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Su Novia Muda Es una Doctora Milagrosa - Capítulo 87

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87: Capítulo 87 87: Capítulo 87 Ashley se desplazó un poco hacia abajo, con los ojos fijos en el hombre alto y esposado que aparecía en la pantalla.

Llevaba una mascarilla, su rostro era ilegible y sus ojos, completamente inexpresivos.

Reconoció esos ojos: era el que había irrumpido en el convento para llevarse a Audrey.

¿Su nombre?

Jonás Barrett.

Frente a la cámara, asumió toda la culpa sin siquiera mencionar a Audrey ni una sola vez.

Ashley esbozó una sonrisa fría.

—Perro leal —masculló, más divertida que impresionada.

Ahora sí que sentía curiosidad por conocerlo en persona.

Dos días después, Ashley se presentó en el centro de detención.

Jonás todavía llevaba la mascarilla puesta, pero ahora vestía un uniforme de prisionero, a la espera evidente de su sentencia final.

Ashley se sentó frente a él, mientras sus delgados dedos tamborileaban rítmicamente sobre la mesa.

—Acusado de asesinato —dijo ella, con voz tranquila pero penetrante—.

Hasta la sentencia más leve te encerrará de por vida.

Te arruinas por Audrey y puede que ella ni siquiera te lo agradezca.

La voz de Jonás era plana, fría.

—Yo lo hice.

Ella no tiene nada que ver.

Así que no era lealtad.

Era obsesión.

Ashley no discutió.

En su lugar, sacó el móvil, buscó un video que era tendencia y se lo deslizó por la mesa.

Las imágenes eran del funeral de Isobel.

Allí estaba Audrey con un elegante vestido negro, con las lágrimas emborronándole los ojos, con todo el aspecto de una frágil damisela.

Rodeada de periodistas, se encontraba junto a Barry Turner —el heredero de la poderosa familia Turner—, presentado a todos como su prometido.

Todo el cuerpo de Jonás se tensó.

Sus pupilas se contrajeron como si le hubieran pegado un tiro en el corazón.

Parecía a punto de romperse.

Ashley casi podía sentir la pena que emanaba de él.

Por un segundo, pensó que podría flaquear.

Pero Jonás apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza.

Tras una larga pausa, con voz temblorosa pero decidida, dijo: —Sé que no la merezco.

Está destinada a alguien mejor.

Mientras ella sea feliz, puedo protegerla desde las sombras el resto de mi vida.

Ashley frunció el ceño ligeramente.

Antes de que su cerebro pudiera procesarlo, soltó: —¿Qué sentido tiene que te guste alguien a quien no le gustas?

Jonás Barrett claramente no se esperaba eso.

Le lanzó una mirada y dijo: —Con que me guste Audrey es suficiente para mí.

Mientras ella sea feliz, me parece bien lo que sea.

—Ridículo —se burló Ashley, incapaz de reprimir el sarcasmo en su voz.

Para ella, él solo parecía patético.

Sin embargo, tan pronto como las palabras salieron de su boca, su mente la traicionó.

Vio el rostro de Edwin aparecer en sus pensamientos: la noche en que él le soltó la mano bajo la pálida luz de la luna; frío, distante, y ese simple y displicente «Entendido»…

Se le encogió un poco el corazón.

Resulta que Edwin no era solo una sombra pasajera.

Tenía peso; lo bastante como para dejarla sin aire.

Amar a alguien…

¿de verdad tiene que doler tanto?

Y aunque duela, ¿sigue mereciendo la pena?

El tono de Jonás era inquebrantable.

—Nunca entenderás lo que Audrey y yo tenemos.

Preferiría morir antes que traicionarla.

Ashley se puso las gafas de sol, ocultando el destello de emoción en sus ojos.

Se levantó con una gracia lenta y despreocupada.

—¿Audrey tenía diecisiete años cuando ocurrió aquel incendio, verdad?

Tú fuiste quien la sacó, ¿no es así?

—¿Cómo sabes eso?

Por primera vez, la expresión de Jonás se resquebrajó, revelando un atisbo de tensión.

—Sé mucho más de lo que crees —dijo ella con suavidad, en tono persuasivo—.

Y si los secretos de Audrey salen a la luz, Edward Sullivan ya no la encubrirá.

Jonás soltó una risa seca y sin humor, como si acabara de oír un mal chiste.

—Aunque Edward descubra quién es ella en realidad, ¿y qué?

¡No se atrevería a tocarla!

Ese desliz hizo que Ashley estuviera aún más segura: Audrey no era para nada simple.

Tenía secretos mucho más profundos de lo que su padre podría imaginar.

Al darse cuenta de que podría haber hablado de más, Jonás se cerró en banda al instante, sin querer decir nada más.

A Ashley no le importó.

Dejó su número sobre la mesa con una sonrisa relajada.

—Si cambias de opinión y quieres vivir, haz que alguien me llame.

Fuera del centro de detención, Ashley se detuvo bajo el sol cegador de la tarde y exhaló lentamente.

Sacó el móvil, se quedó mirando el nombre de Edwin en sus contactos, dudó un instante y finalmente cedió y escribió un mensaje: «La abuela pregunta cuándo vienes a casa».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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