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Still Defiant! [Marvel/DC] ESP - Capítulo 80

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Capítulo 80: 80: Leyenda

80: Leyenda

14 de noviembre de 2007, cerca del atardecer.

BOOM!!!

“¡Carajo!” El capitán de la policía de Nueva York, George Stacy, maldijo quizá por quincuagésima vez en los últimos quince minutos.

Cubriéndose detrás de una de las patrullas que rodeaban el área, recargó su arma lo más rápido que pudo, ignorando el dolor de sus heridas, la más visible de ellas siendo un corte en su mejilla izquierda desde el cual la sangre emanaba.

“¡Mierda, mierda, mierda!” A su lado, uno de los nuevos oficiales que se habían incorporado recientemente bajo su mando temblaba sin parar, su voz teñida de pánico.

Era un chico joven, apenas salido de la academia. Estaba completamente verde y, en circunstancias normales, su mayor vistazo a la acción en sus primeras semanas habría sido detener a un par de ebrios peleando fuera de una discoteca.

Lástima para él que el mundo hacía tiempo había decidido que la normalidad necesitaba irse de sabático.

“¡Maldito idiota! ¡Deja de lloriquear y dispara!” Esta vez quien gritó también fue otra nueva incorporación, pero a diferencia del que seguía temblando sin hacer nada, la mujer no dejó que el miedo la venciera. Claro, también temblaba, estaba sudando, su traje nuevo tenía polvo y uno que otro corte, pero aun así apoyó a sus compañeros sin dudarlo.

A George le agradó. En tiempos como estos, los de su tipo eran los oficiales que más necesitaba.

“¡Oficial caído! Repito, ¡Oficial caído!” resonó por la radio, haciendo que George frunciera el ceño con más fuerza. Apretando los dientes, volvió a incorporarse y apuntó hacia el centro del desastre, su mirada fijándose en su objetivo al instante. No es que fuera difícil hacerlo.

Saliendo desde un gran agujero del ancho de un camión estaba la cosa más jodidamente fea que George hubiera tenido la desdicha de mirar.

Era enorme, pero mucho más alargado, elevándose al menos cinco metros de altura. Se retorcía como una serpiente grotesca y, a sus costados, sus delgadas pero poderosas piernas repiqueteaban una tras otra en rápida sucesión, decenas de ellas, creando un sonido espeluznante.

Pero la peor parte sin duda estaba en su cabeza. A primera vista parecía la de cualquier otro ciempiés, si ese ciempiés estuviera hecho de pura masa carnosa. Sin embargo, justo en el centro, debajo de sus antenas y donde deberían estar las mandíbulas, se encontraba incrustado un rostro. Un horrible rostro humanoide sin rasgos ni expresión, sin párpados, sin ojos, solo hendiduras oscuras y vacías de las cuales goteaba sangre negra.

“ARHHH!!!” El rugido gutural fue ensordecedor. La más de una docena de oficiales que rodeaban a la bestia hicieron una mueca al unísono, pero ninguno bajó la guardia y los disparos continuaron, chocando contra su cuerpo grotesco como una lluvia torrencial.

Las balas no rebotaron, por suerte, pero tampoco hicieron mucho. Apenas penetrando un poco en su piel antes de detenerse.

‘¿Dónde está el jodido SWAT cuando lo necesitas?’ pensó George mientras vaciaba su cargador, tratando de apuntar directamente hacia la ‘cara’ del monstruo.

A este paso, todas las estaciones de policía del país iban a necesitar un serio aumento en el suministro de equipos de alta potencia si querían seguir en las calles cada vez que uno de estos fenómenos apareciera de la nada.

El sonido del clic del cargador vacío hizo que George tuviera que volver a cubrirse. Rebuscando entre su cinturón, se dio cuenta de que no le quedaban más cargadores, así que se giró hacia el nuevo oficial, aún paralizado de pánico, y le arrebató el arma de las manos bruscamente.

“Joder, ¡sal de aquí, chico!” le advirtió, pues en este momento solo era un estorbo.

Por otro lado, la nueva oficial también terminó de cargar su arma y, al mismo tiempo, ambos se incorporaron, apuntando hacia la criatura.

Bang! Bang! Bang! Bang! Bang! Bang! Bang! Bang!

El ciempiés se retorció, golpeando todo a su alrededor con desenfreno, sus largas y afiladas patas cubriéndolo de la mayoría de los disparos.

