soy un villano en Sonic - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El Primer Rayo del Sol
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3: Capítulo 3: El Primer Rayo del Sol 3: Capítulo 3: El Primer Rayo del Sol Perspectiva: Solaris La paz en la isla era una ilusión, un breve interludio orquestado por el zumbido de la industria.
Mis fábricas trabajaban sin cesar, forjando los cimientos de mi imperio.
Los Badniks clásicos, ahora pintados con los colores blanco y rojo sangre del Imperio del Sol Naciente, patrullaban en formaciones precisas.
Entre ellos, las primeras unidades B1 se movían con una rigidez mecánica pero eficiente, sus visores rojos escaneando el horizonte sin pestañear.
Era una armonía de metal y propósito.
Fue Valerius quien rompió el silencio, su voz goteando ese sarcasmo perezoso que empezaba a ser familiar.
“Jefe, tenemos un visitante.
Un dirigible clase góndola, marcaciones de energía…
de la vieja escuela.
Muy Eggman, para ser honestos.” Mis ojos amarillos se posaron en el holograma principal.
Una mancha grande y lenta se acercaba por el norte.
Un dirigible.
La arrogancia de acercarse así, sin sigilo, creyendo que el mundo seguía siendo el patio de recreo de un solo villano.
Una irritación fría, como un cable expuesto, recorrió mi ser.
¿Otro resto del imperio caído?
¿Un seguidor rezagado?
La nave no respondió a las advertencias automáticas.
En cambio, un canal de comunicación abierto llenó la sala con una voz arrogante y nasal.
“¡Atención, instalación sin identificar!
Esta isla ha sido reclamada por la gran Sir Lunik.
Abandonen inmediatamente o serán desalojados por la fuerza.
Sus chatarra será fundida para forjar mi…
eh…
mi trono de victorias!” En la pantalla apareció la imagen de una mobian.
Una gata de pelaje negro como la noche, con elegantes patrones dorados alrededor de sus ojos y orejas.
Se pavoneaba con una arrogancia que rayaba en lo patético.
Fue la última gota.
La comparación implícita con Eggman, la chatarra, la creencia de que podía reclamar lo que era mío…
y sobre todo, el tono.
Ese tono de payaso.
No di la orden.
No fue necesario.
La IA de las BLACK THUNDER ya había completado sus cálculos.
Amigo/Enemigo: Enemigo.
El sonido fue repentino, un zzzap-crack sordo que cortó la comunicación.
Desde el exterior, cuatro haces de luz roja, casi invisibles bajo el sol, marcaron el blanco por una fracción de segundo.
Luego, el aire estalló.
No fue un solo cañonazo.
Fue un estruendo continuo, un trueno mecánico y ensordecedor que hizo vibrar los cristales de la sala de control.
Las cuatro torres BLACK THUNDER escupieron un vendaval de acero y plasma.
Los cañones Gatling giraron a 890 RPM, creando un muro de fuego y metal que envolvió el dirigible.
El dirigible de la tal Sir Lunik, con su arrogancia pintada de brocha gorda, no tuvo oportunidad.
Los proyectiles, protegidos por sus campos electromagnéticos, atravesaron el casco como si fuera papel.
El impacto cinético destrozó la estructura, mientras que la carga térmica posterior fundió los soportes y encendió los depósitos de combustible.
En cuestión de segundos, la gran nave se convirtió en una esfera de fuego crepitante que se precipitó hacia el océano.
“Directo al blanco,” comentó Valerius con una chispa de admiración genuina en su tono mecánico.
“La gata, sin embargo, eyectó.” Y así fue.
Una cápsula de escape se disparó del dirigible en llamas, desplomándose en la playa norte.
La escotilla se abrió de un golpe y de ella salió, tambaleándose y con el pelaje chamuscado, Sir Lunik.
Su elegancia había sido reemplazada por la furia y el humo.
Con un grito de rabia, desplegó su “ejército”.
Una oleada de Badniks Moto Bugs y Buzz Bombers, todos con su librea original de Eggman, salieron de la cápsula, chirriando y armándose.
“¡Destruyan todo!
¡Acaben con estos insolentes!” chilló la gata, señalando con una garra temblorosa hacia las defensas interiores de la base.
Sonreí.
Mi sonrisa fija y siniestra parecía querer dividir mi rostro en dos.
Era la prueba de fuego perfecta.
“Unidad de Respuesta Beta,” ordené, mi voz calmada en medio del caos que se acercaba.
“Interceptar.” Las puertas blindadas de la base se abrieron.
No salió una masa desorganizada de Badniks.
Salió una formación.
En primera línea, los B1, agachados, creando una pared de fuego coordinado con sus rifles bláster.
Detrás, los B2, con sus cañones repetidores, lanzaban ráfagas de energía pesada que barrieron a los Moto Bugs que cargaban.
Por los flancos, mis propios Buzz Bombers, rediseñados, volaban en patrones de evasión y soltaban bombas de racimo sobre los grupos enemigos.
Fue una masacre.
Una carnicería eficiente.
Los Badniks de Lunik eran obsoletos, sus IAs básicas.
Cargaban sin táctica, disparaban sin puntería.
Los míos se comunicaban, se cubrían, flanqueaban.
Un grupo de B1 atrajo el fuego enemigo mientras un escuadrón de Crabmeats salía del agua por la retaguardia de Lunik, cortándole la retirada.
En menos de tres minutos, el “ejército” de Sir Lunik era chatarra humeante esparcida por la playa.
La gata, acorralada y con el orgullo hecho trizas, miraba con horror cómo sus fuerzas eran aniquiladas sin que un solo uno de mis soldados cayera.
“Valerius,” dije, dando media vuelta.
El espectáculo había terminado.
“Envíe un escuadrón B2.
Capturen a nuestra…
invitada.
Viva.
Quiero saber de dónde salió esta reliquia y si hay más como ella.” Observé en el holograma cómo la arrogante Sir Lunik era rodeada por los impasibles soldados B2, su figura esbelta y negra contrastando con las armaduras pesadas de mis tropas.
El primer intento de desafío al Imperio del Sol Naciente había terminado.
No con un enfrentamiento épico, sino con una demostración de fuerza abrumadora e impersonal.
El mensaje estaba claro: esta isla ya tenía un dueño, y su nombre no era Eggman, ni Lunik.
Era Solaris.
Y el sol naciente, hoy, había mostrado su primer y letal rayo.
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