Still Defiant! [Marvel/DC] ESP - Capítulo 71
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Capítulo 71: 71: Desde las estrellas.
71: Desde las estrellas.
Clang! Clang! Clang! Clang!
Como el rápido redoble de un tambor de guerra, el estridente sonido del metal chocando entre sí resonó una y otra vez en el campo de entrenamiento, produciendo una extraña y, a la vez, hermosa melodía rítmica capaz de hacer acelerar el corazón de todo aquel que la escuchara.
perfecta para acompañar el baile de espadas que la estaba creando.
“HA!” con un grito feroz, una figura saltó al aire con una gracia y rapidez sobrenatural, Los músculos compactos y tonificados de sus brazos se tensaron al aumentar el agarre de la empuñadura en sus manos y usando cada gramo de su fuerza, blandió su arma en un potente golpe descendente que habría hecho que incluso la roca más dura se partiera limpiamente en dos.
Un golpe que fue bloqueado fácilmente por su oponente.
las chispas saltaron cuando el filo de las armas se encontró de frente, por una fracción de segundo sus portadoras se enfrentaron entre sí sin que ninguna de las dos retrocediera, al menos hasta que la defensora empujo ligeramente, imponiéndose sobre su atacante a pesar de su posición y obligándola a retroceder con fuerza, al enviar su cuerpo a volar por los aires.
Aprovechando lo que creía una abertura, otra figura se abalanzó desde un costado, con su espada precipitándose a gran velocidad hacia la espalda de su objetivo.
Al escuchar el viento romperse detrás de ella, una leve sonrisa se dibujó en los labios rosas de la mujer y con un movimiento suave, giró su torso hacia un lado, esquivando el ataque con apenas esfuerzo.
“Mierda!” Su segundo atacante gruñó e intentó retorcer su cuerpo para cambiar su trayectoria. Pero fue demasiado lenta, estirando su mano, utilizó solo uno de sus esbeltos dedos para atrapar una de las correas de su armadura, deteniendo su avance en seco y luego arrojando su cuerpo al suelo, donde rodó sin control por varios metros.
“Ugh!” dejando escapar un quejido, la guerrera que acababa de ser arrojada intentó reincorporarse con poco éxito, apenas logrando levantar su torso magullado.
Esta no fue la primera vez que había sido derribada en los cortos treinta minutos desde que el encuentro comenzó y con cada caída podía sentir que no era solo su cuerpo el que estaba siendo golpeado.
“Deberías quedarte abajo” dijo alguien desde detrás suya, provocando que frunciera el ceño con más fuerza.
Al mirar por encima del hombro, notó que quien había hablado era una de las tantas hermanas mayores que habían venido corriendo a disfrutar del “espectáculo” después de que los rumores sobre la lucha que tendría lugar en este campo de entrenamiento se esparcieran sin control.
Aresia no sabía cuál de sus hermanas había sido la que decidió chismorrear con las demás sobre el entrenamiento ‘especial’ que tendrían este día, pero cuando lo averiguara, se encargaría personalmente de enseñarle la importancia de saber guardar un secreto.
Aunque quizá, ella ya lo estuviera aprendiendo, tomando en cuenta la humillación pública que todas estaban sufriendo ahora mismo.
Con una mueca formándose en el rostro, observó cómo tres de sus compañeras se lanzaban contra su oponente con las armas en alto, solo para ser derribadas un segundo después con tres simples gestos de mano que parecían casi perezosos.
‘Es demasiado fuerte’ pensó, con un asombro creciente que pronto se transformó en incredulidad al darse cuenta de que aquella mujer seguía de pie exactamente en el mismo lugar donde había estado desde el comienzo del combate… si es que esto aún se podía llamar así.
“Ahora entiendo por qué a ninguna de ustedes les gusta pelear contra ella” comentó, provocando algunas risas entre la multitud que rodeaba el lugar.
“Se los advertimos, pero ustedes eran demasiado tercas y este es el resultado” respondió la misma mujer de antes, con una sonrisa divertida. Sin embargo, en sus ojos verdes un fugaz destello de envidia se encendió al mirar a la figura que podía sonreír y parecer relajada incluso mientras luchaba contra diez oponentes al mismo tiempo.
“Desafiar a la princesa es algo que ya nadie hace desde hace un siglo…” agregó casi en voz baja. Pero aresia no necesitaba que se lo dijera pues ya lo sabía.
Por algo su grupo había insistido tanto en pelear contra ella. Desde que tenían memoria, Aresia y sus hermanas menores habían escuchado los cuentos sobre la mítica e imbatible princesa amazona y sus grandiosas hazañas.
Pero escuchar historias no era lo mismo que verlo con sus propios ojos. Su curiosidad simplemente no podía ser apagada, y no ayudaba que, cada vez que preguntaban por qué la princesa no participaba en los combates de entrenamiento o en los grandes torneos, las amazonas mayores solo les sonrieran y respondieran como si fuera lo más obvio.
‘Por que nadie puede vencerla’ decían todas sin siquiera dudar.
Y para las amazonas más jóvenes, eso parecía una tontería, nadie podía ser realmente invencible en este mundo, ¿cierto? Era lo que pensaban en privado. Y, como las valientes e intrépidas guerreras que eran, decidieron que no había mejor forma de desmentir el mito que enfrentarlo por sí mismas.
Bueno… ahora lo sabían mejor.
Observando aquella figura alta y magnífica, que poseía una belleza y un porte que la hacían destacar incluso entre todas las hermosas mujeres que habitaban la isla paraíso, Aresia suspiró con admiración en los ojos y esta vez no trato de ponerse de pie, en cambio tomó el consejo de su mayor y se quedó abajo.
Una elección sabia, pues pronto todas sus otras hermanas terminaron besando el suelo, sin que ninguna pudiera levantarse otra vez.
