Su oscura obsesión - Capítulo 125
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125: Chapter 125 FINAL 125: Chapter 125 FINAL “Jefe, tiene que ver esto…” El presidente Dellian, con el rostro cargado por noches sin dormir, se levantó como un resorte y siguió tras su mayordomo escaleras arriba.
Las deudas lo tenían contra las cuerdas; ya había perdido a varios empleados por no poder pagarles, y solo quedaban unos pocos que seguían comprometidos con él.
“¿Qué está pasando ahora?” preguntó con el ceño fruncido al ver a una de las empleadas esperando afuera del cuarto de Alex con una bandeja en las manos.
La puerta, sin embargo, no se abría.
“Señor, toqué muchas veces, pero el joven Alex no responde…” contestó la mucama con voz temblorosa.
Alarmado, Dellian golpeó la puerta.
Una, dos, tres veces.
Silencio total.
Desde su regreso del hospital, Alex se había encerrado en su mundo.
Solo, en su silla de ruedas, no quería que nadie se le acercara.
Había dejado bien claro que nadie debía cruzar esa puerta sin su permiso.
“¿Alex?” Lo llamó, aún golpeando la madera.
No obtuvo nada.
Tragó saliva, dudó un segundo y pidió las llaves maestras.
El mayordomo reaccionó al instante y Dellian, con manos temblando como hojas, colocó la llave en la cerradura.
La ansiedad le carcomía el pecho, pero aún así giró la perilla.
Entró.
La habitación era una cueva oscura.
Tanteó en la pared hasta encontrar el interruptor.
Y cuando por fin lo encendió…
el grito de las sirvientas hizo temblar la casa entera.
Los ojos de Dellian se toparon con la peor pesadilla hecha realidad: el cuerpo de su hijo colgando del techo…
El alma se le congeló.
Todo perdió sentido.
Corrió hacia él como si el tiempo retrocediera.
“¡Ayúdenme a bajarlo!” gritó con voz desgarrada.
El mayordomo no tardó en ayudarlo.
Pero era inútil.
Alex ya no respiraba.
Su cuerpo era frío, sin vida.
Lo abrazó como si esperara que con eso volviera.
“Alex…
mira, todo va a estar bien…
abre los ojos, por favor…” Le palmeaba suavemente las mejillas mientras una tormenta le recorría el rostro.
Se negaba a aceptar la realidad.
Empezó con desesperación a hacerle maniobras de reanimación, pero todo era en vano.
Se aferró a él mientras por primera vez en su vida dejaba escapar un grito de dolor real.
“No me dejes, por favor…
no me hagas esto…” Dellian lloraba desconsolado, con la voz rota.
El mayordomo notó una carta junto a la cama.
Con sumo cuidado, se la entregó al jefe.
Nadie se atrevía a decir palabra.
Solo silencio, y dolor.
“Mis condolencias, señor.” Dijo en un hilo de voz.
Dellian tomó la nota con manos temblorosas y al leerla, cayó de rodillas, ahogado por las lágrimas.
“Perdón, papá…
Ya no puedo seguir con esta vida…” decía el escrito.
Dellian la apretó contra su pecho, buscando consuelo donde ya no lo había.
Pero cuando aún trataban de asimilar la tragedia, un nuevo golpe retumbó en la mansión.
“Señor Eason Dellian, queda arrestado por asesinato e intento de asesinato…” irrumpió la policía, esposas en mano.
Los agentes entraron directamente al cuarto de su hijo.
Alrededor, patrullas bloqueaban la propiedad.
Dellian no dijo nada.
El rostro derrotado, la ropa arrugada, se dejó esposar sin poner resistencia.
Fuera, decenas de cámaras disparaban flashes.
Su caída estaba siendo televisada en tiempo real.
Pero a él, nada le importaba ya.
Solo pensaba en su hijo.
Aún no podía digerirlo.
La prensa estaba ahí, pero ni se molestó en cubrirse.
¿Para qué?
Janelle seguía sin aparecer.
Y el miedo de haber perdido a sus dos hijos lo ahogaba…
.
Ya arrestado, Dellian pudo ver a Alex por última vez antes de ser enviado a prisión con cadena perpetua y trabajos forzados.
