Stripper Para Los Hermanos de la Mafia - Capítulo 169
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Capítulo 169: Una danza entre sangre y balas
(PUNTO DE VISTA DE VALENTINO)
Paso mi brazo por los hombros de Krystal, apretándola contra mi pecho mientras coloco mi cuerpo delante del suyo, intentando protegerla todo lo que puedo.
Puedo sentir cómo su pecho sube y baja, rápido y aterrorizado, acompasado con el mío, latido a latido.
Todos nos apuntan.
Docenas de armas. Docenas de dedos listos para apretar el gatillo.
Si abren fuego ahora mismo, no hay forma de que ninguno de nosotros salga de aquí con vida.
Y si alguien tiene que caer primero…
No va a ser ella.
Ni de puta coña.
Si tuviera el poder de interponerme ante cada bala y de alguna manera asegurarme de que ella saliera viva de esta, lo haría sin pensarlo dos veces.
La abrazo con más fuerza, apretando su cabeza contra mi pecho.
Al menos, si voy a morir, moriré abrazando a la mujer que amo contra mi corazón.
Entonces, de repente, una explosión ensordecedora atraviesa el edificio, tan fuerte que parece arrancarme el aire de los pulmones. El salón entero se sacude con violencia. El suelo tiembla bajo mis pies. El polvo y trozos de hormigón llueven del techo mientras la entrada cede, derrumbándose hacia dentro con un estruendo atronador.
—¡Joder! —exclamo y levanto el brazo para cubrirme la cara, protegiéndome los ojos de la nube de escombros.
Krystal se aferra a mí y yo la sujeto con más fuerza mientras ambos nos tambaleamos, intentando mantenernos en pie mientras el suelo parece moverse bajo nuestros pies.
El aire se llena de polvo, humo y el olor agudo y amargo de los explosivos.
Entonces oigo el sonido de unas botas que golpean con fuerza el suelo, entrando a toda prisa.
Y entonces la voz de Bruno atraviesa el caos, fuerte, salvaje y completamente desquiciada.
—¡¡¡COMED MIERDA, HIJOS DE PUTA!!!
Los Diablos Rojos apartan su atención de nosotros al instante, girando sus armas hacia la entrada justo cuando estalla el tiroteo.
El salón estalla en violencia.
Inmediatamente agarro la muñeca de Krystal y tiro de ella conmigo mientras las balas empiezan a volar en todas direcciones.
Corremos hacia la esquina más cercana. Vuelco una mesa pesada con una mano. La gruesa madera se estrella contra el suelo de mármol y la bajo conmigo para que se cubra tras ella.
Mis hermanos se lanzan a nuestro lado, poniéndose a cubierto mientras el sonido de los rápidos disparos se vuelve tan fuerte que es casi asfixiante.
En cuestión de segundos, el lugar se convierte en una zona de guerra.
No oigo una mierda entre los gritos y el rápido tiroteo.
Una bala me pasa zumbando por la oreja y se estrella contra la pared detrás de mí, haciendo saltar trozos de piedra. Me agacho más, bajando a Krystal conmigo.
Caen hombres de ambos bandos.
Algunos de los nuestros.
Algunos de los suyos.
La sangre se extiende por el suelo en oscuros y feos charcos. Hay cuerpos esparcidos por el enorme salón, algunos retorciéndose, otros sin moverse en absoluto. Los pilares y las paredes ya se están tiñendo de rojo.
Y Bruno…
Santo Cristo.
Es un puto loco.
Está en medio de todo, con un revólver en la mano, girando en círculos como si hubiera perdido la cabeza, gritando a pleno pulmón mientras se carga a cualquiera que se le acerca. Cada vez que aprieta el gatillo, alguien cae.
Entonces veo a Sandra. Luego a Michele. Luego a Leo.
Se agachan, serpenteando a través del caos mientras se abren paso hacia nosotros.
Michele se desliza a mi lado, un poco sin aliento, con los ojos muy abiertos mientras me observa.
