SSS Despertar: Puedo Cambiar de Clase a voluntad - Capítulo 401
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Capítulo 401: Preparaciones finales
La luz del día se deslizó por la isla flotante, ahuyentando las sombras de vuelta a las grietas a las que pertenecían. Los Evolucionadores comenzaron a despertarse uno a uno. Sus cuerpos eran tan fuertes que bastaban unas pocas horas de sueño, y en cuestión de minutos la mayoría estaban de pie, estirando los músculos y ahuyentando con parpadeos los restos del descanso.
Una vez que todos estuvieron despiertos, Luna se puso manos a la obra. Sacó varios cadáveres de bestias de su anillo de almacenamiento y empezó a prepararlos sobre la hoguera. Sazonó la carne con las especias que tenía a mano, ajustando con cuidado el fuego y girando los cortes para que se cocinaran de manera uniforme.
Algunos se ofrecieron a ayudar, y Luna no los rechazó, permitiéndoles cortar la carne.
El apetitoso olor a diversas especias, hierbas y carne tierna llenó la cueva en cuestión de minutos.
—¡Guau, jefe! ¡Esto está buenísimo! —dijo una de las Evolucionadoras con la boca llena y los ojos muy abiertos—. ¿¡También eres un gran cocinero!? ¡Qué es lo que no sabes hacer!
—Sé cocinar un poco. Aprendí de un amigo —murmuró Luna, sirviendo otra ración en el plato—. En fin, a comer. Nos espera un largo día, así que necesitáis energía.
Todos asintieron y siguieron comiendo. Mientras comían, Luna se percató de un problema: la cueva estaba en silencio. Demasiado silencio. La gente masticaba en silencio, con los ojos fijos en la comida, sus mentes claramente todavía apesadumbradas por todo lo que había sucedido.
Luna dejó pasar un momento y luego habló con naturalidad.
—A ver, ¿quién de aquí es el peor luchador?
Las cabezas se giraron. Unas cuantas miradas confusas.
El bruto señaló a uno de los magos sin dudarlo.
—Él.
—¿¡Qué!? ¡Te salvé la vida dos veces el mes pasado! —replicó el mago, casi atragantándose con la comida.
—La primera vez me prendiste fuego al pelo.
—¡Eso fue fuego amigo!
—No hay nada de amistoso en estar ardiendo. ¿No conoces la frase «no juegues con fuego, que te quemas»? ¡Tú me quemaste!
Las risas recorrieron la cueva. Tímidas al principio, pero disiparon parte de la tensión.
—¿Y tú? —Luna miró al tanque—. ¿Alguna historia vergonzosa de las cacerías?
El tanque gimió.
—Ni preguntes.
—Una vez le dio un cabezazo un jabato —dijo el arquero desde su rincón, sonriendo—. Salió volando unos diez metros.
—¡No era una cría! ¡Era de nivel 28 como mínimo! En aquel entonces yo no era fuerte.
—Te llegaba a la rodilla.
La cueva estalló en carcajadas. Incluso los miembros más callados y nuevos del grupo sonreían; el pesado silencio de antes fue reemplazado por la calidez de gente que recordaba que todavía podía reír.
Las historias sobre las cacerías fallidas y los encuentros ridículos de los Evolucionadores comenzaron a fluir libremente.
Luna se sentó cerca, comiendo su propia ración en silencio, observando cómo el grupo cobraba vida. No se metía en todas las conversaciones, pero cuando alguien le dirigía una pregunta, respondía con la suficiente calidez para mantener el buen ambiente.
Aquella gente había pasado meses como marionetas. Necesitaban una comida, una hoguera, unas cuantas risas. Algo que les recordara que seguían siendo humanos.
Cuando terminaron de comer y las llamas de la hoguera menguaron, Luna se puso de pie y se dirigió al grupo.
—Vamos a ir de caza. Pasaremos los próximos dos días matando todo lo que se cruce en nuestro camino. Bestias, espíritus, lo que sea que venga.
El bruto frunció el ceño.
—¿No vamos a atacar la guarida?
Luna negó con la cabeza. —No. Todavía no. Sería una estupidez atacar ahora. Saben que algo va mal. Habrán fortificado la entrada, preparado defensas y posicionado a su gente más fuerte cerca de los puntos de estrangulamiento. Entrar ahí ahora mismo es exactamente lo que esperan que hagamos.
—Muchos de vosotros moriréis si atacamos ahora. Nos superan en número tres a uno.
Recorrió al grupo con la mirada. —Así que dejaremos que esperen. Cada hora que pasen escondidos dentro de esa base es una hora que no están cazando, ni entrenando, ni haciéndose más fuertes. Mientras tanto, nosotros estaremos aquí fuera haciendo exactamente eso.
Levantó dos dedos.
—Dos días. Para cuando entremos, seremos más fuertes de lo que somos ahora, y ellos seguirán exactamente igual. Así es como ganaremos.
El grupo se quedó en silencio un momento. Entonces, el tanque asintió lentamente.
—Tiene sentido. No pueden mejorar si tienen demasiado miedo como para salir.
—Y nosotros no podemos perder si seguimos mejorando —añadió el arquero.
Luna recogió su báculo y caminó hacia la entrada de la cueva.
—Coged vuestras armas. Nos movemos ya.
Todos intercambiaron miradas de emoción.
Hacía mucho tiempo que no se sentían así. El subidón de dopamina antes de una cacería. El torrente de adrenalina cuando aparecía una bestia. La voluntad de hacerse más fuertes, de ir más allá, de perseguir algo más que la supervivencia… un objetivo. Habían olvidado lo que se sentía al querer algo para ellos mismos.
Este joven se lo había devuelto.
—¡Vamos, gente! —El bruto se golpeó el puño contra la palma de la mano.
—¡Hora de cazar! —El arquero sonrió, echándose el arco al hombro.
—¡Por la libertad! —gritó uno de los magos.
—¡Por nuestras familias! —añadió otro.
—¡Por el futuro! —dijo el tanque, y la cueva estalló en un clamor que resonó en las paredes de piedra mientras salían.
Luna caminaba delante de ellos, ocultando la pequeña sonrisa que se dibujó en su rostro.
Los dos días siguientes fueron absolutamente implacables.
Luna guio al gran grupo de veinte Evolucionadores por todos los terrenos de caza que Frey le había mostrado y por varios más que los Evolucionadores liberados conocían. Se movieron como una unidad, cubriendo vastas extensiones de la isla en largas barridas. Cuando encontraban bestias, las mataban. Cuando encontraban bestias más fuertes, Luna daba un paso al frente y las mataba también.
Y cuanto más luchaban juntos, más sorprendido quedaba el grupo.
No era solo el poder bruto de Luna lo que los impresionaba, aunque eso por sí solo ya era asombroso. Eran sus instintos. Su habilidad para leer un combate antes de que ocurriera. La forma en que posicionaba a su equipo para que nadie quedara nunca demasiado expuesto, la forma en que rotaba a quienes luchaban en primera línea para que todos ganaran experiencia por igual, en lugar de dejar que los más fuertes llevaran todo el peso mientras el resto miraba.
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