“Mierda” gritó George al ver que sus tiros eran inútiles. En pocos segundos, su cargador volvió a estar en cero.

“¡Sí!” Por otro lado, la oficial exclamó en victoria cuando dos de sus disparos golpearon la cara del monstruo, uno de ellos aterrizando en su ‘ojo’.

“¡UAAHRGGG!!!” La bestia aulló, pero esta vez de dolor.

Su rostro, ahora distorsionado en una mueca de ira, se volvió hacia su dirección, fijándose en su posición. Entonces retrocedió, enrollándose y tensándose sobre sí mismo casi como un resorte a punto de-

“Oh, mierda”.

George no dudó. Tomó del brazo al joven policía que seguía congelado en su lugar y empezó a correr.

La oficial tampoco se quedó quieta, aunque solo un segundo más tarde que George también se dio cuenta de lo que estaba por pasar y, sin pensarlo, giró sobre sus talones, alejándose a toda prisa.

“¡MUÉVANSE!” El rugido del capitán Stacy cortó el aire un instante y todos los oficiales reaccionaron instintivamente, alejándose de las patrullas donde se encontraban a cubierto como gatos salpicados por agua.

¡FUUUSH!

El ciempiés monstruoso se desenrolló como un látigo gigantesco y se lanzó a través del aire con una velocidad antinatural. Su enorme cuerpo embistió todo a su paso y en un parpadeo acortó la distancia que lo separaba de las patrullas que lo habían estado rodeando, estrellándose con fuerza contra varias de ellas.

La onda expansiva del ataque empujó a George varios metros y el oficial al que había arrastrado salió disparado con él, cayendo cerca de su posición.

A pesar de tener la visión borrosa, George no se demoró en reincorporarse, alzando la vista solo para abrir los ojos de par en par al ver una de las patrullas volando por los aires.

Solo medio segundo después se dio cuenta de que no iba hacia ellos, pero cuando miró en la dirección hacia donde caía, el horror tiñó su rostro.

“Dewolff!”

La oficial Jean Dewolff apenas escuchó el grito de su capitán. Su cabeza palpitaba y su visión se movía como si el mundo estuviera bajo el agua. La onda de choque también la había alcanzado, lanzándola varios metros hacia atrás. Solo que, en su caso, su cabeza había golpeado contra el suelo, dejándola medio aturdida.

Por el rabillo del ojo vio al capitán Stacy levantándose e intentando correr hacia ella en cámara lenta. Se veía muy asustado. Jean no lo entendía, pero cuando alzó la mirada y vio lo que se acercaba hacia ella a gran velocidad, supo lo que sucedía.

“Oh” solo pudo decir, sus pupilas encogiéndose.

Fue como si el tiempo se detuviera en ese instante. En su mente, docenas de pensamientos pasaron al unísono; una parte de ella se preguntó si este era el famoso momento antes de la muerte donde uno recordaba toda su vida.

Otra, en cambio, solo pudo gritar en silencio ante su inminente fallecimiento. Y no, no fue exactamente toda su vida lo que pasó frente a sus ojos, sino, en cambio, los arrepentimientos.

Acababa de graduarse de la academia policial; su carrera estaba apenas en sus primeros pasos, igual que su vida, que aún se encontraba a comienzos de los veinte. Tenía todo su futuro por delante, tanto por hacer y lograr, tanto por conseguir.

Sabía que el trabajo era peligroso, no era ingenua. Su padre había sido alguna vez capitán de policía, por eso conocía bastante bien los riesgos y su deseo de seguir sus pasos era genuino. Pero jamás imaginó que su fin no estaría en manos de un asaltante, un criminal o un pandillero; en cambio, sería a manos de un asqueroso monstruo salido de las peores pesadillas de su yo de diez años.

Sí, ella odiaba los malditos ciempiés. Insectos, artrópodos, todo. Y la única forma que encontró de superar ese miedo en su juventud fue aplastarlos cada vez que veía uno, fuerte y duro, hasta escucharlos crujir.

‘Que jodidamente irónico’, pensó, cerrando los ojos y cubriéndose, encogiéndose sobre sí misma como si eso fuese a ayudar.

…

Hubo silencio. Jean respiró entrecortadamente, su cuerpo tenso, lista para que todo acabara pero… nada.

Entonces los escuchó: gritos, pero no de miedo, sino de asombro.

Lentamente abrió los ojos. Su visión, aún ligeramente borrosa, no le dejó distinguir mucho, así que parpadeó varias veces hasta que se aclaró… y fue cuando lo vio.

