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Su Compañero Elige a la Hermana Falsa Que Robó Su Vida - Capítulo 234

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Capítulo 234: Capítulo 234 Un mendigo despreciable

Sus brazos la rodearon por la cintura con intimidad y, antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba, se encontró sentada de culo en el suelo.

¡La había empujado!

—¡¡Arghh!! —gimió de dolor, sin esperar que él la apartara de repente, sobre todo con la cantidad de fuerza que usó para hacerlo.

Albert se sacudió el cuerpo con calma y se puso de pie, sin que su rostro hiciera nada por ocultar lo asqueado que estaba por su presencia.

—Cariño…, me has empujado. —Ella todavía no podía creer la reacción de Albert.

Él la amaba, con tanta fuerza que no podía soportar verla sufrir. ¿Y ahora era él quien la hacía sufrir? ¡De ninguna manera! Debía de estar soñando. Sí, solo eso. Era imposible que Albert la tratara de esa manera.

Sí, la había cagado en el pasado, pero él nunca la humillaría de esta forma, incluso si hubiera dejado de amarla. Su historia era tan profunda que su vínculo no podía ser roto sin más por alguien como Jenny.

«Solo está enfadado conmigo… sí… eso es todo. No está actuando así por esa puta de mala muerte. No puede ser».

Consiguió ponerse en pie. Estaba a punto de alargar la mano hacia él de nuevo cuando, de repente, él le agarró un puñado de su largo pelo negro y la atrajo hacia sí.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó, con los ojos rebosantes de ira y odio.

Nunca lo había visto mirarla con tanta saña. Por un momento, la hizo replantearse su decisión, pero rápidamente desechó la idea.

Estaba allí por una sola razón, y era recuperarlo. No esperaba que fuera fácil, pero tampoco pensó que sería tan difícil.

Había cambiado mucho con respecto a cómo solía ser, pero no importaba; mientras siguiera siendo Albert, sabía que siempre tendría una debilidad por ella.

Sonrió con calma, ocultando el intenso dolor que sentía.

—He vuelto por ti —murmuró, intentando usar la cercanía de él a su favor para acurrucarse contra su cuerpo, pero él fue más rápido.

Él la apartó rápidamente. Una vez más, ella perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo. En lugar de gemir de dolor como la primera vez, se limitó a mirarlo confundida.

Albert, por su parte, se rio tan fuerte que sintió que le faltaba el aire en los pulmones. Cuando se le hizo demasiado difícil respirar, paró y volvió a dirigir su mirada hacia ella.

—Espera… ¿no me digas que tu compañero no dejó a su novia por ti? —La mofa en su voz se podía oír a kilómetros.

Su cara se puso roja de vergüenza al instante. Su compañero no había dejado a su novia, pero ella no se lo había pensado dos veces al dejar a Albert por él.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cinco años? ¿¡Más!? ¿Y ni siquiera has podido engatusarlo para ganarte su corazón? —Su risa llenó toda la habitación, haciendo que el pecho de ella se oprimiera de vergüenza.

Se sintió muy enfadada y humillada, pero aun así consiguió mantener la compostura. Se puso de rodillas y…

—¿Por qué me haces esto, Albert? Deberías saber de primera mano por lo que he pasado. ¿Por qué me restriegas mi dolor en la ca…?

Intentó agarrarle las piernas, pero él le apartó las manos de una patada, como si tuviera alguna enfermedad.

—¿Qué intentas hacer? —preguntó él con asco.

—Albert… —Ella seguía sin entender por qué él se estaba comportando así con ella. Sobre todo, después de que él se arrodillara en su día, rogándole que no lo dejara.

—¡No te atrevas a pronunciar mi nombre con esa boca inmunda, puta! —Al ver que no bromeaba, ella se calló al instante.

Albert bufó y regresó al lugar donde estaba sentado antes. Se quedó en silencio un rato, como si estuviera enviando un enlace mental, y luego volvió a centrar su atención en ella.

—Sé de primera mano por lo que pasaste, por eso precisamente estoy actuando de esta manera. Las putas como tú no merecen segundas oportunidades. ¡Ni siquiera mereces ser amada!

—Mientras me ahogaba en mis penas, cada día esperaba que te encontraras con un destino aún peor que el que me dejaste a mí… —sonrió felizmente.

—…Supongo que algunas plegarias realmente son escuchadas. Aquí estás, de vuelta ante la persona que una vez desechaste sin corazón, mendigando la más mínima pizca de afecto que puedas encontrar.

—Aunque siempre lo deseé, nunca pensé que fuera a ocurrir de verdad. Incluso después de lo que me hiciste entonces, todavía te tenía en alta estima.

—Algunas cosas no están destinadas a ser, y una de ellas era pasar el resto de mi vida contigo como una vez esperé. Pero al verte de rodillas, actuando como una pordiosera insignificante, he de decir que ¡realmente has tocado fondo!

Su corazón dio un vuelco al oír sus palabras. ¿Que algunas cosas no estaban destinadas a ser? ¿¡Que ella había tocado fondo!? ¡Imposible! ¡Ella era suya y él era de ella! No había más vuelta de hoja.

Tragándose aún más su orgullo:

—No, Albert. Todavía hay tiempo. Podemos volver a ser como éramos antes —prácticamente le suplicó.

Él casi se rio:

—¿Por qué lo haría, si he encontrado a alguien mucho mejor?

Esa pregunta fue como un jarro de agua fría que le cayó en la cara, barriendo su autoengaño.

«¿Mejor que yo? ¿¡En qué es mejor que yo esa palurda horrorosa!?». Quiso gritarlo, pero Albert no podía saber todavía que se estaba reuniendo con su compañera; arruinaría sus planes, así que mantuvo la calma.

—Además, ¿de verdad pensabas que iba a aceptar la basura que ha sido rechazada por otro hombre?

Esa pregunta golpeó con más fuerza. Él la veía como simple basura. ¿A ella…? ¿La princesa de la manada…? ¿La loba a la que todos los lobos de la manada se morían por pedirle en matrimonio…? ¿¡Una belleza a la que nadie podía resistirse!?

Respiró hondo, tratando con todas sus fuerzas de no encogerse de vergüenza.

—¿Por qué actúas así, Albert? Tú solías quererm… ¡urghhh! —No pudo terminar sus palabras cuando él apareció de repente frente a ella, con la mano alrededor de su cuello, asfixiándola sin piedad.

—¿No te advertí que no mencionaras mi nombre con tu boca inmunda? —Su voz fue atronadora, haciéndola temblar de rodillas.

Sus ojos habían cambiado de color, de su habitual avellana a un verde brillante. Podía incluso sentir sus garras hundiéndose profundamente en su cuello.

Sus ojos se inyectaron en sangre por el terror al darse cuenta de que no era Albert… era su despiadado lobo Vander, y no la soltaría hasta que cayera muerta o alguien interviniera.

Con cada segundo que pasaba, sentía que su vida se le escapaba lentamente. Su corazón latía más fuerte al empezar a temer por su vida. No quería morir tan pronto, y menos a manos de quien se suponía que debía amarla y adorarla.

Justo en el momento oportuno:

—¡¡Albert!! —se escuchó la voz aguda de una mujer.

Albert levantó la cabeza rápidamente, sorprendido, y su lado humano regresó al notar la expresión de horror en el rostro de ella.

—¿¡Qué demonios crees que haces, Albert!?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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