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Su Amante Contractual - Capítulo 85

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85: Su tesoro 85: Su tesoro No quiere contestar la llamada.

Pero, conociendo a su madre, sabía que no dejaría de bombardearlo con preguntas y de fastidiarlo hasta la muerte.

Vincent deslizó el botón verde y se acercó el teléfono a la oreja.

—¿Hola, mamá?

—Vincent, tienes que venir a Londres lo antes posible —le exigió a su hijo Hilda Shen desde el otro lado de la línea.

Aquello lo sorprendió.

—¿Qué has dicho, mamá?

¿Estás en Londres ahora mismo?

—Sí, aquí estoy.

Tu hermana va a dar a luz pronto.

¿Por qué?

¿Acaso no puedo estar aquí?

—lo cuestionó Hilda con aire filosófico.

Él frunció los labios con una sonrisa amarga.

—Claro que puedes, mamá.

Solo me alegra saberlo.

«Pero no te importó cuando tu otra hija necesitaba una familia».

Sin embargo, Vincent no lo dijo en voz alta.

Ya sabía lo que pasaría si expresaba sus pensamientos sinceros.

—Por eso, date prisa en venir —dijo la voz al otro lado.

—De acuerdo, mamá.

¿Papá también ha venido?

—replicó Vincent.

—No.

Tenía muchos compromisos de negocios —suspiró Hilda.

Y Vincent notó el tono indiferente de su madre.

—Entonces debería volver al País P lo antes posible —declaró él.

Sin embargo, en el fondo de su mente quería prolongar su estancia en Budapest.

Pero ahora que su madre estaba en Inglaterra, necesitaba advertir a Sheena.

Hilda todavía estaba enfadada con su hija menor.

Y ahora estaba aún más furiosa porque Sheena prefería casarse con un tipo corriente.

Vincent se preocupó.

Sheena y Stephen, junto con Lena, volarían a Londres para reunirse con Deena y pasar su luna de miel.

Si algo pasaba, debía proteger a Sheena cuando su madre tuviera una rabieta después de conocer a Stephen por primera vez y lo maltratara.

A su madre nunca le había caído bien.

Vincent dejó escapar un suspiro de impotencia.

Miró a Hailey, que estaba atendiendo a otros clientes.

¡Ah, se había olvidado de sus limonadas, que aún no había pagado!

¡Y ahora no podía invitarla a salir!

Incluso si consiguiera que dijera que sí, tenía que ocuparse de algo, un asunto familiar.

—Vincent, ¿sigues ahí?

—le preguntó Hilda a su hijo al ver que, tras un largo silencio, Vincent no decía nada.

—Sí, mamá.

Solo estaba pensando en algo.

Tengo que comprobar qué vuelos hay disponibles para mañana —Vincent buscó una excusa para que su madre terminara pronto la llamada.

—De acuerdo.

Cuanto antes, mejor —dijo Hilda.

—Muy bien, mamá.

—La tristeza brilló en sus ojos.

Por suerte, llevaba gafas de sol y podía ocultar la soledad que se exhibía tras ellas.

Le entristecía no poder invitar a salir a Hailey.

Parecía que la vida no le permitía disfrutar ni por un momento.

Tras la llamada, Vincent se guardó el teléfono en el bolsillo.

Qué buena sincronización, Hailey ya estaba libre.

—¿Cuánto es la limonada grande y una caja de tarta de limón?

—le preguntó a Hailey, y la chica le dijo el total de su pedido—.

Toma, solo tengo estos billetes.

Por favor, cógelos.

Espero que ayude un poco.

Hailey contó un total de setecientos dólares estadounidenses.

—¡Esto es demasiado!

—exclamó.

—Ojalá tuviera más efectivo aquí —sonrió Vince a Hailey, quien le devolvió una cálida sonrisa.

Ver esa sonrisa en sus labios hizo que el corazón se le acelerara.

Suspiró.

«Está aún más guapa», pensó.

Vincent se dio cuenta de que Hailey lo escaneaba de la cabeza a los pies.

Parecía que Hailey no estaba convencida de que fuera un tipo corriente para dar tal cantidad.

Pero él esperaba que su impresión fuera que era lo suficientemente generoso como para compartir el único efectivo que tenía en la cartera.

Y era verdad.

Todo lo que le quedaba en la cartera ahora eran tarjetas de crédito, pero no tenía que preocuparse si se quedaba sin efectivo.

A Hailey le habría gustado devolverle algunos billetes, pero él insistió en dárselos.

—No puedo aceptarlo, pero si insistes…

entonces, ¿qué te parece esto?

Les daré limonada gratis a esos niños —sugirió Hailey, mirando en una dirección concreta.

Vincent siguió la mirada de Hailey hacia el grupo de adolescentes que pasaban el rato en el parque con sus bicicletas y monopatines.

Otros iban en patines.

—¡Esa es una idea brillante!

—asintió Vincent, y se quedó aún más impresionado.

Hailey era una persona encantadora.

—Bueno, ¿qué tal si te doy otras dos cajas de tarta de limón?

—Mmm…

De acuerdo, las acepto.

Hailey envolvió dos cajas y se las entregó a Vincent.

—Gracias —dijo él.

—Qué va.

Soy yo la que debería darte las gracias.

Así que, muchas gracias por tu generosidad.

—De nada —respondió Vincent con una enorme sonrisa en el rostro—.

Así que…

Vincent dudaba en marcharse, pero tenía que comprar su billete de avión para Londres y contactar con Sheena.

