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Still Defiant! [Marvel/DC] ESP - Capítulo 73

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Capítulo 73: 73: Aprendizaje feroz

73: Aprendizaje feroz

¡BOOM!

Fue como una docena de truenos retumbando sobre la tierra. Ya fuera Daniel o Diana, ambos abrieron los ojos de par en par con sorpresa al sentir como la fuerza del otro los sacudía, recorriendo sus cuerpos como interminables olas violentas.

Pese a que el encuentro apenas duró una fracción de segundo antes de que se vieran obligados a retroceder y volver al suelo, para seres como ellos, capaces de percibir el mundo a velocidades inimaginables, bien podría haber sido un intenso enfrentamiento de varios minutos del cual ninguno resultó ser el vencedor.

‘Es más fuerte de lo que esperaba’ pensó Daniel con cierto asombro.

Si bien, gracias a su meta-conocimiento, sabía que ella era poderosa, no imaginó que lo sería hasta este punto. No sabía cuánta de su verdadera fuerza había usado Diana hace un momento, pues, sin duda, se había contenido, al igual que él, ya que ninguno buscaba matar o herir de gravedad al otro.

Pero incluso esa pequeña muestra fue suficiente para que comenzara a reevaluar su nivel de amenaza.

‘Inconscientemente pensé que sería más débil que Carol, pero no tomé en cuenta una diferencia crucial.’

En sus memorias de su vida pasada, muchas de las versiones alternativas de Diana en otros universos eran ‘casi’ comparables a Superman, a menudo refiriéndose a ella como la única capaz de hacerle frente, pero sin llegar a ser completamente su igual.

Eso inevitablemente lo había llevado a asumir inconscientemente que la fuerza de Diana debería estar ligeramente por debajo de la de Carol, pero lo que sintió ahora mismo contradecía por completo tal idea.

‘Olvidé tomar en cuenta la diferencia de tiempo’ pensó, comprendiendo rápidamente el problema.

Un kryptoniano no era fuerte únicamente por estar cerca de una estrella amarilla.

Aunque esa cercanía indudablemente ayudaba a despertar sus habilidades ocultas y los elevaba a alturas casi divinas, todavía existían otros factores que determinaban el poder que obtenían al absorber la energía de la estrella, incluso siendo miembros de la misma especie.

Y entre todos esos factores, sin duda, el más importante y decisivo era el tiempo.

Una Carol de menos de veinte años, aunque fuerte, todavía estaba lejos de ser comparable con un Clark de más de treinta.

Y la mujer que estaba frente a él era alguien que, como mínimo, podía equipararse con dicho hombre en su mejor momento.

Si no fuera por su reciente aumento de fuerza, su breve encuentro anterior seguramente habría terminado de una forma muy distinta.

A la vez que reflexionaba sobre ello, Daniel echó un vistazo a su alrededor, soltando un ligero suspiro de alivio al ver que la sala de entrenamiento seguía en pie a pesar de todo.

Por un momento temió que se derrumbara, pero por suerte parecía que las protecciones mágicas eran bastante fiables… en su mayor parte.

‘Esa onda de choque se extendió demasiado…’ pensó, mientras observaba las pequeñas grietas, casi imperceptibles, que se habían formado en el techo. Eso lo preocupó un poco, pero no tuvo tiempo de seguir contemplando los daños.

Moviéndose por puro instinto, levantó el brazo con rapidez y bloqueó un puñetazo que se dirigía directamente hacia su rostro.

BANG!

Los ojos de Daniel se entrecerraron. Usando su otra mano, apenas logró atrapar el segundo golpe antes de que este alcanzara su hígado.

El ataque fue potente, lo bastante como para casi enviarlo a volar por los aires, pero Daniel no lo permitió. Usando el apalancamiento espacial que su poder de vuelo le otorgaba, neutralizó la mayor parte de la energía cinética del impacto y se mantuvo firme en su posición. Sus pies apenas elevándose unos centímetros antes de volver a tocar el suelo.

Entonces contraatacó. Su pierna se lanzó como un látigo, buscando clavarle un rodillazo en el costado. Sin embargo, la amazona reaccionó de inmediato. Con un movimiento fluido, interceptó el ataque con su muslo, bloqueándolo con facilidad mientras intentaba nuevamente golpearlo en el rostro.

En apenas tres segundos, docenas de movimientos a gran velocidad fueron desatados. El suelo bajo sus pies se hundió, y los vientos a su alrededor se agitaron con tal fuerza que pequeños tornados comenzaron a formarse.

Daniel apretó los dientes esquivando por poco otro golpe que rompió el aire, rozando contra su mejilla y agitando su cabello de forma descontrolada.

‘¿Por qué diablos sigue apuntando a mi cara?’ se preguntó con desconcierto mientras intentaba poner algo de distancia entre ambos.

La razón, naturalmente, era por que apenas podía seguirle el ritmo.

Ella era demasiado buena, se movía con una destreza extraordinaria, con una gracia sobrehumana. Esquivar, bloquear e intentar contraatacar le estaba exigiendo mucho más de lo que había esperado. A pesar de que ya sabía que se encontraría en esta situación cuando decidió pelear, todavía no pudo evitar sentir cierta impotencia.

No ayudaba que, con cada segundo que pasaba, ella pareciera más entusiasmada, más frenética, con una sonrisa cada vez más amplia extendiéndose por su rostro y un brillo feroz intensificándose en sus ojos.