—Oh, gracias a Dios. Sigues vivo —dice, y me mete una pistola y munición extra en las manos.
—Por un segundo, pensé que estábamos jodidos —mascullo, cargándola rápidamente.
—No mientras yo esté aquí —dice Sandra, entregando ya armas a Raffaele y a Angelo.
Leo les pasa munición, y los seis nos ponemos en posición, listos para volver a la lucha cuando, de repente,
—Espera, ¿y yo qué?
La voz de Krystal resuena por encima de todo.
Me giro hacia ella, negando ya con la cabeza. —Es demasiado peligroso. Quédate en el suelo. Mantén la cabeza baja y cúbrete hasta que abramos un camino a través de ellos.
—Puedo luchar a vuestro lado —replica ella, con los ojos encendidos.
Un gruñido de frustración se me escapa. —Krystal, ahora no es el momento de empezar una discusión conmigo. Por favor, solo…
—¡Cuidado! —grita de repente.
Antes de que pueda reaccionar, me desequilibra y caemos al suelo justo cuando una bala se estrella contra el pilar donde yo estaba hace un segundo.
Por un segundo estoy demasiado aturdido para respirar.
Entonces ambos levantamos la vista y se me encoge el estómago.
Están en el segundo piso.
Soldados de los Diablos Rojos bordean el balcón sobre nosotros, con sus rifles apuntándonos.
—¡Mierda! —exclamo y agarro a Krystal, tirando de ella mientras todos se dispersan.
Nos lanzamos detrás de pilares y mesas mientras abren fuego desde arriba. Las balas llueven, destrozando el suelo, las paredes, los muebles.
Sandra se asoma por detrás de un pilar y dispara dos veces.
Dos disparos limpios. A la cabeza.
Los hombres a los que ha dado caen por encima de la barandilla, sus cuerpos se estrellan en la planta baja con golpes secos y nauseabundos.
Me asomo y le disparo a uno de ellos.
Él se agacha.
Vuelvo a agacharme detrás del pilar mientras las balas desgarran la piedra a centímetros de mi cabeza. Me agacho más, deslizándome bajo la mesa para evitar otra ráfaga, y luego vuelvo a levantarme y apunto.
Antes de que pueda apretar el gatillo, el tipo se sacude violentamente, agarrándose el pecho antes de desplomarse.
Miro a Raffaele.
—Ese era mío.
—No, no lo era —dice con calma, preparando ya otro disparo.
—Sí que lo era —espeto, disparando a otro soldado.
—Parecía que necesitabas ayuda —responde, abatiendo a otro—. Tienes que mejorar tu puntería.
Aprieto los dientes, apunto con mi pistola y disparo.
La bala le da a un hombre justo en la frente.
Cae al instante.
Vuelvo a mirar a Rafa. —Tengo una puntería perfecta.
—¡Chicos! —grita Krystal por encima de los disparos—. ¡Dejad de mediros las pollas, tenemos problemas más grandes de los que preocuparnos!
(PUNTO DE VISTA DE KRYSTAL)
Sé que Valentino me dijo que me quedara a cubierto.
Pero no puedo quedarme aquí sentada, agazapada detrás de una puta mesa mientras todos los demás se desangran por mí.
Levanto lentamente la cabeza por encima del borde de la mesa volcada, escudriñando la sala hasta que mis ojos se posan en un Diablo Rojo muerto, quizá a unos tres metros de mí.
Todavía aprieta la pistola en su mano.
Salgo disparada de detrás de la mesa sin pensarlo dos veces.
—¡Krystal! —grita Valentino por encima del ruido—. ¡Para! ¡Vuelve!
Lo ignoro.
Mis pies descalzos golpean el suelo mientras corro hacia el cuerpo. Las balas zumban a mi lado. Una impacta en el suelo a centímetros de mi pie.
Me deslizo en el último paso, cojo la pistola de la mano del soldado muerto y ruedo detrás del pilar más cercano justo cuando otra bala se estrella contra la piedra donde estaba mi cabeza hace un segundo.
Mi corazón late con tanta fuerza que parece que me va a romper las costillas.
