¡Su redención! - Capítulo 103
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103: CAPÍTULO 103 Maquinaciones 103: CAPÍTULO 103 Maquinaciones Mientras Amanda estaba atareada en la cocina, oyó que la puerta de entrada se abría silenciosamente, señal de que Damien había regresado de su partida de golf.
Consultó la hora y se dio cuenta de que seguramente estaría arriba, dándose una ducha.
Arriba, Damien terminó de ducharse, sintiéndose renovado tras una tarde tranquila en el campo de golf.
Se secó, se vistió con ropa informal y bajó las escaleras, ajeno a lo que Amanda hacía en la cocina.
Amanda miró el reloj con nerviosismo mientras daba los últimos retoques a la cena.
El delicioso aroma inundaba la cocina, y esperaba que Damien apreciara el esfuerzo que había puesto en la comida.
Momentos después, Damien entró en la cocina, con el pelo todavía un poco húmedo por la ducha.
Saludó a Amanda con naturalidad.
—Hola, Amanda, ya he vuelto —dijo al percatarse de que la mesa estaba puesta.
Amanda sonrió afectuosamente, tratando de ocultar su nerviosismo.
—Hola, Damien, la cena está lista —respondió, señalando la comida que había preparado.
Damien se sentó a la mesa y cogió el tenedor.
Dio un bocado y asintió con aprobación.
—Vaya, esto está muy bueno, Amanda.
Deberías cocinar más a menudo —bromeó él con suavidad.
Amanda se sonrojó, halagada por el cumplido.
—Me alegro de que te guste.
Y dime, ¿qué tal el golf hoy?
¿Has jugado bien?
Damien rio entre dientes mientras relataba su día en el campo.
—Ha estado bien.
No he batido ningún récord, pero ha sido agradable salir y despejarme.
—Eso suena relajante —respondió Amanda, sirviéndoles a ambos un vaso de agua—.
¿Tenías planes para el resto del fin de semana?
Damien se encogió de hombros y dio otro bocado.
—Nada especial, solo ponerme al día con algunas cosas del trabajo.
¿Y tú?
Amanda vaciló un instante, escogiendo las palabras con cuidado.
—Puede que me ponga al día con la lectura y quizá salga a correr mañana por la mañana.
Damien asintió, dando un sorbo a su agua.
—Suena bien.
Gracias de nuevo por la cena, Amanda.
Está de verdad muy rica.
Amanda sonrió con calidez.
—De nada, Damien.
Me alegro de que te haya gustado.
Damien se rio entre dientes, relajándose en la conversación.
—Ha estado bien.
Sabes, es curioso, Serafina solía prepararme la cena después de mis partidas de golf.
Es toda una chef.
La sonrisa de Amanda vaciló ligeramente, pero recuperó la compostura con rapidez.
—Qué bien —respondió, intentando que no se notara su decepción—.
Por cierto, hablando de aficiones, ¿tienes alguna otra además del golf?
Damien se percató del sutil cambio de tema de Amanda y asintió, agradecido.
—Sí, disfruto leyendo y a veces pintando.
Me ayuda a desconectar.
—Eso suena muy relajante —respondió Amanda, contenta de haberse alejado del tema de Serafina—.
A mí me gusta correr y hacer senderismo.
Es una forma estupenda de despejar la mente.
Siguieron charlando sobre aficiones e intereses durante la cena, encontrando puntos en común y disfrutando de la mutua compañía.
A pesar de la persistente presencia de Serafina en la conversación, Amanda se centró en conectar con Damien a su manera.
Tras la cena, Amanda y Damien se retiraron a sus respectivas habitaciones.
Amanda, todavía procesando los acontecimientos de la velada y luchando contra sus emociones, estaba tumbada en la cama, con la mirada fija en el techo.
Los pensamientos sobre la relación de Damien y Serafina le pesaban en la mente, despertando una mezcla de celos y frustración.
En el silencio de su cuarto, los pensamientos de Amanda se arremolinaron hasta que, de repente, un grito desgarrador resonó por toda la casa.
Era la propia Amanda, intentando que Damien acudiera a su habitación.
El grito fue lo bastante fuerte como para que todos lo oyeran.
El primer grito pasó desapercibido, perdido en la inmensidad de la casa.
Amanda intentó serenarse y volver a gritar, pero su plan no funcionó.
Esta vez, la criada lo oyó y corrió hacia la puerta de Amanda, preocupada.
—¿Qué ocurre, señorita Amanda?
—preguntó la criada, con la voz llena de preocupación.
Amanda, sorprendida y avergonzada por su arrebato, se recompuso rápidamente.
—No es nada, solo una pesadilla —respondió ella, restándole importancia, pues no quería explicar la verdadera causa de su angustia.
La criada vaciló, intuyendo que la angustia de Amanda era mayor de lo que aparentaba.
—¿Está segura?
Puedo buscar a alguien si necesita ayuda —ofreció amablemente.
—No, de verdad, estoy bien —insistió Amanda, con la voz quebrándosele un poco—.
Gracias por preocuparte.
Solo necesito descansar.
A regañadientes, la criada asintió y dejó a Amanda sola con sus pensamientos.
Amanda volvió a tumbarse, enfadada y frustrada.
Tenía la mente acelerada e inquieta, pensando en qué hacer a continuación.
Necesitaba a Damien en su habitación, como fuera.
Entonces, volvió a gritar.
Esta vez, con la fuerza de un tren.
El sonido de la voz de Damien la sobresaltó.
—¿Amanda, estás bien?
—la llamó él desde el pasillo, con evidente preocupación en su tono.
«¡Síííí!», susurró Amanda para sí.
Se recompuso rápidamente, secándose unas lágrimas falsas antes de que Damien pudiera ver su fingida angustia.
—Damien, yo…, lo siento.
He tenido una pesadilla —tartamudeó, tratando de sonar convincente mientras lo abrazaba con fuerza.
Damien vaciló e intentó apartarse de ella, sin saber cómo responder a la angustia de Amanda.
—¿Necesitas algo?
¿Puedo ayudarte?
—preguntó con cautela, queriendo ofrecer consuelo pero receloso de cruzar ningún límite.
Amanda se mordió el labio, haciendo acopio de valor, sin soltarlo.
—¿Podrías…
quedarte conmigo esta noche?
¿Solo hasta que me quede dormida?
No me gusta dormir sola —admitió, con la voz temblorosa de vulnerabilidad.
Damien sopesó la petición, dividido entre la compasión por la evidente angustia de Amanda y su lealtad a Serafina.
—No lo sé, Amanda —empezó con cautela—.
Quizá debería traerte un vaso de agua y así luego te encontrarás bien sola.
El corazón de Amanda se encogió ante su respuesta, temiendo haberse excedido.
—Por favor, Damien —suplicó en voz baja, con la desesperación asomando en su voz—.
La casa parece tan grande y solitaria esta noche.
Solo necesito tener a alguien cerca.
Tras un momento de silencio, Damien cedió, tratando de encontrar un punto intermedio.
—De acuerdo, me quedaré en tu habitación, pero dormiré en el sofá —ofreció, esperando que fuera suficiente para consolar a Amanda sin darle falsas esperanzas.
Amanda asintió agradecida, aunque en el fondo no era eso lo que quería.
Quería acurrucarse con él y tenerlo cerca.
—Gracias, Damien —susurró, decepcionada.
Damien le trajo un vaso de agua a Amanda y se acomodó en el sofá, procurando mantener una distancia respetuosa.
Mientras Amanda cerraba los ojos, sintió una mezcla de emociones —ira, frustración y un atisbo de esperanza de que, después de todo, quizá su plan estaba funcionando.
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