‘Esto trae recuerdos’, pensó y sin que se diera cuenta las comisuras de sus labios comenzaron a elevarse.

Si alguien preguntara si Daniel era un experto en las artes del combate, la respuesta sería, sencillamente, no.

En su primera vida, tras graduarse de la universidad e iniciar su independencia como adulto, su contacto con los deportes de contacto se limitó, en gran medida, a mirar de vez en cuando combates de la UFC o campeonatos de boxeo en su tiempo libre.

Sin embargo, eso no quería decir que no hubiera participado o entrenado antes. En su adolescencia incluso llegó a involucrarse en algunas peleas amateurs semioficiales y en muchas otras no tan oficiales.

La razón de ello, evidentemente, era su hermano mayor: un auténtico fanático del combate, amante de los deportes extremos y de la adrenalina, que a menudo lo utilizaba como saco de boxeo para probar sus “movimientos” y entrenar.

Desde una perspectiva externa, quizá pudiera parecer que su hermano lo intimidaba; pero la realidad era que Daniel participaba de buena gana, dejándose arrastrar por sus imprudencias y acompañándolo en sus locuras, incluso cuando estas los metían en serios problemas casi todo el tiempo.

Fue él quien le enseñó a defenderse de los acosadores cuando eran niños, quien lo animó a esforzarse a pesar de no tener un gran talento para los deportes y quien lo ayudó a sentar las bases que, finalmente, le permitieron convertirse en un peleador más que decente en esta nueva vida.

Pero ser ‘más que decente’ era apenas suficiente cuando te enfrentabas a un verdadero monstruo, dotado de habilidades y técnicas perfeccionadas a lo largo de cientos de años de entrenamiento.

‘Es como en el pasado’, pensó, justo cuando un puñetazo lo golpeó de lleno en el abdomen, enviando una punzada de dolor por todo su cuerpo.

La sensación de estar a la defensiva, de hacer todo lo posible para seguir el ritmo y de intentar no caer a pesar de sentirse completamente superado…

Fue muy nostálgico.

‘Pero yo ya no soy el mismo.’ Y, como para demostrárselo, su cuerpo se movió con una explosividad repentina.

Antes de que Diana pudiera reaccionar del todo, él ya había acortado la escasa distancia entre ambos y estrellado su puño contra su vientre, exactamente de la misma forma en la que ella lo había hecho con él unos momentos antes.

El atronador impacto hizo que la amazona se doblara ligeramente mientras el aire explotaba detrás de ella.

Su sonrisa emocionada se quebró; una mueca de dolor se dibujó en sus hermosos rasgos por un breve instante, antes de recomponerse y volver a aquella expresión de alegría casi maníaca.

Daniel se preguntó si todos los amantes del combate nacían con una mirada como esa o si era algo adquirido… Aunque, al ver el reflejo de su propio rostro en aquellos ojos azules, quizá fuese lo último..

Ninguno dijo nada; no hubo pausa. Apenas intercambiaron una mirada fugaz y, en el instante siguiente, ya se estaban moviendo.

Demasiado veloces para ser percibidas a simple vista, sus siluetas atravesaron la enorme sala de un extremo a otro en un intercambio de ataques cada vez más feroz.

Rebotando contra las paredes, chocando contra los pilares, se impulsaron desde ángulos imposibles, atravesando cualquier obstáculo en su camino como si nada pudiera detenerlos.

Sus pies apenas rozaban el suelo antes de abandonarlo con la misma rapidez. En su estela, las tenues imágenes residuales que dejaban a su paso apenas empezaban a desvanecerse cuando varias docenas más ya se habían formado a su alrededor.

Las grietas se extendieron por la sala como telarañas; el terreno circundante deformándose por donde quiera que pasaran. Los encantamientos de protección apenas lograban sostenerse ante sus constantes colisiones, la magia que los mantenía consumiéndose de forma visible, hasta que algunos ya no pudieron seguir mitigando el daño y comenzaron a romperse.

Cruzando los brazos frente a ella, Diana bloqueó hábilmente una potente patada lateral. Aun así, no pudo evitar ser lanzada hacia atrás con violencia, volando sin control por los aires.

Con un giro brusco obligó a su cuerpo a reacomodarse a mitad del trayecto, logrando aterrizar en cuclillas. Sin embargo, el impulso todavía la arrastraba, por lo que sin dudar se inclinó de inmediato y hundió los dedos en el suelo para frenar su retroceso. Sus manos y pies cavando profundas zanjas en la tierra antes de que finalmente consiguiera detenerse.

Estaba lista para lanzarse de nuevo a la batalla, pero antes de que pudiera hacerlo, sus instintos, afilados tras incontables años, le gritaron, haciendo que sus pupilas se contrajeran y su piel se erizara.

Intentó levantar la guardia, pero ya era demasiado tarde. Lo único que alcanzó a hacer fue apretar los dientes y fruncir las cejas.

¡BANG!

El puño de Daniel se hundió en su mejilla, haciendo que su cabeza se ladease bruscamente por la fuerza, mientras un crujido resonaba en su cuello. El sabor metálico de la sangre inundó su paladar y un dolor sordo se instaló en su mandíbula.

Un golpe tan devastador, capaz de derrumbar incluso una montaña, habría bastado para terminar cualquier otra pelea. Sin embargo, en este enfrentamiento lo único que consiguió fue acelerar el corazón de Diana y avivar aún más la llama de su espíritu.

¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que sangró? ¿Desde la última vez que sus músculos ardieron por el esfuerzo y el sudor empapó su cuerpo?

Diana apenas lo recordaba, como vagas imágenes que amenazaban con desvanecerse ante la más leve brisa. Casi había llegado a creer que quizá nunca volvería a sentir nada igual, que jamás podría volver a disfrutar del placer de la batalla.

Se alegraba tanto de haberse equivocado.

Su mano se alzó con rapidez, atrapando la muñeca de Daniel entre sus dedos antes de que pudiera retirar el brazo.

Entonces tiró de él, atrayéndolo con fuerza hacia ella. Intentó resistirse, pero la distancia entre ambos ya era demasiado corta y, antes de que pudiera defenderse, Diana ya había estrellado su cabeza contra la suya.

CRAC!

Por un segundo Daniel sintió cómo su visión se nublaba, oscilando entre la realidad y la inconsciencia, mientras que Diana casi creyó ver estrellas.

Ambos se detuvieron en seco, tambaleándose un paso hacia atrás con torpeza. Por primera vez desde que comenzó su encuentro, ninguno siguió atacando; en cambio hicieron una pausa, inhalando y exhalando pesadamente en un intento de recuperar el aliento.

La sangre escurrió como una cascada desde la nariz de Daniel; su puente nasal estaba torcido en el ángulo equivocado, aplastado, claramente fracturado.

No era su única herida. En este momento su habitual tono de piel claro solo sirvió para acentuar el mosaico de moretones que le cubría el cuerpo, junto con varios arañazos y raspones. De haber continuado la pelea, temía que incluso habría acabado con una o dos marcas de mordidas.

Sorprendentemente, no estaba completamente desnudo.

Contra todo pronóstico, la sábana blanca que había usado como toga improvisada había resistido el castigo… Más o menos. Ahora era apenas un jirón de tela sucia y andrajosa que preservaba su modestia a duras penas. Aun así, era un testimonio asombroso de la resistencia del material que no se hubiera desintegrado tras la intensidad del combate.

Diana no se encontraba en mejor estado. Al igual que él, su cuerpo era un catálogo de contusiones y cortes superficiales. Con la herida más grave localizada en su labio inferior: una profunda hendidura de la que aún brotaba sangre, tiñendo su barbilla y deslizándose por su cuello.

Su vestimenta, aunque en menor medida que la de Daniel, también estaba destrozada: la armadura mostraba abolladuras profundas y grietas sinuosas, mientras que las partes de cuero y tela estaban cubiertas de desgarros.

Probablemente lo que más sufrió de su aspecto fue su largo cabello. Daniel no era un hombre temeroso que dudara en aprovechar cualquier ventaja; en una pelea real, etiquetas como mujer u hombre carecían de importancia. Así que, naturalmente, la había agarrado del cabello en más de una ocasión.

Esa táctica le había valido varios contraataques devastadores por parte de la amazona, y a ella, mechones arrancados de raíz que convertían su antes hermosa melena oscura en una maraña desgreñada, con algunas secciones de cabello más cortas que otras.

En resumen, ambos parecían haber salido de una pelea contra una jauría de perros.

Un resultado inevitable, después de todo, llegado cierto punto, cualquier verdadera pelea dejaba de ser una demostración de destreza y técnicas, pasando a convertirse en algo más visceral y brutal, donde el único objetivo se convierte en ser el último en pie y perder el control durante el proceso resulta demasiado fácil.

Fue bueno que ninguno de ellos buscará matar o herir de gravedad al otro… de lo contrario, las cosas podrían haberse vuelto mucho peores.

Dejando escapar un profundo y áspero suspiro, Daniel sintió cómo la neblina de adrenalina que había nublado su mente comenzaba a disiparse, permitiéndole pensar con claridad de nuevo.

Necesitaban detenerse.

No es que no pudiera seguir. Si quisiera, podría activar su núcleo para deshacerse de todo el dolor y cansancio, regresando a su mejor estado en cuestión de segundos. Pero no había necesidad, esta pelea había sido una prueba, un intento de tantear sus nuevos límites y descubrir en lo que necesitaba mejorar. Por eso había mantenido el núcleo desactivado desde el principio.

No hacía falta decir que ese objetivo estaba más que cumplido.

‘Estamos a la par’ pensó, observando a Diana. Ya fuera en velocidad, resistencia, durabilidad o fuerza bruta, el encuentro le había demostrado que ninguno poseía una ventaja clara sobre el otro. Por supuesto, ambos se habían contenido hasta cierto punto, pero aun así, Daniel intuía que, incluso dándolo todo, sus niveles de poder no diferirían significativamente.

Teniendo eso en cuenta, entonces ¿cómo era posible que no hubiera perdido de manera miserable?

Dado que sus condiciones físicas eran equiparables, la clave para la victoria residía, obviamente, en la habilidad y la experiencia. Y en ese terreno, la ventaja de Diana era indiscutible.

Al principio del encuentro, Daniel apenas logró defenderse: la amazona ostentaba una superioridad abrumadora en todos los aspectos, a menudo utilizando movimientos que él ni siquiera sabía que existían o que fueran posibles hasta este día.

Perder no habría sido una gran sorpresa; de hecho, se había preparado para ese resultado. Pero a mitad del combate, mientras recordaba el pasado y las enseñanzas de su hermano, junto con su molesta e irritante expresión de superioridad cuando le pateaba el trasero, una chispa de desafío se encendió en él.