Diana miró a las guerreras caídas a su alrededor con calma, esperando que se levantaran, que volvieran a luchar, pero ninguna lo hizo. Y aunque su expresión no cambió, en su interior la decepción no pudo evitar asomarse por un momento.
‘Parece que desenvaine mi espada para nada’ susurró una parte de su mente. Pero, casi tan rápido como ese pensamiento llegó, Diana lo aplastó sin piedad.
No le gustaba pensar así, pero con cada año que pasaba como ‘la más poderosa de todas las amazonas’ esa voz susurrante se hacía más fuerte a su pesar.
Diana disfrutaba profundamente de la cultura guerrera de su pueblo. Cuando era niña, ver a sus mayores batirse en apasionantes duelos era su mayor entretenimiento. Y cuando alcanzó la edad suficiente para sostener su propia espada, la expectativa de participar en aquellos gloriosos enfrentamientos apenas la dejaba dormir por las noches.
El recuerdo de aquel primer gran torneo en el que participó, y la batalla final donde encaró a su maestra y tía, Antiope, solo para ser derrotada, seguía siendo una de sus memorias más entrañables.
Era una lástima que, desde hacía mucho tiempo, recuerdos como ese hubieran dejado de ser posibles para ella.
Levantando la cabeza para admirar el paisaje del cielo azul, casi completamente teñido del naranja del atardecer, Diana se preguntó una vez más cuándo fue que las cosas comenzaron a volverse de esta forma.
¿Quizá después de haber ganado finalmente el gran torneo que la coronó como la más fuerte de todas? ¿O tal vez después de que su espada cortará la cabeza del último monstruo escondido en la isla que llamaba su hogar?
No lo sabía con exactitud, pero en algún momento del pasado su fuerza incrementó tanto que parecía que ya nada podía hacerle frente. Llegó a ser tan poderosa que incluso entrenar empezó a parecer intrascendente.
por muchos años incluso dejó de hacerlo, por que, que sentido tenía seguir haciéndose más fuerte si ya era la más fuerte? Ese había sido su pensamiento en ese entonces, aunque tal idea no duró demasiado.
Por encima de todo, seguía siendo una guerrera, la disciplina corría por sus venas de la misma forma que su sangre. Sentarse a beber y comer sin hacer nada más le resultó insufrible, incluso más desesperante y aburrido que cualquier otra alternativa.
Así que pronto volvió a tomar sus armas y, con una pasión hirviente, reanudó su entrenamiento con más intensidad que nunca antes, de una forma que incluso sus hermanas comenzaron a llamar obsesiva a sus espaldas.
Ella lo noto, por supuesto que lo hizo, pero aun así, no se detuvo. No podía.
En esta isla, donde todo parecía permanecer eternamente estático, al menos algo necesitaba cambiar. Aunque fuera pequeño, aunque fuera insignificante, Diana hizo todo lo posible por seguir intentándolo, durante años, décadas, siglos.
Incluso cuando el tiempo comenzó a perder su significado, ella siguió avanzando, esforzándose por no volver a caer en la complacencia.
Cambió las formas en las que entrenaba, adaptándose, transformándose. llevó sus rutinas hasta extremos que ninguna otra amazona podía siquiera imaginar. Pero incluso así, sus mejores ideas tenían un límite y hacía años que Diana sentía que lo había alcanzado.
Últimamente incluso su anterior espíritu indomable parecía reducido a un fuego manso. Rara vez visitaba los campos de entrenamiento. En cambio, pasaba sus días ocupándose de otras tareas. Tareas que no eran, ni de lejos, tan interesantes o emocionantes como el arte de la lucha.
había llegado al punto en que observar a sus hermanas practicando desde lejos se había convertido en lo más emocionante de sus mañanas. Deseaba poder unirse a sus luchas, sudar, sangrar y cansarse junto a ellas como toda otra amazona haría.
Pero sabía que no podía… o más bien, que no debía. Una persona solo puede perder un número limitado de veces antes de que algo dentro de ella se quiebre.
Diana lo había aprendido por las malas, cuando siguió ganando…
Cuando sus hermanas dejaron de emocionarse ante la idea de enfrentarla y comenzaron a mirarla de forma distinta. Cuando la admiración en sus ojos se transformó en resentimiento y frustración.
Quizá por eso no se negó de inmediato cuando el grupo de jóvenes amazonas llegó a ella, con ese nostálgico brillo de desafío en sus miradas, en busca de un enfrentamiento.
Al principio, había dudado, temerosa de repetir el pasado.
Y aunque sabía exactamente cómo terminaría todo, en lo más profundo de sí, una chispa de expectativa volvió a encenderse, expandiéndose sin que pudiera controlarse.
Quizá, solo quizá, entre este grupo de jóvenes guerreras habría alguien con el potencial de, algún día, poder hacerle frente…
Alguien que demostrara que ella no era una excepción. Que haber nacido del “barro” no la hacía tan diferente de las demás. Que aquellos susurros hirientes que algunas de sus hermanas murmuraban a sus espaldas cuando creían que no las escuchaba, estaban equivocados.
El anhelo había sido intenso, pero la decepción que llegó al darse cuenta de que ninguna de ellas poseía esa ‘chispa’ lo fue aún más.
No es que fueran débiles. Para su corta edad, habían desarrollado una habilidad y destreza que haría que incluso las amazonas más antiguas las trataran con cautela en combate.
Pero eso era todo.
Diana podía sentirlo. No entendía cómo, pero lo sentía: incluso con las bendiciones que los dioses les otorgaron al ser aceptadas en la isla, su fuerza no crecería más, su velocidad no aumentaría, y su piel no se endurecería hasta volverse inmune al filo de los metales, como ocurría con ella.
