Stripper Para Los Hermanos de la Mafia - Capítulo 147
- Inicio
- Todas las novelas
- Stripper Para Los Hermanos de la Mafia
- Capítulo 147 - Capítulo 147: La diferencia entre nosotros
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 147: La diferencia entre nosotros
(PUNTO DE VISTA DE VALENTINO)
Camino por el pasillo con los ojos pegados a la pantalla de mi móvil, revisando unos mensajes importantes.
Doy la vuelta a la esquina sin levantar la vista y me choco de frente con alguien.
—Mierda, lo siento —decimos al mismo tiempo mientras el móvil se me resbala de la mano.
Reacciono por instinto y lo agarro justo antes de que se estrelle contra el suelo.
Finalmente levanto la vista y veo que es él.
Michele.
Me quedo completamente inmóvil por un segundo.
Parece tan sorprendido como yo. El aire entre nosotros se vuelve tenso de inmediato. Empieza a frotarse la nuca y sus ojos se desvían hacia cualquier parte menos mi cara. Una manía nerviosa que conozco demasiado bien.
—Yo solo… —señala vagamente hacia el pasillo.
Da un paso adelante y ambos nos movemos al mismo tiempo. Lo bloqueo sin querer y nuestros hombros vuelven a chocar.
—Oh —digo—. Creí que ibas en esa dirección.
—No. Culpa mía —masculla rápidamente.
Retrocedemos, nos reajustamos y esta vez logramos pasar uno al lado del otro sin problemas.
Doy tres pasos antes de detenerme. Entonces, cierro los ojos y suspiro.
—Espera —digo en voz alta.
Me doy la vuelta y veo que mira por encima del hombro.
—¿Tienes un minuto? —pregunto.
—Eh… claro.
Vuelve hacia mí. Yo me apoyo en la pared y meto las manos en los bolsillos. Michele me imita en la pared de enfrente, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Es incómodo de cojones.
—Y bien… ¿de qué quieres hab—
—Lo siento —suelto de sopetón.
Parpadea dos veces.
—¿Qué?
—He sido un capullo contigo durante semanas —digo—. Y ni siquiera me di cuenta de lo injusto que estaba siendo hasta hace poco.
Su expresión cambia; se muestra reservado, pero atento.
—Cuando elegiste a Raffaele por encima de mí —continúo—, estaba tan cabreado y dolido que solo podía pensar en mí mismo. En cómo me sentía yo. Nunca me paré a pensar en cómo debiste de sentirte tú al tomar esa decisión.
Michele baja la mirada al suelo. Aprieta la mandíbula como si estuviera masticando algo amargo.
—Nos criamos juntos, literalmente —dice en voz baja—. Así que tú y yo sabemos cómo puede ser tu padre.
Asiento, pero no lo interrumpo.
—¿Te acuerdas de cuando teníamos catorce años? —pregunta—. ¿Cuando nos escapamos a la fiesta de cumpleaños de un amigo?
Suelto una risa entrecortada. —Sí. Pensábamos que éramos muy listos.
Mi sonrisa se desvanece al ver que a Michele no le hace gracia.
—Tu padre envió a sus hombres a buscarnos toda la noche —continúa—. Y cuando nos pillaron volviendo a escondidas, a ti te echaron la bronca y ya está. Pero a mí me dieron una paliza porque se suponía que debía cuidarte, no animarte a hacer gilipolleces.
Guau.
Nunca supe que eso había pasado y ahora me siento fatal.
—¿Te acuerdas también de la vez que te metiste en una pelea en el colegio y te rompiste la muñeca? —pregunta.
Asiento. —Sí, me acuerdo.
—Estuviste bromeando todo el camino al hospital —dice Michele—. No dejabas de decirme que no era para tanto. Pero después de que el médico dijera que necesitarías cirugía, tu padre me preguntó por qué había dejado que te hicieras daño. Dijo que si yo estaba presente y alguna vez te pasaba algo malo, me haría daño a mí.
Siento una dolorosa punzada en el corazón.
—Tú puedes faltarle el respeto a tu padre. Puedes cagarla y hacer lo que te dé la gana —dice—. Pero, al fin y al cabo, sigues siendo su hijo. Esa es la diferencia entre nosotros.
Levanta la cabeza y por fin me mira.
—Val, tu padre me salvó la vida. Me dio un hogar después de que mataran a mis padres. No tienes ni la más remota idea de lo que es estar en mi pellejo, tío.
Niega con la cabeza. —No puedo morder la mano que me da de comer.
Me separo de la pared y me acerco, cerrando el espacio que hay entre nosotros.
—Y ahora lo sé —digo—. Me equivoqué. Estaba completamente equivocado por cómo te traté. Por actuar como si me hubieras traicionado en lugar de ver la posición en la que estabas.
Levanto las manos y las apoyo en sus hombros.
—Lo siento —digo en voz baja.
Pero él no dice nada.
—Mickey —digo, y la voz me sale más áspera de lo que pretendía mientras lo miro a los ojos—. Eres mi hermano. No importa de qué lado estés ni a quién respondas. Siempre lo serás. Eso no va a cambiar nunca.
Entonces lo atraigo hacia mí y lo abrazo.
Su cuerpo se pone rígido de inmediato, como si todavía no estuviera listo para bajar la guardia. Pero, al cabo de unos segundos, levanta los brazos y me rodea con ellos.
Me devuelve el abrazo.
El nítido clic del obturador de una cámara interrumpe el momento.
Nos separamos al instante y nos damos la vuelta.
Bruno está al final del pasillo con el móvil en la mano, sonriendo de oreja a oreja como si acabara de ganar la lotería.
—Oh, a los demás les va a encantar esto —dice.
—Oye —espeto, caminando ya hacia él—. Ven aquí. He dicho que vengas aquí.
Se ríe y sale disparado, dobla la esquina y desaparece antes de que pueda alcanzarlo.
Michele se ríe por lo bajo, negando con la cabeza.
—Olvídalo —dice—. No hay nada que puedas hacer.
Me paso una mano por la cara. —Sabes, a veces me pregunto de qué conozco a ese tío.
—De Italia —dice Michele—. Por si lo has olvidado.
—Que te jodan. Sabes perfectamente a qué me refería.
Esta vez, ambos nos reímos y, por un momento, la sensación es muy agradable. El silencio que sigue ya no es incómodo.
Es… cómodo. Familiar. Como si algo que había estado fuera de lugar por fin hubiera vuelto a donde pertenece.
—Me alegro mucho de que hayamos hablado —dice Michele.
Respondo sin dudar. —Y yo.
Nos damos la vuelta y empezamos a caminar juntos por el pasillo.
—Por cierto —pregunto, mirándolo de reojo—. ¿Cómo fue trabajar para Rafa?
Enarca las cejas. —¿Sinceramente?
—Sí.
—Tu hermano es un poco gilipollas.
—Ya ves, ¿a que sí? —digo, demasiado entusiasmado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com