Quizá en su primera vida, cerrar una brecha de habilidad tan colosal habría sido imposible sin años de esfuerzo y entrenamiento brutal.

Pero en esta segunda vida nada era imposible.

Aprovechando su capacidad de procesamiento superior y su memoria casi fotográfica, Daniel aprendió y se adaptó sobre la marcha. Analizando cada uno de sus movimientos, hizo que Diana se convirtiera en su instructora involuntaria, forzándola a revelarle, golpe a golpe, las claves de su estilo de combate.

Claro que el proceso no fue perfecto. Con diferencias “biológicas” tan marcadas entre ambos, había cosas que él sencillamente no podía imitar, incluso si quisiera.

Aun así, lo que sí logró asimilar fue suficiente: un punto de partida perfecto, una semilla de conocimiento desde la que comenzó a construir algo nuevo y mejor. Pronto corrigió los defectos y carencias de su estilo anterior e ideó nuevos movimientos que probó de inmediato contra ella, descartando los ineficaces y refinando los efectivos.

Los expertos no mentían: la mejor forma de aprender a pelear era, simplemente, haciéndolo.

Solo al enfrentarte a un rival que te supera es que puedes sacar lo mejor de ti, exprimiendo tu potencial. Y aunque Daniel nunca había sido el combatiente más hábil o más talentoso, esa aparente ‘mediocridad’ pasada fue precisamente lo que lo impulsó, avivando su determinación de llegar más lejos.

En esta vida no podía conformarse solo con ser “decente” o “medianamente bueno”; si existía la posibilidad, quería ir más allá, hasta alcanzar alturas que jamás habría imaginado, no solo en las artes marciales, sino en todos los demás aspectos de su vida.

‘Este fue un gran paso para lograrlo, pero… ya es suficiente’. Si continuaban, toda la sala de entrenamiento podría derrumbarse, sin mencionar el daño que acabarían infligiendo a la isla.

Fue algo decepcionante; sentía que aún tenía mucho por aprender y que quedaba un amplio margen de mejora. Sin embargo, no se dejó llevar por la codicia: seguía siendo un héroe y poner en peligro a otros no era algo que le agradara. Si quería continuar con peleas de este nivel, debía hacerlo en un lugar más seguro, preferiblemente lejos de cualquier tercero que pudiera resultar herido por las secuelas.

“Me rindo…” dijo sin pensarlo demasiado.

No es que fuera modesto; de hecho, sentía que si seguían así, con su cuerpo acumulando heridas y cansancio, el primero en caer sería él. Incluso si había reducido gran parte de la brecha entre ambos, todavía no la había cerrado por completo, y esa mínima diferencia podía ser lo que finalmente llevará a Diana hacia la victoria.

‘Que increíble’ pensó, mirándola con sincera admiración y al mismo tiempo con anticipación. No había olvidado que Diana todavía no estaba luchando en serio; después de todo, no estaba usando ni su espada ni su lazo. Si ya resultaba tan fuerte utilizando solo los puños…

¿cuán letal sería una vez tomara sus armas?

Solo de imaginarlo le puso la piel de gallina, reafirmando su deseo de aprender de ella. Aún no olvidaba su pequeña meta de obtener su propia arma única. Quizá seguía siendo un objetivo lejano, pero deseaba estar preparado para cuando llegara el momento; de lo contrario, se vería ridículo si solamente la agitara como si fuera un palo contra sus enemigos.

Mientras se perdía en sus pequeñas fantasías, Diana, frente a él, se estremeció al escuchar sus palabras.

Sus ojos, antes ligeramente nublados por el desbordante estímulo de dopamina que su cerebro había estado secretando sin control, recuperaron un destello de lucidez y se clavaron en los de él con desconcierto, como si su mente no lograra comprender del todo lo que acababa de oír.

‘¿Se rinde?…’ Era absurdo. Él seguía en pie. Ella aún tenía fuerzas para continuar. Ambos podían hacerlo… ¿y él quería detenerse ahora?

Describir la abrumadora avalancha de sentimientos que la recorrieron en este momento sería difícil, quizá incluso imposible.

Tal vez solo Diana misma podría comprender cuán grande había sido su anhelo y cuán larga su espera. Cuántas noches de insomnio, revolviéndose entre las sábanas, había pasado imaginando este día, soñando con este instante en el que, al fin, podía volver a sentirse como una guerrera, como una verdadera amazona.

Y justo cuando finalmente lo había conseguido… ¿iba a terminar así?

Por un segundo, la ira inundó cada rincón de su conciencia. Sus dientes rechinaron con un crujido audible. Cada músculo de su cuerpo se tensó de golpe, y las venas resaltaron bajo su piel como cables de acero bajo presión.

Daniel frunció el ceño al notar sus cambios. Todos sus instintos se encendieron de inmediato, advirtiéndole del peligro. Un pesado silencio descendió sobre ellos y, por un instante, temió que ella se lanzara contra él de nuevo, obligándolo a una confrontación final en la que no tendría más opción que someterla por la fuerza.

Por suerte, eso no ocurrió.

“No lo acepto…” El tono de su voz fue bajo, cargado de un desánimo evidente. Como un globo que se desinfla, toda su postura se derrumbó de repente: sus hombros cayendo con desgana e impotencia.

Una victoria como esta… Diana no la quería.

Al verla en ese estado, Daniel se preocupó un poco. De cierta forma podía entenderla, pues quienes eran competitivos por naturaleza solían ser los más obstinados cuando no aceptaban un resultado, lo sabía porque él también era así… en menor medida.