Descendiendo lentamente desde el cielo, con los últimos rayos del sol a sus espaldas, su capa ondeando suavemente junto al viento y sosteniendo la patrulla sobre su cabeza con una sola mano, estaba él.

Defiant.

El monstruo se tensó al verlo, encogiéndose y retrocediendo como si su mera presencia lo atemorizaba.

Desde no muy lejos, los vítores de la gente que había estado observando el enfrentamiento entre la policía y el ciempiés se escucharon llenos de alegría. En el cielo, un helicóptero de noticias que había estado transmitiendo en vivo el enfrentamiento enfocó su lente sobre su figura.

El héroe aterrizó en la calle, miró al monstruo y luego se giró hacia Jean, examinándola por un momento antes de asentirle y volver su atención al ciempiés.

Con un movimiento casual dejó caer la patrulla, la cual golpeó el suelo secamente.

No muy lejos, el capitán Stacy respiró hondo antes de soltar un profundo suspiro de alivio al ver que Jean estaba a salvo. Luego miró a Defiant, con sentimientos encontrados pasando por sus ojos.

“Retírense” ordenó a través de su radio.

Luego se acercó rápidamente a Jean. La oficial seguía mirando al héroe, aturdida, así que George tuvo que ayudarla a levantarse y llevársela. El otro oficial finalmente reaccionó y, al verlos marcharse, también se puso de pie y corrió para seguirlos.

Sin que se dijera más, el área fue totalmente despejada.

El único sonido que quedó fue el del helicóptero de noticias sobrevolando el área. El ciempiés se mantuvo quieto, mirando a Defiant con desconfianza. Sus instintos, primitivos y salvajes, le gritaban que debía correr, pero no pudo; estaba paralizado, un miedo aún más profundo apoderándose de él, un miedo surgido por encontrarse frente a la presencia de lo que solo podía ser descrito como un depredador apex.

El monstruo siseó, su cuerpo carnoso empezó a temblar cuando Defiant dio un primer paso, luego otro, caminando lentamente hacia él, con una postura relajada.

Entonces desapareció.

Una fracción de segundo después, su visión se oscureció y su vida terminó.

.

.

Lejos, en otra parte del mundo.

Diana miró con fascinación las imágenes reflejadas en las aguas cristalinas.

Sus ojos permanecieron fijos en la imponente figura del hombre de pie sobre el cadáver decapitado del ciempiés monstruoso y no fue hasta que este se marchó de la escena y el enfoque pasó a un reportero que dejó salir el aliento que había estado conteniendo en un largo suspiro.

Observó las imágenes un rato más antes de decidir que era suficiente. Dando un paso atrás, dejó que la visión en el estanque se desvaneciera y su superficie volviera a la normalidad, reflejando ahora solo su propio rostro.

Pasar varias horas buscando discretamente en la gran biblioteca de Themyscira la manera de usar este objeto místico, sin duda, había valido la pena.

El Estanque de la Verdad era uno de los pocos artefactos de la isla sobre los que había sabido muy poco. Su función principal era permitir a las amazonas ver el reflejo del mundo exterior en su totalidad, sin importar la distancia ni el lugar.

Por supuesto, un objeto tan valioso no estaba a disposición de cualquiera. Salvo situaciones excepcionales, solo su madre, la reina Hipólita, tenía permitido usar su poder.

Diana nunca había podido acercarse a él en su juventud, a pesar de que siempre le interesó desde que supo de su existencia. Su madre se lo había prohibido y, en esos tiempos, la manera en que todas sus hermanas hablaban con desprecio del mundo del ‘hombre’ también había influido, haciendo que, aunque curiosa, no buscara aprender más sobre lo que existía más allá.

Al menos hasta que creció y su visión de las cosas maduró, adquiriendo criterio propio. Pero incluso entonces se abstuvo de acercarse, aunque esta vez por razones diferentes: su deseo de explorar el mundo exterior, de abandonar su isla, empezaba a florecer y hacerse más fuerte día a día, pero ella no quería aceptarlo. Por eso trató de no pensar demasiado en el estanque, pues en su interior temía que mirar a través de sus aguas la llevaría a obsesionarse aún más con tal idea.

La llegada de Daniel había cambiado eso. Esta vez ya no pudo seguir ignorando su curiosidad por el mundo y, tras pensarlo profundamente, decidió entrar a escondidas en la cámara donde el estanque era resguardado para finalmente usarlo.