En todos los aspectos físicos, ellas permanecerían como el resto de las amazonas, sin importar cuánto entrenamiento más hicieran o cuantas batallas más libraran: el límite de sus fuerzas ya había sido dictado y Diana no sabía cómo cambiar eso.
¿Por qué? por que ella era la única que no permanecía igual? ¿Era realmente haber nacido del ‘barro’ algo tan importante? tan significativo para hacerla especial? o acaso los dioses la habían bendecido mucho más? Y si era así, ¿con qué propósito? ¿Qué necesitaban de ella?
¿Qué monstruo debía derrotar? ¿Qué mal debía enfrentar? ¿Qué reto debía superar?
Diana había buscado las respuestas a todas esas preguntas durante años, rezando a los dioses, esperando su llamado, su señal… seguramente existía una razón para su fuerza, debía hacerlo! ella creía en ello.
pero por más que espero nada sucedió.
y así, como todos los días recientes, su mirada no pudo evitar desviarse casi sin querer hacia el horizonte: hacia el vasto mar azul que parecía interminable… y la tierra que se decía que existía más allá de él.
A pesar de toda la magia que envolvía a Themyscira, la llamada isla “paraíso” hacía mucho que había dejado de serlo a sus ojos. En sus pensamientos más íntimos, incluso la había llegado a comparar con una prisión: una adornada con flores hermosas y barrotes de oro, pero una prisión al fin y al cabo.
la idea de zarpar lejos, de abandonarlo todo, escapar y comenzar un viaje a lo desconocido inundaba sus noches de sueño con mucha más frecuencia de la que le gustaría admitir, incluso llegando a aparecer en sus pensamientos conscientes durante el día.
Tal vez alguien más se habría rendido ante tal fantasía hace mucho tiempo, habría caído en la tentación no sólo de imaginarla, sino también de hacerla realidad.
Era una lástima que Diana fuera demasiado terca para su propio bien, demasiado empeñada en mantenerse firme y demasiado hábil para resistirse.
Si nada interfiriera, ni siquiera ella sabía cuántos siglos más harían falta para que su obstinación se derrumbara por completo. Pero si se conocía lo suficiente como para saber que, si dependiera solo de ella, no lo averiguaría pronto.
Al mismo tiempo, también comprendía que hasta el muro más imponente podía ser destruido si se le golpeaba en el lugar preciso con la fuerza adecuada.
Y aunque una parte de ella temía el día en que ese golpe pudiera llegar, otra, en igual medida, también lo anhelaba.
Suspirando ligeramente, Diana apartó su vista del tentador horizonte y envainó su espada, pese a su decepción inicial no quería decir que el entrenamiento de esta tarde, por corto que fue, no hubiese sido divertido.
Quizá era momento de dejar su aislamiento autoimpuesto y comenzar a socializar más con sus hermanas. Al menos, ayudar en la formación de las más jóvenes haría sus días menos monótonos, y reconectar con sus antiguas mentoras y viejas amigas tampoco le vendría mal.
No muy lejos de Diana, una de las amazonas vencidas permaneció acostada en el suelo a pesar de que las demás ya se habían levantado. No es que estuviera más herida o más cansada que sus compañeras, simplemente quiso quedarse así un poco más para admirar el cielo que comenzaba a oscurecer, y las primeras estrellas que ya brillaban en él.
Se podían decir muchas cosas de Themyscira, pero nadie que hubiera puesto un pie en la isla podía negar que sus vistas nocturnas eran auténticos espectáculos, dignos incluso de ser admirados por los dioses.
“Te encuentras bien, Elena?” la pregunta hizo que la joven amazona parpadeara. Al girar la cabeza, se encontró con los ojos ligeramente preocupados de su princesa y la mano que ahora extendía hacia ella.
“uh?, si! quiero decir… estoy bien, solo me perdí en mis pensamientos” respondió con cierta vacilación.
Había escuchado que a la princesa no le gustaba que la trataran con demasiada formalidad, pero ser demasiado informal tampoco le parecía apropiado. Después de todo, ella seguía siendo su princesa y hasta hace poco la princesa ni siquiera la conocía por su nombre.
Tomando la mano que se le ofrecía, la joven se maravilló ante la sensación que le transmitió aquel firme agarre: su piel era extrañamente suave y tersa, pero al mismo tiempo ‘dura’ como el mármol.
“No te preocupes, a veces también me pasa” le dijo con una sonrisa amistosa que la hizo sonreír también.
Con un suave tirón, Diana la ayudó a ponerse de pie, Y aunque sus músculos ardían de dolor, Elena lo ignoró, más concentrada en observar con atención a la mujer que había derrotado a todo su grupo sin siquiera esforzarse.
Por Hera… ni siquiera estaba despeinada.
“Esperaba que al menos hubiéramos podido hacerte usar tu lazo” le dijo, mirando la cuerda enrollada que colgaba de su cintura.
Era increíble cómo uno de los artefactos mágicos más poderosos de Themyscira podía parecer tan ordinario.
En las historias que había oído de niña, se decía que estaba hecho de un material indestructible, capaz de extenderse más allá de los cielos, y que aquellos que eran tocados por él solo podían decir la verdad y nada más que la verdad o serían quemados en cuerpo y alma por los fuegos celestiales de la diosa Hestia.
“No te emociones demasiado niña. Necesitas al menos cinco siglos más antes de que ella siquiera piense que eres digna” interrumpió una voz, haciendo que ambas fruncieran el ceño.
“Artemis, ha pasado un tiempo” saludó Diana con cortesía, ganándose un bufido de la mujer pelirroja que se acercaba.
“Varios años, princesa. Me sorprende que finalmente hayas hecho algo de tiempo en tu tan apretada agenda y decidieras reunirte con nosotras, las simples mortales.” Sus palabras, aunque dichas en un tono ‘burlonamente amigable’ contenían un veneno oculto que Diana noto con pesar.