“Entonces… digamos que fue un empate.”

Otro estremecimiento la recorrió. Su mirada se clavó en él durante varios segundos; parecía querer decir algo, y sus labios se abrieron y cerraron varias veces antes de que, con un leve apretón de mandíbula, decidiera contenerse.

Negando con la cabeza, Diana escupió un coágulo de sangre al suelo antes de desviar la mirada. Sus ojos enrojecidos recorrieron la sala de entrenamiento distraídamente, y una mueca se dibujó en su rostro al notar por fin los daños estructurales que había por todas partes. El lugar era un desastre, uno que milagrosamente aún se mantenía en pie.

Arreglarlo iba a llevar un tiempo.

Bueno, al menos era un buen proyecto con el que ocupar algunas de sus innumerables horas libres… Sin poder evitarlo, su mente comenzó a divagar rápidamente, intentando no pensar más en la frustración que ahora la consumía.

Claramente no estaba contenta, pero no era una niña que hiciera un berrinche solo porque no conseguía lo que quería. Ella era una amazona, una princesa y, por encima de todo, una campeona. Sabía cómo contener sus emociones; lo había hecho durante siglos.

Entonces, ¿por qué no podía dejar de fruncir el ceño?

“Creo que tus hermanas se dieron cuenta de algo” Daniel interrumpió sus pensamientos, su mirada alzándose hacia el techo, ya escuchando una gran agitación gestándose en la superficie.

Diana también lo oyó. Antes lo había estado ignorando, pero ahora no podía seguir haciéndolo. Con un suspiro, comenzó a pensar en varias excusas; ocultar lo que pasó no sería difícil, aunque hacerlo no le agradaba.

Mentir era algo que muy rara vez hacía pero dadas las circunstancias no es que tuviera muchas opciones.

“Vamos” dijo, yendo hacia donde su lazo y su espada yacían tirados para recogerlos, evitando en todo momento volver a mirarlo, porque sentía que, de hacerlo, no sería capaz de contenerse y terminaría lanzándose contra él de nuevo.

Al ver su figura caminando hacia la salida, Daniel permaneció pensativo por un momento. Luego negó con la cabeza y suspiró. Con la sangre aún escurriendo de su nariz, la siguió en silencio, ignorando el dolor que le provocaba moverse.

.

.

.

No mucho tiempo después, Daniel se encontró sumergido en una especie de jacuzzi mágico. La forma en la que funcionaba escapaba a su comprensión, pero, de algún modo, sus frías aguas cristalinas, teñidas de un azul cian, mecían su cuerpo con una suavidad reconfortante, revitalizando su ser y desvaneciendo poco a poco la agonía de sus músculos y huesos magullados.

Valió totalmente la pena haber desistido de usar su núcleo para curarse. No es que le gustara estar herido, pero existía cierta satisfacción en dejar que las heridas tras una intensa batalla se curaran por sí solas que pocas cosas podrían reemplazar.

Así que a menos que fuera estrictamente necesario Daniel lo prefería así; después de todo, no quería volverse demasiado dependiente de su núcleo, aunque en este punto esa ya era una batalla perdida.

‘Me pregunto cómo estarán yendo las cosas allá afuera’

Decir que no estaba algo preocupado sería mentir, con el mundo siendo tan caótico como era, no sabía cuando un gran acontecimiento podría irrumpir de improviso. Y aunque confiaba en que sus aliados podrían mantener la situación bajo control, aún prefería estar allí si algo realmente sucedía.

‘Debo regresar pronto’ Había muchas cosas que necesitaba hacer, algunas más importantes que otras, pero ninguna que pudiera ignorarse por demasiado tiempo.

Ser un héroe sí que era ajetreado. Sinceramente, no sabía cómo aquellos sin superpoderes eran capaces de hacerlo. Quizás un día debería hablar con alguno de esos tipos y preguntar; sin duda, le vendrían bien unos cuantos consejos para gestionar mejor su tiempo.

Con el sonido de pasos acercándose llegando a sus oídos, Daniel salió de sus pensamientos y volvió la mirada hacia la entrada de la habitación desde donde vio a Diana aparecer.

Atrás quedó la imagen de la feroz y hermosa guerrera; su maltrecha armadura había sido reemplazada por un peplo púrpura con detalles oscuros. La prenda, aunque holgada y fluida, poco hacía por ocultar su impresionante figura, dotándola de un aire casi artístico, como si una antigua estatua griega de mármol hubiera cobrado vida y se encontrará caminando hacia él.

Pero, dejando de lado el cambio de atuendo, lo que sin duda más destacaba de su apariencia actual era lo que había sucedido con su cabello.

Debido a lo maltratado que había quedado tras la pelea, Diana había decidido simplemente usar su espada para arreglarlo. Así, donde antes hubo una larga y magnífica melena oscura, ahora lucía un corte que apenas rebasaba los hombros, con algunas secciones ligeramente desiguales, aunque apenas perceptibles.

Sorprendentemente, aquello no la hizo ver mal, sino que, en cambio, le dio un aire más rebelde y juvenil; e incluso sin adornos ni maquillaje, y pese a los moretones aún visibles en su piel, ella seguía resultando deslumbrante a la vista.

Daniel se lamentó en silencio una vez más por todas aquellas mujeres comunes que existían en este mundo.