No sin antes aprender a usarlo, claro está, lo que había sido un poco más problemático de lo que esperaba.

El artefacto en sí podía reflejar en tiempo real la imagen de cualquier parte del mundo. El problema era que aquel que lo controlaba debía conocer la ubicación específica a mirar o tener un objetivo concreto en mente, así como algo que sirviera de ancla para localizar dicho objetivo.

Eso, por supuesto, le trajo ciertos problemas. Los mapas de Themyscira sobre el mundo exterior estaban bastante desactualizados. Y pese a que Daniel le había contado bastante en su charla, no es como si le hubiese dado un mapa exacto en el que buscar; después de todo, Diana no se había centrado demasiado en preguntar sobre geografía, más interesada en muchos otros temas.

Así, solo le quedó una opción si no quería pasar horas buscando a ciegas hasta encontrar lo que buscaba: es decir, usar un ancla para localizar a Daniel.

Encontrar una no era difícil, pues él había dejado varios rastros de sangre en su sala de entrenamiento, pero… usarlos se sentía muy incorrecto.

Una cosa era mirar de vez en cuando por curiosidad, pero otra muy diferente era apuntar específicamente hacia alguien, dándole la capacidad de espiarlo en cada momento de su día.

Con tal conflicto en mente, no supo qué hacer hasta que recordó una de las cosas de las que Daniel le había hablado: en el mundo del ‘hombre’ existían aparatos llamados televisores, donde imágenes de los acontecimientos más importantes eran transmitidas como noticias para ser vistas por todas las personas.

En aquel momento, el concepto le había parecido fascinante, recordándole mucho al Estanque de la Verdad, por lo que terminó haciendole numerosas preguntas al respecto.

Tras considerarlo seriamente y recordar cada aspecto sobre estas ‘televisiones’ y sus ‘transmisiones’, así como lo que había aprendido sobre el estanque en la biblioteca, Diana decidió probar algo.

El objetivo del artefacto no tenía que ser necesariamente un ser vivo; podía usarse en objetos. Del mismo modo, el ancla no tenía por qué ser algo físico tampoco.

Armada con esa lógica, Diana decidió buscar uno de estos llamados televisores, usando como ancla la información que Daniel le había dado sobre ellos.

Pero el ancla aún era débil y abstracta, así que tuvo que agregar algo más, esta vez sumando su imagen mental y sus recuerdos de Daniel, pues de las pocas cosas que había mencionado sobre sí mismo, una de ellas fue que salía a menudo en estas ‘noticias’ por lo que buscar un televisor que estuviera transmitiendo una imagen donde él apareciera era algo más concreto y menos vago a lo que apuntar.

Sin embargo, obtuvo demasiados resultados. El estanque se dividió, resquebrajándose como un espejo roto y mostrándole distintas vistas en cada una de sus nuevas “partes”.

En términos más modernos, Diana había dado con múltiples canales de noticias: algunos retransmitían viejas hazañas de Daniel; otros hablaban de él y de sus actos, especulando sobre sus intenciones y posibles orígenes. También encontró reportajes más serios con análisis de daños colaterales, entrevistas a personas a las que él había salvado e incluso un programa peculiar en el que habían erigido una enorme estatua en su honor, ante la cual docenas de personas rezaban de rodillas.

En cada una de las imágenes se repetía el mismo nombre: “Defiant”. Diana recordó que Daniel había mencionado que algunos lo conocían por ese nombre, pero parecía que había olvidado aclarar hasta qué punto era utilizado.

En un instante, sus oídos se llenaron de una cacofonía de voces y sonidos que apenas podía procesar. Fue abrumador y por un momento, Diana no supo qué mirar, hasta que se concentró en buscar algo más actual, enfocándose en obtener solo una vista y no docenas de ellas.

Fue así como terminó mirando un único noticiero donde se mostraban imágenes en vivo del ataque de un monstruo y su enfrentamiento con lo que parecían ser los guardias locales. Diana no comprendía del todo lo que sucedía pero ver a ese monstruo desconocido de apariencia tan grotesca la hizo tensarse de inmediato, sus ojos buscando la figura de Daniel de manera inconsciente.

Extrañamente, no estaba presente, pero aun así se le mencionaba, la persona que comentaba el suceso hablaba sobre Defiant con urgencia, preguntándose dónde estaba y por qué aún no había aparecido.

