Su Novia Muda Es una Doctora Milagrosa - Capítulo 35
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
35: Capítulo 35 35: Capítulo 35 La mesa del comedor ya estaba repleta de platos que parecían sacados directamente de un restaurante de cinco estrellas.
Dorothy, con su habitual autoridad de abuela, dijo: —Ahora somos familia, así que olvidemos el pasado.
Ashley, en cuanto a las acciones de la empresa…, quédatelas.
Tú también eres una Sullivan.
Es lógico que tengas una parte.
Ashley sonrió discretamente, con un aspecto dulce e inofensivo en la superficie.
Justo en ese momento, un sirviente se acercó con una jarra de vino.
Ashley echó un vistazo a la jarra de vino hecha especialmente y lo comprendió casi todo al instante.
Era evidente que esa anciana estaba intentando emborracharla.
—Lo has pasado mal todos estos años, ¿verdad?
Se me parte el corazón por ti, niña.
Ven, este vino medicinal es bueno para el cuerpo.
¡Lo he mandado a preparar solo para ti!
—dijo Dorothy con una calidez fingida y le sirvió una copa a Ashley ella misma.
Mientras lo hacía, giró la tapa sutilmente—.
¡Venga, pruébalo!
El rostro de Ashley no delató nada.
Aún sonriendo, tomó la copa y se la bebió de un solo trago.
Un destello de cruel satisfacción cruzó fugazmente los nublados y viejos ojos de Dorothy.
¿Y qué si era lista?
Una mocosa sorda y muda seguía siendo alguien a quien podía manipular a su antojo.
—Toma, bebe unas copas más.
¡Son buenas para tu salud!
Obligaron a Ashley a beberse cinco o seis copas y, al final, su cabeza se desplomó: se había quedado inconsciente sobre la mesa.
Dorothy abandonó su papel de dulce anciana en un instante e hizo una seña a dos criadas.
—¡Daos prisa!
¡Llevadla al Hotel Bellemere!
Mientras tanto, en ForNight, el club más de moda de Ciudad Norte.
Luces centelleantes, música atronadora, una energía salvaje.
La pista de baile estaba abarrotada de jóvenes que disfrutaban al máximo de la vida nocturna, rodeados de alcohol, música y coqueteos.
Arriba, en un reservado VIP semiprivado, Clarence dio un golpecito en su copa de champán y gritó: —¡Hoy es mi cumpleaños, gente!
¡Invito yo toda la noche!
Aquel gesto de pura fanfarronería consolidó su título como el niñato rico número uno de Ciudad Norte.
Todos en el reservado eran sus amigos de la infancia.
Liam Nolan, sentado con una pierna estirada y removiendo el vino de su copa, dijo con una sonrisa burlona: —Clarence, si tu hermano se entera de este derroche, estás frito.
—No me agües la fiesta en mi cumpleaños, ¿quieres?
—replicó Clarence, poniendo los ojos en blanco.
Luego, echó un vistazo a la figura silenciosa que sorbía su bebida en un rincón—.
¡Mirad a Edwin!
Ahí, tan tranquilo, ¡y aun así ha venido a apoyarme!
Edwin ni siquiera levantó la vista.
Liam alzó su copa hacia Edwin con una sonrisa pícara.
—He oído que te casaste mientras estaba fuera.
¡Enhorabuena, tío!
¿Cuándo vamos a conocer a la afortunada?
Lo decía en broma, por supuesto.
Todos sabían que esa «novia» de Edwin, esa supuesta boda…, no era más que una farsa.
—Cuando sea el momento adecuado —respondió Edwin, contra todo pronóstico.
La sonrisa burlona de Liam se congeló en su rostro y se quedó mirando a Edwin, intentando comprender.
—Espera, ¿lo dices en serio?
Edwin dio un sorbo despreocupado, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de su rostro: aquella carita silenciosa y astuta, tan llena de falsa inocencia e incluso…
de tristeza.
Una lenta y leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Es bastante divertido meterse con ella.
Esa simple frase provocó un silencio sepulcral en el reservado.
¿El infame Cuarto hijo de la familia King —frío como el hielo y temible como el infierno— de verdad encontraba divertido meterse con una mujer?
Tras unas cuantas rondas más, Edwin se levantó, ya un poco achispado, y le pidió a Clarence la llave de una habitación en el Hotel Bellemere.
—Ya me voy.
Desde luego, no pensaba volver a casa en ese estado.
Estaba a punto de llegar a las escaleras cuando una belleza despampanante se le acercó con aire juguetón y una mirada descaradamente coqueta.
—Hola, guapo, ¿te invito a una copa?
De cerca, el hombre era aún más espectacular.
El corazón se le aceleró y, cuando el rostro absurdamente perfecto de Edwin se inclinó hacia ella, cerró los ojos, lista para un beso.
Pero, en su lugar, lo que escuchó fue una voz más fría que el invierno.
—Estoy casado.
Lárgate.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com