“No esperaba que me echarás tanto de menos. Pero si te hace sentir mejor desde hoy me aseguraré de pasarme por los campos de entrenamiento más a menudo” Diana maldijo para sus adentros apenas terminó de hablar. Tal vez por costumbre, o quizás por nostalgia, había respondido como lo habría hecho en el pasado. Pero eso había sido un error.
Hacía ya mucho tiempo que el sarcasmo amistoso había dejado de existir entre ambas y como para demostrarlo, los ojos de Artemis se entrecerraron, con una luz fría brillando en ellos al escucharla.
“Cuidado con tus palabras, princesa. Nuestras jóvenes hermanas podrían empezar a creer que las cumplirás”
Esta vez fue Diana quien miró de manera peligrosa a la pelirroja, en el aire la tensión aumentó y pese al ajetreo que rodeaba el campo de entrenamiento un pesado silencio comenzó a formarse entre ellas.
Elena, atrapada entre ambas, sintió el sudor bajar por su frente sin entender qué era lo que estaba pasando.
Quizá debería escabullirse mientras ninguna de las dos le prestaba atención?
Finalmente, Artemis resopló y se dio la vuelta, comenzando a marcharse como si ya no tuviera nada más que decir.
Mirando como la mujer que alguna vez fue su mayor rival en todos los aspectos se alejaba, Diana no pudo evitar lamentarse por la forma en que su relación se había deteriorado.
No es que alguna vez hubieran sido las más grandes amigas o algo así, pero al menos había existido un respeto y entendimiento mutuo entre ambas que ahora se había perdido.
Diana sabía que en mayor parte era culpa suya. De todas las amazonas, Artemis fue la que más insistió en seguir luchando contra ella durante años, quien continuó esforzándose incluso cuando todas las demás ya habían bajado la espada y aceptado que jamás lograrían vencerla.
Había visto sus esfuerzos. Había sentido su frustración, su obstinación, su terquedad… pero, por sobre todo, su voluntad y su deseo de algún día superarla.
Y Diana no quería ver eso desaparecer.
La parte más egoísta de sí misma se resistía a perderlo y por eso cometió un error, un gran error.
Ella había dejado que Artemis ganara…
Una decisión estúpida. En ese momento, creyó que su actuación había sido convincente, que nadie lo notaría.
Las amazonas que presenciaron la pelea ese día vitorearon con frenética emoción; ninguna parecía haber captado la farsa. Incluso su madre parecía genuinamente sorprendida.
Todas, menos Artemis.
Cuando Diana, medio arrodillada en el suelo, alzó la mirada para encontrarse con la suya, no vio el triunfo que esperaba. En sus ojos apagados no había alegría ni satisfacción.
En cambio solo vio traición.
No hace falta decir que después de ese evento las cosas cambiaron por completo.
“Está bien, princesa?”
Ante la pregunta de Elena, Diana se dio cuenta de que se había quedado demasiado tiempo perdida en sus recuerdos, negando con la cabeza le dio una pequeña sonrisa a la joven y palmeo su hombro de forma amistosa.
“Si, Artemis y yo simplemente tenemos algunos asuntos pendientes, no le des demasiada importancia. Por ahora, ¿qué te parece si reúnes a tus compañeras y hablamos sobre cómo fue el combate? Si lo desean, puedo darles algunas ideas para mejorar su entrenamiento.”
la oferta emociono de inmediato a Elena, olvidando lo que acababa de pasar la joven asintió con entusiasmo, se sacudió el polvo y luego corrió a reunir a las otras amazonas.
Ya pensando en lo que les enseñaría, Diana dejó de lado los pensamientos complicados y se sumergió en el nuevo papel de mentora que había decidido adoptar.
Un rol para el que incluso ahora no se sentía preparada en lo absoluto.
Por mucho tiempo había sido la amazona más joven de todas, la más inexperta, aquella a la que las demás guiaban, corregían, protegían, y nunca al revés.
Al menos hasta que, hace menos de medio siglo, nuevos y jóvenes miembros llegaron a las costas de Themyscira.
La noticia fue impactante. Tanto, que incluso años después aún seguía siendo un tema de conversación entre muchas de las mujeres de la isla.
Como princesa, Diana fue una de las primeras en enterarse, y sin dudarlo solicitó formar parte del grupo de crianza que su madre estaba organizando para hacerse cargo de ellas.
Pero tratar con niños es muy diferente a tratar con espadas y lanzas. Y no tardó en quedar claro que Diana carecía de las sutilezas necesarias para cuidar seres tan frágiles.
Fue frustrante. Y, terca como era, Diana recordaba haber insistido una y otra vez en que la dejaran seguir intentándolo. Pero su madre, sabia como siempre, la había detenido a pesar de sus protestas.
“Criar a un niño no es un juego, hija mía. Aquí no podemos darnos el lujo de cometer errores” le había dicho con paciencia.
“Han pasado siglos desde que seres tan jóvenes pisaron Themyscira, y debemos tratarlos como lo que son: tesoros inmensos. Regalos que los dioses nos han brindado, y que debemos apreciar y cuidar, hasta que estén listas para valerse por sí mismas.”
Diana por supuesto no lo había entendido en ese momento. Pese a sus incontables años de existencia su madurez en ciertas áreas todavía era carente y llena de furia e indignación se había marchado, volviendo a centrarse en su entrenamiento e ignorando a las jóvenes amazonas.
Al menos hasta que crecieron lo suficiente para alzar sus propias espadas.
Lo que la traía de vuelta al presente.
Ahora, ninguna de ellas era frágil. En todos los sentidos, se habían convertido en verdaderas guerreras. Y por eso, Diana creía que finalmente había llegado el momento de comenzar a ayudarlas, como otras amazonas lo habían hecho con ella en su juventud.