“El enfrentamiento entre las fuerzas policiales de Nueva York y el monstruo ciempiés continúa intensificándose, con el número de oficiales heridos en aumento. Aunque el altercado ha durado poco más de quince minutos, es probable que la contención fracase antes de que los refuerzos lleguen… La situación es crítica y, en medio de este caótico suceso, todos seguimos preguntándonos: ¿dónde está Defiant? ¡¿Dónde está nuestro héroe?!”

Héroe.

La palabra dejó perpleja a Diana. El término no le era ajeno, pero para su gente y su cultura usarlo para referirse a alguien conllevaba un peso y un significado muy elevado, casi sagrado.

Daniel nunca había mencionado que fuera portador de tal título, pero al recordar todo lo que era capaz de hacer, Diana sintió que, sin duda, era adecuado.

‘Un ser de leyenda, igual que Aquiles, Perseo, Odiseo y Teseo.’ pensó fascinada.

Pero sus reflexiones internas se vieron interrumpidas cuando la situación reflejada en el estanque se intensificó, atrayendo nuevamente su atención.

La bestia ciempiés se abalanzó contra sus atacantes, obligándolos a retirarse; aun así, no lograron alejarse lo suficiente, pues cuando su enorme y alargado cuerpo chocó contra los vehículos que la rodeaban, una onda de choque los derribó a todos. Al mismo tiempo, una de las patrullas salió disparada por los aires, cayendo hacia una dirección muy específica.

Los ojos de Diana siguieron su trayectoria en un instante, abriéndose ligeramente al ver a una de las pocas mujeres guerreras en la zona a punto de ser aplastada por el vehículo.

Para sus sentidos, todo pasó en cámara lenta, haciendo que un profundo sentimiento de impotencia la asaltara de repente. Como guerrera, y sobre todo como protectora, mantenerse observando sin poder hacer nada fue extremadamente frustrante.

Quería saltar dentro del reflejo en el estanque, aparecer para abatir al monstruo y salvar a esas personas, pero eso era imposible, así que solo pudo seguir mirando mientras se mordía el labio con fuerza y apretaba los puños.

El proceso fue terriblemente lento; cada momento pasó ante sus ojos a la velocidad de un caracol. Nunca antes había detestado tener una vista tan aguda como lo hizo en ese preciso instante.

Al menos hasta que lo vio llegar. Al mismo tiempo que la sombra de la patrulla cubría por completo la figura de la mujer, algo más se precipitó a una velocidad irreal, interponiéndose entre ella y la muerte segura que le aguardaba.

El viento se agitó, el vehículo detuvo su caída en seco; no se partió en dos ni se deformó, simplemente se detuvo, sostenido casualmente por una mano.

La cámara que transmitía la escena se sacudió antes de hacer zoom y enfocarse en su figura con más detalle.

Fue como ver a un dios descender de los cielos. Con la luz del crepúsculo a sus espaldas y su larga capa ondeando suavemente, su expresión era impasible pero firme, resuelta.

El corazón de Diana dio un vuelco; un escalofrío le recorrió la espalda y la tensión que había estado sofocándola finalmente encontró el momento para empezar a liberarse.

Lo que sucedió después era algo que ya esperaba: el monstruo cayó; en un parpadeo, su cuerpo perdió la cabeza y Daniel se paró sobre él, triunfante.

Los vítores de las personas llenaron la escena, acompañados por gritos de alivio y alegría. Daniel miró a la multitud que dejó de esconderse y empezó a acercarse a él y su expresión impasible se quebró, transformándose en una sonrisa cálida.

Con paciencia, ayudó a apaciguar a las masas, limpió gran parte de los escombros y transportó a los más heridos al hospital más cercano antes de regresar por última vez, intercambiando breves palabras con los policías aún presentes antes de voltear hacia la cámara y asentir.

Entonces se marchó, ascendiendo hacia las nubes y perdiéndose en el horizonte como una estrella fugaz.

y así todo acabo.

Diana observó el reflejo en el estanque por unos momentos más antes de decidir que era suficiente y dar un paso atrás, soltando el aliento que había estado atascado en sus pulmones en un suspiro lleno de alivio.

‘Eso fue intenso’, pensó, mirando sus manos ligeramente temblorosas. No esperaba que su primer vistazo al mundo que existía más allá de las costas de su isla fuera así, pero a la vez estaba intrigada; todo lo que vio, por breve que fuera, la llenó de curiosidad.

