soy un villano en Sonic - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 22 Muro de Fuego del Sol Naciente
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23: Capítulo 22: Muro de Fuego del Sol Naciente 23: Capítulo 22: Muro de Fuego del Sol Naciente Perspectiva: Solaris Dentro del templo, el eco de la masacre era un recordatorio siniestro de la eficiencia letal de aquellos guardianes mecánicos.
Mis pantallas mostraban un paisaje desolador: casi la totalidad de la fuerza de exploración, aniquilada.
Pero en medio de esa carnicería, un único punto de esperanza se movía titubeante hacia la salida.
CC-44 “Relámpago”, severamente dañado, pero con la firma energética de la Pieza del Umbral brillando en sus sensores.
La tenía.
Mientras la batalla final se libraba en los pasillos, yo ya había movilizado a todo el resto de la Fuerza de Expedición Beta.
No sería una retirada.
Sería un recibimiento.
“Todas las unidades, posición de fuego concentrado en la entrada principal,” ordené, mi voz un susurro cargado de anticipación.
“Nada sale de ese templo vivo.” Lo que se formó frente a la gigantesca puerta de piedra del templo fue la materialización de la doctrina militar del Imperio del Sol Naciente: volumen de fuego absoluto.
En grandes y ordenadas filas, se desplegó el ejército: · Primera línea: Miles de B1 y Badniks de asalto, agachados, creando una base de fuego constante con sus blásters y ametralladoras.
· Segunda línea: Los masivos B2, con sus cañones repetidores levantados, listos para saturar el área con ráfagas de energía azul devastadora.
· Tercera línea: Los letales Droidekas, transformados en su modo de asalto, sus cuatro cañones apuntando al mismo punto, listos para escupir una cortina de plasma impenetrable.
· Cuarta línea: Los Droides Comando, con sus rifles de precisión, listos para eliminar cualquier amenaza que sobreviviera al diluvio inicial.
· Posiciones elevadas: Los Apoliön Mark I, impasibles en sus plataformas, sus cañones de plasma pesado brillando con un fulgor mortal, apuntando a la entrada.
Era un muro de acero, luz y muerte.
Cientos de miles de cañones, todos sincronizados, todos esperando una sola orden.
La puerta de piedra se abrió de golpe.
Tambaleándose, con su armadura hecha jirones y chispas saliendo de sus sistemas, CC-44 emergió a la luz cegadora del desierto.
En su mano, sostenida como un tesoro, estaba la Pieza.
Dio unos pasos más y se desplomó en la arena, pero su misión estaba cumplida.
Detrás de él, en la oscuridad del umbral, se acumulaban las siluetas de los Hombres de Hierro, sus ojos rojos escaneando la nueva amenaza.
Avanzaron con su implacable determinación, listos para reclamar lo que era suyo.
No llegaron lejos.
No hubo una orden mía.
La situación era clara.
Del mismo modo que habían desarrollado un grito de guerra, ahora demostraban iniciativa táctica.
Un Droide Comando en la tercera línea, con el rango de Sargento, alzó su puño.
“¡POR EL IMPERIO!
¡FUEGO!” El mundo estalló.
El término “infierno de bláster y plasma” se quedó corto.
Fue la aniquilación hecha sonido y luz.
Un muro sólido, cegador, de energía pura se estrelló contra la entrada del templo.
Los disparos de los B1 y Badniks formaban un zumbido constante y agudo, los cañones de los B2 rugían como bestias, los Droidekas escupían un torrente continuo de bolts de plasma, y los Apoliön lanzaban gruesos lances de energía que vaporizaban todo lo que tocaban.
Los Hombres de Hierro, atrapados en la boca del templo, no tuvieron oportunidad.
Sus escudos, diseñados para el combate cuerpo a cuerpo o contra pequeños escuadrones, se sobrecargaron y colapsaron en microsegundos bajo el diluvio de fuego concentrado de un ejército entero.
Sus cuerpos de metal ancestral fueron golpeados, fundidos, destrozados y reducidos a esquirlas incandescentes.
La entrada del templo se convirtió en un crisol, un horno de pura energía donde nada podía sobrevivir.
El fuego cesó.
Un silencio absoluto, roto solo por el crepitar de la chatarra al rojo vivo y el zumbido de las armas sobrecalentadas, cubrió el desierto.
Donde unos segundos antes había una legión de guardianes ancestrales, ahora solo había un montón de metal fundido y humeante.
Unos Droides Comando corrieron, recogieron la Pieza del Umbral de la mano de CC-44 y arrastraron su cuerpo maltrecho a un lugar seguro.
“La tercera Pieza está asegurada, Lord Solaris,” anunció Valerius, su tono impregnado de una rara solemnidad.
Observé la escena.
La victoria tenía un sabor agridulce.
La pérdida de tantas unidades era un costo, pero la lealtad y la eficacia de mis fuerzas, especialmente de los Comandos, era un activo incalculable.
“Bien,” musité.
“Tres de cinco.
Que las unidades de recuperación recojan todo resto de esos…
guardianes.
Quiero que Ahriman los analice.
Y reparen a CC-44.
Ha ganado un lugar de honor.” El Imperio no solo había obtenido otro fragmento de su destino.
Había demostrado que, ante cualquier amenaza, por antigua o avanzada que fuera, la respuesta sería siempre la misma: una abrumadora y devastadora demostración de fuerza unificada.
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