Tal vez no pudiera hacerlas tan fuertes como ella, pero confiaba en que sin duda podría convertirlas en las más fuertes después de ella… si lograba adaptar algunos de sus métodos de entrenamiento a su nivel.
Aunque había estudiado la teoría de la enseñanza —leyendo todos los libros disponibles en la biblioteca de la isla y conversando al respecto con Antíope y otras de sus antiguas maestras— la verdad era que Diana aún carecía de experiencia práctica.
La perspectiva de lo que venía consiguió hacerla sentir un nerviosismo que no experimentaba desde hacía siglos, uno que le recordaba su infancia: cuando ella aún era una novata en todo y temía no estar a la altura de las expectativas de quienes la rodeaban.
‘Ya tienen un gran nivel. Puedo saltarme las partes tediosas y enfocarme directamente en eliminar los errores de sus técnicas de combate’ pensó.
No es que hubiera muchos, pero sí los suficientes como para que cualquier luchador experimentado pudiera aprovecharlos y tomar ventaja.
Con el solsticio de invierno cada vez más cerca —y con él, el gran torneo amazónico que se celebraba cada año— necesitaba solucionar eso si alguna quería tener la oportunidad de destacar.
Fijándose una pequeña meta, Diana decidió hacer que al menos una de ellas llegara a la semifinal.
Pronto, Elena regresó acompañada con sus nueve compañeras, parecía que todas estaban interesadas en aceptar su oferta, pero no comenzaron de inmediato: ya era tarde y acababan de tener una pelea. Aunque Diana no estaba para nada cansada, no podía decirse lo mismo de ellas. Así que, por ahora, acordaron un horario y prometieron encontrarse al día siguiente en un mejor campo de entrenamiento.
Con la pelea terminada, la multitud que rodeaba el lugar comenzó a dispersarse. Diana se despidió de las amazonas con las que aún mantenía cierta cercanía y, con el ánimo sorprendentemente ligero a pesar del encuentro con Artemis, decidió saltarse la cena y caminar hacia su lugar favorito en la isla.
Justo cuando al sol le quedaba poco para ocultarse por completo en el horizonte, Diana llegó a su destino.
La cima de la montaña más alta de Themyscira.
Un lugar que casi ninguna amazona visitaba, no solo por lo difícil que era llegar hasta a él, si no también por lo complicado que era permanecer, su altura era tal que atravesaba las nubes, y por eso el aire era delgado, mortalmente frío y áspero, casi sofocante.
Incluso con sus físicos extraordinarios, una amazona promedio apenas podía resistir a tal altitud por alrededor de una hora antes de necesitar descender.
Para Diana, era diferente: respirar era más una elección que una necesidad urgente. En una ocasión, incluso intentó comprobar cuánto tiempo podía abstenerse de hacerlo, y logró mantenerse firme casi dos semanas antes de sentir una ligera incomodidad.
Ya fuera en esta cima o en el suelo, mientras el aire contuviera siquiera una mínima cantidad de oxígeno, Diana podía respirarlo sin notar ninguna diferencia.
‘Qué hermoso’, pensó al contemplar el vasto mar estelar que se extendía sobre ella y el manto infinito de nubes blancas, teñidas por el atardecer, que se desplegaba bajo sus pies.
Si tuviera que elegir una sola razón por la que este era su lugar favorito, sin duda el paisaje sería la primera en venirle a la mente.
Sentándose sobre una roca que ella misma había tallado hasta asemejarla a una cómoda silla, Diana dejó que los helados vientos acariciaran su cabello mientras su rostro era iluminado intensamente por los últimos destellos del sol poniente, así como por la luz de las estrellas distantes.
Si algún testigo hubiese estado presente en ese instante, se habría asombrado no solo por el mágico paisaje de ensueño que coronaba la cima de tan colosal montaña, sino también por la mujer de cabello oscuro que allí se encontraba: tan perfecta que, por sí sola, resultaba incluso más deslumbrante que todo lo que la rodeaba.
“hmm?” La serenidad del momento se quebró cuando Diana notó, con sorpresa, cómo un destello de luz azul iluminaba el paisaje. Por un instante lo confundió con el inicio de una aurora boreal, pero pronto comprendió que se trataba de algo más.
La luz no se originaba del cielo, en cambio provenía desde las estrellas.
Fascinada, observó cómo una estela azul, semejante a la de un cometa, atravesaba la atmósfera, surcaba el horizonte a toda velocidad, cruzaba las nubes y caía más allá de las costas de la isla, sumergiéndose en las aguas del vasto mar.
En circunstancias normales, tal espectáculo no le habría parecido nada fuera de lo común, pues dada su larga vida, no era la primera vez que veía un meteorito caer desde el espacio.
Pero sí era la primera vez que uno de ellos tenía forma humana.
Durante varios segundos permaneció inmóvil, con sus ojos azules completamente fijos en el lugar donde el ‘objeto’ había caído, mientras su mente, normalmente aguda, se quedaba en blanco.
Entonces se irguió de golpe, sintiendo cómo su corazón latía más rápido que nunca dentro del pecho. Diana frunció el ceño, apretó los labios y, tras apenas medio segundo de contemplación, dio un paso al frente, impulsándose con un poderoso salto que agrietó el suelo bajo sus pies y lanzó su cuerpo miles de metros en dirección al mar.
Con una velocidad vertiginosa que rompió el aire frente a ella, la distancia que antes había parecido extensa se desvaneció en un instante. Entonces, con la sensación de su cuerpo atravesando un velo invisible, Diana, por primera vez en su vida, cruzó la frontera que separaba Themyscira del resto del mundo.
Tras ella, la magnífica vista de la isla paraíso se desvaneció, reemplazada por una poderosa ilusión que no dejaba ver nada más que una extensión de mar vacío, sin tierra a la vista.