Me asomo y disparo el arma cinco veces.
Cinco soldados en el balcón se sacuden violentamente y caen por encima de la barandilla.
Ajusto la puntería para volver a disparar cuando, de repente, una bala impacta en el pilar y el hormigón llueve sobre mi hombro.
Miro hacia la esquina del salón y lo veo.
Un Diablo Rojo agazapado detrás de una columna, con su rifle apuntándome.
Vuelve a disparar.
Me lanzo lejos del pilar, zambulléndome y rodando por el suelo mientras sus balas me persiguen, impactando en el suelo de mármol.
Llego al cuerpo más cercano, engancho las manos bajo el chaleco del soldado muerto y lo levanto delante de mí como un escudo.
El peso casi me arrastra, pero la adrenalina me mantiene en movimiento.
Mientras acorto la distancia entre nosotros, el Diablo Rojo sigue disparándome y sus balas siguen impactando en el cadáver.
Cuando estoy lo suficientemente cerca, le lanzo el cadáver encima con todas mis fuerzas.
Su rifle cae al suelo con estrépito mientras pierde el equilibrio por un segundo. Pero justo cuando recupera el equilibrio, me acerco y le estrello la culata de mi pistola en la cara.
Suelta un grito de dolor y cae al suelo.
Antes de que pueda siquiera parpadear, le aprieto el cañón contra la frente y aprieto el gatillo.
Me giro y veo a otros dos soldados corriendo hacia mí.
Levanto la pistola y disparo al primero.
La bala le da de lleno en el pecho.
Alcanzo al segundo antes de que pueda apuntar, agarro el cañón de su pistola y lo fuerzo hacia arriba justo cuando aprieta el gatillo.
El disparo impacta en el techo.
Le clavo la rodilla en los huevos y él jadea, ahogándose de dolor.
Le aparto el arma de un tirón y le disparo tres veces en el vientre.
Se desploma a mis pies.
Siento el aire pasar por mi mejilla mientras una bala me pasa zumbando.
Me giro hacia el origen y veo a un soldado al otro lado del salón, apuntándome.
Levanto mi pistola y aprieto el gatillo.
Pero no sale nada más que un clic.
Aprieto de nuevo.
Clic.
Se me encoge el estómago y murmuro por lo bajo.
—Joder.
De repente, dos disparos suenan en algún lugar detrás de mí.
Uno le da al Diablo Rojo en la cabeza.
El segundo le da en el pecho.
Cae al instante.
Antes de que pueda procesarlo, algo frío se presiona en mi palma.
Bajo la vista y veo una pistola.
Entonces levanto la vista y mis ojos se clavan en esos hermosos ojos verdes.
Val me sonríe con suficiencia, como si no estuviéramos en medio de una masacre.
—No te separes de mí —dice él.
Asiento.
Nos movemos al mismo tiempo, pegando nuestras espaldas la una a la otra.
Un enemigo carga desde mi izquierda. Pivoto y le disparo antes de que llegue a mitad de camino.
Otro se abalanza desde el lado de Valentino. Oigo su pistola disparar una vez antes de que el hombre caiga.
Alguien intenta flanquearnos desde detrás de un pilar.
Val se agacha. Paso por encima de él y disparo sobre su hombro, abatiéndolo.
No necesitamos hablarnos. Nos movemos como un solo cuerpo, como si hubiéramos hecho esto cien veces antes.
Parece irreal. Como una de esas películas de acción donde los protagonistas sobreviven de alguna manera a situaciones imposibles.
Solo que esto es real.
Y la gente está muriendo.
De repente, la voz de Angelo crepita en mi auricular.
—¡Chicos, tenemos compañía! ¡A las cinco!
Valentino y yo nos giramos exactamente al mismo tiempo.
Mi cuerpo entero se queda inmóvil.
Marcello Diavolo irrumpe en el salón por una de las entradas.
Dante y Arianna están a su lado.
Y hay toda una oleada de nuevos soldados entrando en masa detrás de ellos.
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