Todo lo que una vez importó, lo perdió.
Solo le bastó perder a su hijo para abrir los ojos y ver que su ambición había sido su ruina.
Solo esperaba que algún día Samantha pudiera perdonarlo…
10 MESES DESPUÉS.
Samantha y Damian ya se habían casado oficialmente, en una ceremonia que dio mucho de qué hablar justo antes de que ella empezara a mostrar su pancita.
La calma por fin había regresado a sus vidas.
Ya no vivían con miedo.
Samantha incluso había ido a despedirse de Alex.
A pesar de todo lo malo que él hizo, nunca deseó su muerte.
Delian estaba encerrado.
Janelle, en tratamiento en una clínica de rehabilitación…
“¡Todos, rápido, escóndanse!” susurró Damian.
Todos nos escondimos, esperando a que Cathy entrara al departamento.
Acababa de volver del trabajo de pésimo humor porque Ramón no le había mandado ni un mísero mensaje en todo el día.
Farfullando como niña sin juguete nuevo, pasó la tarjeta, abrió la puerta y entró al apartamento.
Todo estaba apagado y ella inmediatamente buscó el interruptor.
“¡Sorpresa!” gritamos todos cuando la luz se encendió.
“¡Por el amor de Dios!
¡Me han espantado media vida!” Cathy se llevó una mano al pecho, riendo mientras intentaba recuperar el aliento.
“¡Feliz cumpleaños, Cathy!” Samantha se acercó con un pastel en mano, colocándolo frente a ella.
“¡Ay no… se me olvidó por completo!” Cathy reía como niña chiquita.
Ni se acordó de Ramón en ese momento.
“Anda, pide tu deseo…” le dijo Samantha con una sonrisa cálida mientras sostenía el pastel.
Cathy cerró los ojos por un momento, susurró su deseo y sopló las velitas.
“¿Soy yo o mi bebé ya parece de seis meses?” dijo riendo Cathy, bromeando con Samantha como si no fuera su propio cumple.
“Olvídate un minuto de mí y de mi pancita… hoy el centro eres tú.
Y alguien anda por aquí esperándote… Samantha sonriente señaló al frente.
Todos, incluyendo a Damian, se hicieron a un lado dejando ver a Ramón, que traía un ramo de tulipanes en manos.
Los ojos de Cathy se iluminaron.
Ramón caminó hacia ella con paso firme, seguro.
“Feliz cumple, amor,” susurró mientras la alcanzaba y le daba un beso suave en la mejilla.
“¿Así que para esto estuviste tan ocupado hoy?” dijo Cathy con una sonrisa, tomando el ramo con gusto.
“Y eso que aún no viste nada…” respondió.
De repente, sin que nadie lo esperara, Ramón se arrodilló.
Todos callaron al instante.
El ambiente se quedó en pausa.
Cathy se quedó sin aire mientras Ramón sacaba de su chaqueta una cajita pequeña con interior de terciopelo.
El anillo brillaba como una estrella.
“Te busqué toda mi vida para decirte que te necesito en cada parte de la mía, desde ahora y para siempre.”
“¿Te casarías conmigo, Caitlyn Fernandez?
Aunque Ramón parecía tranquilo por fuera, ni él mismo sabía cómo contenía el temblor de sus manos.
Cathy se limpió las lágrimas y asintió enseguida.
“Sí… Sí, Ramón, claro que sí.”
El lugar estalló en alegría mientras él le ponía el anillo con dedos temblorosos.
Cathy lo levantó del suelo y lo abrazó con toda el alma.
“Me mostraste lo que es el verdadero amor, cariño.
Solo con verte, todo encaja.
Cathy murmuró abrazándolo con fuerza.
“Eres todo mi universo.
Mi meta diaria es robarte aunque sea una sonrisa.
Ramón cerró el momento juntando sus labios con los de ella y todos gritaron llenos de emoción.
Ese fue el día más feliz de la vida de Cathy.
“¡Ay no, estás llorando… te hice daño?
Perdóname, por favor…” Ramón se alarmó al ver sus lágrimas.
“¡Tonto!
Son de felicidad… no sabes cuánto…” Cathy rió y lo volvió a abrazar fuerte.