Fue realmente desafortunado para ellas tener que vivir en el mismo lugar donde las supermodelos podían aparecer de repente de cualquier esquina…

Claro que, para él, no fue tan malo, ya que sin duda apreciaba las vistas. Pero, seguramente, en algún rincón habría una joven que, tarde o temprano, sufriría una enorme crisis existencial cuando las calles comenzaran a llenarse con todas esas superheroínas demasiado atractivas.

‘Solo puedo dar mis condolencias’ pensó con una sonrisa ligeramente irónica.

Al notar su extraña expresión, Diana alzó una ceja y se preguntó en qué estaría pensando.

Sus hermanas siempre le habían dicho que los hombres eran seres tontos y simples, guiados únicamente por sus instintos más primitivos. Sin embargo, al conocer finalmente a uno, se dio cuenta de que las cosas eran muy diferentes. Al menos Daniel distaba mucho de la imagen que todas las demás amazonas tenían sobre ellos.

“Está todo bien?” Daniel preguntó y Diana asintió.

“Me encargué de todo.” Su pelea había generado cierto pánico debido a los constantes temblores que provocó, pero Diana logró disipar las dudas y calmar las aguas fácilmente. Como princesa y campeona de las amazonas, su palabra tenía demasiado peso y si ella decía que nada estaba mal, entonces nada estaba mal.

Su excusa tampoco fue complicada; solo necesito decir que se encontró con un nuevo monstruo mientras exploraba las profundidades de la isla, y todas le creyeron. Después de todo, era algo que ya había ocurrido varias veces en el pasado así que nadie lo cuestionó.

Eso también explicó sus heridas. Por suerte, la mayoría eran solo moretones superficiales, muchos de los cuales ya habían sanado gracias a su extraordinaria capacidad de recuperación natural, por lo que nadie se alarmó demasiado; al fin y al cabo, la mayoría de sus hermanas solía terminar peor en sus propias peleas de entrenamiento, a menudo con más de un hueso roto.

Así, Themyscira pronto regresó a la normalidad, como si fuera cualquier otro día, sin que nadie más que ella y Daniel supieran lo que realmente había sucedido.

“Te traje algo de ropa” dijo Diana, alzando el conjunto que llevaba entre las manos: un chitón blanco y sencillo que había tomado de su propio armario.

No es que no quisiera ofrecerle algo mejor, pero la mayoría de las prendas en la isla no eran adecuadas para su complexión física. Por suerte, Diana tenía demasiada ropa que no usaba por lo que pudo traer algo que pensó que le quedaría sin verse extraño.

“Gracias” le agradeció Daniel. Entonces se puso de pie y salió del pozo curativo, acercándose a ella.

Diana parpadeó. Sus ojos recorrieron su cuerpo por un instante, siguiendo el agua que resbalaba por sus músculos tonificados hasta detenerse bajo su cintura. Su mirada congelándose brevemente en esa zona antes de que la apartara con rapidez, un leve rubor tiñendo sus mejillas.

A diferencia de antes, cuando lo habría observado con descaro sin importarle su desnudez, ahora era consciente, gracias a su charla previa con él, de los conceptos de decoro, decencia y pudor que existían más allá de Themyscira.

Conceptos muy extraños que no entendía del todo, pero que una vez conoció, provocaron que en ella brotara una sensación de vergüenza que antes no había existido.

Claro que aún se estaba adaptando a ellos. De otro modo, si fuera una mujer común del mundo exterior, ni siquiera habría entrado en la habitación, arriesgándose a mirar lo que no debía. También se habría dado cuenta de lo descarado que resultaba el propio Daniel al no sentir la menor vergüenza por mostrarse desnudo frente a una mujer a la que apenas conocía.

“Parece que estás más animada. ¿Ya te has calmado? ” preguntó Daniel mientras se vestía, ignorando deliberadamente el rubor en su rostro.

Diana asintió, poniéndose más seria y volviendo la mirada hacia él.

“Quiero disculparme. Si no me hubieras detenido a tiempo, no sé qué habría pasado” dijo, recordando como había estado tan perdida en el desenfreno de la batalla que casi había olvidado todo lo demás, si Daniel no hubiera decidido que necesitaban parar, puede que realmente se hubiera dejado consumir por sus deseos de luchar y provocado un gran desastre.

“No te preocupes. Entiendo que a veces uno puede dejarse llevar cuando está en el calor del momento, también me ha pasado” No lo dijo solo para consolarla, pues él también había tenido ocasiones en las que cometió sus propios errores.

Lo importante era que nada malo había pasado y nadie había resultado herido… A excepción de ellos dos claro, pero, si él no se quejaba y ella tampoco, entonces todo estaba bien.

Intrigada por sus últimas palabras, Diana recordó que Daniel aún no le había contado su historia, ni por qué había caído desde las estrellas. En realidad, al pensarlo bien, él apenas había hablado de sí mismo, salvo su nombre y uno que otro detalle menor que había dejado escapar durante su primera conversación, Diana no sabía gran cosa sobre él.

Parecía que, sin querer, se habían saltado algunos pasos al conocerse. Sin embargo, tal desconocimiento no despertó en ella ningún tipo de desconfianza o cautela.

A veces se podía conocer mucho más de alguien al cruzar espadas o, en este caso, al chocar los puños, que manteniendo una larga conversación.

Solo a través de las sensaciones y emociones que él le transmitió durante la pelea, Diana comprendió muchas cosas: desde pequeños hábitos en su manera de moverse al combatir, hasta aspectos más profundos que apenas podía poner en palabras.

