el lugar?
Eso es…
inesperadamente diplomático.” “La diplomacia es solo la continuación de la guerra por otros medios,” cité secamente.
“Y quiero verlos de cerca.
Quiero entender qué son.” Lunik parecía nerviosa, sus orejas aplanadas.
“¿Estás seguro, señor?
Esos…
lo que sea que haya ahí…” “Ese es el punto, gatita.
Averiguarlo.” Mi tono la silenció.
“Seis unidades Apoliön Mark I nos escoltarán.
Es una muestra de fuerza suficiente para disuadir cualquier tontería, pero no una declaración de guerra inmediata.” Bajamos en una lanzadera, aterrizando suavemente en un claro a cien metros del templo.
Los seis Apoliön, imponentes en su rojo sangre y blanco, se desplegaron alrededor nuestro con un sigilo amenazador, sus visores azules escaneando el perímetro.
Yo, una silueta de líneas negras y ojos ardientes, avanzaba al frente.
Valerius flotaba a mi lado, y Lunik caminaba con cautela detrás de mí, sintiéndose terriblemente expuesta.
La tranquilidad del lugar era palpable.
Demasiado tranquila.
— Perspectiva: Ahriman Desde las sombras de un pórtico tallado, observaba.
Mi conexión con el Warp, debilitada como estaba, aún podía sentir la perturbación masiva en el mundo real.
Las naves que ahora manchaban el cielo eran de una tecnología que no reconocía, pero su propósito era claro: guerra.
Entonces, una lanzadera más pequeña descendió.
De ella salieron…
entidades.
La que lideraba era una aberración.
Una figura esquelética, negra como la tinta, trazada con líneas demasiado perfectas.
Sus ojos brillaban con un amarillo antinatural, y una sonrisa fija e inmóvil estaba grabada en su rostro.
No respiraba, no parpadeaba.
Era pura geometría y maldad.
Un ser artificial o dimensional, no podía determinarlo.
A su lado, una máquina flotante de diseño intrincado, un núcleo de diamante rojo con garras azules.
Un asistente, sin duda, pero su postura transmitía una inteligencia fría.
Y luego, una xeno.
Una felinoide de pelaje negro y dorado.
Su tipo era común en este mundo, pero su postura era de sumisión y temor hacia el ser esquelético.
Una esclava o una subordinada.
Los escoltaban seis guerreros mecánicos de diseño formidable.
Armaduras rojas sangre, cabezas blancas como calaveras.
Transmitían una amenaza física tangible, muy diferente a la energía psíquica que yo conocía.
No hicieron ningún movimiento hostil.
Se detuvieron, esperando.
¿Una delegación?
Después de traer una flota de invasión.
Era una táctica obvia: mostrar la garra mientras se ofrece una salida.
Pero después de milenios de traiciones y guerras psíquicas, reconocía un juego de poder cuando lo veía.
Este ser esquelético, el líder sin duda, no había venido a hablar.
Había venido a evaluar.
A medir nuestra fuerza, nuestra voluntad.
La Pieza del Umbral era el objetivo, pero su curiosidad sobre nosotros era palpable.
Me ajusté el yelmo, asegurándome de que cada runa de protección estuviera activa, aunque su eficacia aquí fuera limitada.
Con un gesto mental, ordené a mis Marines del Polvo Carmesí que se mantuvieran en las sombras, fuera de la vista, pero listos.
Luego, di un paso adelante, saliendo de la penumbra del templo a la luz del sol.
Mi armadura carmesí y dorada brilló, una mancha de color marcial y antiguo esplendor en medio de la vitalidad salvaje.
Me detuve a veinte metros del ser esquelético.
La quietud se rompió.
Dos voluntades, de universos diametralmente opuestos, se enfrentaron por primera vez.
El aire vibró con la tensión no dicha.
El ser esquelético fue el primero en hablar, su voz un zumbido metálico y carente de vida que cortó la paz del bosque.
“Saludos,” dijo.
“Supongo que son los llamados ‘Mil Hijos’.
Vengo por lo que es mío.”
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