Su Novia Muda Es una Doctora Milagrosa - Capítulo 153
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153: Capítulo 153 Capítulo ciento cincuenta y tres 153: Capítulo 153 Capítulo ciento cincuenta y tres Mansión Sullivan.
El estudio del segundo piso apestaba a humo.
Edward Sullivan había estado fumando sin parar durante toda la noche.
Tenía un aspecto deplorable: ojos inyectados en sangre, barba de varios días y una expresión que gritaba que estaba al borde de perder los estribos por completo.
Estaba pegado al teléfono, con la mirada clavada en los últimos titulares que prácticamente rezumaban escándalo.
—【¡Última hora!
Las verdaderas razones de la ruptura: ¡Audrey engaña a Barry Turner!】
—【Estafa total: ¡Los Sullivans intentaron timar a los Turners para sacarles dinero!】
—【Jugada patética que salió mal: ¿Se desploman las acciones del Grupo Sullivan, bancarrota inminente?】
—【La supuesta «mejor debutante» acaba siendo el hazmerreír: ¡Audrey recibe una paliza en un club!
¡Fotos dentro!】
—¡Bastardos, todos ellos!
—explotó Edward.
Cogió una figurita antigua del escritorio y la estrelló contra el suelo.
Su asistente entró con nerviosismo, claramente preparándose para el desastre.
—Señor…, las cosas acaban de empeorar.
El banco nos ha puesto en la lista negra.
Exigen el reembolso inmediato.
Y varios de nuestros socios clave han rescindido sus contratos.
Los proveedores están presionando para que les paguemos todo por adelantado y…
Edward aplastó su puro a medio fumar en el cenicero, con una mirada gélida.
—¿Y qué más?
El asistente tragó saliva.
—Parte del personal está empezando a agitar el ambiente.
Dicen que si los salarios no llegan pronto, ellos…, eh…, se declararán en huelga.
A Edward se le marcaron las venas en las sienes.
Estalló.
—¡Huelga mis cojones!
Diles que a cualquiera que se atreva a dar problemas lo despido en el acto.
¡Y si incitan a otros, llama a la policía!
En tan solo unos días, todo se había ido al infierno.
Barry Turner había retirado su inversión.
El compromiso se rompió.
El Grupo Sullivan, que había estado a un paso de entrar en las grandes ligas, ahora caía en picado hacia el caos.
El precio de las acciones se desplomó estrepitosamente.
Los negocios eran brutales.
Cuando estabas en la cima, todo el mundo te sonreía y te hacía reverencias.
¿Pero ahora?
Los buitres salían a la luz, listos para despedazarte.
Edward agarró el pesado cenicero y lo arrojó contra la pared.
El corazón se le aceleró y sintió una opresión en el pecho: no era solo rabia, sino también miedo.
Sabía lo que era ser pobre.
Ese había sido su infierno personal.
Y ahora, después de abrirse camino a base de esfuerzo durante todos estos años, no podía —y no pensaba— volver a aquello.
En ese momento, el sonido de unos tacones altos resonó con fuerza fuera del estudio.
Edward levantó la vista.
Ashley había llegado.
Sus ojos se crisparon al verla y la furia volvió a bullir en su interior.
—¡Hay que tener descaro para venir aquí!
¡Gafe!
¡Lo has arruinado todo!
—gritó mientras se abalanzaba hacia ella, levantando la mano para darle una bofetada.
Desde que apareció esa maldita huerfanita, su vida se había ido cuesta abajo y sin frenos.
Pero Ashley no se inmutó, ni un ápice.
Le sujetó la muñeca en el aire con una mano.
Aunque parecía delicada, su agarre era de acero.
Él no pudo moverse ni un centímetro.
Apretó, sin siquiera hacer mucha fuerza, y el rostro de Edward palideció mientras el dolor le subía por el brazo.
La mitad de su cuerpo se le adormeció al instante.
Los labios de Ashley se curvaron en una sonrisa burlona.
—Señor Sullivan —dijo ella con frialdad—, ¿todavía cree que soy aquella niñita asustada a la que podía intimidar con bofetadas y gritos?
Edward Sullivan retiró la mano de un tirón, con un aspecto lamentable.
Miró con recelo el rostro de Ashley —que era casi un calco del de Grace— y sus ojos brillaron con una gélida hostilidad.
—¿A qué has venido hoy?
—espetó él.
Ashley se sentó con elegancia en el sofá, cruzó las piernas y, con calma e impasibilidad, recorrió con la mirada los rasgos ahora envejecidos de Edward.
Una leve sonrisa burlona asomó a sus labios.
—Interesante pregunta…
—dijo.
Arrojó una escritura sobre la mesa.
Sus ojos eran afilados como el cristal—.
Tienes hasta el final del día para hacer las maletas y largarte de mi casa.
Las manos de Edward temblaron al coger la escritura de la propiedad.
Un rápido vistazo y todo su cuerpo se tambaleó como si fuera a desmayarse.
Dándose la vuelta, la señaló con un dedo tembloroso y rugió: —¿¡Mocosa desalmada!
¡¿Intentas arruinar todo lo que tengo?!
Ashley soltó una risa corta y fría.
Ella ya había pasado por el infierno de perderlo todo una vez, hacía once años.
Por supuesto, iba a asegurarse de que lo pagaran todo, con intereses.
—No tenga tanta prisa, señor Sullivan.
Le tengo una sorpresa más.
Con un movimiento lento y deliberado, Ashley metió la mano en su bolso, sacó un sobre y se lo entregó.
Edward la observó, con la sospecha reflejada en todo su rostro, y después abrió el sobre.
Dentro había un informe de una prueba de ADN…, entre él y Audrey.
¿Y el resultado?
Ninguna relación biológica.
Los genes no coincidían en absoluto.
La niña a la que había criado durante veinte años, en la que había volcado su amor y su energía, ni siquiera era su hija.
Sus rodillas cedieron.
Se le nubló la vista.
Edward se desplomó en el suelo.
Ashley se agachó y colocó un frasco de pastillas para el corazón de emergencia frente a él, con voz despreocupada.
No quería que muriera todavía.
—¿Estás cómodo con esos cuernos que llevas puestos desde hace dos décadas?
—dijo con ligereza, lanzándole una mirada fría y burlona desde arriba—.
Si aún no te lo crees…, repite la prueba.
Quién sabe, quizá ni Isobel sea tuya tampoco.
Dicho esto, dio media vuelta y se dirigió pavoneándose hacia la puerta, con el enérgico claqueteo de sus tacones.
En el umbral de la puerta, se detuvo, miró por encima del hombro y soltó con sorna: —Ah, y recuerda: te largas hoy.
O llamaré a la policía.
Edward permaneció en el suelo durante un buen rato antes de finalmente incorporarse a duras penas, con el aspecto de haber envejecido una década en cuestión de minutos.
Entonces, se desató el caos.
¿Todo lo que se podía romper en el estudio?
Hecho añicos.
Destrozado.
Aniquilado.
Cogió la pistola de la caja fuerte, apuntó a la foto de la boda que colgaba en la pared…
¡PUM!
La bala atravesó de lleno el rostro sonriente de Beatrice.
Ese rostro que antes adoraba.
El odio ardía en lo más profundo de su ser.
Quería que desapareciera.
Muerta, incluso.
¿Pero matarla con sus propias manos?
No valía la pena.
Dejando la pistola, Edward cogió el teléfono, con una voz más fría que el hielo.
—Redácteme un acuerdo de divorcio —le ordenó a la secretaria—.
Ahora.
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