Su oscura obsesión - Capítulo 2
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2: Chapter 2 Esclava o nada 2: Chapter 2 Esclava o nada Samantha estaba harta y molesta por su petición tan arrogante, pero se obligó a tragarse el enojo porque sabía perfectamente que ellos aún tenían a su padre.
“¡No le hagan daño a mi hija, por favor!
¡Prometo pagar mi deuda de otra forma!
Logan Lee suplicaba con desesperación mientras forcejeaba para soltarse, pero recibió un puñetazo tan fuerte en el estómago que fue a dar al suelo.
Soltó un gruñido mientras escupía sangre.
“¡Atrévete a tocarlo otra vez y te juro que te mato!” gritó Samantha con furia, pero Lord Damian la sujetó de la barbilla con brusquedad, obligándola a mirarlo de frente.
Sus ojos azules eran fríos y escalofriantes, pero por supuesto, Samantha no le tenía ni un poco de miedo.
“Compórtate…
murmuró con una voz grave.
“Por favor, Lord Damian, haré lo que sea, pero no le haga daño a mi hija.
¡Ella no sabe nada!
Logan empezaba a perder la calma…
No temía por él mismo, sino por ella.
Tenía miedo de lo que Damien pudiera hacerle…
Samantha lo fulminó con la mirada mientras él apretaba aún más su mano en su barbilla.
La sonrisa que se dibujó en el rostro de Damian hizo que a cualquiera se le helara la sangre.
Él no era alguien que sonriera así nada más, por lo que los guardias sabían que tramaba algo.
“No fue una petición, Logan, soltó Damian con una sonrisa enigmática, mientras rozaba con el pulgar el labio inferior de Samantha, quien luchaba por soltarse.
“Lo siento, Sam…
no era mi intención arrastrarte a esto…
Logan parecía al borde del llanto…
Se sentía un completo idiota por haber caído en manos de semejante monstruo…
Damian estaba a punto de soltar una carcajada al escucharlo.
“Ya basta de tanto drama, Logan…
murmuró Damian, justo cuando Samantha forcejeó más fuerte y, en un abrir y cerrar de ojos, quedó inconsciente.
“Ya saben qué hacer…, dijo con calma mientras su guardia levantaba a Samantha y se la llevaba.
Él, por su parte, sacó un pañuelo y limpió sus manos.
“Y tú…
…
Un quejido escapó de los labios de Samantha mientras abría los ojos de golpe…
Chasqueó la lengua por el dolor al intentar sentarse, pero la oscuridad de la habitación le impedía ver algo.
Sentía el cuello tan rígido que parecía como si la hubiese atropellado un tren.
Tras varios intentos fallidos, logró incorporarse afirmándose de lo que parecía ser una silla.
“Ese animal, murmuró entre dientes mientras tanteaba el lugar con las manos.
La habitación era tan oscura que no podía distinguir absolutamente nada, como si estuviera ciega.
Pensó en su padre y si él estaría bien o también estaría atrapado en la misma oscuridad.
Miró alrededor, tanteando el camino hacia la puerta, pero justo cuando estaba por acercarse, esta se abrió de golpe y varias personas que no conocía entraron.
Samantha retrocedió instintivamente mientras las figuras se acercaban a ella.
“¿Quiénes son ustedes?
La pregunta sonaba absurda, porque claramente ya podía imaginar quién las había enviado.
“Hemos venido a prepararte.
No hagas esperar al señor, respondió una de las mujeres mientras las tres se acercaban, pero Samantha no lo dudó y tomó la silla a su lado para lanzarla hacia ellas.
“¡Aléjense de mí, locas!
¡Ustedes y su maldito señor pueden irse al infierno!
gritó y salió corriendo hacia la puerta, pero la detuvieron al instante.
Obviamente, no pensaba rendirse sin luchar, así que se defendió con todo.
Una de las sirvientas, la rubia, la agarró del cabello con fuerza y la jaló hacia atrás.
“¡Suéltame, maldita!
gritó Samantha entre dientes.
Se giró con dificultad y le dio una patada en el abdomen, haciendo que la soltara de inmediato.
Las demás se abalanzaron sobre ella y la llevaron a rastras nuevamente al centro del cuarto, pero Samantha no dejaba de luchar con uñas y dientes, literalmente.