¿Esas cajas de metal con ruedas eran los llamados automóviles de los que Daniel le había hablado? Y los edificios… dioses, sí que eran altos y tenían demasiado cristal. ¿Por qué necesitaban tantas ventanas? Por no hablar de la forma en la que esos guerreros peleaban, usando pequeñas varas de acero que lanzaban diminutos objetos a gran velocidad.

Daniel no había mencionado eso. Tendría que preguntarle más al respecto cuando volviera.

“Diana?”

Cualquier pensamiento fue cortado de golpe por la repentina llamada.

Dándose la vuelta bruscamente, Diana se encontró con el ceño a medio fruncir de su madre, observándola con los brazos cruzados desde la puerta de la cámara.

¿Cuándo había llegado?

“Madre…” No supo qué más decir.

La reina de las amazonas guardó silencio, sus ojos deslizándose lentamente desde su hija hacia el Estanque de la Verdad, ahora inactivo. Su expresión apenas cambió, pero era evidente que no estaba contenta.

“¿Qué haces aquí, Diana?”

El cerebro de Diana empezó a trabajar a toda marcha, con mil excusas pasando por su mente. Mentir no era algo que le agradara, especialmente a su madre, pero sabía que no podía decirle la verdad, no a menos que quisiera que todo se complicara.

Por suerte para ella, su mente era rápida. En apenas una fracción de segundo contempló cada opción, sopesando cuidadosamente su decisión. El pánico en su rostro apenas se había mostrado cuando ya había adoptado una expresión tranquila, actuando como si la interrupción de la reina fuera lo que la alteró y nada más.

“Lo siento, sé que no debería haber venido, pero necesitaba usar el estanque” admitió, haciendo que Hipólita alzara las cejas.

“Sabes que eso está prohibido, especialmente para ti.” le dijo, su tono volviéndose duro.

“Sí, pero aun así era necesario,” respondió Diana, ligeramente a la defensiva; no le gustaba que le recordaran lo que tenía permitido hacer y no hacer como si aún fuera una niña.

Hipólita apretó los labios, mirando hacia el estanque una vez más antes de hablar.

“¿Qué asunto podría ser tan urgente como para que desobedezcas una orden que nunca antes habías desafiado?” Cuestiono.

Fue el momento. Diana se aseguró de mantenerse firme, sin permitir que su madre notara nada extraño, controlando cada movimiento de su cuerpo a la perfección.

“Mi reciente encuentro con el monstruo en las profundidades de la isla el otro dia. Como sabes, hace tiempo me encargué de limpiar Themyscira a fondo, matando a la mayoría de los monstruos y criaturas salvajes que podrían ser un peligro para mis hermanas… o eso pensé.”

No necesitó agregar más detalles; su madre era lista y pronto sacó sus propias conclusiones.

Pudo ver su postura relajándose, su guardia bajando. Sí, a Diana no le gustaba mentir así, pero no tenía alternativa: admitir la verdad ahora significaría reconocer que había mentido antes, ¡y a todas sus hermanas, nada menos!

Pero había más que eso. Era algo egoísta, pero en el fondo quería mantener en secreto su encuentro con Daniel el mayor tiempo posible. Tenía razones de sobra para hacerlo: algunas sensatas, otras que apenas justificaban nada, y unas cuantas que solo sonaban bien en su cabeza. Aun así, al final todo se reducía a lo mismo: su propio deseo e interés.

Por supuesto, también estaba el asunto de que si decía la verdad ahora, cuando él regresara no le esperaría una cálida bienvenida, sino todo el ejército de Themyscira listo para intentar capturarlo.

Y eso era algo que definitivamente no quería ver suceder.

“Podrías haber pedido mi ayuda y mi permiso”, dijo Hipólita con un ligero tono de reprimenda que hizo que Diana casi rodara los ojos.

“Pensé que sería más rápido si lo hiciera por mi cuenta; después de todo, nadie conoce mejor cada centímetro de Themyscira que yo”, le respondió con confianza, pues esa era sin duda la verdad.

Hipólita hizo una pausa antes de asentir.

“Tienes razón, nadie conoce mejor esta isla que tú”, dijo, sus ojos entrecerrándose ligeramente.

Diana pensó que preguntaría más, pero la reina simplemente la miró una última vez antes de darse la vuelta y marcharse, dejándola sola en la cámara.

Eso fue desconcertante; su madre no tendía a dejar una conversación así sin más.

¿Acaso sospechaba algo? No, si sospechara entonces seguiría indagando hasta obtener respuestas; así era como era: implacable.