“Bueno, ya estuvo, empalagosos… ¡vamos a comer!” gritó Samantha mientras ya llenaba su plato.
Las hormonas del embarazo la hacían tener antojos rarísimos, pero sorpresivamente no subía nada de peso.
Lucía preciosa, con su barriguita redonda, aunque Cathy no perdía oportunidad para molestarla.
Todos comían y charlaban entre risas.
Damian, cada tanto, le besaba la mano con ternura.
Al terminar la cena, Samantha quiso ayudar con los platos, aunque todos la detuvieron.
“¡Ay, Dios santo!
¡Creo que se rompió mi fuente!” gritó con los ojos abiertos como platos, llevándose una mano al vientre.
“¡Ya viene el bebé!” chilló, y todos se pusieron de pie al instante.
“¡Vamos, busca el coche!
apuró Damian a Adrian, que salió volando del condominio mientras él se colocaba al lado de su esposa, la tomaba con cuidado y la guiaba a la salida.
“Tranquila, mi amor, todo va a ir bien, vamos directo al hospital…” la tranquilizaba bajito, aunque por dentro, el susto lo tenía al límite.
“¡AAGHHHH!” gritó Samantha de dolor y Damian aceleró para ayudarla a entrar al auto.
“Voy a la mansión a buscar sus cosas de bebé…” se ofreció Cathy de inmediato.
“Te llevo,” dijo Ramón, y ambos tomaron un coche distinto mientras Damian salía con su esposa.
“Respira, cariño, ya casi estamos ahí…” Damian le ofrecía su apoyo con la voz calmada.
Pero las manos le temblaban.
Samantha le apretaba la camisa tan fuerte que le arrancó el botón del medio.
“¡DAMIÁN!” gritó con fuerza varias veces en el camino.
Al llegar al hospital, un grupo de enfermeras rápidamente la puso en una silla de ruedas y la llevó directo a cirugía.
Damian no pudo entrar.
Le tocó esperar afuera.
Aunque por fuera parecía tranquilo, estaba como un mar revuelto.
No dejaba de caminar de un lado al otro, nervioso como nunca antes.
Los gritos de su esposa se colaban por las puertas y sentía que iba a derribarla de los nervios.
Cathy y Ramón llegaron pronto con las maletas y las dejaron con una enfermera.
“¿Y ella?” preguntaron con gesto tenso, y Damian suspiró con frustración.
“Sigue adentro…” contestó mientras no paraba de caminar.
El corazón le latía con fuerza incontrolable.
No podía dejar de pensar en ella…
Cathy y Ramón también estaban agitados y rezaban en voz baja cuando las puertas se abrieron de golpe.
Un doctor salió quitándose el cubrebocas.
“Felicidades, Lord Damian.
Es niño y niña.”
Todos cruzaron miradas de sorpresa.
“¿Qué dice, doctor?” Damian parpadeó sin entender.
“Sí, escuchó bien.
Gemelos.”
Cathy y Ramón se abrazaron con alegría.
Y por fin, la emoción se dibujó en el rostro de Damian.
Por primera vez, sonrió.
El médico se sorprendió… nunca lo había visto así.
“¿Puedo pasar a verla?” preguntó reteniendo la emoción.
“Claro, pero uno por uno.”
“Gracias, doctor.”
“Felicidades nuevamente.”
Damian entró de inmediato.
Dentro, las enfermeras acomodaban a los bebés…
Él se quedó mirándolos, como si estuviera hipnotizado.
Vio a su esposa dormida, agotada.
“¿No están hermosos?” susurró mientras contemplaba a sus hijos.
Una enfermera le pasó a la niña, mientras alimentaban al otro.
Se acercó a Samantha con la bebé en brazos.
Le acarició el cabello con dulzura y le dio un beso.
“Lo hiciste increíble, vida…
gracias por estos tesoros,” murmuró y ella abrió suavemente los ojos con una sonrisa débil.
“¿Ya pensaste en nombres?” preguntó ella.
Damian besó su mano y también alzó al pequeño.
La enfermera le pasó al niño.
Damian lo recibió y lo acurrucó con cuidado.
“Los llamaremos Audrey y Andrea.”
FIN.
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