Startup de Harén: El Multimillonario Demonio está de Vacaciones - Capítulo 412
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Capítulo 412: Venid a adorarme
Capítulo 412 – Venid a adorarme
La cafetería era toda mesas de mármol pulido, pequeñas sillas de hierro forjado y ese sutil olor a granos tostados mezclado con azúcar y fruta. El tipo de lugar que existía para que la gente guapa fuera vista siendo guapa. Por supuesto, Lux lo eligió sin pensárselo dos veces. Por supuesto, Sira lo siguió sin dudar. Y por supuesto, Ariel acabó emparedada entre ellos como una especie de guarnición ansiosa en la bandeja de un banquete real.
Lux se recostó en su silla, el sol de última hora de la mañana reflejándose en su pelo oscuro, haciéndolo brillar con matices dorados. Parecía que encajaba allí, como si toda la cafetería no fuera más que un telón de fondo pintado para complementarlo. Su mano se curvó alrededor de su taza de café —solo, sin azúcar ni nata— como el pecado de terciopelo destilado en líquido. Bebió un sorbo lentamente, con la mandíbula tensándose apenas un poco por el sabor amargo. Le gustaba así. Un toque amargo para mantener los pies en la tierra.
Sira, por supuesto, había pedido champán. A las once y media de la mañana. Hacía girar el tallo de su copa entre los dedos, con los ojos entornados y las piernas cruzadas con elegancia, como si estuviera posando para un anuncio de moda. Su aura prácticamente gritaba «Venid a adorarme», y a juzgar por cómo tres hombres distintos tropezaron al pasar por su mesa, estaba funcionando.
La mesa también estaba llena de pequeños postres: macarons en tonos pastel, una brillante tarta de chocolate que relucía bajo el sol, fruta cortada en arreglos perfectos. Sira los picoteaba con pereza, llevándose de vez en cuando un bocado a la boca con el tipo de gracia que hacía sudar a los Mortales.
¿Y Ariel? Ariel estaba sentada en medio, con las manos entrelazadas en el regazo, intentando no hacer contacto visual con nadie. Se sentía como… como una plebeya a la que alguien se había atrevido a sentar entre dos cabezas coronadas. Una chica arrastrada a un foco de atención que nunca pidió.
Por no mencionar que… todo el mundo estaba mirando.
Lux, con su natural encanto de íncubo, era un imán para todas las mujeres de la cafetería. Sus miradas se detenían, demorándose demasiado tiempo en sus labios, su cuello, sus manos. Algunos hombres también, aunque intentaban disimularlo con miradas fugaces.
Y Sira… bueno, Sira era Orgullo. Irradiaba el tipo de belleza que exigía atención, y la mayoría de los hombres obedecían sin pensarlo. Pero, por otro lado, algunas de las mujeres tampoco podían dejar de mirar.
¿Y lo peor? Un puñado de personas parecía tan indecisa como Ariel, atrapada entre mirarlo a él o a ella, dividida entre el pecado y el pecado.
Era injusto.
Tan injusto.
El pecho de Ariel se oprimió con ese absurdo impulso de llorar que no tenía ningún sentido. ¿Por qué llorar por esto? ¿Por ser pequeña a la sombra de los dioses? Pero la sensación creció de todos modos, presionando detrás de sus ojos.
Lux, sorbiendo su café, la miró. Su mirada era perezosa, casual…, pero lo bastante aguda como para ver a través de ella.
—Parece que estás a punto de derrumbarte por un cruasán —dijo él suavemente, enarcando una ceja.
Ariel se sobresaltó, apretando las manos con más fuerza. —Yo… yo no…
Sira se inclinó, con los labios curvándose con malicia. —Sí que lo está. Mírala.
Ariel se puso roja como un tomate, negando con la cabeza. —¡No, estoy bien!
—Mmm. —Lux dejó el café, con los dedos tamborileando contra la porcelana—. Mientes. Y muy mal.
Ariel bajó la mirada a la mesa, con las orejas ardiéndole. —Es que… todo el mundo está mirando.
Sira se rio entre dientes, levantando su copa. —Claro que lo hacen, perlita. Estás sentada entre nosotros. Los Mortales no pueden evitar babear cuando la divinidad se sienta a tomar el brunch.
Ariel gimió suavemente, cubriéndose la cara con las manos. —¿¡Por qué teníamos que sentarnos fuera!?