Con un fuerte chapoteo, Diana se encontró sumergida en las aguas, sus ojos escudriñando la oscuridad del lecho marino hasta que divisó lo que estaba buscando, a varios cientos de metros de distancia.
Usando solo un movimiento de manos y un aleteo de sus pies, se impulsó hacia adelante, surcando el agua con más rapidez que cualquier criatura marina.
‘¿¡Esto es…!?’
Diana se quedó sin palabras. Con cautela, detuvo su avance, examinando con los ojos bien abiertos la ‘cosa’ que flotaba frente a ella, sin comprender del todo lo que estaba mirando.
Con su mente trabajando a toda velocidad, finalmente logró identificarlo, aunque eso no la hizo sentir en lo absoluto más tranquila.
‘¡Un hombre!’
Y uno de verdad, nada menos.
Sin poder evitarlo, sus ojos vagaron por su figura con creciente desconcierto. Aunque en Themyscira existían textos antiguos donde se los describía, así como algunas ilustraciones desgastadas, nada de eso podía hacerle justicia a lo que ahora presenciaba.
Con lentitud, extendió su mano derecha hacia su rostro. Las yemas de sus dedos rozaron su mejilla, apenas percibiendo la textura de su piel, cuando una tenue luz azul destelló y una corriente de energía la atravesó, enviando un escalofrío por todo su cuerpo.
No fue doloroso, pero sí entumecedor, como aquella vez en que, durante una tormenta, tuvo que lanzarse frente a una de sus hermanas y recibir la ira de los cielos por ella.
‘¿Qué fue eso?’, se preguntó con curiosidad, antes de negar con la cabeza para deshacerse de su embelesamiento y comenzar a considerar lo que debía hacer. Cualquier pregunta podía ser respondida después; en este momento, sin duda, lo primero era sacarlo del agua… pero ¿entonces qué? ¿Llevarlo a Themyscira?
El solo pensamiento le pareció absurdo. Ningún hombre tenía permitido pisar Themyscira; esa era su ley más estricta. Pero, si no era Themyscira, ¿entonces dónde? Por lo que sabía no existía ninguna otra masa de tierra en cientos de kilómetros, quizá miles.
Mordiéndose el labio, vio, en cámara lenta, cómo las burbujas de aire empezaban a escapar de la nariz y la boca del hombre. Y entonces tomó su decisión: no podía seguir dudando.
Acercándose a él, rodeó su torso con uno de sus brazos y, usando el que le quedaba libre, empezó a nadar hacia las costas de la isla paraíso.
‘Esto es una idea terrible’ pensó aunque no se detuvo.
Solo esperaba no arrepentirse más tarde.
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.
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Algo lo pinchó.
Frunciendo el ceño, Daniel se retorció, acurrucándose entre las suaves mantas que envolvían su cuerpo, intentando seguir durmiendo. Pero entonces, otra vez… algo lo pinchó.
Gruñendo con molestia, Daniel se giró, el sueño casi escapando de sus manos.
“Para…” murmuró entre dientes. Pero su protesta fue inutil porque una vez más, algo se presionó contra su costado.
“¡Carol, para!” esta vez casi gritó, tomando una de las almohadas a su lado, se la lanzó con fuerza a la insistente e irritante chica que no podía dejarlo dormir por solo cinco minutos!
Espera…
Con el sonido de los engranajes comenzando a girar dentro de su mente, Daniel abrió los ojos de golpe.
Con ligera rigidez, apartó la blanca manta que cubría su cabeza y se encontró con la extraña visión de un techo hecho de piedra marrón. En su superficie rocosa, pequeños cristales blancos estaban incrustados y esparcidos de forma uniforme, cada uno resplandeciendo con una suave luz que iluminaba la habitación en la que se encontraba.
Y donde era que se encontraba?
Enderezando el torso, Daniel observó sus alrededores con cautela, notando primero la decoración del lugar: escudos, espadas, lanzas, hachas y un montón más de objetos colgaban de las paredes, exibiendose, junto con lo que parecían ser partes de ‘animales’… o más bien, ¿monstruos?
Sin duda, un montón de trofeos interesantes. Entonces notó los tallados: placas de bronce colocadas al lado de algunas de las exhibiciones, con inscripciones en lo que reconoció como griego antiguo. Lástima que, aunque Daniel había aprendido muchos idiomas durante el último año, el griego seguía siendo uno que aún no dominaba, y mucho menos su versión antigua.
La habitación era espaciosa, e incluso notó algunas puertas que seguramente conducían a otras áreas. Todo parecía haber sido construido dentro de la misma roca, probablemente en el interior de una cueva, en lo profundo de alguna montaña.
Una vez terminó de observar su entorno, Daniel volvió la mirada hacia la única otra presencia viva en el lugar aparte de él, es decir, la mujer a la que acababa de arrojarle una almohada a la cara.
“¿Eso es un palo? ¿Tú… me estabas pinchando con un palo?” No sabía por qué eso fue lo primero que salió de su boca, pero no pudo evitarlo, tuvo que confirmarlo.
La mujer alzó una ceja ante su pregunta, miró la larga vara de madera que sostenía en la mano y luego asintió, como si no hubiera nada de raro en ello.
“huh…”
Bueno, sin duda esto no era en lo absoluto lo que esperaba encontrarse al despertar.
Respirando profundamente, Daniel cerró los ojos y contó hasta diez antes de volver a abrirlos y mirar a la mujer con mucha más atención.
Parecía lista para librar una guerra.
Envolviendo su torso de forma que resaltaba sus curvas, llevaba una ajustada armadura rojo oscuro, hecha de un material metálico segmentado, similar a un corsé sin costuras.