El lenguaje corporal rara vez mentía. Incluso cuando se intentaba controlar, al final era imposible evitar que ciertas cosas se escaparan de forma inconsciente. Y alguien como Daniel no era de los que fingían su manera de actuar si no lo consideraba estrictamente necesario: si estaba enojado, lo demostraba; si estaba feliz, sonreía. Su irritación podía sentirse en el aire, al igual que su tristeza.

En resumen, para cualquiera que apenas empezara a conocerlo, la primera impresión que les daría sería la de alguien honesto, quizá algo enigmático y, sin duda, complejo, pero por sobre todo confiable.

Todo eso hizo que resultara fácil para Diana bajar la guardia a su alrededor.

“De todos modos, creo que ya casi es hora de que me vaya. No quiero abusar de tu hospitalidad ni meterte en problemas si es que alguien descubre que estoy aquí.” dijo Daniel de repente, haciendo que Diana frunciera el ceño y apretara los labios.

“¿Tan pronto?” Diana se mostró reacia. Aún había mucho que quería saber, muchas preguntas por hacer. Si se iba ahora, ¿alguna vez volvería a verlo? ¿Qué pasaría entonces con su batalla inconclusa?

Diana no creía que él realmente hubiera aceptado un empate ni una derrota; lo había visto en sus ojos, esa chispa de querer ganar, de no estar dispuesto a rendirse. Sabía que, en ese momento, Daniel solo había dado un paso atrás para evitar que la situación escalara, pero en el fondo sintió que una parte de él tampoco había querido detenerse.

“¿No esperabas que me quedara escondido aquí en tu cueva para siempre, cierto?” Daniel bromeó, pero al ver que ella no parecía divertirse, su sonrisa se atenuó.

No necesitaba ser un lector de mentes para comprender por qué ella no se veía muy entusiasmada con su partida. Así como Diana había llegado a entender más sobre él a través de su combate, él también había hecho lo mismo con ella. Era una comprensión que no requería palabras complejas ni largas explicaciones, y precisamente por eso era difícil describirla.

Fue una conexión extraña, aunque al mismo tiempo simple y directa.

“Sabes, no es que no pueda volver de visita otro día” dijo, haciendo que ella levantara la cabeza, con una expresión de sorpresa y duda en el rostro.

“¿Olvidaste el velo mágico que cubre la isla, del que te hablé? Una vez salgas de las fronteras de Themyscira, es imposible volver a encontrarla, a menos que seas una amazona” explicó nuevamente, recordándole por qué la isla permanecía aislada del mundo de los hombres.

“La isla cambia de ubicación?”

Diana no sabía por qué lo preguntó, aun así respondió, negando con la cabeza.

“Entonces puedo volver” le aseguró él con extrema confianza.

No importaba lo remota que fuera la ubicación de Themyscira. Mientras ésta permaneciera en el mismo lugar, incluso si para otros resultaba imposible hallarla, para Daniel sería solo cuestión de volar lo suficientemente cerca y, tarde o temprano, atravesaría el velo que la ocultaba.

Por no mencionar que podría simplemente volar hacia el espacio y, desde allí, observar hacia abajo. Incluso si lo único que veía era agua, su mente recordaría perfectamente la ubicación y el área circundante, haciendo sencillo volver a encontrarla más tarde.

“Entonces esperare tu regreso” Diana no dudo, aunque no sabía de dónde venía su confianza, ella creyó que no mentiría.

“Prometo que no será una espera muy larga, princesa. Después de todo, todavía tengo una historia que contar… además de obtener mi revancha.” la mención de la revancha hizo que el ánimo de Diana se elevara de inmediato.

“Necesitaremos una sala de entrenamiento más resistente.” La expectativa de un nuevo enfrentamiento encendió su entusiasmo; en su mente ya comenzaban a formarse docenas de ideas para mejorar la sala destruida, lo que antes parecía ser solo un proyecto pasajero para matar el tiempo de repente se volvió en algo mucho más importante.

No hubo mucho más que decir. Ya que Daniel había prometido volver, una despedida dramática resultaba innecesaria. Por supuesto, no se iría con las manos vacías: antes de partir logró convencer a Diana de que le entregara un costal lleno de todo tipo de frutas.

Mientras la ayudaba a cosecharlas se enteró que ella usaba un tipo de magia específico para nutrirlas y acelerar su crecimiento. Daniel estaba convencido de que ese era el secreto de su sabor extraordinario, y sin dudarlo decidió que eso era algo que debía aprender a toda costa.

¿Magia para lanzar bolas de fuego o invocar rayos? ¡Aburrido! Como dueño de una granja, la única magia que Daniel necesitaba era la del cultivo.

Después de un tiempo, cuando la noche volvió a caer sobre Themyscira y el sol casi se había ocultado en el horizonte, Diana y Daniel llegaron a la costa menos visitada de la isla.

“Bueno, supongo que es hora” dijo Daniel, mirando con asombro las estrellas en el cielo. El paisaje que había encontrado al salir del escondite de Diana resultó mucho más impresionante de lo que esperaba; era un tipo de vista que ya no existía en el mundo exterior.

“¿Estás seguro de que no quieres un barco?” preguntó Diana mientras contemplaba el extenso mar sin fin. Se había ofrecido a conseguirle uno para su viaje, pero Daniel se había negado, asegurando que no era necesario.