También necesitaba hacer las maletas.

—Adiós.

—¡Adiós!

Vincent se alejó del puesto con paso y corazón apesadumbrados.

Al otro lado de la calle, le echó un último vistazo a Hailey.

En ese momento, ella estaba dando limonadas a los niños.

Y esa gran sonrisa en su hermoso rostro no tenía precio.

Quería reclamarla como SU TESORO.

«Ojalá vuelva a encontrarte algún día».

Fue la plegaria de su corazón.

*
PRESENTE
Vincent niega con la cabeza al volver en sí.

Deseaba con todas sus fuerzas haberse presentado a Hailey durante aquel encuentro.

Sin embargo, tuvo que marcharse de Budapest lo antes posible por un asunto familiar.

Y en cuanto a lo que pasó en Londres, a Hilda no le quedó más remedio que aceptar a Stephen.

Seguía sin aprobarlo, pero su corazón se derritió al conocer a Lena.

Sin embargo, cuando regresaron a Ciudad Metro, su madre expresaba constantemente su decepción con sus dos hermanas.

Sheena solo se había casado con un chef, y Deena se casó con un futbolista.

Wallace era un famoso futbolista internacional, pero su madre quería un yerno empresario que en el futuro pudiera ayudarlos a salvar su empresa si alguna vez llegara el momento de quebrar.

Por supuesto, Vincent no permitiría que eso sucediera.

Incluso trabajaba más duro y cumplía con las expectativas de su madre.

Cuando su madre arregló su matrimonio con alguien a quien no amaba, no tuvo fuerzas para negarse porque ella sentía que el mundo estaba en su contra después de que sus dos hermanas se fueran de casa y no volvieran.

Como el mayor, tenía un sentido del deber en cumplir lo que su madre quería.

Pero cuando se reencontró con Hailey, esa fue otra historia.

Ese fue el momento en que tuvo que mover montañas e incluso desafiar al cielo y a la tierra para tenerla a su lado y no dejar que desapareciera de su vida nunca más.

—¡Eh, has vuelto!

—Hailey sintió unas miradas ardientes en su espalda.

Entonces se dio cuenta de que Vince ya había llegado, pero permanecía en la entrada, mirándola fijamente.

Al percatarse de esto, sus mejillas se sonrojaron de inmediato.

A veces, la incomodaba la intensidad con la que la miraba, sobre todo porque no podía descifrar su expresión perpleja.

Parecía que Vince tenía algo que decirle, pero se había quedado desconcertado.

Con estos pensamientos en mente, Hailey observó a Vincent caminar hacia ella a grandes zancadas.

La abrazó con fuerza, lo que la hizo respirar con dificultad.

Y en el momento en que se detuvo frente a ella, Vincent abrió los brazos y la encerró en ellos.

Vincent hundió el rostro entre su cuello y su clavícula.

Sabía que su acción la confundía.

Pero realmente necesitaba un abrazo cálido en ese momento.

—¿Qué pasa?

¿No ha ido bien la charla con tus padres?

—preguntó Hailey.

No necesitaba adivinar.

Solo había una razón por la que la madre de Vincent estaría disgustada y furiosa con él por su culpa.

—Todo está bien.

Es solo que te echaba muchísimo de menos.

«¿En serio?».

Pero su pecho se llenó de alegría.

No estaba segura de si era correcto sentirse así.

Todavía estaba confundida sobre el estado real de su contrato y su relación actual, pero no podía controlar el deseo de su corazón.

Cuando Vincent apartó la cabeza y cubrió su boca con un beso, ella no lo evitó, sino que respondió a sus besos.

—Hailey…

Vincent separó los labios y dejó que sus pulmones se llenaran de aire.

Miró a Hailey con amor, quien también jadeaba en busca de aliento.

Levantó el brazo derecho y le acarició las mejillas.

Sus miradas se encontraron y ninguno de los dos quería que ese momento terminara.

—¿Ya te he dicho lo guapa que eres?

Hailey negó con la cabeza.

Miraba a Vince boquiabierta de asombro.

«¿Qué le pasa?».

No podía evitar sentir curiosidad por lo que pasaba por la cabeza de Vincent.

Sus dulces palabras y su dulce trato últimamente todavía dejaban una gran pregunta en su cabeza y en su corazón.

Vincent levantó el pulgar y frotó los labios de Hailey.

Aquello lo tentó a besarla de nuevo, pero tenía algo importante que confesarle.

—¿Me creerías si te dijera que eres la mujer más hermosa que he conocido?

A Hailey le pareció extraño que Vincent la elogiara de repente.

Pero en su lugar esbozó una sonrisa juguetona, dispuesta a seguirle el juego: —¿Y si no te creo?

—Son de oro —rio Vince—.

Deberías, porque lo que te hace aún más maravillosa está aquí…

—el dedo de Vincent señaló su corazón.

Seguía sintiéndose extraña por cómo actuaba Vince después de visitar a sus padres.

—Entonces, en ese caso, me siento honrada por tus elogios.

Pero no se imaginaba que esa noche se llevaría una sorpresa aún mayor.

Vincent le sujetaba el rostro con ambas palmas.

Su mirada era tierna.

Y era como si fuera a derretirle el corazón.

—Te quiero.

Hailey abrió los ojos de par en par y miró a Vincent con asombro.

Se preguntó una y otra vez si lo que había oído era correcto.

¿¡Vincent se le estaba confesando!?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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