Montada sobre la parte superior de su pecho, un ‘águila’ que extendía sus alas se alzaba, formada por varias piezas de metal plateado entrelazadas. Por debajo de su ombligo, rodeando su cintura, había un cinturón construido de forma similar, pero con una ‘W’ en el frente.
Cubriendo sus brazos, y sujetos por varias correas, llevaba unos largos guantes de cuero oscuro, sin dedos, que llegaban hasta la mitad de sus bíceps. Sobre los cuales unos brazaletes plateados con detalles dorados se extendían desde sus muñecas hasta los codos.
Unida al cinturón, una falda corta de batalla azul oscuro, compuesta por varias tiras anchas de cuero, cubría su parte inferior y en sus largas piernas vestía un par de botas negras reforzadas con metal, que se alzaban desde sus pies hasta casi la mitad de sus muslos, con un conjunto de protectores hechos de varias placas de acero cubriendo sus rodillas.
Solo la figura de su cuerpo bastaría para captar la atención de cualquiera, pero cuando Daniel finalmente posó los ojos en su rostro, incluso él se vio deslumbrado por unos segundos.
‘Mierda, hay demasiadas chicas guapas en este lugar,’ pensó, frunciendo ligeramente el ceño.
Afortunadamente, había ganado cierta resistencia mental, por lo que no se quedó embobado mirándola como un estúpido. En cambio, dominó sus instintos primitivos y se concentró en lo importante.
Dejando de lado el palo, cada parte de su vestimenta era una clara indicación de que se trataba de algún tipo de guerrera, y por su postura, sin duda una altamente habilidosa. Por si fuera poco, una larga espada descansaba envainada en su cintura, mientras que, en la otra mano, sostenía con firmeza… ¿un lazo?
‘Espera, ¿un lazo?’
Alzando las cejas, Daniel miró la cuerda medio enrollada que de alguna forma no había notado hasta ahora, peor aún, esta se extendía en su dirección y, al seguir su largo con la vista, encontró que llegaba hasta su brazo izquierdo, atándolo con fuerza.
“Sé que he tenido algunos sueños así, pero normalmente no soy yo el que está atado” murmuró para sí mismo, con una sonrisa medio quebrada.
De alguna forma, la mujer debió haberlo escuchado, porque soltó un gruñido bajo antes de lanzar el palo detrás de sí y, con un movimiento veloz que cortó el aire, desenvainar su espada.
Con el metal afilado apuntando directamente a su rostro, Daniel dejó de pensar en tonterías y se puso totalmente serio.
“Que tal si nos relajamos?” dijo, alzando las manos.
Pero la mujer no parecía muy dispuesta a seguir su sugerencia, pues con un suave apretón tensó la cuerda en su mano, provocando que esta comenzara a brillar con una suave luz dorada.
Daniel sintió un ligero y cómodo calor en la piel de su brazo. Era una sensación extraña, pero al mismo tiempo acogedora.
“Empecemos por algo simple: ¿quién eres y de dónde vienes?” La voz de la mujer fue suave, pero firme, y con sus palabras la cuerda brilló con mayor intensidad.
Intrigado, Daniel dejó que su sinapsis se acelerara ligeramente mientras consideraba qué decir, pero por alguna razón su mente se mostraba reacia a responder con deshonestidad.
‘Control mental?’ se preguntó, antes de negar para sus adentros.
El control mental era completamente inutil contra él, cualquiera que fuera el efecto que el lazo estuviera intentando usar para influenciarlo, podía decir con certeza que estaba más allá de eso. Además la energía que desprendía… solo podría describirla como ‘divina’ a falta de una mejor palabra.
‘si miento que pasara?’ Por ahora el calor no parecía ser dañino, pero tenía el presentimiento de que eso podía cambiar fácilmente si decía algo incorrecto.
Sin prisa por responder, se movió con tranquilidad, apartando de su cuerpo la sábana que aún lo cubría. Entonces se puso de pie, ignorando por completo la espada que seguía apuntándole, y comenzó a estirar sus músculos, sintiendo una gran satisfacción.
No tener que soportar un dolor constante hacía que su humor fuera inusualmente bueno, a pesar de su extraña situación actual.
Su movimiento repentino hizo que la mujer se tensara y retrocediera dos pasos con más nerviosismo del que Daniel esperaba. Curioso, le alzó una ceja, pero entonces sintió una brisa fría rozar contra su piel… toda su piel.
Con las manos sobre las caderas, Daniel bajó la mirada y notó el problema. Por un segundo se quedó estupefacto, hasta que recordó que, aunque su traje era resistente, no era irrompible.
“Eh… esto es un poco vergonzoso” dijo, aunque no hizo nada por cubrirse. Ya había notado que ella lo estaba observando con mucha atención. Es decir, ¡se estaba distrayendo! Desconcertar al oponente era una de las tácticas de combate más útiles, y aunque aún no sabía si ella era su enemiga, lo mejor era obtener cualquier ventaja, sin importar el método.
“Tu!” le gruñó, tirando del lazo en su mano. Pero, para su sorpresa, Daniel no se movió ni un poco.
‘Tiene algo de fuerza’ pensó Daniel. Aunque no había logrado moverlo, eso no quería decir que no hubiera sentido el tirón. Algo que, sin duda, sería imposible de lograr para una persona común.
Con una actitud más cautelosa la mujer entrecerró los ojos, su mirada descendiendo por un instante antes de volver a subir y fijarse por completo en su rostro.
“¿Quien eres?” preguntó de nuevo, aumentando el brillo del lazo. Esta vez, Daniel sintió cómo el calor se intensificaba de forma peligrosa. Aún estaba lejos de causarle daño, pero la sensación de comodidad que antes lo envolvía había desaparecido por completo.
‘Un lazo que te obliga a decir la verdad… ¿Dónde he visto esto antes?’ se cuestiono, abriendo los ojos de par en par cuando los recuerdos comenzaron a regresar, poco a poco, a su mente.
