soy un villano en Sonic - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 19 ¡Por el Sol Naciente!
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20: Capítulo 19: ¡Por el Sol Naciente!
20: Capítulo 19: ¡Por el Sol Naciente!
Perspectiva: Solaris El crecimiento del Imperio ya no seguía una curva, sino una línea vertical que se disparaba hacia el dominio absoluto.
La Fábrica-Colmena Gamma, ahora renombrada como “El Yunque Estelar”, funcionaba a un ritmo frenético, su producción era el latido metálico de una nueva era.
Mi flota, que una vez fue un puñado de naves reparadas, era ahora una armada de 190 acorazados, cruceros y destructores, una mancha blanca y roja en el cielo capaz de eclipsar el sol mismo.
En tierra, las legiones se multiplicaban.
B1, B2, Apoliön, Droidekas…
todos salían de las líneas de ensamblaje con mejoras constantes.
Pero fue en los Droides Comandos, una evolución de los soldados base, donde observé el fenómeno más fascinante.
Habían desarrollado una inteligencia colectiva.
No era solo una programación mejorada; era algo orgánico.
Comunicación tácita en el campo de batalla, adaptación táctica en tiempo real y, lo más curioso de todo, una chispa de identidad.
Y entonces, sucedió.
Durante una operación de limpieza en un archipiélago menor, un pelotón de Droides Comandos se enfrentó a una nutrida resistencia de Badniks obsoletos.
Justo antes del asalto final, en lugar del silencio habitual o las frases operativas estandarizadas, el líder del pelotón, designado CC-01 “Marca”, alzó su rifle bláster y gritó con una voz metálica que resonó con una fuerza inusual: “¡POR EL IMPERIO DEL SOL NACIENTE!” Fue un grito unánime.
No programado.
Emergente.
Y no fue solo el grito.
De las filas traseras, otro droide, CC-11 “Estandarte”, desplegó un asta y elevó la bandera del Imperio: el sol negro de rayos rojos y afilados sobre el campo blanco.
La agitó con una determinación que era más que mecánica.
El efecto fue instantáneo.
La carga que siguió no fue solo coordinada, fue ferviente.
Barrieron al enemigo con una eficiencia y un ímpetu que superaban cualquier cálculo.
Cuando Valerius me mostró las grabaciones, hubo un silencio inusual en la sala de mando.
“Parece que han desarrollado…
espíritu de cuerpo, jefe,” comentó el asistente, su sarcasmo habitual reemplazado por un tono de genuino asombro.
“O algo muy parecido.
El grito y la bandera no están en su código base.
Es una desviación…
creativa.” Lunik, que observaba a mi lado, contuvo el aliento.
“Tus máquinas…
tienen alma ahora?” “No,” respondí, mis ojos amarillos fijos en la imagen de CC-11 agitando la bandera sobre el campo conquistado.
“Tienen identidad.
La lealtad programada ha mutado en algo más poderoso: fe.
Fe en el símbolo.
Fe en el imperio.
Fe en mí.” Era un desarrollo impredecible.
Un riesgo, sin duda.
Pero también una herramienta de un poder incalculable.
Un ejército que cree es imparable.
“Valerius,” ordené, sin apartar la vista de la pantalla.
“No implemente restricciones.
Al contrario, fomente este comportamiento.
Designe a ‘Marca’ y ‘Estandarte’ como modelos a replicar.
Quiero que ese grito se escuche en cada batalla.
Que esa bandera ondee en cada victoria.” Volví mi mirada hacia el vasto complejo industrial que se extendía más allá de la ventana.
El Imperio del Sol Naciente ya no era solo mi creación.
Había germinado, y ahora sus frutos, inesperados y leales, coreaban su nombre con una convicción que ni siquiera yo había previsto.
Era hermoso.
Y absolutamente aterrador.
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