A golpes y empujones, se liberó y corrió hacia la salida, aferrándose a la esperanza de escapar, pero claro, la suerte no estaba de su lado.
“No tan rápido, jovencita.
Una jeringa se clavó en su brazo y en segundos todo su cuerpo quedó débil y sin fuerza.
Cayó al suelo con los ojos bien abiertos, justo a tiempo para ver quién la había inyectado.
Era una mujer mayor, la jefa de las sirvientas.
Tan despiadada como su jefe.
“Llévensela y cumplan con su trabajo.
Al señor no le gusta esperar, dijo la anciana con frialdad.
Las demás asintieron seriamente, tomaron el cuerpo de Samantha y se la llevaron fuera del cuarto.
Samantha intentó levantar una mano, pero era inútil.
Sentía una especie de parálisis momentánea.
Ni siquiera podía mover los labios.
Solo quedaba mirar cómo la arrastraban hasta el baño, donde fue soltada sin cuidado.
Intentó resistirse cuando empezaron a quitarle la ropa, pero su cuerpo no reaccionaba.
No podía defenderse por más que lo intentara.
La metieron en la bañera, la desnudaron por completo y comenzaron a lavarla con fuerza.
Samantha solo pudo mirarlas, furiosa, sin poder hacer nada.
Le depilaron todo el cuerpo y la prepararon como si fuera un producto a exhibir.
La bañaron, le pusieron aceites perfumados por todo el cuerpo y se aseguraron de dejarla impecable.
Cuando el efecto de la droga empezó a desaparecer, Samantha quiso reaccionar.
Aprovechó el momento para empujar a una de ellas con fuerza y tomó un cacho afilado de la lámpara que había roto.
“¡Cualquiera que se me acerque, se va directo al infierno conmigo!
gritó mientras las apuntaba con el objeto cortante, cubriéndose apenas con una toalla.
La sola idea de que ese hombre la tocara le revolvía el estómago.
Movía el arma improvisada con rabia, tratando de mantener a las mujeres a raya, pero olvidó un detalle importantísimo: la anciana seguía cerca.
Un zumbido y una descarga eléctrica la dejaron tirada en el suelo al instante, derrotada.
La vieja sirvienta la miraba con una expresión gélida.
“Al señor le gustan limpias y provocativas, dijo, dirigiéndose a las otras, que de inmediato retomaron sus tareas.
Levantaron a Samantha del piso, la vistieron y empezaron a arreglarla.
Estando aún inconsciente, le pusieron maquillaje sutil, soltaron su cabello, que cayó delicadamente sobre sus hombros.
La vistieron con un conjunto rojo de lencería provocadora y le aplicaron el toque justo de brillo corporal.
Todo pensado para complacer al que mandaba.
“Llévenla a la habitación del señor ahora mismo, ordenó la anciana.
Las otras ni dudaron en arrastrar a Samantha fuera del baño como si fuera un bulto.
Estaban cansadas de que se resistiera aun cuando era evidente que no tenía escapatoria.
La dejaron caer sobre la cama de la habitación del señor y se marcharon sin más.
Una hora después, Samantha abrió los ojos con un leve gemido.
“Esta gente está loca, ¿por qué siempre me noquean?
murmuró para sí mientras miraba la habitación, totalmente gris y sombría.
Hasta las cortinas y sábanas eran grises.
Todo el ambiente era lúgubre.
Cuando bajó la vista y vio la minúscula prenda que llevaba puesta, casi se atraganta.
Era una bata de noche tan reveladora que ni tapaba lo esencial.
Comenzó a revisar la habitación buscando con qué defenderse en caso de que alguien intentara algo.
El escalofrío no se le iba del cuerpo mientras caminaba.
Sus ojos se detuvieron en unas gruesas cortinas cerradas.
La curiosidad pudo más, y aunque algo le decía que lo mejor sería dejarlo así, se acercó y las abrió con decisión.
Se quedó sin aliento al descubrir una pared repleta de juguetes sexuales y de tortura.
Esposas, grilletes, látigos, e incluso armas de fuego colgadas como trofeos.
Samantha retrocedió en seco, horrorizada, pero justo en ese momento, la puerta se abrió despacio y alguien cruzó el umbral, con paso tranquilo.
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