Su Novia Muda Es una Doctora Milagrosa - Capítulo 6
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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 Edwin no dijo nada.
Con él en silencio, todos los sirvientes se quedaron parados como estatuas, sin atreverse a respirar muy fuerte.
Pero Ashley no iba a dejar escapar la oportunidad ahora que tenía a alguien poderoso de su lado.
Clavó la mirada en Amelia, con sus grandes ojos llenos de miedo e impotencia.
Eleanor estalló, furiosa.
—¿Mocosa, te atreviste a ponerle la mano encima a tu cuñada?
¿Qué será lo próximo, ignorarme a mí también?
¡Qué mujer más descarada!
¿Haciéndose la víctima delante de la Abuela?
Amelia le lanzó una mirada asesina a Ashley y contraatacó: —¡Abuela, estabas tosiendo sangre!
Solo estaba muy preocupada por ti…
—¡Preocupada o no, la señora del Jardín Kingsview no es alguien con quien puedas meterte!
—espetó Eleanor.
Luego, se volvió hacia Ashley con una sonrisa amable y abrió los brazos—.
Pobrecita, debes de haberte asustado.
Ven aquí.
Para Ashley, Eleanor era ahora, básicamente, un escudo humano.
Se acercó a ella sin pensárselo dos veces.
Pero, justo cuando daba un paso, una patada certera en la parte posterior de la pierna la hizo trastabillar.
Estuvo a punto de caer de bruces, pero alguien la sujetó justo a tiempo.
Sorprendida, alzó la vista y se encontró con los ojos profundos e indescifrables de Edwin.
—Ya que eres tan buena con la acupuntura…
—su voz era grave y suave, cargada de peligro mientras se inclinaba hacia ella—, supongo que también sabrás qué punto de presión en el cuello hace que las extremidades se duerman al instante, ¿no?
El corazón de Ashley dio un vuelco.
Su mente voló de inmediato a aquel incidente en la cueva, cuando le clavó la aguja…
Mierda.
¿Había atado cabos?
Rápidamente, puso cara de inocencia y miedo, y miró a Eleanor en una súplica silenciosa.
Sin pensárselo dos veces, Eleanor la atrajo hacia sí para protegerla y fulminó a Edwin con la mirada.
—¡Menuda mujercita tan dulce que tienes y ni siquiera eres capaz de protegerla como es debido!
¿Dulce?
Edwin miró de reojo a la astuta zorrita que tenía al lado, y sus labios se curvaron con interés.
—A veces, cuanto más modosita parece una mujer, más salvaje es en el fondo.
Pide a gritos que la domen.
Ashley: «…»
¿¡Pero qué demonios estaba diciendo!?
Ahora que la ignoraban por completo, Amelia estaba a punto de estallar.
Acababa de usar su largo vestido para ocultarse y darle una patada a esa estúpida muda, con la esperanza de que se cayera de bruces y pasara un poco de vergüenza, ¡pero en lugar de eso, Edwin la había sujetado!
—¡Abuela!
¡Esa mujer no oye ni habla!
¿Cómo va a ser digna de Edwin?
—¡Cállate!
—espetó Eleanor, con voz fría como el hielo—.
La elegí personalmente para que fuera mi nieta política.
¡Ella y Edwin están destinados a estar juntos!
Sigue hablando mal de ella, ¡y te cerraré esa boca sucia de una bofetada!
A Amelia nunca la habían regañado así, y su rostro se desfiguró por los celos y la frustración.
—Edwin…
—corrió hacia él, con cara de estar a punto de llorar, y señaló a Ashley—.
Tú también odias a esta muda, ¿verdad?
¡Divórciate de ella!
¡Mañana le suplicaré a Papá que te reincorpore a la empresa!
En ese instante, los ojos de Ashley se iluminaron, llenos de esperanza, y miró fijamente a Edwin.
¡Di que sí!
¡Déjala de una vez!
¡Así cada uno podría seguir su camino y vivir más feliz!
Edwin captó su mirada y, con una leve sonrisa en los labios, respondió con desgana: —Tranquila.
Eres tan «modosita»…
¿por qué iba a querer divorciarme de ti?
—…
—Ashley casi se atraganta.
El hermoso rostro de Amelia se desfiguró por la rabia.
—¡Edwin, ¿has perdido la cabeza?!
¡Vas a renunciar a la empresa por una muda…!
—¡Ya basta, cierra la boca!
—Eleanor frunció el ceño y le espetó—: ¡Estoy cansada, lárgate a tu casa!
Amelia echaba humo.
Le lanzó una mirada asesina a Ashley y se marchó pisando fuerte.
—¡Ya verás!
¿Ya verás?
Ashley no tenía esa frase en su vocabulario.
Un destello acerado brilló en sus ojos.
La siguió a toda prisa y la agarró del brazo.
—¡¿Qué demonios?!
—se giró Amelia, visiblemente molesta.
Al ver la expresión tímida en el rostro de Ashley, acompañada de una falsa sonrisa que apestaba a adulación, puso los ojos en blanco con asco.
Vaya cobarde.
Ashley sonrió con inocencia, un gesto suave y dulce, mientras deslizaba el polvo de su palma a la chaqueta de Amelia.
¿Pretendías darme una patada y marcharte como si nada?
Pues no.
La vida no es tan sencilla.
—¡Suéltame!
¡No te saldrás con la tuya!
—Amelia se zafó de su agarre y se marchó enfurecida.
Eleanor frunció el ceño ligeramente.
Esta nieta política suya quizá era demasiado buena y pasiva.
—Edwin, más te vale cuidar bien de Ashley.
Es tan bondadosa que es fácil que se aprovechen de ella.
Edwin observó cómo Ashley regresaba, con una sonrisa fría en los labios.
Solo esa mirada hizo que a ella se le erizara la piel.
—No te preocupes, Abuela —dijo él con naturalidad—.
Me aseguraré de cuidar muy, muy bien de mi esposa.
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