Su Novia Muda Es una Doctora Milagrosa - Capítulo 231
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Capítulo 231: Capítulo 231: doscientos treinta y uno
—Edwin… —susurró Ashley, apoyada en su ancha espalda y dándole unos golpecitos en el hombro—. Si soy muy pesada, puedes bajarme.
No pretendía ponerlo en peligro solo para fastidiar a Damian; sobre todo, teniendo en cuenta su salud. Eso sería pasarse de la raya.
Edwin la acomodó un poco más arriba y soltó una risita: —¿Acaso crees que pesas una tonelada?
—En serio, he ganado unos kilos en la Mansión Northmere estos últimos días… —dijo Ashley, haciendo un puchero un poco avergonzada.
Todo por culpa de Alexander Burns.
Ese tipo tenía una extraña obsesión con darle de comer sin parar.
Ahora parecía que le pagaban por engordar. Pero bueno, al menos había sacado algo de dinero.
—Edwin —le rodeó el cuello con los brazos y se inclinó para susurrarle con una sonrisa pícara—, he ganado un dinerito extra esta vez. ¡Podría invitarte yo y tirar la casa por la ventana con una cena de lujo y todo lo demás!
¿Usar el dinero del baboso de Alexander para invitar a su chico? Una jugada maestra.
Obviamente, Edwin sabía a qué se refería. Una leve sonrisa de diversión asomó a sus labios sin que ella se diera cuenta. Respondió con sencillez: —De acuerdo.
Ladeó la cabeza ligeramente para crear algo de espacio entre ellos.
Ashley lo pilló al instante y, descaradamente, se apretó más contra él.
—Deja de pegarte así a mí… —dijo Edwin con un pequeño suspiro, medio exasperado.
—¡¿Me estás apartando?! —Ashley lo miró con el corazón roto.
Él inspiró hondo y dijo: —… Me estás provocando. Haces que quiera besarte, pero ahora mismo no es un buen momento.
Este hombre. ¿En serio?
Se sonrojó hasta las orejas y por fin cerró el pico, quedándose quieta y en silencio sobre la espalda de él.
Edwin tenía varios despachos.
Ashley no había estado nunca en este.
Pero era evidente que se trataba de un lugar importante.
Echó un vistazo a su alrededor; la noche fuera parecía tranquila, pero podía percibir que había expertos ocultos en las sombras. Cualquiera lo bastante estúpido como para intentar colarse, probablemente no viviría para contarlo.
Por dentro, el lugar era la personificación de Edwin: tonos grises y fríos, elegante pero con un punto de intensidad. No era un ambiente acogedor.
En cuanto entraron, Alice Quinn se puso en modo trabajo y se sentó en el escritorio con Edwin. Se inclinaron sobre el portátil de él, hablando en voz baja. Ashley estaba repantigada en el sofá, junto a una montaña de expedientes. Ni siquiera le interesaban, solo quería apartarlos un poco. Pero en el instante en que su mano tocó una de las carpetas, sintió que una mirada fulminante se clavaba en ella.
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Damian.
Estaba al acecho en un rincón, esforzándose por pasar desapercibido, pero la miraba fijamente como si estuviera a punto de robar las joyas de la corona.
¿En serio?
Ashley enarcó una ceja, le lanzó un guiño descarado y, sin dudarlo un instante, abrió la carpeta.
A Damian casi le da un infarto.
¡Esta mujer está loca!
¡Eran documentos confidenciales, ni siquiera él tenía autorización para leerlos!
Ashley los ojeó por encima como si estuviera leyendo el menú de una cafetería.
Sip… Definitivamente, aquello no era de su incumbencia. Páginas enteras en idiomas que no reconocía.
La cerró de golpe y la tiró a un lado.
Damian estaba a punto de soltar un suspiro de alivio cuando ella agarró una carpeta roja.
Se quedó helado.
Esa era ultrasecreta. El tipo de documento que podría desatar guerras.
En el escritorio, Alice también se percató del movimiento. En cuanto vio lo que Ashley tenía en la mano, su expresión apenas cambió, pero su voz contenía una advertencia: —Srta. Sullivan, eso es información restringida. Nadie, salvo Edwin, tiene permiso para verla.
Damian ya tenía la mano en la empuñadura de su espada. Si Edwin se enfadaba, ¡acabaría con esa arpía en un santiamén!
Pero ahí estaba Ashley, arrodillada en el sofá, con sus ojazos clavados en Edwin y desplegando el encanto de una princesa de Disney, exprimiendo el momento al máximo.
—Edwin, ¿acaso yo también soy «nadie»?
—Si no te aburres, lee lo que quieras —dijo Edwin con voz tranquila e indulgente.
Damian casi escupió sangre.
Incluso Alice, que solía ser inexpresiva, no pudo ocultar su cambio de humor.
Ni siquiera ella tenía acceso a esos expedientes.
Reprimió sus celos y retomó su informe como toda una profesional.
Edwin parecía estar escuchando y hacía preguntas de vez en cuando, pero, en realidad, casi toda su atención estaba puesta en la chica que se había acurrucado perezosamente en el sofá.
—… Así que los resultados financieros trimestrales son sólidos. Y en cuanto a…
—Un momento.
Las palabras de Alice quedaron suspendidas en el aire cuando Edwin se levantó de repente y caminó directo hacia el sofá…
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