Lux sonrió con aire de superioridad, recostándose. —Porque el aire fresco es bueno para ti.
—Es humillante —masculló Ariel tras sus dedos.
Sira ladeó la cabeza, fingiendo pensar. —No, humillante sería si Lux decidiera besarme ahora mismo. La mitad de esta cafetería se desmayaría, la otra mitad se arrancaría los ojos de envidia.
Lux le lanzó una mirada de reojo, su sonrisa ladina lenta y deliberada. —No me importaría besarte.
La sonrisa de Sira se ensanchó, maliciosa y satisfecha. —¿Ah, sí? ¿Tentando al destino en público ahora, eh?
Ariel emitió un sonido ahogado, casi atragantándose con su propio aliento. —¡Por favor, no lo hagáis…, la gente ya está mirando!
Lux no dudó. Una mano se deslizó por el respaldo de la silla de Sira, atrayéndola. La otra le inclinó la barbilla justo en el ángulo perfecto. Y entonces…, la besó.
No fue suave. Ni educado.
Fue el tipo de beso que exigía atención. Calor, presión, un ligero roce de dientes. El champán de sus labios se mezcló con algo más oscuro, más hambriento, como si Lux quisiera reducir a cenizas toda la cafetería solo con su boca.
Sira respondió de inmediato, por supuesto. El Orgullo encarnado. Su mano se cerró en un puño sobre la camisa de él, atrayéndolo más, su lengua desafiando a la de él. Fue ardiente, indecente, el tipo de beso que hacía que los extraños se mordieran los labios y susurraran.
Ariel se puso escarlata. Sus manos volaron a su cara, ahogando otro ruido de impotencia. De todos modos, espió por entre los dedos, con el corazón martilleándole tan rápido que pensó que podría pararse.
A su alrededor, la cafetería se sumió en el caos. Una mujer dejó caer su cucharilla en el capuchino. Un camarero tropezó con una mesa. Al otro lado de la calle, un ciclista dio un volantazo, los vio y chocó de inmediato contra una boca de incendios, lanzando un géiser de agua hacia el cielo.
Cuando Lux finalmente se apartó, el mundo pareció exhalar con él. Se sentó con naturalidad, alisándose la camisa como si nada hubiera pasado. Sus labios brillaban débilmente, y se pasó la lengua por ellos, lento y deliberado.
—Sabe a champán —dijo él, con voz baja y petulante.
Sira se lamió sus propios labios, con los ojos brillantes. —Sabe a pecado.
Ariel soltó un chillido, hundiéndose tanto en su silla que pensó que podría desaparecer bajo la mesa.
Lux se estiró con naturalidad y tiró de las manos de Ariel para apartarlas de su cara. Su contacto fue cálido, firme, reconfortante. —Deja que miren —dijo en voz baja, encontrándose con su mirada.
Ariel parpadeó, con un nudo en la garganta. Su corazón dio ese estúpido vuelco, como si no supiera si creerle o salírsele del pecho.
Sira puso los ojos en blanco de forma dramática, tomando otro sorbo de champán. —La vas a derretir antes de que llegue a la reunión con Avariel.
Lux sonrió con superioridad. —Mejor que dejar que se ahogue en su autocompasión.
Ariel tragó saliva, con la vista fija en el platito de macarons que tenía delante. No estaba segura de si estaba a punto de llorar otra vez… o de reír. Quizá ambas cosas.
El camarero se acercó entonces, claramente nervioso mientras sus ojos saltaban de uno a otro. Casi se le cae la bandeja cuando la mirada de Lux se alzó hacia él. —¿Puedo traerles algo más?
—Otro café —dijo Lux con naturalidad.
—Y otra botella —añadió Sira, haciendo girar su copa.
—Todavía es por la mañana —soltó el camarero, y luego se quedó helado al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Sira sonrió como una gata. —Entonces deberías darme las gracias. Hago que las mañanas sean interesantes.
El pobre hombre balbuceó algo y huyó.
Ariel apretó los labios para reprimir la risa que amenazaba con escaparse, pero Lux se dio cuenta, y la comisura de su boca se curvó hacia arriba.
—¿Ves? —murmuró él, inclinándose lo justo para que solo ella lo oyera—. Estás sonriendo. Así está mejor.
Sus mejillas ardieron, pero esta vez no apartó la mirada.
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