Stripper Para Los Hermanos de la Mafia - Capítulo 193
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Capítulo 193: Aguas tranquilas y profundidades peligrosas
(PUNTO DE VISTA DE KRYSTAL)
El viaje de vuelta del hospital es muy silencioso.
Angelo tiene ambas manos en el volante. Sus ojos están fijos en la carretera. Y no me ha dirigido la palabra desde que salimos del hospital.
Lo noté en el ascensor: la forma en que pulsó el botón de la planta baja y luego se quedó mirando las puertas mientras se cerraban. No a mí.
También lo noté en el vestíbulo del hospital, la forma en que caminaba un poco por delante y sujetaba la puerta sin mirar atrás. Y lo noté en el aparcamiento, la forma en que se subió al coche y arrancó el motor antes de que yo hubiera cerrado mi puerta del todo.
Algo pasó en esa habitación mientras yo no estaba.
Observo la ciudad pasar por mi ventanilla durante un rato. Las farolas tiñen de naranja el capó del coche. La hora tardía vacía las carreteras de la mayor parte del tráfico.
Todo afuera se mueve a un ritmo normal, mientras que todo dentro de este coche parece suspendido.
Intento dejar que el silencio reine, pero hay algo que tira de mí hasta que finalmente cedo.
—Has estado callado desde el hospital —digo.
—Solo ha sido un día largo —responde.
Me vuelvo para mirarlo. —Eso no es lo que he preguntado.
—Solo estoy cansado —dice sin dedicarme una mirada.
Lo estudio por un momento.
Mantiene la vista fija al frente con una concentración que la carretera vacía no requiere. Y no para de dar golpecitos con el pulgar en el volante; un movimiento pequeño e inquieto que probablemente no sabe que está haciendo.
—Hay algo que te preocupa —digo.
—Siempre tengo muchas cosas en la cabeza.
Sea lo que sea, parece que no me lo va a decir ahora, así que no insisto.
Simplemente miro al frente.
—Vale —digo en voz baja.
Los dos permanecemos en completo silencio hasta que finalmente llegamos a la casa de seguridad.
Angelo entra en el camino de entrada, apaga el motor y nos quedamos sentados un segundo en la oscuridad antes de salir.
Atravesamos la puerta principal y recorremos el pasillo sin decir palabra, y cuando llegamos al punto en que el corredor se bifurca —su habitación en una dirección y la mía en la otra—, nos detenemos.
—Buenas noches —dice Angelo.
Me está mirando, pero no del todo. De la misma forma en que me ha estado mirando desde que salimos del hospital. Presente pero en otro lugar al mismo tiempo.
—Buenas noches —respondo.
Y cada uno se va por su lado.
Después de prepararme para ir a la cama, me quedo tumbada en la oscuridad mirando al techo durante lo que parece una eternidad.
Me pongo de lado. Luego boca arriba. Luego del otro lado. Las sábanas están bien —ni demasiado calientes ni demasiado frías— y la temperatura de la habitación no tiene nada de malo.
El problema está por completo en mi cabeza, instalado ahí desde que salimos del hospital.
No dejo de oír la voz de Raffaele en mi cabeza.
«Porque te amo…»
Me incorporo de golpe, pasándome bruscamente las manos por el pelo mientras pataleo y gimo de frustración. Luego me dejo caer de nuevo en la cama, respirando con dificultad.
Miro la hora en el móvil.
Son las 12:47 de la madrugada. Han pasado cuatro horas desde que volvimos.
Dejo el móvil boca abajo en la mesita de noche y me quedo mirando el techo otro minuto.
Entonces aparto las sábanas y salgo de la cama.
Camino por la casa de seguridad hasta que salgo al patio trasero.
Aquí fuera está completamente oscuro, a excepción de las luces bajas que bordean la piscina y que lo bañan todo en un tenue resplandor azul y dorado que hace que el agua parezca sacada de un sueño. El aire nocturno está fresco sobre mi piel y el mundo entero parece muy quieto aquí fuera, como si la ciudad dejara de existir más allá de los muros de la casa de seguridad.
Me quedo un momento al borde de la piscina. Luego me quito la camiseta por la cabeza, salgo de mis pantalones cortos, y todo lo demás le sigue hasta que no hay nada entre el aire nocturno y yo.
Me deslizo en el agua sin hacer ruido.
Está lo bastante fría como para cortarme la respiración. Luego mi cuerpo se adapta y el frío empieza a sentirse relajante.
Esto es exactamente lo que necesitaba.