Negando con la cabeza para despejar su mente, decidió no darle tantas vueltas al asunto. Por ahora se contentaba con haber salido del apuro inmediato; mientras tuviera cuidado, lo que pasara después sería sencillo de resolver… o eso esperaba.

Mirando hacia la puerta de la cámara, Diana se concentró, permitiendo que sus sentidos se agudizaran, y tras unos segundos de silencio en los que comprobó que su madre ya no estaba cerca, se giró hacia el estanque, acercándose a él una vez más.

Pero no para volver a usarlo; en cambio, metió su mano entre su holgado peplo y sacó un odre vacío que había preparado de antemano, abriendo su tapa y acercándolo a las aguas.

En voz muy baja murmuró un cántico antiguo y, en la piel del odre, símbolos antes invisibles brillaron con una tenue luz cian por un breve momento. Entonces, como si una fuerza de succión repentina apareciera, el agua del estanque empezó a ser absorbida por la boca del odre.

El recipiente no tardó en llenarse y el agua del estanque apenas había bajado su nivel; sin duda, nadie se daría cuenta de que algo faltaba.

‘Esto debería bastar’ pensó asintiendo para sí misma, cerrando el odre y volviéndolo a esconder entre sus ropas.

Sabía que no podía seguir viniendo aquí sin llamar más la atención; por suerte, en sus investigaciones sobre el estanque de la verdad había aprendido que su magia provenía principalmente de su agua y no del lugar donde ésta se encontraba.

Con eso en mente, decidió que lo mejor era crear su propio estanque de la verdad, uno que pudiera usar en cualquier momento que quisiera.

‘Con los materiales mágicos que he recolectado a lo largo de los años, solo me tomará cinco días tenerlo listo’. Por supuesto, tener solo el agua no era suficiente; había que depositarla en un contenedor especial que sirviera como medio para controlar lo que se reflejaba en ella, de ahí la necesidad de un cuenco de mármol.

Mientras pensaba en su plan, no se demoró más tiempo en la cámara, pues ya había conseguido todo lo que vino a buscar. Así, se marchó con una ligera sonrisa adornando sus labios.

Una parte de ella se preguntó cuándo es que Daniel volvería, no solo porque ansiaba conocer más sobre el mundo, sino también porque ahora realmente quería escuchar su historia. Toda su historia.

.

.

.

De regreso en Nueva York, Torre Stark.

A pesar de que no había pasado mucho tiempo desde el ataque de los Diez Anillos al lugar, las reparaciones en los pisos superiores del gran edificio avanzaron a grandes pasos, al punto de que para Año Nuevo estarían prácticamente finalizadas. Tony se aseguraría de ello, incluso si el mismo tuviera que poner hasta el último ladrillo.

Aun así, pese a sus esfuerzos y toneladas de dinero gastado, todavía quedaba un agujero de tamaño considerable en el techo del último piso, más precisamente por encima de lo que había sido su taller principal antes de que este fuera volado por los aires.

Agujero que Daniel no dudó en usar como entrada, pasando a través de él casualmente.

“Llegas diez minutos tarde D-boy”, las palabras llegaron a sus oídos, seguidas poco después de la figura de Tony caminando lentamente hacia él con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo una taza de café recién hecha.

“Dame un respiro, hombre, tuve que encargarme de un insecto sobrealimentado de camino.” Explicó, rodando los ojos.

“Un miriápodo, en realidad. Es un tipo de artrópodo”, aclaró Peter, apareciendo de repente. El joven héroe llegó esta vez vestido con un supertraje mucho más elaborado y en mejor estado que el que había llevado en su primer encuentro, deslizándose hábilmente por una de las ventanas casi al mismo tiempo que Daniel aterrizó.

“Y tú también llegas tarde!”, señaló Tony al verlo, haciendo que Peter hiciera una pausa, rascándose la parte posterior de la cabeza con ligera vergüenza.

“Lo siento?”

“Solo para aclarar, si la reunión no fuera en el edificio que ahora es prácticamente tu casa, ¿cuánto tiempo habrías tardado en llegar? ¡Jarvis, responde!” La pregunta de Daniel obtuvo una respuesta bastante inmediata.

“Según los datos y hábitos del señor Stark, normalmente suele llegar tarde a cualquier reunión con un periodo de entre 30 minutos a una hora… en sus mejores días”

“¡Vil traición!”, se quejó Tony, rechinando los dientes hacia su I.A.

“¡Jajaja!”, Daniel se rió en voz alta, mientras que Peter se contuvo mejor, agradecido de llevar una máscara que ocultaba su sonrisa.