Diana no sabía qué planeaba y, por un momento, incluso pensó que intentaría irse nadando. No es que aquello fuera una hazaña imposible para ellos, pero aun así creía que sería mucho menos problemático si simplemente usara un barco.

Daniel no le respondió directamente. Colocando el costal de frutas sobre su hombro, se giró, dándole la espalda al mar y mirando a Diana con una pequeña sonrisa en los labios.

“Supongo que hubo muchas cosas que me faltó decir sobre mi. Me gustaría quedarme un rato más y explicártelo todo, pero desafortunadamente todavía tengo asuntos que atender allá afuera.” Hizo una breve pausa antes de continuar.

“Aun así, creo que mostrarte esto servirá para aclarar un poco cómo terminé llegando aquí.”

Tras decir eso, y ante la mirada confundida de Diana, permitió que la familiar sensación de ingravidez llenara su cuerpo. A su alrededor, el viento comenzó a arremolinarse suavemente y, a sus pies, algunos granos de arena se elevaron, balanceándose junto a la brisa.

Diana abrió los ojos de par en par al presenciar cómo su figura se alzaba de repente, abandonando el suelo y flotando serenamente sobre la playa.

“¿Puedes volar?!” preguntó con ligera incredulidad, aunque la respuesta ya estaba frente a ella.

“De algún modo tenía que subir allí, ¿no?” dijo Daniel con una risa, apuntando hacia las estrellas distantes.

Bueno, al menos eso respondía a cómo es que cayó desde tan alto…

“¡Nos vemos! Espero regresar pronto.” Daniel se despidió, agitando su mano libre hacia la aún estupefacta Diana. No había necesidad de demorarse más; con un simple pensamiento, su cuerpo despegó, aumentando de velocidad poco a poco.

Diana tardó medio segundo en reaccionar. Para cuando quiso decir algo, él ya se había ido, atravesando las nubes y perdiéndose en el oscuro cielo de la noche.

La amazona permaneció en su lugar durante un largo rato. Incontables pensamientos cruzaron por su mente, pero el más claro de todos sin duda se reducía a una sola pregunta.

‘¿De verdad no eres un dios?’

A pesar de que él lo había negado con el lazo de la verdad en la mano, ella no pudo evitar dudar, por primera vez, de la veracidad de su afirmación.

Negando con la cabeza, despejó su mente de cualquier interrogante y se dio la vuelta, empezando a caminar de regreso hacia el corazón de la isla. Ya fuese mentira o verdad, supuso que tarde o temprano lo descubriría.

.

.

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‘Justo en la parte más central del océano Atlántico, eh?’ pensó Daniel, mirando el vasto mar bajo sus pies.

Al partir de Themyscira no se había alejado en una dirección específica, sino que había ascendido en línea recta, tal como lo había planeado desde el principio, hasta casi abandonar la atmósfera.

Esto le había permitido observar con mucha más claridad el terreno circundante a la isla y calcular su posición con casi total exactitud.

Ahora no había necesidad de vagar sin rumbo hasta toparse con ella. Podía volver cuando quisiera.

‘Para una aventura de un solo día, supongo que no estuvo nada mal’

No solo había descubierto por accidente uno de los lugares más recónditos del planeta, sino que también había conocido a un auténtico monstruo mitológico, presenciado un atisbo de magia, probado la fruta más exquisita y librado un combate cuerpo a cuerpo con una de las mujeres más peligrosas y hermosas del mundo.

Sin duda un buen día y una experiencia interesante, aunque aún le faltaron cosas por hacer, dado lo corto de su estancia, pero en su mayor parte estaba bastante satisfecho por cómo habían salido las cosas.

Parecía que su vida se vería cada vez más envuelta en situaciones extrañas y emocionantes como esta, y no sabía si sentirse feliz, expectante o muy preocupado.

‘Tal vez las cosas se vuelvan más difíciles, tal vez no. Pero no importa, ahora soy más fuerte y lo que sea que venga lo afrontaré sin temor’ pensó, con su determinación aumentando.

Ya fuera físicamente o en habilidad, sintió que estaba en su mejor momento; y, aunque aún podría mejorar más en el futuro, por ahora, por primera vez desde que llegó a este mundo, creyó que tenía la capacidad de proteger las cosas que le importaban.

Era el momento de ser más proactivo en su deber heroico… pero antes, había algo que debía resolver.

‘Es hora de averiguar qué diablos puedes hacer’ pensó, alzando la mano y observando los arcos eléctricos de energía azul que danzaban entre sus dedos.

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Nota:

Casi siete mil palabras!!!

Hubo contratiempos, bloqueos mentales a mitad de camino y problemas de insomnio pero finalmente!… Finalmente está aquí!!

Creo que me he estado centrando demasiado en hacer capítulos largos, trataré de hacerlos un poco más cortos pero con publicaciones más frecuentes.

Además de eso no tengo mucho que decir, escribir personajes en profundidad resulta tan difícil como siempre, escribir peleas lo mismo, quise ser más técnico, describir los movimientos de cada uno con más precisión, pero eso habría agregado relleno innecesario y difícil de traducir una vez lo pasará al inglés, así que al final decidí ser simple y directo, espero les haya gustado.

En el próximo capítulo finalmente nos centraremos en el descubrimiento de las capacidades de la energía cósmica y los cambios que esta ha causado en Daniel, quizá también veamos un poco de Susan y Johnny o de cómo le han ido las cosas a Peter después del ‘pequeño’ trauma que sufrió.

Para terminar, gracias por el apoyo y la paciencia!

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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