Me pongo boca arriba y floto, cerrando los ojos y disfrutando de la sensación del agua fría en mi cuerpo.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —dice una voz profunda.
Abro los ojos de golpe.
El corazón casi se me sale del pecho. Salpico agua por todas partes mientras me incorporo a toda prisa.
—Mierda —jadeo, presionándome la palma de la mano contra el pecho—. Angelo, joder, qué susto me has dado.
Está de pie al borde de la piscina, mirándome, e incluso con la poca luz puedo ver la diversión contenida en su expresión.
Su mirada baja brevemente al montón de ropa que dejé en las baldosas, luego vuelve a la mía, y la comisura de su boca se curva en algo que no es exactamente una sonrisa de suficiencia, pero se le acerca lo suficiente como para que se me revuelva el estómago.
Antes de que pueda decir nada, se lleva las manos al dobladillo de la camiseta y se la quita por la cabeza.
Tras tirarla al suelo, sus manos se mueven hacia la cinturilla de su pantalón de chándal. Se lo baja de un solo movimiento y luego lo aparta de una patada.
Cuando empieza a quitarse la ropa interior, encuentro de inmediato un punto muy interesante al que mirar en la pared del fondo de la piscina.
—¿En serio? —dice, arqueando una ceja. La diversión es ahora totalmente evidente en su voz—. Actúas como si no me hubieras visto desnudo antes.
Una sonrisa se dibuja en mis labios antes de que pueda evitarlo.
—Lo que sea —digo.
Me alejo de él y nado hacia el otro extremo de la piscina solo para ocultarla.
Angelo entra en la piscina y se queda frente a mí, apoyando la espalda en el borde.
Al principio intento no darle importancia, pero cuanto más tiempo pasa, más difícil se me hace ignorar cómo me mira.
No de la forma en que se mira a alguien casualmente.
Su mirada es intensa.
Ardiente.
Como si me estuviera desnudando con la mirada.
Pero la cuestión es que no hay nada que desnudar y eso hace que empiece a ser hiperconsciente de lo expuesta que estoy. Estamos los dos desnudos, de noche, y solos en la piscina.
—¿Por qué me miras así? —pregunto.
—¿Así cómo? —dice él.
—Olvídalo.
El agua se mueve de nuevo.
Nos quedamos así un momento hasta que él rompe el silencio.
—Rafa me lo ha contado.
—¿Contado el qué? —pregunto lentamente.
—Que te confesó sus sentimientos.
—Ah… —digo.
Aparto la mirada un instante antes de volver a encontrarme con sus ojos. —Por eso estabas tan callado en el coche, ¿verdad?
No responde a la pregunta.
Se limita a seguir mirándome con la misma mirada ardiente.
—Le dijiste que no puedes volver a traicionar a Val después de lo que hizo por ti.
—Sí —digo en voz baja.
—Pero rechazar a Rafa ahora no cambia el hecho de que ya traicionaste a Val en el pasado —dice—. Krystal…, nos acostamos antes de entrar en esa subasta, y antes de eso también te acostaste con Rafa. La bala que Val recibió por ti no creó la culpa que sientes…, solo la amplificó.
Aunque no hay juicio en la voz de Angelo, sus palabras duelen.
—Eso no es… —empiezo.
—No te estoy acusando de nada —dice rápidamente—. Sé que sientes una lealtad real hacia Val y que tienes una razón que te parece lo bastante buena como para esconderte detrás de ella. —Hace una pausa—. Solo quiero que sepas que puedo ver la diferencia.
Se me caen los hombros y empiezo a sentir una opresión en el pecho.
Vuelve el silencio, roto solo por el sonido del agua de la piscina. Cuando Angelo vuelve a hablar, su voz es mucho más suave.
—Rafa siempre ha sido más valiente que yo. Dice lo que siente y luego lidia con las consecuencias. ¿Pero yo? —Suspira—. Tengo que sopesar primero las consecuencias en mi cabeza antes de actuar.
—¿Y qué dice tu cabeza? —pregunto en voz baja.
—Que debería quedarme en este lado de la piscina —responde, bajando la mirada al agua.
No sé por qué…, pero antes de poder contenerme le pregunto:
—¿Pero qué sientes tú?
Alza los ojos para encontrarse con mi mirada, luego se impulsa desde el borde de la piscina y empieza a nadar hacia mí.
Frunzo el ceño mientras acorta la distancia entre nosotros.
—Angelo, ¿qué estás…?
Me acuna la cara con las manos y presiona sus labios contra los míos.
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