“Veo que todos están de buen humor.” Natasha, que había estado sentada en silencio junto a una larga mesa revisando algo en una tablet, giró su silla para mirarlos como si observara a un grupo de niños.

Daniel la saludó con la mano mientras caminaba hasta donde se encontraba, tomando una de las sillas cercanas para sentarse él mismo. Peter lo siguió, pero prefirió mantenerse de pie a un lado, y Tony, por su parte, solo pudo resoplar antes de acercarse también, tomando su propio asiento.

Finalmente, saliendo desde las sombras, el último de sus miembros se presentó. El aire a su alrededor era mucho más serio y pesado; su expresión no era visible gracias a la máscara de su traje oscuro, pero era claro para cualquiera que no estaba de buen humor.

De inmediato, el ambiente antes jovial se desvaneció y todos adoptaron posturas más graves y tensas.

Daredevil no se anduvo con rodeos: sacó la carta que había llegado a su puerta esa misma mañana y la dejó sobre la mesa. Jarvis no tardó en escanearla, mostrando su contenido escrito en braille traducido para que todos pudieran entenderlo, aunque no era necesario, pues Matt ya había traducido la carta para ellos antes.

Lo que decía no era mucho: corto y en su mayor parte directo. Pero lo que hizo que este fuera un asunto que no solo concernía a Matt y Daniel fue el símbolo impreso al final.

El símbolo de diez anillos entrelazados rodeando dos espadas cruzadas, tachado de lado a lado por una gran X roja.

.

.

.

.

.

.

Nota:

¡Y volvemos con un capítulo más!

Esta vez trayendo de regreso al Capitán Stacy después de mucho, mucho tiempo sin verlo en pantalla. Y acompañado nada menos que por un pequeño cameo de la oficial Jean DeWolff, que para quienes no lo sepan es un antiguo personaje de Marvel que apareció brevemente en los cómics de Spider-Man, antes de… bueno morir.

No sé si veremos más de ella en el futuro, ya que no es un personaje para el que tenga muchos planes; quizá aparezca en otros capítulos haciendo cameos similares a los que Lois y Jimmy suelen hacer.

Pero más importante aún… ¡finalmente volvemos a saber de nuestra princesa amazona favorita!

Seguramente algunos pensaron que la dejaría de lado más tiempo, al menos hasta que Daniel decidiera volver de visita a Themyscira, ¿cierto? ¡Pero no! Su personaje es demasiado importante para no desarrollarlo correctamente.

A la vez, quería mostrar un poco de este lado ‘místico’ suyo que se mencionó antes y que también será importante en el futuro.

Sí, me he inspirado en su versión Absolute, haciéndola más mágica de lo que suele ser, pero también creo que es coherente que en una sociedad que literalmente es ‘mágica’ la gente pueda aprender algo de esa magia; más aún cuando son inmortales y tienen demasiado tiempo libre. ¡Demándenme!

Y sí, sé que dije que en este capítulo regresaríamos con Daniel y sus asuntos pendientes. Bueno, lo cumplí, ¿no? Aparece Daniel y vemos cómo empieza a tratar con sus asuntos pendientes… a la vez que lo vemos haciendo su labor como héroe, ¡que eso es bastante importante también!

Pero siendo serios, ahora sí, en el siguiente capítulo seguiremos con la trama principal, así que espérenlo con ansias.

Como dato extra, el monstruo ciempiés que aparece en este capítulo está basado en Centikohai de OPM, solo que menos inteligente.

(Actualización de estado del autor: la nota ya es larga, así que no me extenderé demasiado. Mi ausencia estas últimas semanas se debe a un problema personal grave que estuve atendiendo. En resumen, mi padre tuvo que ser hospitalizado, un tumor maligno en el riñón le causó un sangrado severo que le provocó una anemia muy fuerte. No se preocupen, las cosas ya están mejor, pero por diferentes circunstancias fui su principal cuidador en todo este proceso. Su cirugía se hizo en un hospital en otra ciudad, lo que hizo todo mucho más complicado, pero finalmente ya todo está bajo control. Como dije, lo he resumido bastante, me gustaría poder entrar en más detalle, pero prefiero no incordiarlos con mis problemas, solo informo de esto para que sepan por qué me fui por tanto tiempo.)

En fin, como siempre gracias por todo. Espero que el capítulo les haya gustado.

Que tengan buenos días, tardes o noches, donde sea que se encuentren! ;D

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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