soy un villano en Sonic - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El Imperio del Sol Naciente
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2: Capítulo 2: El Imperio del Sol Naciente 2: Capítulo 2: El Imperio del Sol Naciente Perspectiva: Solaris Las baterías BLACK THUNDER estaban en su lugar, silenciosas y letales, sus perfiles blancos y rojos recortándose contra el cielo azul de la isla.
Eran un buen primer paso, un escudo.
Pero un escudo, por sí solo, no forja un imperio.
Se necesita una espada.
Y un ejército.
Desde la sala de control, un cubo de metal y luz holográfica en el corazón de la base, observaba los informes de Valerius.
Mis ojos amarillos, reflectantes como el ámbar, recorrían los datos de producción.
“Las BLACK THUNDER están operativas al 99.8%, jefe,” anunció el diamante rojo, haciendo girar una de sus garras azules con pereza.
“Solo un pequeño problema con el servo-motor de la torre Delta.
Un Buzzer decidió anidar allí.
Ya fue…
‘reubicado’.” Ignoré su sarcasmo.
Mi mente ya estaba en la siguiente fase.
La base estaba funcional, la defensa asegurada.
Ahora, la proyección de poder.
“La infraestructura está lista, Valerius.
Es hora de poblar nuestro pequeño reino,” dije, mi voz un zumbido metálico.
“Reactivaremos todas las líneas de producción de Badniks.
Moto Bugs, Buzz Bombers, Crabmeats…
que las líneas de ensamblaje trabajen sin pausa.
Eficiencia y números.” “Como ordenes.
Aunque una horda de cangrejos con lanzallamas no es exactamente lo que yo llamaría un ejército de élite,” refunfuñó Valerius.
“No son la élite.
Son la carne de cañón, el muro móvil,” aclaré, deslizando mis “dedos” a través de un holograma que mostraba diseños antiguos de Eggman.
Eran funcionales, pero carecían de…
sofisticación.
Yo necesitaba algo más.
Un soldado versátil, un símbolo de mi nueva era.
Y en los archivos de mi memoria anterior, en los recuerdos de un mundo lleno de fantasías, encontré la inspiración.
“Pero necesitamos infantería básica.
Algo estandarizado, fácil de producir en masa, pero con una chispa de…
mejora.” Activé una nueva serie de planos que había estado diseñando en secreto.
“Los llamaremos Serie B.
B1 y B2.” Los diseños que se materializaron en el aire eran inconfundibles para mí.
Esqueletos metálicos delgados, cabezas en forma de casco con un único visor óptico rojo.
Los B1, la línea base, armados con rifles bláster de energía simple.
Los B2, más pesados, con armaduras reforzadas y un cañón repetidor en un brazo.
“¿Esto?” Valerius se inclinó, su núcleo de diamante parpadeando con curiosidad.
“Parecen…
frágiles.
Y su diseño es terriblemente genérico, jefe.
Casi ofensivamente simple.” “La simplicidad es la clave de la producción en masa,” repliqué fríamente.
“Pero no cometas el error de subestimarlos.
Su inteligencia artificial no será la patética lógica de ‘avanzar y disparar’ de los Badniks de antaño.
He refinado los algoritmos.
Serán tácticos, capaces de formar estrategias básicas en el campo, de flanquear, de usar cobertura.
No serán héroes, pero serán soldados competentes.
Una legión de mentes frías, no de cerebros sobrecalentados.” Valerius emitió un sonido que se asemejaba a un resoplido.
“Soldados competentes.
Fantástico.
Ahora tendrán errores tácticos más inteligentes.” Mientras las líneas de ensamblaje cobraban vida, el sonido metálico de la creación llenando la base, una idea mayor comenzó a tomar forma en mi mente.
Toda esta maquinaria, este renacer de la oscuridad desde las cenizas de la derrota de otro…
necesitaba un nombre.
Una bandera bajo la cual reunirnos.
Eggman tenía su “Imperio Eggman”.
Yo necesitaba algo que hablara de mi esencia, de mi nuevo comienzo.
Caminé hacia el mirador principal, una gran ventana de cristal blindado que daba al mar.
El sol de la mañana comenzaba a elevarse, tiñendo las olas de tonos anaranjados y dorados.
Un sol naciente.
El Imperio del Sol Naciente.
El nombre resonó en mi interior con una fuerza absoluta.
Era perfecto.
En mi vida pasada, cargaba con el peso histórico de ese nombre.
Pero aquí, en Mobius, ¿qué importaba?
La historia humana estaba casi borrada, reducida a leyendas y ruinas.
No habría nadie para levantar una ceja, para recordar viejos fantasmas.
Podía tomar el nombre, limpiarlo de su bagaje y dotarlo de un significado nuevo, aterrador.
Yo era Solaris, el renacido, la nueva estrella que ascendía en el firmamento de la villanía.
Mi imperio no sería el de un hombre gordo y gritón, sino el de una inteligencia fría y ascendente, tan inevitable como el amanecer.
“Valerius,” dije, sin apartar la vista del sol.
“Transmite esto a todas las unidades, a todos los sistemas.
A partir de este momento, ya no somos una base escondida.
Somos el Imperio del Sol Naciente.” La sonrisa siniestra grabada en mi rostro pareció ensancharse, reflejada en el cristal.
Que Eggman tuviera su imperio caído.
El mío acababa de nacer.
Y bajo la luz de este sol naciente, forjaría un futuro donde el nombre de Solaris sería temido, y donde cualquier comparación con el doctor del pasado sería considerada un insulto.
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