Confundiendo su reacción, Diana sintió mucho más confianza y volvió a hablar:
“¡Responde, extraño! ¡El lazo te obliga!!”
Bajo la intensa mirada de Diana, Daniel sujeto el lazo dorado, envolviéndolo alrededor de su palma con firmeza y mostrándole su mejor sonrisa, dejó que su poder lo recorriera sin ver la necesidad de luchar contra él.
“Mi nombre es Daniel Evans, aunque algunos me conocen como Defiant. Y, a menos que haya llegado a otro planeta por accidente, estoy bastante seguro de que ambos venimos de la Tierra.”
Sus últimas palabras provocaron que los ojos de Diana se abrieran de par en par, y que, inconscientemente, su espada bajara, apuntando hacia una zona a la que ninguna espada debería apuntar jamás.
“¿¡También te crearon del barro!?” preguntó, completamente impactada, haciendo que Daniel la mirara con confusión.
“¿El barro? Eh… uh, no?” se apresuró a aclarar, señalando hacia el suelo mientras usaba sus dedos para mover la punta de la espada a un lugar menos peligroso
“Me refería al planeta.”
Ella se quedó en silencio. Su ceño se profundizó antes de que asintiera lentamente.
“Ya veo… mi error” Por alguna razón, Daniel creyó escuchar una ligera decepción en su tono.
Negando con la cabeza, Diana volvió a alzar su espada y apretó su agarre sobre el lazo, formulando otra pregunta de forma más tentativa.
“¿Cómo es que caíste desde las estrellas? ¿Acaso eres… un dios?”
“Bueno, no serías la primera en llamarme así. ¡Pero!” Daniel alzó un dedo.
“Que mi apariencia excepcional no te engañe: no tengo nada que ver con cosas tan abstractas como los dioses. Y respecto a lo primero… quizá necesitemos ponernos más cómodos, es una larga historia después de todo” agregó, estirando la mano para tomar la sábana blanca de la cama y comenzar a envolverla alrededor de su cuerpo como una especie de toga improvisada
“Tengo tiempo para una larga historia” dijo Diana, después de pensarlo unos segundos, retirando su espada y volviendola a envainar con un movimiento fluido.
“¡Perfecto! Y ya que conoces mi nombre, ¿por qué no me dices el tuyo? Quiero decir, no puedo seguir llamándote hermosa dama del lazo en mi cabeza todo el tiempo, ¿cierto?”
Eso la hizo sonreír ligeramente.
“Me llamo Diana, hija de la reina Hipólita. Princesa y campeona de las amazonas” dijo, presentándose adecuadamente.
“¿Una princesa, eh? Es la primera vez que conozco a una. Sin duda es un honor su alteza!” exclamó con una sonrisa.
“¿Una simple inclinación bastara o debería arrodillarme también?” preguntó, inclinando el torso en una imitación ligeramente exagerada de un saludo que había visto en alguna serie de televisión.
Diana miró sus extrañas acciones con una mezcla de diversión y desconcierto. Esto no era, en absoluto, lo que había esperado al conocer a un hombre. Sus hermanas, y especialmente su madre, siempre habían hecho que sonara como si cada uno de ellos fuera una especie de terrible ser maligno, pero el que tenía delante estaba claramente lejos de ser así.
De hecho, era bastante agradable… Negando con la cabeza, aflojó el agarre del lazo en su mano, haciendo que la luz dorada se atenuará.
“Con la inclinación bastará.” dijo, señalando hacia una de las puertas en la habitación.
“Vamos, tengo un lugar mejor para nuestra charla.” Con eso, se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Por su parte la actitud juguetona de Daniel se desvaneció al mismo tiempo que la luz dorada disminuia.
Con las cejas fruncidas, no pudo evitar que sus mejillas se tiñeran ligeramente de vergüenza. No esperaba que, al no resistirse al poder del lazo, sus viejos hábitos al tratar con chicas regresaran tan fácilmente.
‘Si que eres un objeto aterrador, ¿no?’ pensó, mirando la cuerda en su mano.
Suspirando, miró la espalda de Diana mientras esta se alejaba, antes de encogerse de hombros y seguirle el paso. Ya que estaba aquí, bien podría aprovechar su buena suerte y conseguir otra gran aliada para su futuro grupo heroico.
Y si de paso se ganaba el aprecio de la hermosa princesa amazona… bueno, ¿quién era él para negarse?
‘muy aterrador’ pensó de nuevo, apretando el lazo con más fuerza.
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Nota:
¡Poco más de siete mil palabras!
Originalmente, esto eran dos capítulos, pero mientras escribía pensé que lo mejor sería unirlo todo en uno solo. Por eso tardó un poco más en salir.
Trabajar con personajes nuevos siempre es complicado, especialmente cuando sus historias de origen son tan inconsistentes. Intenté leer todo el material original sobre Wonder Woman que me fue posible, pero las diferencias entre cómo distintos autores la retratan a ella y a su historia realmente hicieron el trabajo difícil.
Al final, como es habitual, tomé solo los elementos que creo que encajan mejor con esta historia y su desarrollo. Por supuesto, no podré explorarlo todo, aunque quisiera, así que no se sorprendan si algunas cosas se ven simplificadas mientras que otras reciben mucha más atención.
Con tantos personajes, ciertamente es difícil darles a todos el tiempo en pantalla que merecen. Y aunque seguiré incluyendo más, quiero dejar claro que el foco principal estará puesto solo en aquellos que serán verdaderamente importantes.
Dicho eso, ¡espero que el capítulo les haya gustado!
Como pequeño spoiler: aunque Diana cree que nació del barro, en realidad estoy usando su origen como hija de Zeus.
Bueno, me despido. ¡Gracias por el apoyo!
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